La Medicina de la Energía CAROLINE MYSS

CAROLINE MYSS

La Medicina de la Energía

Este libro está dedicado

a Racbel Namtti Remen, doctora En medicina, y a Daniel Lowensteifí, doctor en medicina,

con todo mi amor y gratitud por haber aparecido en mi vida.

Introducción

¿En qué consiste la medicina energética?

Mi intención al escribir este libro es ofrecer al lector una nueva perspectiva sobre la salud, específicamente: por qué no nos curamos y cómo podemos conseguirlo. Quizá dé la impresión de que abordo el tema de la curación como si fuera secundario, puesto que dedico una gran parte del li­bro a los motivos que nos impiden sanar, pero creo que mu­chos de nosotros sentimos casi tanto miedo a sanar como a estar enfermos. Confío en que el lector, al percatarse de que el temor y otras emociones nos impiden sanar, identi­fique con más facilidad la forma en que dificulta, consciente o inconscientemente, el proceso de su curación.

Dar por sentado que todo el mundo desea curarse es a la vez erróneo y peligroso. Por ejemplo, la enfermedad puede convertirse en un potente instrumento para recla­mar atención; como forma de influir en los demás, la en­fermedad hasta puede resultar atractiva. Por otra parte, la enfermedad puede transmitir el mensaje de que la forma de vida debe modificarse drásticamente. Puesto que el cambio constituye uno de los aspectos más aterradores de la vida, quizás el temor al cambio sea mayor que el miedo a la propia enfermedad y, como consecuencia, los cambios necesarios son aplazados continuamente.

Uno de los errores de la cultura holista de hoy en día consiste en la creencia de que la enfermedad es el resulta­do de una actitud personal negativa, ya sea debida a trági­cas experiencias pasadas que contaminan nuestras mentes y nuestros cuerpos, o al mal karma de una vida anterior.

Pero la actitud negativa no es la única fuente de enferme­dad. Esta también puede ser la respuesta a una plegaria; y guiarnos físicamente hacia un camino de percepción y co­nocimiento que de otro modo nunca habríamos recorrido. La enfermedad puede convertirse en un catalizador que nos impulse a ampliar nuestra conciencia psíquica y com­prender el profundo significado déla vida.

A pesar de ser aterradora, la enfermedad constituye, al mismo tiempo, una invitación a penetrar en la natura­leza del misterio. La vida está llena de misterios que te­nemos que explorar pero que no debemos esperar resol­ver. Debemos vivir con las preguntas que nos formulamos sobre nuestra vida, incluso considerarlas nuestras com­pañeras y permitir que nos guíen hacia las regiones más recónditas de nuestro ser, donde descubrimos lo sagra­do. Confío en que este libro le ayude a hallar nuevas for­mas de abordar el significado de la enfermedad y otros desafíos que se plantean en la vida, a profundizar en los mis­terios de su ser y a avanzar en el camino personal que con­duce a las regiones de lo espiritual.

Si bien la enfermedad puede ayudarle a hallar su esen­cia sagrada, su unión con Dios, con la humanidad y con todas las criaturas, no es preciso que enferme para entrar en contacto con su espíritu y sanar su vida. He compro­bado que las personas empiezan a comprender la natura­leza sagrada de su ser al investigar lo que yo llamo medi­cina energética. Existen siete centros de energía en nuestro cuerpo que, según el sistema hindú, se denominan chakras. Cada chakra corresponde, más o menos, a una zona de nuestro cuerpo. Yo concibo esos chakras como linos dis­cos informáticos o unos bancos de datos «energéticos» en los que se almacena todo tipo de información. En el cur­so de mi trabajo, he constatado que esos siete centros de energía se corresponden con ¡os diversos problemas y de­safíos que nos plantea la vida, los mismos que los siete sa­cramentos del cristianismo y los diez sefirot del Árbol de la Vida de la tradición cabalística judía también nos ayu­dan a resolver.

Nuestro espíritu alcanza la madurez y comprensión de nosotros misinos en siete estadios de desarrollo espi­ritual. A medida que superarnos esas etapas adquirimos dis­tintas formas de poder interior. Los chakras —y sus ho­mólogos en los sacramentos y el Árbol de la Vida— marcan una senda de evolución interior. Constituyen los hitos de nuestro camino personal, que nos conduce hacia una con­ciencia psíquica superior. Aprender el lenguaje de los cha­kras y fomentar estas cualidades espirituales refuerza nues­tro cuerpo tísico al misino tiempo que nos ayuda a sanar o a conservar la salud.

un hombre llamado Ben, que asistió a uno de mis ta­lleres terapéuticos mientras seguía un tratamiento contra un cáncer de próstata, reaccionó de inmediato cuando le expliqué la correspondencia entre los chakras, los sacra­mentos y el Árbol de la Vida. Para él, constituían un nue­vo lenguaje de curación. Ben comenzó a usar el lenguaje simbólico que enseño en mis talleres —y que explico en este libro— para su curación. Cada vez que iba a visitar a su médico para recibir tratamiento, pronunciaba antes una ora­ción o mantra, mediante la cual invocaba el poder de los chakras, los sacramentos y el Árbol de la Vida a fin de «ac­tivar» su cuerpo. Al cabo de seis meses su cáncer remitió.

Como «intuitiva» médica, describo a las personas la naturaleza de sus enfermedades físicas y las distinciones energéticas que presentan en su cuerpo. A partir de la ob­servación de los campos de energía que impregnan y ro­dean el cuerpo, obtengo información sobre experiencias importantes de la infancia, comportamiento y supersti­ciones, todo lo cual incide de forma decisiva en la salud fí­sica dé la persona. Basándome en la información que per­cibo intuitivamente en sus campos energéticos, inclusive los chakras, les recomiendo la forma de tratar su dolencia tanto física como espiritualmente.

El propósito de utilizar !a medicina energética es tra­tar simultáneamente el cuerpo y el espíritu. A medida que usted se adentre en el lenguaje de los chakras, aprenderá a identificar los factores emocionales, psicológicos y es­pirituales estresantes que afectan a su salud de un modo negativo y que se corresponden con sus síntomas físicos. Asimismo, en su salud incide su grado de autoestima y su relación con los demás, su respuesta a experiencias o re­cuerdos traumáticos y la forma en que administra su ener­gía en las situaciones cotidianas.

La  medicina energética es una ciencia muy antigua; sus principios y sus técnicas eran conocidos por los anti­guos hindúes, los chinos y los sanadores chamanes. Lo que representa una novedad es la correlación que he es­tablecido entre las ideas espirituales orientales de los cha­kras y la ética y las verdades espirituales occidentales, afín de crear un nuevo lenguaje de la energía. La palabra ¿energía ha asumido recientemente distintos significados, pero yo la utilizo para referirme tanto a la energía física como espiritual. La metafísica oriental y !a teosofía occidental han descrito una serie de envoltorios o capas energéticas que rodean e interactúan en el cuerpo. Cuando los místi­cos nos dicen que somos infinitamente más vastos de lo que nos imaginamos, en parte se refieren a este campo energético. todos lo poseemos y en él se halla valiosa in­formación sobre nuestras circunstancias y necesidades fí­sicas, psicológicas y espirituales.

En mi realidad de intuitiva, interpreto este campo y veo la relación entre, pongamos por caso, una pérdida de energía en el páncreas y la aparición de diabetes o hipo-glucemia. Asimismo, puedo observar la evolución de de­terminados aspectos de la vida de una persona, por ejem­plo, el estrés debido al exceso de responsabilidad o al temor a ésta. Al aprender el lenguaje de los chakras, usted podrá darse cuenta de la interacción entre la energía física y la energía espiritual, y utilizar esa percepción para prevenir o curar una enfermedad realizando ciertos cambios en su vida.

Asimismo, puede aprender a utilizar la visión simbó­lica a fin de interpretar intuitivamente los símbolos de po­der en su vida, averiguar en qué ha invertido su energía per­sonal, descubrir el auténtico significado de los desafíos que se plantean en su vida, al margen de los hechos tan­gibles, y comprender de qué forma incide todo ello en su salud.

Este libro le ofrece una guía del lenguaje de los chakras, más breve que mi libro anterior, Anatomía del espíri­tu, a fin de que se familiarice con el lenguaje de la energía y emprenda su propio proceso de curación. Si ha leído Anatomía del espíritu o The Creation af Health, puede utilizar esta revisión de los chakras para refrescar la memoria.

Los chakras están alineados vertical mente desde la base de la columna hasta la coronilla, para indicar que ascende­mos hacia lo Divino a medida que aprendemos a dominar el influjo seductor del mundo material. En cada estadio, adquirimos una mayor comprensión de nuestro poder personal y espiritual, puesto que cada chakra representa una lec­ción espiritual o un desafío común a todos los seres huma­nos. Aunque el sistema de chakras se desarrolló en Oriente y constituyó la base para ciertas enseñanzas hindúes, budistas y racistas, los tipos de energía que describen se correspon­den con la energía definida por los sefirot cabalísticos y por los sacramentos cristianos.

Al principio del libro, y de forma más exhaustiva al fi­nal, reviso el lenguaje de los chakras. Describo diversas for­mas de utilizar su energía para sanar, y técnicas para el de­sarrollo de la visión simbólica. Asimismo, presento un contexto simbólico más amplio orientado a la curación. Aunque no he escrito antes sobre este concepto, lo utili­zo desde hace tiempo en mis talleres. Dicho en pocas pa­labras: veo la historia de nuestra evolución espiritual como una sucesión de culturas de poder (o energía) que se corresponden aproximadamente con diferentes eras astro­lógicas. Una era astrológica dura unos dos mil años, du­rante los cuales la conciencia humana se desarrolla de nue­vas formas. En cada una de esas eras existió un determinado tipo de energía dominante, la cual influía en la vida, la sa­lud y la espiritualidad de las personas. Cada era ha apor­tado al conocimiento humano determinadas concepcio­nes sobre la naturaleza de la realidad y el poder del espíritu, unas concepciones que aún hoy influyen en nuestra salud y en nuestra alma. A fin de ayudar al lector a comprender el tipo de poder o energía característico de cada una de esas eras, recurro al simbolismo de la astrología.

La era de Aries se extendió aproximadamente desde el 2000 a. C. hasta el nacimiento de Jesús, que inició la era de Piscis. Y como cualquiera que conozca la obra musical Huir! sabe, estamos entrando en la era de Acuario. Aries, un signo de fuego, representa el fuego que se enciende, la creación inicial, el comienzo del zodíaco y, a mi enten­der, el despertar de numerosas culturas y civilizaciones. Du­rante la era de Aries se inició una unidad tribal de cultu­ras, pensamiento y leyes que reemplazó al tribalismo más primitivo de la precedente era de Tauro. La de Aries fue la era de! dominio del medio físico por parte del hombre, de las leyes —desde el Código de Hammurabí hasta las ta­blas de Moisés—, de la colocación de los cimientos so­ciales y culturales sobre los que se basó el desarrollo emo­cional, psicológico y espiritual de la siguiente era.

La era de Piscis fue una época de dualismo en que la conciencia humana se polarizó radicalmente entre la cultura occidental y la oriental, la iglesia y el estado, el cuerpo y el espíritu (en una división que tuvo en el maniqueísmo su máximo exponente), la ciencia del magnetismo, incluso la polaridad entre la izquierda y la derecha. Al mismo tiem­po, nos alejamos de la mentalidad tribal para desarrollar un claro sentido del yo: el Renacimiento ensalzaba al indivi­duo, los artistas y los compositores comenzaron afirmar sus obras y la gente empezó a escribir diarios. El concepto de ley pasó de basarse en códigos tribales a basarse en los de­rechos del individuo, representados por la Carta Magna, la Constitución norteamericana y otras leyes más recientes des­tinadas a suavizar las restricciones sociales y religiosas.

Mientras entramos en la era de Acuario, a finales del siglo XX, nos estamos alejando de eras astrológicas repre­sentadas por peces y animales, y avanzamos hacia una era representada por un ser humano: el aguador. Si el tema de Piscis era la división, el tema de Acuario es la integridad, en la cual aspiramos a descubrir una unidad espiritual. Las religiones del mundo han comenzado a tratar de adap­tarse unas a otras en formas sin precedente, y hemos de­sarrollado un mercado global, una tecnología global, y una conciencia global de la justicia social y de la necesi­dad de preservar el medio ambiente, pese a las evidentes violaciones de ambos. El cántico que se dejó oír por pri­mera vez en la convención democrática de Chicago en 1968: « ¡Todo el mundo nos observa!», se ha convertido en un canto tan profético como la descripción de Marshall McLuhan de la cultura mundial emergente como una «aldea global». Esta nueva unidad tribal mundial suplan­tará el tribalismo, mucho más limitado, de la era de Aries. Con cada era astrológica, la conciencia espiritual ha madurado y se ha producido una mayor toma de con­ciencia de nosotros misinos, del espíritu inherente a otra vida y del gran poder que nos rodea. Es preciso que exa­minemos el papel que cada una de esas eras ha desem­peñado a fin de comprender cómo hemos asimilado sus actitudes y criterios y de qué manera éstos están obstacu­lizando nuestros esfuerzos para curarnos individual, física y espiritual mente. Con el paso de las diferentes eras as­trológicas, se han sucedido diversas mentalidades y distintos tipos de poder físico y espiritual. A estas actitudes y po­deres, yo los he denominado tribal, individual y simbóli­ca. La comprensión de las características del poder propio de cada era astrológica nos permite reconocer que po­seemos múltiples capacidades de percepción: la percep­ción tribal es sensorial, la individual abarca interpreta­ciones emocionales y psicológicas, y la simbólica penetra en los dominios impersonales de la visión arquetípica. El poder tribal, característico de la era de Aries, es esencial­mente una conciencia de grupo, la cual tiene su manifes­tación más importante en la pertenencia a una familia, grupo étnico, religión y nación. Los puntos fuertes del poder tribal: seguridad, orden, lealtad, sentido de la iden­tidad, se convierten fácilmente en sus debilidades; rigi­dez, conformismo, patriarcalismo, xenofobia. La con­ciencia tribal se centra en los elementos externos con exclusión de numerosos imperativos individuales y espi­rituales internos, y, por tanto, es un sistema de percep­ción esencialmente sensorial.

El poder individual, por el contrario, está relaciona­do con nuestra identidad emocional y psicológica, sim­bolizada por la era de Piséis, durante la cual la ciencia y las artes florecieron, y el valor del genio individual aumen­tó. Los puntos débiles del poder individual son un foco ex­cesivo en el yo, el narcisismo y la tendencia a polarizar el bien y el mal, lo masculino y lo femenino, Oriente y Oc­cidente, el conocimiento y la intuición, el hemisferio ce­rebral izquierdo y el derecho.

Por ultimo, e! poder simbólico nos permite ver las cosas en términos impersonales; contemplar la historia y nuestras vidas bajo la visión global y unificadota caracte­rística de la era de Acuario, la cual nos impulsa a descu­brir el poder interior de la conciencia. La energía de esa era astrológica emergente nos conduce hacia la creación de una cultura en la que el espíritu y la energía ocupan un lugar prioritario frente a la materia y el cuerpo, y a la com­prensión de que la energía que anida en nuestra mente, cuerpo y espíritu es la misma que la energía de Dios o de una divinidad superior. Sin embargo, mientras entramos en la era cié Acuario, mantenemos la conexión con la ener­gía evolutiva contenida en todas las eras anteriores.

La capacidad de entender el poder y la energía de esas tres formas nos facilita una nueva percepción de las elec­ciones que hacemos a lo largo de nuestra vida, compren­der cómo éstas influyen en nuestro espíritu y nuestra sa­lud, y cómo podemos ayudamos a recobrar la salud y a recuperar nuestro espíritu.

En el desarrollo de la historia vemos un reflejo de nuestra propia evolución espiritual y nuestra necesidad de adaptarnos al cambio. Las dificultades y la enferme­dad forman una parte integrante de nuestro desarrollo espiritual. De igual forma que, al analizar la historia del mundo, creamos un significado a partir de unos hechos aparentemente inconexos, también podemos crear un sig­nificado a partir de los problemas y los desafíos de nues­tra vida cotidiana.

Mi intención, y esperanza, es que toda esta información procure al lector un medio a través del cual abordar la en­fermedad sin temor y afrontar los cambios con coraje. Es­pero que este libro le ofrezca unos métodos novedosos y útiles de verse asimismo, los factores que amenazan su salud y su capacidad de sanar. Mi deseo es que se vea a sí mis­mo en el contesto de la cultura actual, a fin de desarrollar la visión simbólica. De este modo, confío en que logre en­cender el fuego sanador que reside en lo más profundo del espíritu humano, el cual le guiará a lo largo del camino de su curación.

El fuego sanador, que se ha apoderado de nosotros como individuos, se halla también presente en todos los rincones del planeta; una fuerza mucho más poderosa que nosotros nos impulsa a curarnos a nosotros mismos, nues­tra cultura y nuestro entorno; a convertirnos, en definiti­va, en una especie consciente. Por este motivo muchos de nosotros deseamos estar sanos y tener plena conciencia pro­pia, y no sentirnos frustrados por nuestra incapacidad de alcanzar esa meta. Quizás al comprender la dinámica de esta nueva cultura de la que formamos parte seamos ca­paces de convertirnos en unos seres humanos más sanos y empezar a cumplir nuestro destino.

Mientras enseño a las personas que asisten a mis ta­lleres con el afán de sanar el lenguaje simbólico de los chakras. los sacramentos, el Árbol de la Vida y el contexto cultural que conduce a la curación personal, veo cómo ese lenguaje refuerza la creencia en la guía divina. Aprender a manejar esos símbolos metafísicos les ayuda a ponerse en contacto con la energía sanadora inherente a su espí­ritu.

Conocí a Ellie hace cuatro años en un taller terapéu­tico en Europa, durante una época en que yo estaba con­centrándome en tas similitudes entre los sacramentos, el Árbol de la Vida y el sistema de chakras. No sabía que Ellie sería la primera persona con la que compartiría esta información. Durante una conversación privada, Ellie me contó que desde hacía ocho años había tenido reiteradas experiencias con el cáncer. El primer tumor había apare­cido en su pierna izquierda. Era un tumor pequeño y ma­ligno, pero después de extirpárselo los médicos le asegu­raron que habían frenado su desarrollo. Cuatro años más tarde, Ellie descubrió otro rumor en su brazo. Fue ope­rada de nuevo y los médicos le dijeron que habían logra­do frenar el desarrollo de ese tumor, al igual que el primero, pero su médico personal le recomendó que vigilara muy de cerca cualquier síntoma anómalo en su cuerpo. En la época en que nos conocimos, Ellie estaba recibiendo tra­tamiento para curar un tercer tumor, que había apareci­do otra vez en su pierna, tres años después del segundo. Ellie sabía que este tumor también era maligno y se sen­tía aterrorizada puesto que, por más que procurara llevar una vida sana, no lograba evitar que se le reprodujeran los tumores cancerosos. Además, Ellie estaba obsesiona­da por el temor de que cada pequeño dolor, al margen de dónde estuviera localizado, pudiera ser un síntoma de otro tumor.

Ellie estaba profundamente confusa, porque sabía que hacía cuanto debía hacer para mantener limpio su or­ganismo. Si la dieta, el ejercicio, la terapia, el yoga y di­versos tratamientos holistas no daban resultado, ¿qué le quedaba por hacer? ¿Existía un Dios que realmente nos escuchara? Y de ser así, ¿dónde estaba ese Dios en su vida?

Ha habido vanos momentos en mi trabajo cuando no he sabido encontrar las palabras adecuadas, y éste fue uno de ellos. Como no sabía qué decir, expliqué a Ellie que yo también me había hecho a menudo esas preguntas y nun­ca había recibido la respuesta de la manera en que la es­peraba. Le dije que mientras trabajaba con mis clientes, Utilizando el sistema de chakras como mi único punto de referencia, con frecuencia había pensado que el modelo, aunque antiguo y sagrado, era incompleto. Entonces un día, cuando impartía clase a un grupo de alumnos, con­templé el modelo de siete círculos que había dibujado en la pizarra y en lugar de ver el sistema de chakras, me puse a pensar en los siete sacramentos cristianos. Poco después tuve una intuición parecida sobre el Árbol de la Vida se­gún aparece descrito en la cabala judía. Me maravilló la unión de esas tres tradiciones sagradas y el hecho de que la voz de lo Divino me mostrara el caudal de energía sa­grada que pasa a través del cuerpo.

Describí a Ellie la unión de esas tres tradiciones espi­rituales y añadí que, para beneficiarse de su poder, debía contemplar su unión a través de una lente simbólica. Le pedí que interpretara el bautismo, el primer sacramento, como la representación, de su capacidad de contemplar su vida y las personas que formaban parte de ella, junto a su relación con la tierra, como un don que le había pedido que aceptara. Le propuse que añadiera no sólo el signifi­cado de Shekhinah, que representa una unión con la co­munidad de la humanidad, sino la energía de Gaia, la fuerza vital de la naturaleza. Mientras yo hablaba Ellie cerró los ojos, y comprendí que escuchaba mis palabras con gran atención. Le pedí que sintiera esta conexión con la tierra y con su vida, y que la dirigiera hacia su primer chakra, con la imagen de que se estaba reconectando totalmente al sistema vital.

Continué esta descripción a través de los chakras res­tantes, y cuando treminé, Ellie se había sumido en un pro­fundo estado de meditación. Al cabo de media hora abrió los ojos y dijo con calma:

—No me había percatado de que mis experiencias con el cáncer estaban destruyendo más que mi cuerpo. No era consciente de que había perdido todo contacto con la energía vital, y que ninguna dieta podía sustituir ese déficit. Debo restablecer mi conexión con la vida, no sólo preocuparme de sanar mi cáncer.

Ellie repitió esa visualización constantemente. Permaneció en contacto conmigo y, cada vez que me llamaba, me informaba de que sentía que su sistema físico se iba re­generado. Me explico que había dado una estructura a sus visualiza dones en la que pretendía incorporar el significa­do de las lecciones inherentes a cada chakra, sacramento y Sefirá del Árbol de la Vida. Me dijo que había decidido apla­zar su intervención quirúrgica porque deseaba comprobar si su labor interna era capaz de producir un cambio en su cuerpo. En caso afirmativo, significaría que hahía conseguido romper el ciclo dé tumores cancerosos.

Al cabo de un mes, el tumor empezó a dar muestras de disminuir; la señal que Ellie aguardaba. Se lo hizo ex­tirpar, totalmente convencida de que el cáncer no volve­ría a reproducirse.

Aunque la de Ellie es una historia particularmente impresionante de la curación de una enfermedad física, se pueden curar muchas dolencias, tanto emocionales y es­pirituales como físicas. Las historias que relato en este li­bro abarcan episodios cotidianos y casos excepcionales con numerosos grados intermedios; es posible que el lec­tor vea reflejada, en alguno de ellos, su situación personal o su crisis vital. Deseo asegurarle que aquí hallará algo que le facilite la curación.

Una de las principales convicciones que deseo que usted adopte, a fin de sanar su vi da o su dolencia, es la im­portancia del perdón. El perdón libera la energía necesa­ria para sanar. Le ofrezco varias formas de perdonar el pa­sado, o dejar de aferrarse a él, y le propongo nuevos ritos e invocaciones que le ayudarán a contemplar su vida actual simbólicamente, a potenciar su energía personal, a tomar contacto con la energía divina y a sanar.

Si bien la primera parte de este libro está dedicada a abordar en profundidad los motivos que impiden sanar, en la segunda parte muestro detalladamente la forma de conseguirlo. Empezaremos hablando del principal obs­táculo de nuestra cultura que impide sanar a la gente.

Primera parte

POR QUÉ LAS PERSONAS NO SANAN…

La «heridalogía» y el fuego sanador

A fines de la primavera de 1988, llegué a la comuni­dad de Findhorn, en el nordeste de Escoda, para dirigir un taller sobre curación. En aquel momento de mi carrera, la mayoría de personas que asistían a mis talleres venía en busca de una curación personal. Esperaba que yo, como intuitiva médica, le facilitara su curación directamente, asignándole una lectura particular y estableciendo un tra­tamiento adecuado. (Hoy en día, mis talleres están llenos de personas seguras de sí mismas que desean ser más in­tuitivas por medio del lenguaje de los chakras, y así poder sanar sus dolencias y su vida, o bien de profesionales que desean aprender cómo sanar a otras personas.)

Aunque yo no soy una sanadora, estaba encantada de atenderles, por supuesto, y procuraba ayudarles en la me­dida de lo posible. Con frecuencia, mis lecturas sirvieron para confirmar las sospechas y las intuiciones que esas personas tenían sobre sí mismas y los cambios que debían realizar en su vida. A veces esas lecturas propiciaban un pro­ceso interno de curación física y espiritual. No obstante, en aquella época, tanto la gente que participaba en mis ta­lleres como yo misma estábamos convencidos de seguir el camino adecuado. A fin de cuentas, la curación y la sa­lud se habían convertido en el núcleo de la cultura holis­ta o de concienciación psíquica, y en el centro de mi vida. Prácticamente todas las personas con las que traté, tanto profesional como personalmente, me dijeron que desea­ban convertirse en sanadoras o que necesitaban a un sanador, que habían decidido acudir a un nuevo sanador o que creían estar destinadas a convertirse en sanadoras en cuanto hubieran completado su curación.

Me gustaba viajar por el mundo y conocer a personas entregadas a su labor espiritual, que me necesitaban tan­to como yo a ellas, y me encantó Findhorn, una comuni­dad formada por unas trescientas personas que compar­tían una vida cooperativa, dedicada al cultivo de productos naturales, y un profundo respeto por todos los caminos es­pirituales. Algunos miembros de la comunidad residen en un edificio encantador de principios de siglo transfor­mado en hotel; otros habitan en un hermoso parque situado junto a la bahía de Findhorn. La agreste belleza de las tie­rras altas de Escocia, combinada con la dedicación espi­ritual de la comunidad, convierten a Findhorn en un lu­gar extraordinariamente atractivo. Cada vez que lo visito me parece recibir una carga energética que me produce fuertes intuiciones, y la visita de 1988 no fue una excep­ción. Pero en esa ocasión las intuiciones se produjeron de forma insólita.

Antes de iniciar el taller, que debía durar una sema­na, quedé para almorzar con mi querida amiga Mary. Como llegué al comedor antes de lo previsto, me senté a tomar un té con dos señores que estaban allí. Mary apa­reció al cabo de un rato y cuando se acercó a nuestra mesa le presenté a mis acompañantes. Mary estaba extendien­do la mano para saludarlos cuando Wayne, otro miembro de la comunidad de Findhorn, se acercó a ella y le preguntó:

— ¿Estás ocupada el ocho de junio, Mary? Necesita­mos que alguien acompañe a un invitado que viene a pa­sar el día en Findhorn.

El tono de !a respuesta de Mary fue tan revelador como su extensión.

— ¿El ocho de junio? —Replicó con brusquedad—. ¿Has dicho el ocho de junio? —Roja de indignación, Mary continuó—: ¡Ni pensarlo! El ocho de junio rengo la reu-nión del grupo de apoyo para victimas de incesto y nun­ca, nunca faltaría. Cuentan con mi presencia. Las víctimas de incesto nos apoyamos mutuamente. Si no ¿quién más lo tiara?

Mary continuó protestando durante unos minutos, pero eso es lo que recuerdo con precisión. Me chocó la ela­borada respuesta que había desencadenado en Mary una pregunta tan simple como si estaba ocupada en determi­nada fecha. Wayne pareció no darse cuenta de la curiosa reacción de Mary, simplemente; le dio las gracias y se mar­chó. Pero yo me quedé estupefacta. Mas tarde, mientras almorzábamos, pregunté a Mary:

—¿Era preciso que, al responder a la pregunta de Wayne, informaras a esos tres hombres que, de joven, habías sido víctima de un incesto, que sigues resentida contra codo el género masculino y que intentaras con­trolar el tono de la conversación con tu ira? Lo único que te ha preguntado Wayne era si estabas ocupada el ocho de ¡unió, y, como respuesta, les das a esos tres hombres un mini cursillo de terapia. Habría bastado con un sí o un no.

Mary me miró como si la hubiera traicionado. Se puso tensa y repuso con frialdad y en un tono claramente de­fensivo:

—He respondido de esa forma porque soy una vícti­ma de incesto.

A continuación dejó de comer, se apartó de la mesa y lanzó la servilleta sobre el plato, para indicar que el al­muerzo había concluido; al igual que nuestra amistad, aunque en aquellos instantes no me percaté de ello.

—Mary, cielo —contesté, suavizando un poco mi tono—, sé que has sido víctima de un incesto, pero lo que intento comprender es por qué te ha parecido necesario contar a dos extraños y a Wayne tu historia, cuando lo único que él quería saber era si podías ayudarle el ocho de junio. ¿Es que pretendes que esos hombres te traten o te hablen de una forma especial? ¿Por qué se te ocurrió mos­trar tus heridas a unos extraños que acababas de conocer?

Mary me contestó que yo no podía comprenderlo porque no había soportado lo que ella y otras muchas víc­timas de incesto habían padecido, pero que esperaba que una amiga se mostrara más comprensiva. Yo repuse que lo que le pedía no tenía nada que ver con su supuesta fal­ta de comprensión. De pronto noté la separación de ener­gía entre nosotras y comprendí que para salvar nuestra amistad tenía que hablarle en «el lenguaje de las heridas», observar unas reglas específicas sobre cómo debe com­portarse una amiga comprensiva, y tener siempre pre­sente que Mary se definía a sí misma a través de una ex­periencia negativa.

Además de ese doloroso episodio de su infancia, Mary arrastraba también una historia de dolencias crónicas. Pa­decía un dolor constante, algunos días emocional, otros físico. Aunque era amable y siempre estaba dispuesta a ayudar a sus amigos, prefería la compañía de personas que hubieran sufrido algún trauma en su infancia. Aquel día, durante nuestro almuerzo, comprendí que Mary necesi­taba estar con gente que hablara su mismo lenguaje y com­partiera la misma mentalidad y conducta. Se trata de una acritud que denominé «heridalogía». Desde entonces, me he convencido de que cuando nos definimos mediante nuestras heridas perdemos nuestra energía física y espi­ritual, y corremos el riesgo de enfermar.

Aquel día tuve la sensación de que me habían cata­pultado fuera del ambiente sanador de Findhorn y de su movimiento de toma de conciencia psíquica, y lo con­templara como una extraña. Aunque no había observado con anterioridad esa mentalidad y esa conducta ni en Mary ni en ninguna otra persona, curiosamente, el día siguiente se produjo en mi taller una versión en miniatura del in­cidente ocurrido con Mary en el comedor.

Llegué con veinte minutos de antelación para preparar mi presentación y vi a una mujer sentada sola. Me senté junto a ella y le pregunté:

— ¿Cómo te llamas?

Es lo único que le pregunté. Pero la mujer, sin mi­rarme, respondió:

—Soy una víctima de incesto, pero he cumplido cin­cuenta y seis años, y he superado el trauma. Formo parte de un grupo de apoyo maravilloso y algunos nos reunimos una vez por semana como mínimo, lo que me parece esen­cial para nuestra curación.

La mujer aún no me había dicho su nombre, así que le pregunté de nuevo:

— ¿Cómo te llamas?

Pero ella no me contestó directamente. Parecía como ausente. Me dio la sensación de que llevaba mucho tiem­po preparándose para decir algo en público, y ahora, que tenía oportunidad de hacerlo, no era capaz de oír ningu­na pregunta que no estuviera relacionada con su tema. En lugar de decirme su nombre, me explicó que le encanta­ba asistir a talleres como los míos porque la gente se sen­tía libre de hablar sobre su pasado, y que confiaba en que yo permitiera a los asistentes compartir sus historias per­sonales con los demás. Le di las gracias y salí de la habita­ción: necesitaba unos momentos a solas para poner en or­den mis pensamientos.

Conocer a esa mujer al día siguiente del incidente con Mary no fue una coincidencia. Yo creo que ocurrió para obligarme a tomar conciencia cíe los medios en los que confiamos para sanar nuestra vida: por medio de la tera­pia y los grupos de apoyo. Según pude comprobar, muchas personas que se hallan en un «proceso» de curación se sienten al mismo tiempo bloqueadas. Se esfuerzan por hacer frente a sus heridas valiente me n re, tratan de dar un significado a experiencias traumáticas anteriores y profe­san un compasivo entendimiento hacia las personas que comparten sus heridas. Pero no se curan. Han redefinido su vida a partir de sus heridas y del proceso do aceptación. No se esfuerzan en superar sus heridas. De hecho, se ha­llan bloqueadas dentro de ellas. Después de haber oído a tanta gente hablar en heridalogía, creo que estaba desti­nada a poner en tela de juicio ciertas suposiciones que mu­chos otros y yo creíamos a pies juntillas, en especial la de que todas las personas que están heridas o enfermas de­sean recobrar la salud.

En aquellos momentos, me pareció como si me hu­bieran dado unas gafas mágicas con las que contemplar la conducía de las personas que asistían a mi taller. No tar­dé en constatar que el lenguaje de la heridalogía también se hablaba fuera de Findhorn. Existen muchas personas en el mundo que confunden el valor terapéutico de expresar sus traumas y necesidades con el derecho de manipular a otros con sus heridas. En lugar de considerar el hecho de poner sus heridas al descubierto como una primera etapa del proceso de curación, las utilizan como una bandera; y a sus grupos, como familias y naciones.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Hace poco más de una generación, nuestra sociedad estaba estructu­rada de tal forma que a la gente le resultaba difícil expre­sar sus necesidades psicológicas y emocionales más ino­centes. Hoy en día, la gente luce sus heridas más profundas como una medalla al valor. ¿Cómo hemos llegado a es­te punto? Para explicarlo, debo retroceder un poco en el tiempo.

LA REVELACIÓN DEL MUNDO INTERIOR

 

Inicié mi trabajo como intuitiva médica en 1983, cuan­do empecé a intuir enfermedades en otras personas. En aquella época, carecía de una formación profesional, pero había fundado, con otra gente, una editorial dedicada a li­bros relacionados con la conciencia psíquica, la salud y la medicina alternativa o complementaria. La editorial pu­blicaba relatos en primera persona sobre curaciones ¡un­to a obras de autores con una orientación científica que escribían sobre las últimas novedades y hallazgos en tra­tamientos médicos que entonces se consideraban alter­nativos. Esos años en que trabajé como editora e intuitiva médica me proporcionaron una educación complemen­taria tan rica, que ahora pienso que esta formación perso­nal debía de estar dirigida por una fuerza superior.

Los innumerables manuscritos que recibíamos rela­tando historias personales revelaban el profundo temor que sienten las personas al enfrentarse a una enfermedad ter­minal. Pero muchas historias mostraban, al mismo tiem­po, el poder del espíritu humano para catalizar un proce­so de sanación capaz de restituir la fuerza vital, otorgar significado a una dolencia y curar una enfermedad cróni­ca o presuntamente terminal. De vez en cuando, llegaba a mis manos el manuscrito de un paciente que había per­dido la batalla por la vida física pero había conquistado una profunda paz interior, la sensación de haber completa­do su vida y estar dispuesto a pasar al estado siguiente: la muerte del cuerpo.

Nuestra cultura, a principios de los años ochenta, es­taba ávida de métodos curativos y buscaba la experiencia o estado anímico que encendiera un fuego sanador. Cuan­do yo inicié mis talleres, en 1984, el campo de la medici­na alternativa había establecido un nuevo vocabulario para describir la curación psicológica y emocional. La gente ha­blaba abiertamente sobre su salud física, mental y espiri­tual. Compartir los detalles del pasado de uno se convir­tió en una práctica habitual, y la gente comentaba sin recato sus experiencias de incesto y abusos sexuales. Los límites sociales que, con anterioridad, habían delimitado lo que era aceptable socialmente, se habían disipado dan­do paso a una nueva forma de intimidad instantánea.

Esta nueva intimidad surgió de la cultura terapéutica de los años sesenta. Con anterioridad, los secretos de fa­milia, informes financieros, afiliación política, problemas laborales y rumores sobre quién se acostaba con quién eran considerados una información «íntima», comparti­da sólo por miembros de la familia y allegados. Hasta el hecho de preguntar a alguien a qué candidato presiden­cial había votado era considerado una pregunta extrema­damente personal. Se consideraban temas difíciles de co­mentar abiertamente, incluso con amigos de confianza: antes de los años sesenta carecíamos de vocabulario para compartir con otros el contenido más íntimo de nuestra vida emocional. Las necesidades emocionales personales aún no se habían introducido en nuestra cultura. No es­tábamos acostumbrados a hablar de nuestras experiencias psicológicas más profundas, y creíamos que bastaba con cumplir con nuestro trabajo y nuestras responsabilidades familiares para satisfacer nuestras necesidades físicas y emocionales básicas.

Además, con anterioridad a los años sesenta la socie­dad consideraba que las personas que acudían a un psi­quiatra padecían trastornos psíquicos. En 1972, la no­ticia de que el candidato a la vicepresidencia, Thornas Eagleton, compañero de candidatura a la Casa Blanca de George McGovern, se había sometido a psicoterapia bas­tó para frustrar sus esperanzas políticas. La noción de su­perar un trauma por medios terapéuticos no se había im­puesto en la sociedad, por lo que la gente creía que cualquier trastorno no físico equivalía a una enfermedad mental. Las personas temían hurgar en las regiones recónditas de la mente y el corazón, y se resistían a explorarlas. Quie­nes lo hadan adquirían fama de rebeldes, excéntricos, mis-ticos, eremitas o marginados. La mayoría de la gente no quería saber nada de sus fuerzas internas y vivía conven­cida de que si su mundo externo era estable, su mente y su corazón alcanzarían de forma natural un cierto grado de satisfacción.

La era terapéutica generó una nueva dimensión de pensamiento: nos reveló nuestro mundo interior. Cada paso que dábamos nos aproximaba a nuevas percepcio­nes sobre nosotros mismos, las cuales derribarían las ba­rreras que habíamos erigido en torno a nuestra psique y nuestras emociones. El concepto de «nosotros creamos nuestra realidad» se puso de moda. La fascinante idea de que poseemos un poder decisivo, personal y espiritual arraigó en la imaginación popular, y la «auto responsabilidad» se convirtió en un nuevo término de poder. Apli­cábamos esos criterios a cada aspecto de nuestra vida, y muy especialmente al proceso de curación.

La gente anhelaba «levantarse y proclamar» no sólo que estaba enferma sino que era responsable de su enfer­medad, como si esa confesión pública tuviera en sí misma un poder que garantizara la curación. En mis talleres y otros a los que asistí, las personas, tras describir la enfer­medad que padecían, se apresuraban a añadir: «Sé que es mi responsabilidad.» Si antes se consideraba tabú comen­tar en público nuestras emociones, en ese momento había pasado a ser un requisito imprescindible para curarnos.

Animada por la noción de que sus dolencias físicas eran consecuencia de una herida emocional, la gente se ponía a hurgar en su vida interior a fin de exorcizar toda acti­tud, recuerdo o pensamiento negativo. Creía que si logra­ba rescatar ese impulso emocional secreto, o liberar esa experiencia infantil negativa, su sistema biológico le re­compensaría restituyéndole la salud. Prácticamente todas las personas que conocí durante esos años estaban con­vencidas de que les bastaba con profundizar en las zonas recónditas de su psique para recuperar la salud. Curiosa­mente, todos los asistentes a mis talleres que llevaban a cabo ese rito espontáneo de confesión pública irradiaban entusiasmo y esperanza. En ocasiones, cuando su pasado era extremadamente dramático, su confesión arrancaba encendidos aplausos del resto de participantes.

Yo también creía, al igual que los asistentes a mis ta­lleres, que la clave de la curación física se ocultaba en la psique. Estaba convencida de que poseíamos una energía interior que contenía el combustible necesario para reor­ganizar nuestra bioquímica y reconstruir nuestro cuerpo.

En ocasiones una persona que había logrado superar una enfermedad —que no sólo había conseguido que la enfermedad remitiera sino que se había curado por com­pleto— se convertía, en nuestros talleres, en una cele­bridad. Durante las pausas, todos nos congregábamos en torno a la persona que se había curado a sí misma para preguntar: « ¿Cómo lo has conseguido?» Yo también es­taba pendiente de su respuesta, impaciente por averiguar un nuevo y extraordinario tratamiento, programa nutricional o psicoterapia, que garantizara la curación.

Esos auto sanadores atribuían su éxito a múltiples fac­tores, entre ellos: cambio de dieta, terapia de vitaminas, ba­ños de lodo, hipnosis, recuerdos de experiencias anterio­res, ejercicios físicos y limpieza del colon. En la mayoría de los casos, describían unos tratamientos que afectaban conjuntamente al cuerpo, la mente y el alma. Al margen del tratamiento o programa nutricional que describieran, el mayor regalo que esos auto sanadores hacían al resto del grupo era la esperanza. Los que lograban recuperar la sa­lud eran considerados una prueba viviente de que el es­fuerzo personal encaminado a descubrir los secretos de la psique y a sanar —asistiendo a talleres, leyendo libros y aprendiendo a expresarse—llevaba invariablemente a una total curación.

EL PUNTO DE INFLEXIÓN

 

Por razones que tal vez jamás llegue a entender, en 1988 se produjo un cambio súbito en las creencias y los crite­rios sobre la curación, por lo menos entre los grupos en los que yo me movía. En aquella época, yo dirigía talleres en varios países, pero aquel año me encontré con la mis­ma reacción en todas partes: los asistentes a los talleres no sólo deseaban sanar, sino que querían saber por qué no se curaban.

Habían probado numerosos tratamientos alternativos, pero seguían sin tener éxito. El entusiasmo que desperta­ra la búsqueda personal del tratamiento adecuado, la má­gica combinación de tratamientos de cuerpo y mente, ha­bía dado paso a una terrible frustración y a una persistente pregunta: « ¿Qué ocurre? ¿Por qué fracasan todos los tra­tamientos?» La desesperación que sentían era enorme. No recuerdo las veces que alguien me preguntó: « ¿Cre­es que se trata de un castigo divino?» En aquel entonces, yo no tenía la respuesta adecuada, sólo la socorrida: «Ten fe y persiste con el tratamiento. No te conviene adoptar una actitud negativa.» Sin duda eso les resultaba tan útil como si yo les hubiera dicho: «No pienses en los peces de colores.» Quizás incluso aumentara el sentimiento de cul­pabilidad que tenían respecto de su enfermedad.

Ciertamente, la fe y el optimismo son factores im­portantes a la hora de resolver cualquier crisis vital, incluso una enfermedad. En cualquier caso, en 1988 la gente ha­bía comenzado a perder la fe en la medicina holista y en la auto-responsabilidad, y comenzaba a recurrir a las su­persticiones de lo que yo denomino la mentalidad tribal. Sospechaban que eran víctimas de un castigo por alguna falta terrible que habían cometido; consideraban su en­fermedad o su sufrimiento como una condena divina. Debo reconocer que yo me sentía tan perpleja como ellos. Mientras observaba sus denodados esfuerzos por sanar, empecé a pensar que quizá se estaban equivocando en algo, que tal vez, no debían curarse, o que aún no se había descubierto el tratamiento adecuado…

EL PODER SEDUCTOR DE LAS HERIDAS

A raíz del fatídico almuerzo con Alary en Findhorn, y posterior encuentro con la víctima de incesto en mí ta­ller, empecé a vislumbrar en dónde residía el problema. Duran te ios años si guíenles, me centré en mi idea déla heridalogía. Aprendí a leer entre líneas en lo que decían los asistentes a mis talleres. Empecé a discernir cuándo una persona se hallaba en un estadio concreto del proceso de curación, en el cual requería un testigo, cuando alguien había descubierto el valor «comercia]» de su herida, es decir, su valor manipulador.

—Cuantío aprendas una nueva palabra, escucha con atención —me había dicho mi tía favorita, siendo yo ni­ña—, porque comprobarás que todo el mundo la utiliza.

Mi ría tenía razón, y en cuanto empecé a comprender la heridalogía, constaté que la mayoría de asistentes a mis talleres conversaba en ese nuevo lenguaje, mientras com­partía abiertamente sus historias personales con otros par­ticipantes. En ocasiones, esos intercambios asumían un ca­riz competitivo y daba ía impresión de que una persona trataba de eclipsar las experiencias dolorosas de otra.

El hecho de compartir experiencias traumáticas y he­ridas se había convertido en un nuevo lenguaje cié intimi­dad, el medio de desarrollar confianza y comprensión. E! intercambio de revelaciones íntimas, que en principio ha­bía servido para establecer el necesario diálogo entre tera­peuta y cliente, se había convertido en un rito de unión para personas míe acababan de conocerse. En cierra ocasión, conocí a una mujer que, tras el saludo de rigor, se apresuró a explicarme que para ella las «normas» de la amistad se basaban en que la gente «respetara sus heridas-. Cuando le pedí que me aclarara el significado de sus palabras, res­pondió que había comenzado a procesar todas las violacio­nes que había padecido de niña, y que durante el proceso de curación experimentaba frecuentes cambios de ánimo y crisis depresivas. El «respetar sus heridas» significaba que los demás respetaran sus altibajos emocionales en lugar de criticarlos. En definitiva, esa mujer reclamaba el derecho a imponer el tono de cualquier acto soda] en el que partici­para. Si se hallaba en un «momento bajo», confiaba en que su grupo de apoyo no introdujera una nota de humor en el ambiente sino que se adaptara a su estado anímico. Cuan­do le pregunté cuánto tiempo creía que iba necesitar ese ni­vel intensivo de ayuda, repuso:

—Quizá varios años, en cuyo caso espero que mi gru­po cíe apoyo me conceda ese tiempo.

Este tipo de autoritarismo social puede ser muy po­deroso, incluso crear adicción; la curación no requiere esa exhibición de autoridad. Cuando pregunté a esa mujer qué motivos tenía para curarse, dado «lo bien que lleva­ba su mal», por así decir, se sintió ofendida por mi pregunta y mi incapacidad de «respetar sus heridas». Aunque tra­té de explicarle que trataba sinceramente de comprender su proceso de curación, no respondió a mi pregunta.

La gente utiliza la heridalogía para entablar intensas re­laciones románticas. Muchas personas me han confesado que asisten a mis talleres más por el deseo de contacto so­cial que por una necesidad de sanar. Dada la soledad que in­vade nuestra cultura, cuando dos personas solteras y sin compromiso se conocen en un taller, a menudo contunden la intimidad de la información que intercambian con un vín­culo romántico. Algunas personas, que yo denomino «las del paso trece», utilizan los grupos de apoyo que siguen un pro­grama terapéutico de doce pasos para -«ligarse» a posibles compañeros sentimentales, cuando éstos atraviesan una fase anímica que les hace extremadamente vulnerables.

Muchos asistentes a mis talleres describen a su «alma gemela» como la persona que comprende el dolor emo­cional que han experimentado de niños. Ese lazo puede parecer romántico en las primeras fases de una amistad, pero lo cierto es que se basa en un hecho traumático, en dolor y temor. En estos casos, el dolor se convierte en un factor indispensable para mantenerse u ni dos y necesitar­se mutuamente, y la curación constituye una amenaza para ese lazo. Inevitablemente, la relación corre un serio peligro cuando uno de los dos decide que ha llegado el momento de liberarse del pasado y seguir adelante.

No me mal interpreten: todo tipo de grupos de ayuda, desde los AA hasta los programas de doce pasos, pasando por ¡agente que ayuda a las personas que perdieron a su pa­dre o su madre de niños, proporcionan un apoyo vital. El hecho de compartir heridas, evidentemente, establece un clima de liberación entre los miembros del grupo —en oca­siones, por primera vez en sus vidas— y les permite evocar recuerdos dolorosos, y explorar sus sentimientos y temo­res junto a unos compañeros comprensivos que les apoyan sin juzgarles.

El ambiente cálido y comprensivo, que constituye prácticamente una consecuencia automática de este nivel de intercambio de experiencias, ofrece, asimismo, a los miembros del grupo una vida social que antes de asistir a sus talleres no tenían. Otra amiga mía, Jane, me dijo en cier­ta ocasión:

—Las personas de mi grupo de apoyo se han con­vertido en mi nueva familia. No me juzgan como lo hace mi familia biológica. Ahora ya no necesito acudir a mi familia.

Ciertamente, la intención que anima a esos grupos de apoyo es honrosa y merece nuestro aplauso; muchas per­sonas se han beneficiado y siguen beneficiándose de su participación en ellos.

Sin embargo, aparte del apoyo que ofrecen, existe otra dinámica que me hace cuestionar su valor terapéuti­co. Las personas para quienes el grupo de apoyo se ha convertido en una parte importante de su vida social desea, naturalmente, continuar formando parte del mis­mo indefinidamente. Pero debido a que el criterio implí­cito para seguir siendo miembro del grupo es que se debe necesitar continuamente su apoyo, es preciso aceptar el mensaje; no explícito que el grupo transmite: -<no te cu­res». Es decir, para seguir formando parte de un grupo de apoyo uno debe «permanecer separado» de otros amigos y de su familia.

Esta dinámica me recuerda un célebre dicho de Buda:

—Mis enseñanzas son una balsa destinada a ayudar­te a cruzar el río. Cuando alcances la otra orilla, abandó­nala y sigue adelante con tu vida.

La «otra orilla» era la metáfora que empleaba Buda para describir la iluminación, la meta de todas sus ense­ñanzas, Una vez iluminado, signe adelante con tu vida, no cargues constantemente con la balsa.

No tenemos por qué cargar continuamente con nues­tras heridas. Debemos ir más allá de nuestras tragedias y desafíos, y ayudarnos mutuamente a superar los numero­sos episodios traumáticos que jalonan nuestra vida. Si per­manecemos atrapados por el poder de nuestras heridas, im­pedimos nuestra transformación. Pasamos por alto los grandes dones inherentes a nuestras heridas: la fuerza de superarlas y las lecciones que podemos aprender mediante ellas. Las heridas constituyen el medio a través del cual pe­netramos un el corazón de otras personas. Nos enseñan a ser compasivos y prudentes.

¿Qué ocurriría, por ejemplo, si los miembros del gru­po de Jane le dijeran que su papel sólo consistía en pro­curarle la fuerza necesaria para resolver sus problemas con su familia, en lugar de convertirse ellos mismos en su familia sustitutiva? Supongamos que le dijeran que mien­tras Jane se empecinara en no tener tratos con su familia lo que hacía era huir en lugar de curarse, y que disponía de un plazo limitado durante el cual, el grupo le ayudaría a desarrollar las técnicas necesarias para resolver sus di­ferencias con su familia. Al término de ese plazo, Jane de­bería incorporarse de nuevo a su familia biológica para valorar su fuerza y su energía, para ver si le era posible relacionarse con ellos sin esperar ni necesitar su aproba­ción. Si era capaz de conseguirlo, habría curado su mayor herida.

Yo se lo sugerí Jane, pero ella se puso de inmediato a la defensiva. Para ella, abandonar a su nueva familia sig­nificaba caer en un agujero negro emocional. Estaba ran unida a su grupo de apoyo que no creía ser capa?, de se­guir adelante sin él. Su grupo representaba mucho más que una reunión semanal: era el centro de su vida social. Jane no concebía «acabar» con ellos, aunque ellos le exigieran seguir «activamente herida» y en necesidad de curación.

SU «CUENTA CORRIENTE CELULAR»

Para comprender las peligrosas implicaciones de la heridalogía, en primer lugar debemos examinar la natu­raleza de la energía que anima nuestra vida en la tierra. Cada uno de nosotros posee centenares de circuitos de energía conectados entre sí, una energía que diversas culturas han denominado de forma diferente: el aliento divino de la vida que late en cada uno de nosotros. Lo que los indios llaman prona y los chinos chi’i, los cristianos lo denomi­nan grada a Espíritu Santo, y los secularistas, vitalidad o fuer­za vital. Podemos pensar que esta energía penetra en no­sotros desde el universo, desde Dios o desde el Tao y, a medida que fluye a través de nosotros, nos proporciona la savia que precisamos para alimentar nuestro cuerpo, nues­tra mente y nuestras emociones, además de para contro­lar nuestro medio exterior. Todo en nuestra vida —cada pensamiento, cada acción en la que participamos—• re­quiere esta energía. Aunque todos poseemos esa fuerza vital, que fluye a través de nosotros, seamos conscientes de ello o no —al igual que Dios «hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mateo 5,45)—, podemos maximizar nuestra cantidad de energía y el uso que hacemos de ella. En efecto, potenciar nuestra conciencia psíquica significa ser conscientes del flujo de tuerca vital que fluye a través de nosotros, y de nues­tra capacidad de dirigirla hacia determinadas zonas del cuerpo, sin por ello retirarla involuntariamente de otras.

Imagine este flujo de energía como una asignación equivalente a cien dólares diarios. Su labor consiste en aprender a invertir bien ese capital, porque sus inversio­nes pueden proporcionarle grandes intereses o hacer que se endeude. Evidentemente, unas inversiones positivas le rendirán unos ingresos positivos, no sólo incrementando su energía sino creando una energía adicional. Las inver­siones negativas, por el contrario, le ocasionarán deudas. Si la deuda es mayor que su asignación diaria, tendrá que pedir un préstamo. En términos energéticos, deberá to­mar energía prestada.

Esta cantidad adicional de energía puede obtenerse de dos fuentes. Una es la energía de otras personas, con las cuales usted se comporta de forma parasitaria a fin de ob­tener la energía necesaria para alimentar su sistema físi­co y emocional. Esta utilización de la energía de los de­más crea adicción, y hace que usted se vuelva cada día más incapaz de valerse por sus propios medios y más depen­diente de los demás. Necesita de los demás para potenciar su autoestima y para que le indiquen cómo debe vivir, comportarse o pensar, porque carece de la energía nece­saria para crear su propia vida. Esta fuente de energía sue­le ser de corta duración, porque las personas que se la pro­porcionan no tardan en darse cuenta de que el hecho de estar con usted les hace sentirse agotadas, faltas de ener­gía, y le rehuirán.

La otra fuente de capital energético adicional son los recursos energéticos que usted posee en sus tejidos celu­lares. Todas las células de su cuerpo deben cargarse de energía diariamente para sobrevivir, al igual que también necesitan agua todos los días. Debe emplear su asignación diaria de capital energético en alimentar su sistema físico y emocional. Si mantiene su cuerpo en perfectas condi­ciones puede alimentar su creatividad, sus relaciones su necesidad vital de optimismo. Pero cuando extrae dema­siada energía de su cuenta corriente celular, se endeuda. Cuanto mayor es ¡adeuda más se debilita su tejido celular. Si no modifica este esquema, saldando sus deudas con la asignación diaria de energía, corre el riesgo de enfermar.

El seguir aferrado a los acontecimientos negativos de nuestro pasado resulta caro, prohibitivamente caro. Es como tratar cíe mantener vivos a los muertos, y exige una tremenda cantidad de energía. Cuando experimentamos un trauma, la naturaleza nos proporciona unos fondos adicionales, por así decir, para protegernos durante ese período de crisis, pero se trata de un «préstamo» limita­do. Ningún préstamo dura eternamente, y la señal de que debemos saldar el préstamo es que comenzamos a sentir que el tiempo se ha detenido, que nuestra vida se ha es­tancado. Cuando nos negamos a librarnos del dolor que albergamos en nuestro sistema, caemos en la depresión. La energía tóxica de la depresión alimenta nuestras acti­tud es negativas hacia los demás y agota nuestros recursos energéticos. Comenzamos a proyectar las causas de nues­tro fracaso sobre los demás y les achacamos la culpa de nuestra desgracia. Esta respuesta irresponsable a nues­tros problemas se convierte en una actitud rutinaria. Nos aferramos a las relaciones ya los hechos negativos del pa­sado y del presente, porque así podemos considerarnos las víctimas y a lodos los demás la fuente de nuestras des­gracias.

La única forma de modificar ese esquema es librán­donos de la carga del pasado, saldando esa deuda energé­tica que ya no podemos mantener. El perdón es un medio de conseguirlo. Perdonar no significa restar importancia a lo ocurrido, o decir que no importa que alguien Ie haya violado. Significa librarnos de los sentimientos negativos que albergamos sobre ese hecho y sobre la persona o las personas que lo realizaron. Evidentemente, se trata de un proceso psicológico difícil y complicado, y en el capítulo 3 hablaré más extensamente sobre el perdón. Pero existe una clara referencia al valor del perdón en el Evangelio cris­tiano: cuando Jesús perdona a sus asesinos mientras se ha­lla en !a cruz, comí» acto previo a liberar la energía nece­saria para que se cumpla la resurrección. Y al referirse a la oración, que para Jesús consumía la clave de la comu­nión con lo Divino, dijo claramente: «Y cuando estéis orando, si tenéis algo contra alguien, perdonadlo para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestros pecados» (Marcos, 11:25). La energía divina no penetrará en usted mientras no esté dispuesto a perdonar y a seguir adelante con su vida.

El perdón posee un valor extraordinario, pero no es el único medio de liberar energía. Algunos acontecimientos del pasado de los que debemos librarnos no son hechos ne­gativos sino episodios placenteros. Quizás no pueda usted librarse del hecho de que ya no tiene veinte años, de que ha cumplido cincuenta, u ochenta, Qui?,á no pueda li­brarse del recuerdo del aspecto juvenil que tenía antes, o de sus dotes atléticas, o de su agilidad mental. Esta inca­pacidad es otra forma de malgastar energía en el pasado. Una de mis mejores amigas era incapaz de librarse del re­cuerdo de sus años en el instituto. En aquella época de su vida, creía tener el mundo a sus pies y ser capaz de lograr lo que se propusiera. Pero después de dejar el instinto, cada vez que se le presentaba una oportunidad, mi amiga ha­llaba un pretexto para no aprovecharla. De hecho, temía no querer hacer nada en realidad. Esa combinación de te­mor a participar en la vida y de aferrarse a un momento del pasado, aparentemente lleno de posibilidades, llevó a mi amiga a la quiebra energética y contrajo una enfermedad terminal. Veinte años después de la época del institu­to, seguía obsesionada con ella y era incapaz de avanzar. Hace unos años, contrajo lupus —una enfermedad rela­cionada directamente con el temor a desprenderse del pa­sado— y murió.

Muchas mujeres que han cumplido los cincuenta o los sesenta se aterran a sus treinta, luciendo un estilo juvenil en lugar de reconocer que han alcanzado la edad ma­dura, o anciana, o senil. Los hombres de cierta edad ha­cen lo mismo: se compran un coche deportivo rojo y persiguen a mujeres de veinte años. Esas conductas son lógicas y tan nocivas para la salud como el no querer des­prenderse de los hechos; negativos del pasado. Se debe aceptar la etapa de la vida en la que se uno encuentra y ser consciente de ello. Si es usted una persona de edad avanzada, no tiene por qué pensar que esa etapa equivale a un deterioro, pero no puede vivir lamentándose por haber per­dido la juventud.

El rechazo a librarnos del pasado, ya se trate de he­chos negativos o positivos, significa el desperdicio de una parte de su cuota diaria de energía. Si comienza a perder energía y no hace nada para recuperarla, su cuerpo físico se debilitará inevitablemente. El problema puede co­menzar de manera muy simple: usted empieza a sentirse decaído o nota que está falto de energía. Si no presta aten­ción, eso puede llevarle a contraer una infección vírica, gri­pe, jaqueca, migrañas o náuseas. Si sigue perdiendo ener­gía sin tomar medidas para evitarlo, esas pequeñas dolencias pueden degenerar en una enfermedad grave. Y, aunque es una idea que muchos rechazan, yo creo que la propensión a sufrir accidentes se debe añadir a este conjunto. La per­sona propensa a sufrir accidentes está endeudada energé­ticamente. Su sistema está des compensa do y puede sufrir desde pequeñas desgracias hasta un accidente mortal. Esas personas deben aprender a reconocer sus días malos, o épocas —al igual que notamos que nos hemos resfriado y procuramos descansar más o tomar vitaminas—, porque, por ejemplo, no son el momento adecuado para acudir a una entrevista de trabajo o tomar una decisión impor­tante.

Como intuitiva médica, yo distingo con más facili­dad que otras personas un déficit de energía, aunque, tal como explico en Anatomía del espíritu, con un poco de práctica es posible aprender a diagnosticar esa pérdida de energía en uno mismo. Las lecturas diagnósticas que realizo consisten en la observación de los circuitos ener­géticos que fluyen a través de una persona y la «interpre­tación» de lo que me dicen. Observar un circuito energético es un poco como leer un electrocardiograma, donde uno busca algún blip que indique peligro. Yo retrocedo en el tiempo y, cuando observo un blip en el circuito, espero hasta obtener alguna impresión sobre lo ocurrido, que me revele en qué circunstancias la persona perdió parte de su espíritu.

Hace unos años, hice una lectura a una mujer que pa­decía un dolor crónico. Cuando retrocedí once años en su pasado, sentí que había perdido a su hija en un accidente de carretera. Esa es una desgracia y una herida totalmen­te legitima; de hecho, nuestra sociedad probablemente la colocaría en terreno sagrado por considerarla la más gra­ve de las heridas sociales.

Mientras yo observaba su circuito energético, la ima­gen de la herida cambió y se convirtió en un bote de sal­vamento con numerosos pasajeros a bordo. La observé durante unos minutos, hasta que de golpe comprendí que tenía ante mi a una mujer extremadamente manipulado­ra que, por primera vez en su vida, había recibido una he­rida legítima y no estaba dispuesta a renunciar a ella. ¿Llo­raba la pérdida de su hija? Por supuesto. Pero otra parte de su personalidad pensaba: «Esto no está mal.» Esta mu­jer utilizaba la herida para legitimar el aspecto manipula­dor de su carácter. He conocido a muchas personas que utilizan un trauma de su infancia y lo convierten en el de­recho a manipular a ¡os demás, a mostrarse amargadas o enojadas con el mundo entero. Esta mujer acabó recono­ciendo que era una persona carente de principios éticos en lo tocante a su negocio, y que cada vez que alguien le plantaba cara, ella esgrimía su herida para obligar a la otra persona a pedirle disculpas: «¡Dios mío! Perdóneme si la he contrariado.» Sinceramente, ¿quién es capaz de re­nunciar a ese tipo de poder?

De modo que yo le dije;

—Sin duda la muerte de su hija representó para us­ted un dolor muy intenso y grave. Pero usted se ha bene­ficiado de esa trágica situación, \c ha sacado el máximo partido y no está dispuesta a renunciar a ella. Esta herida le ha proporcionado un poder que nunca tuvo antes.

La mujer reconoció que yo estaba en lo cierto. Pero pese a confesarlo, observé en su rostro que deseaba seguir aferrándose a su herida.

¿Por qué es tan difícil renunciar a una herida? Yo creo que lodos nacemos con una serie de percepciones sobre «lo que creemos que es cierto». Una de esas percepcio­nes es que si renunciamos a ciertas cosas nuestra vida cam­biará. Y lo cierto es que tememos más el cambio que la muerte. En cierta ocasión, ofrecí una charla sobre ese tema en la Universidad de New Hampshire. Ante un pú­blico de unas seiscientas personas. Una mujer, de aspec­to muy pacífico e incluso sumiso, me pidió que aclarara lo que estaba diciendo sobre renunciar a nuestro lenguaje de heridalogía. Yo repuse que nos negamos a renunciar a él porque se ha convertido en nuestro principal lenguaje de intimidad, y que todo lo demás —nuestras relaciones sen­timentales, nuestra vida social— lo hemos creado en tor­no a nuestras heridas. Para la mayoría de la gente, añadí, la idea de renunciar a ello es insoportable. En ese mo­mento, la mujer se levantó de un salto, como si hubiera re­cibido una descarga eléctrica, y gritó:

—No me gusta lo que dice. No me gusta porque si re­nuncio a este lenguaje de heridas no tendré nada que de­cirle a nadie. ¡No me gusta ni pizca!

LA HERIDA SOCIAL

Los casos como el de esta mujer y el de Jane no son raros. La heridalogía se ha convertido en un fenómeno so­cial que se extiende por todo el mundo, y representa un cambio en la conciencia global. Durante las cuatro últi­mas décadas, la sociedad americana se ha afanado en sen­sibilizarse ante la necesidad que tiene la gente de resolver sus traumas, pérdidas y violaciones personales. Nuestra cul­tura es más consciente délos trastornos emocionales pos-traumáticos, y del impacto de unas

violaciones emocionales y sexuales que, con anterioridad a los años sesenta, eran prácticamente invisibles. La revolución sexual, el movi­miento holista y la cultura Terapéutica han logrado que la mente tribal reconozca la magnitud criminal de esas vio­laciones personales, anteriormente consideradas menos traumáticas que los daños físicos.

Una vez que la mente tribal —el nivel de conciencia social más primitivo, orientado hacia la supervivencia, identificado con la etnicidad, la nacionalidad y la realidad consensual— hubo reconocido las consecuencias psico­lógicas y emocionales de esas violaciones, reaccionó con la formación de grupos de apoyo para ayudar a las perso­nas heridas emocionalmente con la promulgación de le­yes que criminalizaban las violaciones psicológicas y emo­cionales. Estas y otras medidas terapéuticas eran correctas y muy necesarias.

Pero, seguramente debido a que las heridas emocio­nales son muy poderosas, las actitudes culturales han ido más allá de la adopción de medidas terapéuticas adecua­das hasta llegar a una híper sensibilización ante las demandas y reivindicaciones de las víctimas. Maestros, mé­dicos, sacerdotes, empresarios e incluso miembros de la familia se ven, de pronto, obligados a andarse con extre­ma cautela a la hora de tratar con niños o miembros del sexo opuesto, por temor a ser acusados de conducta «im­propia».

Yo misma, como organizadora de talleres terapéuti­cos, recibí un contrata que contenía una cláusula sobre «una nueva política de acoso» en la que se identificaban nueve métodos de conducta reconocidos oficialmente como ofen­sivos (esto es, causantes de heridas). Esas conductas eran «sutiles y menos sutiles, y van desde contar chistes hasta tocar a otra persona, pasando por una conducta verbal ofensiva y por no informar sobre la conducta ofensiva de otra persona».

Evidentemente, las personas que fueron objeto de abusos sexuales y traumas en su juventud necesitan ayu­da para hacer frente a su pasado y valorar sus actos. Pero estos adultos tienen otras alternativas, aparte de asesinar a sus violadores. Este tipo de medidas, aunque bien in­tencionadas, animan a “buscar” la herida en encuentros sociales y «buscar» la conducta ofensiva en circunstan­cias totalmente inocentes. Una sacerdote episcopaliana me explicó hace poco que se había llevado un gran disgusto al enterarse de las nuevas medidas adoptadas por su igle­sia, que prohíben a los miembros de la parroquia abra­zarse.

—Como directora espiritual, con frecuencia toco a mis clientes para infundirles ánimo —dijo—. Ahora no sólo me prohíben tocarlos sino que debo dejar la puerta abierta durante las sesiones de dirección espiritual o con­fesión, que son totalmente privadas.

Su reacción ante esas medidas fue sacarse el titulo de masajista terapéutica para estar autorizada, por así decir­lo, a tocar a sus clientes.

El poder de la herida ha alcanzado también a nuestros tribunales, tal como demostró la incapacidad del ¡lirado para alcanzar un veredicto en el juicio inicial de 1995 con­tra los hermanos Menéndez. En nuestro afán por crear una sociedad más consciente de los sentimientos de sus miem­bros, ahora debemos preguntarnos si no habremos animado en exceso a respetar las heridas de los demás. Es frecuen­te ver a ahogados en televisión excitando a la gente a que­rellarse contra otros por «daños personales», lo que sig­nifica ganar dinero explotando nuestras heridas y nuestra rabia. El mensaje social es que las heridas representan una fuente de ingresos; sanarlas no te reporta ninguna ventaja.

En nuestra cultura mediática, las normas que rigen nuestra vida cambian a gran velocidad. La respuesta cul­tural a la nueva toma de conciencia sobre las heridas emo­cionales ha consistido en sensibilizarse hacia ellas, pues toda curación —en el caso de un individuo o de una sociedad— empieza por la identificación de las heridas. Pero esta identificación constituye tan sólo la primera parte de la cu­ración: el proceso de sanar requiere superar el dolor.

No pretendo decir que debamos pasar por alto los efectos de nuestras heridas en nuestra conducta cotidia­na. Pero sí debemos evitar recrearnos en traumas pasados, hasta el extremo de agotar las reservas energéticas que posee nuestro cuerpo al utilizar la energía que deberíamos invertir en el presente. El propósito de una «toma de con­ciencia», según el significado que damos a ese término, es ser conscientes de los sutiles desarrollos energéticos que se producen en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, y obrar en consecuencia.

El desarrollo de esta conciencia psíquica conlleva im­plicaciones muy variadas con respecto a la manera en que vivimos. El intercambio de ondas vibratorias o energéti­cas que se produce cuando nos hallamos en el exterior, por ejemplo, es distinto del que se produce cuando esta­mos dentro de un edificio, o cuando estamos al sol en vez de alejados del sol. Cuando estamos al sol, no sólo sentimos calor y nos bronceamos, sino que un campo de on­das vibratorias se une al nuestro y potencia la calidad de la energía que fluye a través de nuestro cuerpo. Dicho de otro modo, el efecto del sol sobre nuestro sistema ener­gético es semejante a cargar una batería. Desarrollar la conciencia psíquica significa asimilar unos comporta­mientos que cargan nuestras células energéticas y man­tienen nuestra vitalidad.

Por el contrario, citando nos despreocupamos o abu­samos de la energía y de la vida, pagamos una deuda ener­gética. Tomar en cuenta un trauma o una tragedia que afecta a otra persona exige de nosotros una respuesta com­pasiva, puesto que la compasión es una carga de energía que ayuda a la persona que sufre. Si respondemos sin com­pasión, o nos mostramos indiferentes, contraemos una deuda kármica. Cuando nos percatemos del poder de la energía—constituye el núcleo de la vida, no sólo una me­dida de vigor— descubriremos el poder contenido en nuestros pensamientos, no sólo con respecto a nosotros mismos sino a los demás.

Una de las historias más impresionantes que he oído jamás en un taller fue relatada poruña mujer que bahía re­sultado gravemente herida en un accidente de carretera había tenido una experiencia cercana a la muerte. La llamaré Maggie. Maggie sufrió una conmoción tan brutal que abandonó su cuerpo y, mientras flotaba sobre la escena del accidente, oyó las distintas reacciones de los conduc­tores de los coches que iban detrás de ella. Algunos se mostraban profundamente impresionados por el acci­dente, mientras que otros protestaban, pensando tan sólo en el retraso que e! atasco les iba a causar.

Pero del quinto coche detrás del suyo, Maggie vio brotar un maravilloso remolino de luz que se alzó hacia el éter y luego penetró en su cuerpo. « ¿Qué ocurre?», se preguntó Maggie. Y en aquel instante se encontró senta­da jumo a la conductora del quinto coche, que estaba rezando una oración por Maggie. En aquel estado energé­tico, en aquella experiencia cercana a la muerte, Maggie se fijó en la matrícula del coche y la grabó en su memoria. Al cabo de unos momentos penetró de nuevo en su cuer­po y la trasladaron al hospital. Cuando se hubo recupera­do del accidente, Maggie localizó a la mujer que había re­zado por ella y se presentó en su casa con un ramo de flores para darle las gracias.

LA RECUPERACIÓN DEL ESPÍRITU

Al seguir la evolución dé las almas de algunas perso­nas aquejadas de cáncer, a menudo he observado que, en su infancia, una persona importante para ellas —el padre, la madre o un maestro— les dijo algo así como «nunca ha­rás nada bueno», o «siempre serás una nulidad». Quizás ese comentario no duró más de tres segundos, pero esos tres segundos dominaron el resto de la vida de esa perso­na. Si alguien puede estar dominado por un comentario de tres segundos, ¿cree usted que será capaz de crear su propia realidad? Yo no. Es esa negatividad la que crea su realidad, y el desafío que tiene ante sí es serlo suficiente­mente fuerte para recuperar su espíritu.

Cuando lea las páginas siguientes y realice el ejer­cicio que indico a continuación, tenga presente que es realmente usted quien crea su realidad. Imagine un gran círculo ante sí, y luego visualice su prana, su fuerza vital o su gracia, penetrando por la parte superior de su cabeza. Ahora elija: ¿cómo desea distribuir su prana? Tal como lo distribuya, regresará a usted. Usted le dice a su espíri­tu: «Regresa a ese acontecimiento tan amargo que me ocurrió en el pasado y mantenlo vivo para mí, y luego tráeme sus frutos.» Y con esos frutos usted alimenta su tejido celular.

Ejercicio: Recuperar su espíritu

No es sencillo recuperar el espíritu que perdimos hace tiempo, no sólo debido al auténtico dolor que experi­mentamos en su momento, sino también a que el hecho de permanecer en recuerdos llenos de ira o amargura pue­de convertirse en un hábito. Es tan fácil que nuestro es­píritu regrese a donde hemos enterrado nuestro pasado que la conciencia no capta su energía y al final simplemente nos advierte de que nuestro espíritu se ha instalado en el pasado. Así, al cabo de un tiempo, ni siquiera tenemos que activar de forma consciente nuestro pasado traumático; se activa

automáticamente.

El proceso para devolver esta energía al presente em­pieza por realizar algunas modificaciones en nuestra con­ciencia y nuestro vocabulario; dicho de otro modo, debe­mos ser más listos que nuestro pasado. Aprenda a tomar conciencia, con tanta frecuencia como sea posible, de lo que está pensando y dónde invierte su energía. Cuando se percate de que ha vuelto a sumirse en un recuerdo oscu­ro, ordene a su energía que regrese al momento presente diciendo:

—Me niego a seguir avanzando en esa dirección. Aban­dono ese camino de una vez por todas.

No es necesario que se ponga a gritar de rabia ni a aporrearlos cojines del sofá. Puede desprenderse de esos recuerdos con un toque de humor, con frases como:

— ¡Otra vez tú! ¡Largo de aquí! No tengo tiempo ni ganas de seguir pensando en ti.

Anímese y no deje que su pasado le intimide. Deje de otorgarle poder aferrándose a la idea de que las cosas de­bieron y pudieron haber sido distintas. Eso no tiene nin­gún sentido.

Cuando adquiera un mayor control sobre sus pensa­mientos, trate de modificar su vocabulario. Al referirse a su vida, procure utilizar el tiempo presente. Ello no significa que no deba evocar su pasado, pero acostúmbrese a recordar sólo los momentos felices. Cuando alguien le pregunte cómo está, responda de modo positivo; ese debe ser su punto de partida. Si está tratando de resolver una crisis que ha experimentado recientemente, compártala con otra persona, pero no se recree en ella. Si el incidente le recuerda «las numerosas ocasiones en que me ocurrió esto», puede evocar esos momentos si y sólo si está dis­puesto a tratar de descifrar el esquema que persiste en su interior y que desencadena esos recuerdos, y romperlo. Si, después de su peregrinaje por los recuerdos de su pasado, emerge sintiéndose una víctima, diciendo «es inútil, haga lo que haga estoy condenado al fracaso», eso significa que no ha comprendido el significado de recuperar su espíri­tu. Si desea resolver los traumas de su pasado debe «via­jar por el tiempo» con el sincero propósito de localizar y romper esos esquemas reiterativos, y percatarse de lo que debe aprender en esta vida.

 

2

LOS CINCO MITOS SOBRE LA SANACIÓN

La relación entre conciencia y enfermedad es actual­mente objeto de numerosos debates y estudios científicos. Ciertamente, el tomar conciencia de las convicciones ne­gativas y sus efectos sobre nosotros puede ayudarnos a adoptar decisiones positivas y a mejorar nuestra vida. Yo creo, junto a muchos otros maestros e investigadores, que una toma de conciencia del innato vínculo de nuestro cuerpo-mente con nuestro espíritu puede propiciar el proceso de curación.

Con todo, incluso las mejores personas enferman. Al­gunas personas extraordinariamente sanas han contraí­do enfermedades corrientes y vulgares, incluso cánceres dolorosos. Oirás quizá supieran de antemano cómo iban a morir. Pero pese a sus desgracias físicas, esos santos y sa­bios se esforzaron en comprenderse, en mostrarse com­pasivos con los demás y en entrar en contacto con la ener­gía divina que dirigía sus vidas. Aunque no lograran curar su enfermedad física —o ni siquiera trataran de hacerlo—, sanaron su espíritu al aceptar la voluntad divina y el sublime propósito al que estaban destinados.

Debemos comprender que, en algunos casos, es vo­luntad divina que no nos curemos físicamente, sino que aprendamos, por medio de una enfermedad crónica o ter­minal, ciertas lecciones necesarias para nuestra alma. En otros casos, debemos asimilar virtudes espirituales que sólo la enfermedad pone a nuestro alcance, y, al asimilar­las, servir de inspiración a otros. La transformación mediante la enfermedad es un tema espiritual que se repite desde hace siglos, y la fe en lo Divino puede enseñarnos lecciones muy valiosas y sanarnos.

Un hombre llamado Simón ayudó durante un trecho a Jesús a cargar con la cruz, en el camino hacia la crucifi­xión. Ese episodio, simbólicamente tan poderoso, mere­ce más atención de la que le prestamos. Nos dice que, en nuestro viaje hacia el conocimiento de nosotros mismos y la realización de nuestro destino, también debemos ayu­dar a quien no tiene suficiente fuerza a transportar su car­ga; en ocasiones, esa carga es negativa.

Una vez, en Londres, tuve una sesión con un hombre exquisito que poseía el rostro de alguien que ha sido ben­decido por la mano divina. Después de la sesión, el hom­bre me dijo:

—Soy una buena persona, pero no comprendo por qué tengo tantos problemas con mis superiores.

Trabajaba para British Telecom. Yo le miré y sólo vi bondad en su aura. Cerré los ojos y pedí a lo Divino que me guiara. AI cabo de unos instantes, tuve la sensación muy intensa de que ese hombre era una especie de ángel de la guarda y que absorbía una gran cantidad de energía negativa. Buena parte de esa energía negativa era racista, porque él procedía de la India. Muchos otros indios que él conocía experimentaban también ese racismo pero no eran lo bastante fuertes para encajarlo, de modo que ese hombre absorbía la negatividad que iba dirigida hacia ellos. Yo traté de explicárselo:

—-No sé si eso íe ayudará, pero es la iónica sensación que he tenido.

—Si no es más que eso —repuso mi cliente—, puedo vivir con ello.

Oí una historia aún más sorprendente sobre un reputado maestro hindi que padecía un cáncer terntinal que afectaba a numerosos órganos de su cuerpo. A medida que progresaba el cáncer, él se iba debilitando, hasta que su cuerpo empezó a mostrar los estragos causados por su enfer­medad. Un día uno de sus alumnos, que sentía venera­ción por él, se le acercó y le preguntó por qué no se cura­ba o si no podía sanarse. El maestro espiritual lo miró y se echó a reír.

— ¿Quieres ver cómo curo mi cuerpo? —preguntó—. Observa.

Tras estas palabras, el maestro curó su cuerpo, que al instante rectiperó su aspecto saludable habitual. El alum­no se quedó perplejo.

—No lo comprendo —dijo éste—. Si posees tanta luz en tu interior, ¿qué causa esta oscuridad malsana?

—Esta oscuridad no me pertenece —contestó el ma­estro espiritual—. Es tuya y de mis otros alumnos. Yo car­go con ella hasta que seáis lo bastante fuertes para aca­rrearla vosotros mismos. Yo no la siento.

Aceptarla voluntad divina constituye la clave para al­canzar !a madurez espiritual, y para resolver los proble­mas físicos y emocionales. Al margen de que una enfer­medad sea una crisis espiritual o haya sido causada por nuestra negatividad, ia naturaleza humana está prepara­da para buscar el medio de sanar. Pero mis numerosas ex­periencias con personas aquejadas de enfermedades gra­ves me han convencido de que, con frecuencia, la gente no se cura porque, consciente o inconscientemente, tie­ne más fe en unas creencias muy potentes que interfieren su curación que en su capacidad de sanar.

Existen cinco mi tos fundamentales sobre la curación, que consumen la energía mental y emocional de una per­sona hasta el punto de impedirle sanar. Cada uno de esos mitos sirve para apoyar la actitud de la heridalogía, que de­bilita al cuerpo en lugar de sanarlo. Esas creencias son tan fuertes que, en ocasiones, superan a nuestras creencias optimistas sobre la posibilidad de curarnos. Ello se debe a que las creencias basadas en la esperanza y el optimis­mo se refieren al futuro, a posibilidades, mientras que la enfermedad es una realidad y los mitos que la sustentan hablan en tiempo presente. La curación es intangible, pero sen timos y vemos nuestra enfermedad.

El medio más eficaz de destruir el poder de un mito es reconocer que .se cree en él, y que por mucho que se com­parta esa creencia con otras personas, no por ello deja de ser una creencia para convertirse en un hecho. A continuación, hay que hacer un esfuerzo consciente para librarse de su in­flujo. Cuando lea las descripciones de estos cinco mitos, pre­gúntese: « ¿Creo en él?» Si la respuesta es afirmativa, yo le mostraré la forma —por medio de la oración y otros ritos— de apartarlo de su mente. Ningún mito permite que la psi­que se libere de él sin plantar batalla, pero si usted tiene realmente la intención de sanar debe librar esa batalla y, a continuación, desarrollar unos esquemas mentales desti­nados a suplantar esos mitos y a potenciar su salud.

EL PRIMER MITO: Mi VIDA ESTÁ DEFINIDA POR MI HERIDA

Es prácticamente imposible no estar influido por un pa­sado de heridas emocionales}’psíquicas. Tanto literal como simbólicamente, las heridas impregnan nuestra sangre y nuestro cuerpo. Nuestra biografía es en buena parte bio­logía. Las heridas son como unos canales que desvían agua y espíritu del río de nuestra vida. Cuantas más heridas te­nemos, mayor es el esfuerzo que debemos hacer para re­cuperar nuestra energía, frenar la pérdida energética y afa­narnos en sanar. Independientemente del número y la profundidad de esos canales, para curarnos debemos recu­perar nuestra fuerza vital.

Muchas personas están convencidas de que sus vidas no son sino una compilación de heridas psíquicas que ellos mismos no pueden sanar. Cuando les digo que pueden li­brarse de sus heridas, la mayoría responde: —Usted no lo comprende. No he vuelto a ser la mis­ma persona desde esa experiencia. ¿Cómo puedo cambiar eso ahora?

Después de pasar por una experiencia traumática o trágica, esas personas tienden a contemplar cada nueva experiencia a través de la lente de la herida que padecen. Proyectan su experiencia anterior sobre todo cuanto for­ma parte de su vida actual. Inician toda relación sospe­chando que será igual que la anterior. Incluso advierten a la persona con la que entablan una relación que jamás po­drán confiar en él n ella plenamente debido a su expe­riencia pasada. Y describen su vida como una serie de de­sastres personales y profesionales que no pueden tener fin porque su pasado herido les ha arrebatado coda opor­tunidad de ser felices.

Aunque este estado anímico es triste, limitador y de­rrotista, algunas personas derivan un gran poder de su continuidad porque les autoriza a llevar una vida de nu­las expectativas y escasa responsabilidad. Les permite apo­yarse en otros, explotando sus sentimientos de culpabili­dad para seguir beneficiándose de esa ayuda. Se expresan cotí tristeza o amargura sobre las metas creativas que ja­más lograrán alcanzar debido a su historial de traumas fí­sicos o emocionales. Buscan un sistema de apoyo que les conceda un espacio social en el que se sientan cómodos, donde puedan desarrollar libremente su heridalogía sin que les critiquen por ello. Dado que no se espera nada de una personalidad herida, no pueden fracasar.

Con el paso de los arios, a medida que esas personas se acostumbran a este poder y a esta autoprotección, cada vez les cuesta más cambiar. A medida que nos hacemos ma­yores, nos resulta muy difícil abandonar nuestras heridas y modificar nuestros criterios. Pero lo cierto es que el he­cho de conceder tanta importancia a sus heridas puede dañar su psique tanto como las mismas heridas. El recrear­se en una herida equivale a herirnos a nosotros mismos, constituye una auto flagelación, mantiene nuestra con­ciencia siempre centrada en la debilidad y nunca en la re­cuperación. Además, una psique convencida de su vulnerabilidad emocional y psicológica sólo puede producir un cuerpo físico que refleje esa condición. Si la fuerza y la in­dependencia le producen temor, le resultará muy difícil conservar o recuperar la salud.

En uno de mis talleres, conocí a un hombre llamado Frank i|ue estaba absolutamente convencido de que sus he­ridas habían creado unas limitaciones inamovibles con respecto a lo que podía conseguir en la vida. Frank se que­jaba continuamente de que podría haber sido un científi­co o un médico, pero, como algunos de sus profesores en la escuela le criticaban constantemente, se vio obligado a dedicarse a trabajos que requerían un menor nivel educativo y así evitarse más humillaciones.

Durante el taller, cada vez que la discusión se centra­ba en los diversos tratamientos médicos, Frank se apre­sura ha a aportar su opinión, que siempre era negativa. Los médicos no saben cómo tratar una enfermedad, decía, por­que la mayoría de ellos no saben lo que es el sufrimiento. En cierto momento, un hombre objetó que muchos mé­dicos tienen un pasado complicado, y que eligen la pro­fesión médica precisamente para ayudar a los demás. El mismo era médico, dijo. Frank despachó esa objeción adu­ciendo que el hombre se limitaba a reprimir su dolor y que, como médico, era incapaz de entrar en contacto con sus emociones. A medida que la discusión se prolongaba, cuatro personas más relataron sus crisis personales, que ha­bían conseguido resolver. Pero Frank interpretó esos co­mentarios positivos como una ofensa. Se levantó y decla­ró que nadie había padecido unas heridas emocionales tan profundas como él. Tras lo cual se marchó y abandonó el grupo de apoyo.

Pese a la actitud de Frank, a menudo me he sentido inspirada por las maravillosas historias de curación que otras personas de este grupo relataron, y por muchas otras que he oído en otros talleres. Esas personas habían supe­rado unas experiencias atroces y habían logrado no sólo construir una vida productiva, sino dichosa.

En un taller conocí a una mujer llamada Alison que había padecido cáncer de mama y se había curado. Poco después de cumplir treinta años, se descubrió un bulto en el pecho que resultó ser maligno. En esa época, Alison mantenía una relación con un hombre llamado Sam y ha­bían empezado a hablar de matrimonio. Cuando Alison contó a Sam que tenía cáncer, él respondió que «lucha­rían juntos contra eso» y luego se dedicarían a disfrutar de la vida. Pero no Fue así, porque, según explicó Alison, «Sam necesitaba que yo dependiera de é!. Mi dependen­cia le hacía sentirse seguro: le daba la sensación de que controlaba nuestra relación».

Mientras Alison se esforzaba en sanar, también curó su personalidad, y comprendió que, aunque amaba a Sam, su dependencia de él ¡e impedía progresar. Dependía de él hasta el punto de pretender que fuera él quien consiguiera curarla. Al mismo tiempo, Alison temía ser fuerte porque asociaba la fortaleza con la independencia.

—Yo era inca paz, de relacionarme con otras personas sin proporcionarles una lista de mis puntos débiles —dijo—. Yo sabía cómo ser incompleta, y siempre me había pareci­do el medio de sentirme unida a alguien. Con Sam dio re­sultado, al igual que con otros hombres con los que había tenido una relación. Pero comprendí que debía convertir­me en una persona distinta, una persona fuerte y capaz de afrontar sola el cáncer.

Incluso la idea de curarse por sí sola asustaba a Alison, porque temía que Sam pensara que había hecho algo sin su participación.

—Me atormentaba tanto el temor de curarme como el de no curarme —nos explicó Alison—. Comprendí que, si me curaba, tendría que analizar esas facetas de mi personalidad que había utilizado para comunicarme con la gen­te, en particular con Sam. Una noche me di cuenta de que debía tomar mía decisión, y dije a Sam que necesitaba un poco de espacio para reorganizar mis pensamientos. El lo interpretó como un rechazo, y nuestra relación terminó.

La doctora de Alison le proporcionó una perspectiva bien distinta. Le aseguró que ser una persona fuerte no sig­nificaba vivir sola, sin» gozar de una vida más satisfacto­ria, porque la independencia implica poder elegir. La fuer­za le permitiría no tener que «conformarse con lo primero que se presentara»-, sino poder decidir con qué hombre de­seaba compartir su vida.

—Al principio no la creí —dijo Alison—, pero me gustó lo que decía.

Alison recordaba esas palabras cada vez que experi­mentaba temor ante la soledad, especialmente ahora que vivía s«la-

Me dije que sola o con otra persona, deseaba dis­frutar de una vida sana y placentera —dijo—. Lo que me pareció más interesante de esa decisión es que una vez que me dije eso, empecé a creer que era capaz de controlar mi vida yo misma. Pero, al mismo tiempo, sabía que no esta­ría sola.

Después de nuestra conversación, experimenté una sensación muy positiva con respecto a la situación de Ali­son. Vi en ella todos los elementos de responsabilidad y firmeza de carácter que necesita una persona cuando se en­frenta a una enfermedad grave. Pero más que eso, vi que ella estaba convencida de lo que decía. Al cabo de un tiem­po, recibí una carta de Alison comunicándome que su cán­cer había remitido y que confiaba en que lograría sanar por completo.

No subestimo la dificultad de renunciar a la creencia de que tu vida está y siempre estará definida por tus heri­das. Es muy difícil abandonar este mito porque resulta muy útil: nos permite pensar que cualquier fracaso o falta de logros por nuestra parte es culpa de otra persona. La única forma de librarse del dominio que este mito ejerce sobre la psique es asumir una mayor responsabilidad por la calidad de nuestra vida, como hizo Alisen. En lugar de lamentarse de no haber ido a la universidad, vaya a la uni­versidad. Empiece por apuntarse sólo a una asignatura por año, por correspondencia si es necesario. En lugar de lamentarse de no pesar veinte kilos menos, modifique su dieta, camine más, aunque sólo sea un par de kilómetros al día, y reduzca grasas. Cuando sienta la tentación de de­cir u pensar «yo pude haber conseguido…, pero mis he­ridas pasadas me lo impidieron», tome las medidas nece­sarias para cumplir esa meta «inalcanzable»-.

Preguntas para un auto-examen

  • ¿Busca siempre algún pretexto para no hacer co­sas más positivas en su vida?
  • ¿Compara su historial de heridas con el de otras personas? En caso afirmativo, ¿por qué?
  • Si se siente más herido que otras personas, ¿hace eso que se sienta más poderoso?

EL SEGUNDO MITO: ESTAR SANO SIGNIFICA ESTAR SOLO

Con frecuencia se dice que para recobrar la salud es preciso «aprender a valerse por uno mismo», es decir, cui­dar de uno mismo, ser independiente. Para algunas per­sonas psíquicamente heridas, recobrar la salud y alcanzar la independencia significa soledad y vulnerabilidad. Para muchos, este temor a una independencia heroica —y, por ende, soledad— constituye la raíz de su incapacidad para curarse. Por otra parte, creen que una vez se hayan cura-do estarán siempre sanos, y que, con la recuperación tic la salud, se evaporará la necesidad de apoyo emocional y psicológico. Esta es otra variante del mito arcaico de que una vez que alcancemos la Tierra Prometida, habremos ¡legado al término de nuestro viaje. Pero las personas qui­se están curando o que están curadas necesitan la compa­ñía y la amistad de oíros al igual que el resto del mundo. Creamos salud iodos los días y en todo momento, y de­bernos ser conscientes de ello. Al igual que la iluminación no es un estado permanente tan sólo al alcance de super­hombres espirituales, la salud no se consigue fuera de una comunidad, sino que requiere un vínculo consciente en­tre la mente, el cuerpo y el espíritu; un vínculo entre el in­dividuo, las demás personas y el universo.

Sanar, al igual que la espiritualidad, es un proceso continuo, tal como indican numerosas historias de la tra­dición oriental. En una historia relatada por Jack Korn-field, psicólogo y profesor de Meditación Perceptiva, un monje asciende por una montaña decidido a hallar la ilu­minación o morir. Durante el camino, se encuentra con un viejo sabio que porta un enorme tardo y le pregunta si ha oído hablar de la iluminación. El anciano, que es Bodhisattva el Sabio, deposita el fardo en el suelo. En aquel instante el monje alcanza la iluminación.

— ¿Es así de sencillo? —Pregunta—. ¿Hasta con de­jarlo todo y no aferrarse a nada? —El monje mira al an­ciano y añade—: ¿Y ahora qué?

El anciano se agacha, recoge el fardo y echa a andar hacia la aldea. Es decir, después de alcanzar la iluminación nos aguardan los mismos placeres y las mismas tareas. Aun después de curarnos, debemos seguir trabajando para con­servar la salud. La curación es un proceso sin final.

En la sociedad norteamericana, la idea más extendi­da es que una persona sana es una persona que se ha re­cuperado por completo de una herida o una enfermedad y sigue adelante con su vida, inmune a cualquier otro problema de salud. Pero la verdad es que tanto si estamos cu­rados o en vías de curación, siempre necesitamos una co­munidad de amigos y familiares que nos quiera, una co­munidad basada no sólo en las heridas y la dependencia sino en unos intereses compartidos y un apoyo emocio­nal. La curación no representa el fin de las necesidades del corazón, sino una puerta que nos permite abrir nuestros, corazones.

Alos norteamericanos les encanta el mito del tipo individualista, fuerte y duro. El problema es que muy po­cos de nosotros podemos identificarnos con esa imagen porque somos esencialmente seres sociales. En tanto crea­mos que la auténtica curación requiere un esfuerzo heroico e individual, tendremos una excusa muy conveniente para no intentarlo siquiera. Incluso adoptar las medidas más mo­destas para sanar, como aprender meditación y yoga, o modificar nuestra dieta, nos parece imposible sin la cola­boración de un compañero o compañera, aunque muchas personas han conseguido realizar esos cambios en su vida sin ayuda de nadie.

En uno de mis talleres, una mujer llamada Beth me contó que cuando le diagnosticaron un cáncer decidió tra­tar de curarse a través de la medicina complementaria. Modificó su dieta, y dejó de ruinar y de beber alcohol. A continuación, se inscribió en un grupo de apoyo para en­fermos de cáncer, buscó la ayuda de un terapeuta y empezó a practicar yoga. Su novio, Matt, que era un fumador em­pedernido, se sintió amenazado por esas iniciativas, en particular cuando Beth le dijo que ya no podía fumar en casa.

Beth y Matt se peleaban continuamente, no sólo por lo del tabaco sino porque Beth pasaba mucho tiempo fue­ra de casa. Al darse cuenta de que cada ve?, tenía menos en común con Beth, Matt le pidió que se marchara de casa. Ella me confesó que ése era el cambio que más temía, no sólo porque carecía de recursos económicos para hallar una nueva residencia y costear sus gastos médicos, sino por­que llevaba mucho tiempo con Matt y no concebía su vida sin éJ.

Beth propuso un pacto: Matt podía fumar en la casa y comer lo que quisiera, y el la acudiría a las reuniones de su grupo de apoyo sólo cada quince días. Acamhir», él de­jaría de criticarla por su nueva dieta y por asistir a clases de yoga.

Cuando pregunté a Beth si ese plan había dado re­sultado, respondió:

—Hago la mayor parte de lo que debería hacer, de modo que en ese aspecto me siento satisfecha. Pero echo de menos las sesiones semanales con mi grupo de apoyo, porque Matt no tiene ni idea de lo que significa padecer un cáncer. Ksas personas sí lo saben, y me aceptan sin re­servas. Compartimos la misma meta, nos apoyamos mu­tuamente. Es una sensación muy agradable. Matt dice que, a esas personas, yo les importo un comino, que sólo les importa lo que puedan sacar de mí. Yo no lo creo, pero no puedo demostrárselo porque Matt se niega a cono­cerlas. En cualquier caso, Matt me ha prometido perma­necer a mi lado, y eso es lo que cuenta.

No sé si Beth logró curarse, pero confío en que se percatara de que su dilema estaba agotando sus reservas de energía. No obstante, cuando pienso en ella, veo a una persona cuya principal preocupación no era curarse, sino quedarse sola, y que ese temor a la sociedad probablemente agravaría su enfermedad.

En otra ocasión, conocí a un joven simpático y alegre llamado Bart a quien los médicos habían diagnosticado leucemia. Dos días después de recibir el diagnóstico, Bart comenzó a leer tocio cuanto pudo sobre los métodos de cu­ración basados en la conexión entre la mente y el cuerpo. Cambió todos los aspectos de su vida, hasta el extremo de pintar de nuevo su apartamento de unos colores que, para él, inducían la paz de espíritu. Sólo uno de sus amigos se mostró respetuoso con las iniciativas emprendidas por Bart. Los otros le tomaban el pelo, sobre todo cuando decidió comer sólo productos naturales e inició una práctica espiritual. Al cabo de un tiempo, Bart cortó todo contacto con su viejo círculo de amigos y, aunque al principio los echaba de menos, lo su­peditó todo a su afán de recuperar la salud. En caso nece­sario, estaba dispuesto a vivir en un mundo de absoluto ais­lamiento y silencio.

Su nuevo estilo de vida implicaba una cierta soledad. Pero ésta se convirtió para él en una reconfortante compa­ñera. Bart empezó a apreciar y respetar a la persona en la que se estaba convirtiendo. Le gustaba sentirse fuerte y capaz de controlar su vida, aunque en ocasiones añoraba a sus viejos amigos. En los momentos en que se sentía solo, Bart se consolaba visualizando su futuro con unas imágenes po­sitivas de una vida nueva, no de soledad sino de esperanza, rodeado por amigos. Al cabo de dos años, su enfermedad remitió por completo. Posteriormente una persona alle­gada a Bart me dijo que éste se había casado y tenía un nuevo círculo de amigos que compartían su acción por los pro­ductos naturales y las prácticas espirituales.

Las condiciones para alcanzar la curación son duras, sobre todo cuando nos exigen renunciar a nuestros ami­gos íntimos. Aunque no todo el inundo se ve obligado a cambiar drásticamente de vida, en caso necesario, no que­da más remedio que hacerlo. Si tiene usted que renunciar ii sus viejas amistades, tenga presente la naturaleza cícli­ca de la vida, ensalzada por los místicos, desde el anóni­mo autor del Eclesiastés hasta Lao-tzu. Después del in­vierno viene la primavera. Tanto la soledad como la amistad desempeñan determinados papeles en distintos momen­tos durante el proceso de curación. La curación no re­quiere soledad, al igual que el misticismo no requiere ci­licios ni una dieta de saltamontes.

Preguntas para un auto examen

  • ¿Teme usted que si se cura su grupo dé apoyo le abandonará o se mostrará menos comprensivo con usted?
  • Cuando se visualiza curado, ¿está solo en la habi­tación?
  • ¿Cree usted que las heridas emocionales constitu­yen un medio de establecer un vínculo con otra persona y que, si se cura, tendrá que .separarse de esa persona?

EL TERCER MITO:

Sentir dolor significa ser destruido por él

En muchos casos, el dolor indica la presencia de una enfermedad, ya sea emocional o física, y es normal creer que todo dolor e;> negativo. Pero el dolor es también un maestro, un mensajero que nos hace prestar atención a nuestro cuerpo o alejarnos de conductas y situaciones en las que nos mostramos débiles para adoptar un estilo de vida que potencie nuestra fuerza e integridad.

Nuestra sociedad, con su culto a las drogas, sostiene que la mayoría de trastornos dolorosos, físicos y psíquicos, deben curarse con fármacos. Los anuncios de televisión fomentan el uso de analgésicos contra el dolor de cabeza, el dolor de espalda y cualquier otro síntoma imaginable. Ciertamente, un dolor crónico nos impide llevar una vida normal y satisfactoria. Pero el dolor emocional o psíqui­co puede ser también una señal que nos obligue a prestar atención. Puede ser un maestro, tanto si se origina en nuestras emociones como en nuestro cuerpo. Dirige nuestra atención hacia esa área física o emocional que debemos restaurar. Eliminar prematuramente un dolor con fárma­cos es un error, ya que puede inducirnos a creer que nos hemos curado cuando no es así. En lugar de medicarnos al primer síntoma, debemos analizar la situación y averi­guar por qué experimentamos un dolor localizado, o una serie de molestias y dolores difusos. Los anuncios de tele­visión que más detesto son los que ofrecen unos remedios contra trastornos digestivos que deben tomarse antes de comer, para que usted pueda ingerir una serie de alimen­tos grasos, picantes o lácteos sin sentir el dolor de estó­mago que trata de advertirle que su cuerpo no puede di­gerir ese tipo de comida.

Aunque la utilización de drogas para calmar el do­lor puede ser esencial en alguna etapa del proceso de sanación, debemos preguntarnos si esas drogas son siem­pre necesarias o si impiden que el dolor nos advierta de que algo no funciona en nuestra vida. Padecer dolor es una experiencia horrorosa, pero también lo es la drogo-dependencia. Las drogas empeoran la situación porque al tomarlas usted no se percata de lo que ocurre en su cuer­po y puede creer que Ivi ausencia de dolor significa que se ha curado. Y no es así. No tema sentir dolor y utili­zarlo como un aliado para que le ayude a sanar su cuer­po. Posiblemente sea el único lenguaje que logre atraer su atención.

Si usted se da cuenta de que tiene dependencia de una determinada droga, establezca un programa de des­habituación paulatina y acuda a un grupo de apoyo que le ayude a superar esta difícil tarea. Sin embargo, an­tes de iniciar el tratamiento, le recomiendo que acuda a un terapeuta que le pueda llevar de la mano —y de la mente, por así decir-— paso a paso hacia una renovada toma de contacto consigo mismo. Aprenda métodos alternativos de control mental y corporal, por ejemplo cómo utilizar su respiración para comunicarse con su cuerpo, o el biofeedb&ck, que se inventó precisamente con ese fin.

Si está dispuesto a abordar la tarea de adentrarse en su dolor, necesitará ayuda, pues probablemente no sabe ni cómo ni dónde empezar. Una forma de comenzar es estudiarse a sí mismo. Preste atención a los pensamien­tos o actitudes que tiene a lo largo del día y que le pro­ducen dolor. Anótelos para hacerlos tangibles, y reconozca ios daños físicos que causan a su cuerpo. Quizá reco­nozca qiie se recrea con unas imágenes dolorosas de us­ted mismo o con unas creencias repletas de dolor sobre su vida. Quizá comprenda que, en el fondo, es usted un pesimista que ve sólo lo negativo y no repara en lo posi­tivo. O quizá reconozca que el dolor que soporta no es el suyo, sino el dolor de otros a quienes desea proteger. Hasta es posible que usted llegue a considerar el dolor como un desafío espiritual que ha aparecido en su vida a fin de fortalecer su psique hasta extremos inimagi­nables.

Un hombre llamado Fred, que asistió a uno de mis ta­lleres, me confesó que había empezado a tomar analgési­cos cuando sintió dolores de espalda. Aunque al principio la medicación le aliviaba el dolor, al cabo de un tiempo Fred comprobó que necesitaba aumentar la dosis. Un año más carde le dijo a su médico que la medicación ya no le ali­viaba los dolores y le pidió que le recetara un remedio más potente. Su médico !e recomendó que hiciera ejercicio para reforzar la espalda. Fred siguió su consejo, pero los ejercicios no bastaban. Entonces acudió a otro médico que le recetó un fármaco más potente, que un tiempo des­pués también dejó de ser eficaz.

Cuando pregunté a Fred por qué no había analizado el motivo por el cual su espalda le causaba tantos proble­mas, respondió:

—Francamente, no me molesté en hacerlo porque me hubiera tomado tiempo y yo quería algo que aliviara mis dolores inmediatamente.

Yo le pregunté qué otros factores, aparte del dolor de espalda y su dilema con los fármacos, le causaban estrés.

Fred me explicó que tenía un historial de inversiones fi­nancieras desastrosas y negocios fracasados porque siem­pre andaba buscando maneras fáciles y rápidas de ganar mucho dinero. Cuantos mayores eran sus fracasos, más le dolía la espalda.

Le pregunté cómo no se había percatado de la rela­ción entre su mala situación financiera y sus dolores de es­palda. Fred reconoció que sabía que esos dos problemas estaban conectados, pero se decía que en cuanto consiguiera ganar una cantidad importante de dinero, la espalda de­jaría de dolerle. Estaba convencido de ello y empeñado en Conseguir su propósito.

Cuando le pregunté qué le había inducido a asistir a uno de mis calieres, en vista de su actitud, Fred me con­fesó que quería aprender a utilizar «el poder mental» y la intuición para tomar decisiones financieras más acerta­das. Yo le sugerí que quizá los fármacos que tomaba in­fluyeran negativamente en su juicio, pero Fred insistió en que la única forma en que podía funcionar era tomando analgésicos que eliminaran el dolor. Nuestra conversa­ción concluyó con esa nota tan poco optimista. Sincera­mente, yo no tenía muchas esperanzas de que Fred con­siguiera curarse.

Una historia más positiva es la de Lester, quien había padecido unos dolores arroces debido a un tumor en la pierna y a la intervención quirúrgica que le habían prac­ticado para extirpar los tejidos cancerosos. Durante su convalecencia, los médicos le recetaron unos analgésicos, que Lester aseguró que necesitaba porque era incapaz de soportar aquel dolor. Mientras Lester se esforzaba por re­cobrar las fuerzas en su pierna, el dolor se intensificó; per­sistía incluso cuando Lester no caminaba ni hacía ejerci­cios de rehabilitación.

Lester continuó tomando la medicación porque el dolor le impedía conciliar el sueño por las noches, por cansado que se sintiera. Una noche, mientras yacía en la cama preguntándose si lograría alguna vez curarse y de­jar de sentir dolor, se le ocurrió tratar de adentrarse en su dolor. Se imaginó penetrando en su pierna para observar lo que ocurría deba]o de la piel.

Lester puso música de fondo para que le ayudara a relajarse, y se imaginó reparando el tejido celular de su pier­na y transmitiendo el mensaje de que todas las células can­cerosas debían ser destruidas de inmediato. Lester repi­tió ese ejercicio cada día, y fue notando que su confianza aumentaba. Al mismo tiempo fue reduciendo la dosis de analgésicos hasta que, finalmente, dejó de tomarlos, aun­que todavía sentía cieno dolor. Lester me contó que ha­bía comenzado a considerar su dolor como una «luz guía» que, durante cada sesión de meditación, le indicaba dón­de debía centrar su atención.

—Gracias a este ejercicio que practicaba cada día, o mejor dicho, cada hora —concluyó Lester—, llegué a con­vencerme de que lograría sanar mi cuerpo. Día tras día, sentía que mi mente iba adquiriendo renovado vigor y que mi cuerpo se restauraba.

Yo no tenía dudas de que Lester conseguiría sanar, y él tampoco.

Preguntas para un auto-examen

  • ¿Considera siempre el dolor como un enemigo?
  • ¿Ha aprendido algo del dolor físico? En caso afir­mativo, ¿qué?
  • Para combatir el dolor, ¿suele tomar medicamen­tos químicos o utiliza la meditación u otra disciplina interior?
  • ¿Ha sido adieto a los analgésicos o a las pastillas para dormir?
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EL CUARTO MITO:

TODA ENFERMEDAD ES CONSECUENCIA DE LA NEGATIVIDAD Y ESTAMOS DAÑADOS EN LO MÁS PROFUNDO DE NUESTRO SER

 

Nuestros pensamientos influyen decisivamente en la salud de nuestra mente y de nuestro cuerpo, y para sanar debemos explorar las regiones más recónditas de nuestro ser. Pero la raíz de una enfermedad no es siempre un pa­trón negativo, y no siempre debemos achacar la culpa de no lograr curarnos a unas experiencias negativas o a las cre­encias negativas que anidan en nuestro inconsciente. Mu­chas personas me cuentan que han explorado denudadamente su pasado en busca de esa experiencia negativa que les causó la enfermedad, pero no han logrado hallarla. ¿Qué deben hacer, me preguntan, para desenterrar esa pieza de su psique que les falta?

En algunos casos la enfermedad es el resultado de una serie de causas y es inútil tratar de atribuir la causa a un solo factor. La vida no es tan sencilla. Algunas enferme­dades se desarrollan debido al elevado grado de toxicidad de nuestro medio y al contacto con gérmenes, bacterias y virus. Otras se deben al contacto con agua contamina­da o parásitos. Otras son consecuencia de la genética, y es imposible vencerlas. Y algunas, como he dicho antes, pue­den ser una forma de guía espiritual. En nuestro afán de ser física y espiritualmente fuertes, olvidarnos que nues­tro viaje emocional es relativamente nuevo y que nuestro cuerpo físico sigue sometido al poderoso influjo de nues­tro medio y los cambiantes esquemas de nuestra sociedad.

Sería más fácil curarnos de una enfermedad si inves­tigáramos nuestro pasado en busca de patrones positivos además de negativos. Por más que exploremos nuestra psique en busca de todo cuanto pueda haber contribui­do a debilitarnos, no debemos pasar por alto las facetas fuertes y resistentes de nuestra personalidad. Cuando nos preocupamos sólo en buscar los patrones negativos, todo lo bueno que hay en nuestra vida suele eclipsarse.

Una voluntad firme y bien orientada, esencial a la horade reparar el tejido dañado, constituye una cualidad rara. Solemos utilizar nuestra fuerza cié voluntad más para eoritrolar a los demás que para controlarnos nosotros mis­mos. Y cuando tratamos de desarrollar una mayor fuerza de voluntad, por lo general lo hacemos motivados por el deseo de romper una adicción o de practicar unos ejerci­cios diarios más que por el afán de controlar nuestros pen­samientos negativos.

Los programas de apoyo no sólo ayudan a las perso­nas a recuperarse cié sus heridas, sino a celebrar su fuer­za. El espíritu humano no se duerme dentro de nosotros debido a nuestros patrones vitales negativos, ni la vida de la mayoría de la gente consiste en un largo rosario de tra­gedias. El desenterrar lo positivo es un proceso tan tera­péutico eomo el eliminar las partes negativas de nuestro pasado.

Cuando le diagnosticaron un cáncer de mama, Shei-la inició de inmediato un tratamiento médico y se inscri­bió en un grupo de apoyo para mujeres con esa enferme­dad. La comprensión que halló en el grupo ayudó a Sheila a librarse del dolor provocado por su reciente divorcio, que ella no había deseado. Su afán por salvar su matrimonio había «minado sus fuerzas», según dijo, tanto simbólica como físicamente.

Aunque el grupo de apoyo ayudó a Sheila a superar su desesperación, su cáncer seguía progresando. Varios miem­bros del grupo estaban convencidos de que ella seguía afe­rrándose a su matrimonio, o a otra parte negativa de su pa­sado. Sheila no sabía lo que era. de modo que acudió a mi taller para hallar la forma de descubrir las emociones ne­gativas que la estaban perjudicando.

Hasta que su matrimonio empezó a zozobrar, Sheila había sido una mujer relativamente feliz.

—Como es lógico, tuve problemas con mis hijos y al­gunas otras cosas —reconoció—, pero todo se resolvió. Mis hijos ya son mayores y mantenemos una relación de pro­fundo cariño. Nunca he tenido problemas económicos, y, aunque he perdido a mi padre y a mi madre, murieron porque había llegado su hora. Les lloré durante un tiem­po, pero luego me recuperé.

Mientras Sheila describía su pasado, le pregunté qué opinión tenía de sí misma. Supuse que enumeraría una larga lista de síntomas de escasa autoestima, pero me sor­prendió. Me dijo que siempre se había considerado una persona bondadosa, comprensiva con los demás, inteligente y sociable.

—Ahora —comentó—, me pregunto si me engaña­ba. Quizá nunca tuve ninguna de esas cualidades.

Su autoestima era perfecta, como un soplo de aire fresco. Pero mientras seguía conversando con ella, empecé a notar que se estaba desintegrando ante mis ojos. Final­mente, resultó que Sheila ya no tenía tan buena opinión de sí misma, sino que desde hacía poco se había conven­cido de que la positiva imagen que tenía de sí era Fruto de su vanidad, la cual la había creado para evitar enfrentarse a su auténtica personalidad. Incluso llegó a sugerir que su vanidad podría haber sido el auténtico motivo de su fra­caso matrimonial.

Por lo que deduje, la crisis de salud de Sheila, su cre­encia en un doloroso pasado que no conseguía descifrar y la deterioración de su imagen personal le habían crea­do un dilema mayor que el fracaso de su matrimonio. Sin embargo, estaba resucitando el dolor que le producía su divorcio, en lugar de aceptar que su marido la había aban­donado por sus propias razones. Es posible que, al supe­ditar sus problemas de salud a su búsqueda de unas expe­riencias pasadas negativas y al dolor de su divorcio, Sheila hubiera permitido que su cáncer de mama se agravara, y se deteriorara la imagen que tenía de sí misma.

Lo que podría haber hecho Sheila, al igual que mu­chas otras personas, era desterrar el mito de que uno con­trola todos los aspectos de su vida.

Preguntas para un auto examen

  • ¿Busca usted constantemente lo que hizo para me­recer la enfermedad que padece?
  • ¿Cree usted que no logrará sanar hasta que descu­bra la falta que cometió?
  • ¿Suele recrearse en las experiencias negativas del pasado, convencido de que, al hacerlo, estimula su curación?

EL QUINTO HITO: ES IMPOSIBLE LOGRAR UN VERDADERO CAMBIO

 

Este último mito es muy pernicioso porque ejerce un gran poder sol >re la psique, independientemente de que uno esté enfermo o no. Creemos que es imposible cambiar por una rayón bien simple: a nadie le gusta el cambio, y a nadie le gusta cambiar. Nos gusta que todo siga igual, incluso, pa­radójicamente, en situaciones adversas. Creemos que «más vale malo conocido que bueno por conocer», y así es corno la mayoría de nosotros consideramos el proceso de cambio.

Aunque el cambio es constante e inevitable, preferi­mos dedicar nuestros esfuerzos a impedir que se produz­can cambios en nuestra vida. Pedir a las personas que ini­cien un cambio e invoquen al viento para que impulse su embarcación más allá de las protegidas aguas del puerto y hacia el ancho mar, es como pedirles que se sienten so­bre carbón ardiente. Pero lo cierto es que la curación y el cambio son la misma cosa. Se componen de la misma ener­gía. No podemos pretender curar una enfermedad sin antes examinar qué patrones de conducta y actitudes debe­mos modificar en nuestra vida. Una vez que los hayamos identificado, debemos hacer algo con ellos. Esto requie­re pasar a la acción, y la acción propicia el cambio.

Muchas personas se convencen de que basta con aban­donar una adicción o iniciar un programa de ejercicios para curarse. Ciertamente, esos cambios ayudan a la curación pero contribuyen muy poco a eliminar los problemas que nos im­piden sanar. La curación requiere un cambio interno y ex­terno. Requiere que nos formulemos preguntas como: « ¿Me satisface la vida que llevo? ¿Presto la debida atención a mis necesidades personales o tan sólo me ocupo de las necesi­dades de los demás?» Esas preguntas no sólo dirigen nues­tra atención hacia nuestra persona sino que nos obligan a cambiar la trayectoria de nuestra vida e incluso a modificar nuestra naturaleza. Llegados a este punto, generalmente em­pezamos a discutir con nosotros mismos, diciéndonos una y otra ve/, que no podemos cambiar nuestra naturaleza. «Así he sitio siempre —decimos—, porque yo soy así.»

El mito de que es imposible lograr un verdadero cam­bio está profundamente enraizado en nuestro ADN. Todo y todos parecen sustentarlo porque no queremos cambiar nosotros mismos, ni creemos que los otros puedan cam­biar. Incluso cuando con fiamos en que una persona cam­bie sus características negativas, solemos dudar de que sea capa/, de esa transformación.

Para conseguir que se produzca un cambio en lo más profundo de nuestra naturaleza, debemos hacer frente a esas características personales que tratamos de rehuir. A menudo no nos percatamos de ciertas partes de nuestra per­sonalidad, bien porque no queremos reconocerlas o por­que no prestamos mucha atención a nuestro lado oscuro. Sea cual fuere el motivo, debemos afrontarlas de una vez por todas. No es tarea fácil. No nos gusta bucear en nues­tro lado oscuro, ni nos gusta analizar nuestros temores y nuestros rasgos negativos.

En uno de mis talleres, una mujer de 41 años llamada Louisa nos explicó cómo había reaccionado al averiguar que padecía un cáncer de ovarios. Había acudido a un te­rapeuta especializado en hipnosis. Al principio, la hipnosis no había surtido efecto, principalmente porque Louisa era incapaz de relajarse lo suficiente para desconectar su men­te. Un día su terapeuta le propuso que antes de la siguien­te sesión Louisa fuera a hacerse un masaje. Louisa siguió su consejo, y llegó a la consulta de su terapeuta lo bastante re­lajada para dejarse hipnotizar. Durante la sesión de hipno­sis, Louisa empezó a hablar de su temor a envejecer. Creía que la vejez representaba la pérdida de su belleza, su atrac­tivo sexual y, por ende, su poder como mujer. Considera­ba el proceso de envejecimiento como una enfermedad in­curable y afirmó que cada célula de su ser prefería morir a vivir como una anciana que contemplaría con envidia los ros­tros de otras mujeres más jóvenes y atractivas.

Cuando Louisa se despertó del trance y su terapeuta le contó lo que había dicho durante la hipnosis, Louisa lo negó.

— ¿Cómo voy a temer envejecer? A fin de cuentas, forma parte de la vida. Todo el mundo envejece.

Durante la siguiente sesión su terapeuta mostró a Louisa unas revistas de moda llenas de fotografías de mu­jeres guapísimas y le pidió que comentara las fotos. A

medida que volvía las páginas, Louisa empezó a ponerse muy nerviosa y comentó que debajo de aquella tonelada de ma­quillaje eran unas mujeres de lo más corriente. Su tensión aumentó cuando su terapeuta le pidió que imaginara cómo era la vida de una de aquellas mujeres tan extraordinaria­mente atractivas. Louisa dijo que no tenía ni remota idea. Cuando su terapeuta le preguntó si creía que esas muje­res temían envejecer, Louisa respondió:

—Pues claro. Lo basan todo en su belleza, y cuando ésta desaparece, su carrera y su vida personal llegan a su fin. Ningún hombre se siente atraído por una vieja.

—Estás hablando de ti misma —respondió su tera­peuta—, y es necesario que lo reconozcas. El temor está tan arraigado en ti que t?stás destruyendo tus órganos fe­meninos, porque odias el proceso de envejecimiento que se produce dentro de ru cuerpo femenino.

Louisa insistió en que no existía la menor relación en­tre su enfermedad y ese absurdo temor a envejecer. Desde su punto de vista, su cáncer era el resultado del estrés que le cansaba su trabajo, o quizá simple mala suerte, l.ouisa era incapaz de considerar siquiera !a posibilidad de otra inter­pretación. En su caso, un cambio de actitud era imposible, pues sólo estaba dispuesta a cambiar su vida mientras ese cambio no modificara la imagen que ella tenía de sí misma.

Otras personas, sin embargo, consideran el cambio no sólo posible sino como una aventura, sobre todo cuan-do lo abordan con sentido del humor. Linda, una mujer que padecía cáncer de piel, era una persona encantadora, simpática y con un gran sentido del humor. Decidió plan­tearse su curación como una aventura.

—Siempre deseé ser una exploradora —comentó—, pero nunca imaginé que tendría que explorar dentro de mi cuerpo.

Linda estaba dispuesta a probar cualquier tipo de tra­tamiento que hallara en el mercado. Después de investi­gar diversas posibilidades terapéuticas, conoció a un hom­bre que era a la vez terapeuta y profesor de meditación. Se reunían dos veces a la semana, y según me comentó Linda:

—Cuando no estábamos en el exterior, estábamos en el interior.

Como parte del tratamiento, él le recomendó que Linda se sumiera enun estado de meditación y respondiera a sus preguntas, A fin de colaborar con el plenamente, Linda compuso un poema que solía repetir unas cuantas veces antes de relajarse y sumirse en un estado de medi­tación: «Entro para restaurar mi ser, y salgo curada.»

—Como sabía que era necesario —me explicó Linda—, pensé que era mejor hacerlo de buen grado que resistir­me. Yo no sabía que tenía miedo a establecer una relación estrecha con la gente, pero así era. Y también descubrí que tenía verdadera fobia a los espacios cerrados, miedo a no poder salir de ahí. Sospecho que ése es el motivo de que pasase tanto tiempo al aire libre, y todo ese sol posi­blemente me hizo daño. Mi terapeuta me dijo que esos dos temores estaban relacionados. Ahora, cuando me en­cuentro en una habitación cerrada, me digo que ya no ten­go miedo. De paso me digo que si tengo algún otro temor oculto en mi interior, que salga y dé la cara. Ahora estoy preparada para afrontar cualquier cosa.

No es frecuente que consideremos cambiar nuestra for­ma de ser como una aventura, pero ¿por qué no puede serlo? La enfermedad está tan estrechamente relaciona­da con nuestros temores y patrones negativos que la pers­pectiva de curarnos nos infunde tanto miedo como ía pro­pia enfermedad. Saber que debemos realizar unos cambios profundos nos espanta. La admirable actitud de Linda muestra la positiva opción de abordarla curación con con­fianza y alegría, por improbable y difícil que parezca.

Cuando Larry padecía migrañas, tensión arterial ele­vada y una úlcera, llegó al extremo de negarse a seguir vi­viendo «en un cuerpo en ruinas», según me dijo. Tenía la impresión de haberse convertido en «un basurero físico», y que era «el terrateniente de un sistema feudal que exi­gía modernizarse».

Larry preparó un programa terapéutico que cubría todos los aspectos: físico, mental, emocional y espiritual. Pero básicamente se centró en sus problemas emociona­les, que, según él, constituían el núcleo de su toxicidad. Fue una experiencia muy grata conocer a Larry, uno de los pocos hombres con que me he encontrado que se propu­so renovarse por completo, como hacen algunas mujeres. Con el fin de comprender las debilidades y lagunas de su naturaleza emocional, Lany se reunió con muchas ami­gas y antiguas novias para preguntarles la opinión que te­nían de él y de la forma de expresar sus emociones.

I Alego acu dio a una terapeuta y le entregó una lista tic los defectos que, con .sinceridad, sus amigas le habían re­velado. Entre éstos se hallaba un carácter egocéntrico, falta de comprensión hacia los demás, mal genio y cierta tendencia a exagerar las cosas para convertirse en d cen­tro de atención. Una vez que salió de su estupor al averi­guar lo que sus amigas opinaban de él, Larry, con ayuda de su terapeuta, comenzó la tarea de transformarse.

—Al principio —dijo Larry—, me sentí como si tra­tara de escalar una montaña que no tenía cima y seguía tre­pando sin cesar, o como si cavara un pozo insondable. Debo reconocer que me disgustó lo que esas mujeres dijeron so­bre mí. Si volviera a repetir el experimento, les pediría que añadieran también alguna virtud, para suavizar el impac­to. En cualquier caso, mi terapeuta me dirigió para que pensara en mi infancia y tratara de hallar en ella la razón de mi egocentrismo. Entonces me di cuenta de que siem­pre había reclamado la atención de mis padres, y que aun­que ellos me habían dado mucho cariño y atención, nun­ca me había parecido suficiente. Siempre deseaba más, y esa necesidad persistió durante mis años adultos. En cier­to momento le confesé a mi terapeuta que empezaba a sentirme como un gusano, pero ella se echó a reír y dijo que eso indicaba que iba por buen camino. No sé lo que quiso decir con esa observación, pero seguí trabajando con ella.

Gracias a su entusiasmo y a su atan por explorar su na­turaleza, Larry se percató de que su cuerpo comenzaba a eli­minar la tensión que había acumulado a lo largo de los años. Sus migrañas persistieron durante un tiempo, pero su ten­sión arterial se normalizó y su úlcera empezó a remitir. Para ayudarle a resolver el problema de las migrañas, su terapeuta le enseñó ¡a técnica del “biofeedback”, un método que resulta efectivo con las migrañas puesto que ayuda a una per­sona a centrar su atención en enviar calor a sus manos, lo cual hace que disminuya la tensión en e! cerebro.

—Simultáneamente a este trabajo terapéutico —con­tinuó Larry—, deseaba convertirme en una persona dis­tinta, cuando menos para conservar la salud. Supongo que era una decisión egocéntrica, pero qué más da. Me esfor­cé en cambiar. Cuando salía con una chica o con un ami­go, procuraba no hablar tan sólo de mí mismo. Me interesaba por sus cosas, les escuchaba con atención. Al principio traté de impresionarles con mi nueva persona­lidad, pero al poco tiempo comprendí que realmente me interesaba lo que les ocurría a los demás. Y ante todo, me gustaba ia persona en la que me estaba convirtiendo.

Gracias a esa actitud positiva, Larry se curó muy pron­to de sus migrañas y sus otras dolencias.

La creencia de que estamos profunda e inevitable­mente dañados suele ir acompañada por la convicción de que no merecemos ningún tipo de ayuda, n¡ humana ni di­vina, y que tampoco merecemos aceptar la ayuda que nos ofrezcan. Librarse de esa carga emocional requiere un es­fuerzo tremendo, pero no sobre humano. Tal como de­muestra e! caso de Larry, requiere fuerza de voluntad. Ad­miro mucho la forma en que Larry pugnó por cambiar su personalidad. Su interior no le infundía miedo, hasta el ex­tremo de que pidió a sus amigos y amigas que le suminis­traran datos sobre sí mismo, lo cual muchos de nosotros no habríamos sido capaces de hacer por temor. Pero nin­gún obstáculo era demasiado grande para impedir que Larry alcanzara su meta. Y aunque curar unas migrañas es una minucia comparado con curar un cáncer, creo que, en caso de haber contraído esa enfermedad, Larry hubie­ra tratado de vencerla aplicando el mismo tesón y la mis­ma actitud positiva.

Preguntas para un auto examen

  • ¿Piensa en la necesidad de cambiar pero no hace nada para conseguirlo?
  • ¿Supone que el cambio le perturbará y deprimirá en lugar de considerarlo una aventura emocio­nante?
  • ¿Considera el cambio como una experiencia caó­tica que le hará perder el control sobre su vida?

Rara vez he conocido a una persona que no creyera por lo menos en uno de esos mitos. Debido a su difusión, librarse de ellos y de las formas de pensamientos que los acompañan en una tarea ímproba. Sin embargo, puede parecerle reconfortante saber que no será el único en ese camino. El sendero está más concurrido de lo que pueda imaginar, y la mayoría de sus compañeros lo encuentran tan duro como usted.

Como punto de partida para curarse, pruebe alguno de los métodos positivos que he descrito en este capítulo. Añada cualquier método que usted crea que puede ayu­darle a I levar a cabo los cambios internos que estimularán su curación.

No tema el desespero ni el agotamiento que inevita­blemente experimentará. Nadie puede mantener una ac­titud positiva y firme todo el tiempo, ni siquiera en las cir­cunstancias más favorables. En ocasiones las técnicas de curación descritas en los libros le parecerán absurdas: cambie su mentalidad, adopte una actitud positiva, haga ejercicio, coma bien y se curará. ¡Ojalá fuera tan simple! Pero no lo es. Una y otra vez, deberá explorar en su inte­rior, enfrentarse a los mitos en los que cree y eliminar sus temores y patrones negativos. Debe seguir haciendo esos ejercicios incluso después de haber sanado. Aunque usted no sea culpable de su enfermedad, debe penetrar en ella para aprender a hacerle frente, hallar su significado, vivir con ella y vencerla. ¿Hacia dónde si no debemos dirigir nuestra mirada? Podemos contemplar las estrellas, pero, en última instancia, vivimos en nuestro cuerpo. Nos pre­guntamos sobre nuestro lugar en el mundo, sobre la na­turaleza de Dios, sobre cuántos años viviremos. ¿Acaso son esas preguntas distintas de las que nos formulamos cuando llevamos a cabo la tarea de explorar nuestro inte­rior, cuando buscamos nuestra negatividad, o esas partes de nosotros que bemos descuidado durante tantos años? Lo cierto es que no tenemos más remedio que aproxi­marnos a nosotros mismos: la única forma de salir, por así decir, es entrar.

Consuélese pensando que la enfermedad no es el úni­co medio de que disponemos para localizar y eliminar los temores que se ocultan bajo esos cinco mitos, pero es la más poderosa. La vida es un peregrinaje a través de esos mitos, y en diversos momentos a lo largo del camino de­beremos enfrentarnos a esos temores, ya sea durante una crisis profesional, un divorcio, la muerte de una persona querida o el éxito repentino, que puede hacernos temer que nuestros amigos nos envidien y acaben abandonán­donos. Cada experiencia en la vida nos acerca a nosotros mismos, pues ya se trate del éxito o del fracaso, nos pre­guntamos si estamos mejorando o empeorando, y qué parte de nuestro ser ha experimentado un mayor impac­to o cambio. La enfermedad nos exige explorar nuestro in­terior y tomar conciencia de nuestro ser.

Los chakras, las eras astrológicas

y las formas de poder

A muchos de nosotros nos ha resultado franca mente di­fícil integrar en nuestra vida las asombrosas transforma­ciones en las actitudes y creencias sobre la curación que se han producido en las últimas décadas. Una manera de en­tender esos cambios y de sentirnos más cómodos con ellos es analizarlos en el contexto del desarrollo histórico que los ha generado. Dado que yo contemplo la historia a tra­vés de la lente del progreso no sólo tecnológico sino tam­bién espiritual y físico, repasaré brevemente el sistema de energía humana definido por los chakras, el cual constitu­ye el núcleo de mis teorías sobre la curación. Apartar de ahí, examinaré la relación entre las tres últimas eras astrológi­cas y las manifestaciones de poder psico-espiritual que se han dado en cada una de ellas.

LOS CHAKRAS

El conocimiento de los chakras ha existido durante mi­les de años, aunque sólo ha sido durante este último siglo cuando se ha filtrado con detalle a Occidente. Según los sistemas hindú y budista, los siete chakras constituyen los centros energéticos tradicionales del cuerpo astral, un plano sutil de energía que coexiste con el cuerpo físico. Los chakras son las áreas de conexión entre el cuerpo y el es­píritu que, una vez purificadas y «abiertas» mediante unos ejercicios avanzados de yoga, conducen al adepto a la iluminación, aunque en el caso de algunas personas, por ra­zones que no conocemos con precisión, los chakras se abren de forma espontánea. A menudo aparecen repre­sentados como flores de loto o ruedas que giran (en sáns­crito, chackra significa «rueda» o «círculo»), y cada chakra se corresponde aproximadamente con una zona del físi­co. (Las escuelas del taoísmo en China emplean un siste­ma parecido, aunque con terminologías distintas.)

El primer chakra, o Muladhara, se sitúa en el punto entre el ano y los genitales, donde ¡a energía vital del cuer­po y el espíritu yace como una serpiente enroscada. Según el sistema hinduista, el proceso de desenroscarla serpiente se conoce como Kundalini yoga, ül segundo chakra se ha­lla en la raíz de los genitales, el tercero corresponde al ple­xo solar, el cuarto está localizado cerca del corazón (en medio del pecho o hacia el lado derecho), el quinto se ha­lla en la región de la garganta, el sexto está ubicado un poco por encima del espacio entre las cejas (el llamado tercer ojo); el séptimo está situado sobre la coronilla, aun­que corresponde a la glándula pineal. Este último chacra se llama Sahasrara, derivado de la palabra sánscrita que sig­nifica «mil», y se refiere al «loto de los mil pétalos» de la iluminación. Existe un octavo chacra fuera del cuerpo fí­sico, situado en el borde superior del campo áurico, pero hablaré sobre ese chakra en el capítulo 7.

Para los occidentales que no conozcan la terminología y metafísica oriental, puede ser más sencillo considerar los chakras como unos discos informáticos que contienen todo tipo de información. Al igual que el disco duro de su orde­nador, los chakras giran y adquieren datos y también se puede acceder a ellos para recuperar esa información. Cada banco de datos energético resuena ante una vibración es­pecífica de energía necesaria para nuestro cuerpo físico y espiritual.

Según la ciencia oriental, la fuerza vital del universo fluye desde la coronilla hacia abajo a través de los chakras,

Alimentando nuestro cuerpo con siete clases de energía di­ferente, cada una de las cuales es esencial para nuestro de­sarrollo físico y espiritual. Y también fluye hacia arriba a través de los chakras, transmitiendo percepciones indivi­duales y la sensación consciente de la interconexión uni­versal.

Aunque todos los chakras son una parte inherente de nuestro ser espiritual y físico, yo creo que los seres huma­nos sólo consiguen tener acceso a ellos durante diversas fa­ses de nuestra evolución psicoespiritual. Asimismo, a me­dida que pasamos de la infancia a la madurez, activamos las energías de los chakras y sus lecciones espirituales en una secuencia de abajo arriba. A continuación ofrezco una bre­ve descripción de algunas de las creencias y conductas aso­ciadas con los chakras, en orden ascendente. El lector po­drá remitirse a esas descripciones cuando comentemos la relación de los chakras con las eras astrológicas y las formas de poder, en el resto de este capítulo.

 

Primer chakra: Este centro energético contiene los sistemas de creencias más directamente relacio­nados con nuestra familia biológica y nuestro entor­no social. La característica que identifica a los siste­mas del primer chakra es que constituyen unas formas de pensamiento grupales que derivan de tradiciones religiosas, étnicas, culturales, sociales, comerciales, políticas y familiares. Esos sistemas enseñan a los miembros de la tribu cómo ejercer control sobre el gru­po o cómo ceder el control a las figuras de autoridad del grupo; por consiguiente, los desafíos espirituales de este chakra tienen que ver con la forma en que nos relacionamos con nuestro mundo físico.

 

Segundo chakra: Del control del grupo, pasamos al control del individuo. El pensamiento y las lec­ciones del segundo chakra se aplican principalmente a las relaciones sexuales, la amistad, las asociacio­nes empresariales y financieras y el poder, y cual­quier interacción entre dos individuos que haga aflo­rar la necesidad de asumir el control de una situación. Naturalmente, las formas de control incluyen las conductas positivas y negativas, y todos experimen­tamos en nuestra vida ciertas formas individuales negativas a las que debemos enfrentarnos a causa de la influencia que ejercen sobre nuestra energía y nuestro cuerpo.

 

Tercer chakra: Este centro energético está princi­palmente relacionado con las creencias que sostene­mos sobre nosotros mismos: nuestro aspecto físico, in­teligencia, dotes físicas y habilidades, desde la gimnasia hasta el baile o el bordado. En suma, este chakra cons­tituye el centro de nuestra autoestima, y, como tal, los desafíos espirituales relacionados con este centro se refieren a la maduración del yo.

 

Cuarto chakra: Este centro-corazón del cuerpo humano es el generador de todas las emociones: amor, bondad, celos, ira, odio. El corazón es el más pode­roso de todos los chakras porque posee la autoridad absoluta para crear o destruir; como tal, la energía del corazón es la más difícil de dominar. Si su corazón está controlado por el poder tribal, sus conexiones emocionales serán igualmente limitadas. Los desa­fíos espirituales del cuarto chakra consisten en apren­der a ser compasivos, el valor del perdón y el signifi­cado del amor consciente, que a menudo llamamos «amor incondicional», lo cual convierte al corazón en un instrumento universal de bondad sin ninguna intención oculta que reduzca el amor a actos de ma­nipulación e intentos de controlar a los demás.

 

 

 

 

Anatomía de la energía

CHAKRA ÓRGANOS MANIFESTAC1ONES MENTALES Y/O EMOCIONALES DEFUNCIONES FÍSICAS
1 Soporte físico del cuerpo

Base de la columna

Piernas, huesos

Pies

Recto

Sistema inmunitarioSeguridad física en la familia o grupo  Capacidad de proveer a las

necesidades de la vida

Capacidad de hacerse valer y defenderse Sentirse a gusto en casa

Ley y orden social y familiarDolor crónico de la parte baja de la espalda

Ciática Varices

Tumor o cáncer rectal

Depresión Trastornos relacionados con la inmunidad2Órganos sexuales

Intestino grueso

Vértebras inferiores

Pelvis Apéndice Vejiga

Zona de las caderasAcusación y culpabilidad

Dinero y sexualidad

Poder y dominio

Creatividad

Ética y honor en las relaciones

Dolor crónico de la parte baja de la espalda Ciática Trastornos tocológicos

o ginecológicos Dolor pélvico o en la parte baja de la espalda Potencia sexual Problemas urinarios3Abdomen Estómago

Intestino delgado

Hígado, vesícula biliar

Riñones, páncreas

Glándulas suprarrenales Bazo

Parte central de la columnaConfianza Miedo e intimidación

Estima y respeto propios,

confianza y seguridad

en sí mismo Cuidado de sí mismo y de los demás Responsabilidad para tomar

decisiones

Sensibilidad a la crítica Honor personalArtritis

Ulceras gástricas o duodenales

Afecciones de colon e intestinos

pancreatitis/diabetes

Indigestión crónica o aguda

Anorexia o bulimia

Disfunción hepática

Hepatitis

Disfunción suprarrenal4Corazón y sistema circulatorio

Pulmones

Hombros y brazos

Costillas/pechos

Diafragma TimoAmor y odio

Resentimiento y amargura Aflicción y rabia Egocentrismo Soledad y compromiso Perdón, y compasión Esperanza y confianzaFallo cardíaco congestivo Infarto de miocardio (ataque

al corazón) Prolapso de la válvula mitral Cardiomegalia Asma/alergia Cáncer de pulmón Neumonía bronquial Parte superior de la espalda, hombros .Cáncer de mama5Garganta

Tiroides Tráquea

Vértebras cervicales

Boca Dientes y encías

Esófago Para tiroides

HipotálamoElección y fuerza de voluntad

Expresión personal

Seguir los propios sueños

Uso del poder personal para crear Adicción Juicio y crítica Fe y conocimiento

Capacidad para tomar decisionesRonquera. Irritación crónica de garganta Ulceras bucales .Afecciones en las encías .Afecciones temporomaxilares Escoliosis Laringitis Inflamación de ganglios .Trastornos tiroideos6Cerebro Sistema nervioso Ojos, oídos Nariz

Glándula pineal Glándula pituitariaAuto evaluación, Verdad

Capacidades intelectuales Sensación de capacidad Receptividad a las ideas de otras personas Capacidad para aprender de las experiencias Inteligencia emocionalTumor cerebral/derrame/embolia

Trastornos neurológicos Ceguera/sordera Trastornos en toda la columna Problemas de aprendizaje Ataques epilépticos

7Sistema muscular Sistema esquelético PielCapacidad de confiar en la vida

Valores, ética y valentía

Humanitarismo Generosidad

Visión global de las situaciones

Fe e inspiración Espiritualidad y devoción

Trastornos energéticos Depresión mística Agotamiento crónico no relacionado con Sensibilidad extrema a la luz,

al sonido y a cualquier otro

factor ambiental

 

 

Quinto chakra: Este centro energético es el nú­cleo de la voluntad humana, el lugar desde el cual transmitimos nuestra verdad. Cada elección que rea­lizarnos conlleva el poder de iniciar un cambio. Cuan­to más conscientes seamos de que no existe la elección individual, más impacto tendrá nuestra voluntad. El desafío espiritual de este chakra consiste en recono­cer que la fuerza de voluntad se mide, no por la forma en que imponemos nuestra voluntad sobre los demás, que es nuestra tendencia cultural, sino por nuestra capacidad de controlarnos. El autocontrol y la disci­plina conscientes significan vivir según la verdad de que cada pensamiento es un acto de gracia en poten­cia o un arma en potencia. Unos pensamientos nobles conducen a una expresión verbal noble y a un com­portamiento noble. Debemos aprender a dirigir cons­cientemente nuestra fuerza vital hacia unos pensa­mientos que nos devuelvan una energía positiva. Esta norma es aún más vital cuando nos enfrentamos a una enfermedad grave. Para que las técnicas de curación alternativas tengan unos efectos positivos, es absolutamente preciso que nuestra voluntad se alinie con nuestro corazón. Sin esa fuerza de voluntad, la visualización y otras disciplinas internas tendrán tan sólo la eficacia de unos dulces ensílenos y no la fuerza ne­cesaria para generar un cambio en nuestra biología física.

 

Sexto chakra: Este centro energético controla el po­der de la mente. Es el núcleo de nuestra conciencia psí­quica, y como tal, posee una gran autoridad. Una ver­dad espiritual es que la realidad existe detrás de nuestros ojos, no frente a ellos, y este chakra nos exige fami­liarizarnos con los niveles más profundos del ser y la conciencia. Todos seremos desafiados repetidamen­te a replantearnos las creencias en las que hemos in­vertido tanta energía. En ocasiones, nos percatare­mos de que esas creencias carecen de significado y deberemos asimilar otras más auténticas. Las carac­terísticas inherentes al sexto chakra pueden consti­tuir nuestros peores obstáculos o nuestras mejores ventajas: el orgullo y la capacidad de juicio. Utiliza- das de forma positiva, nos llevan a obrar con sabidu­ría; en sus manifestaciones negativas u oscuras, nos con­ducen a la arrogancia y al cinismo. Las lecciones es­pirituales del sexto chakra se refieren a la percepción y la intuición, a ver más allá de lo visible.

 

Séptimo cbakra. La energía de este centro es como un imán que tira de nosotros hacia arriba, hacia la per­cepción divina. Nos ofrece fe y esperanza. Es lo que yo llamo «nuestra cuenta comente de gracia» o nues­tra «cuenca corriente celular», en la que se almacena la energía generada por las oraciones y otros actos de devoción espiritual. Es asimismo nuestra conciencia espiritual, la parte de nuestro ser que busca la com­pañía de Dios, aunque no seamos conscientes de ello, recordándonos que la vida es algo más que la adqui­sición de bienes. Si tomamos conciencia de la sutil corriente divina que fluye a través de es te chakra, ésta generará la búsqueda y las preguntas espirituales ca­paces de transformarnos: ¿Por qué nací? ¿Qué es la verdad? ¿Cuál es el verdadero significado de la vida, y cómo puedo hallarlo? Si no se presta atención y se responde a esas preguntas, pueden desarrollarse sen­timientos de ansiedad y depresión.

 

 

 

 

Los chakras, los sacramentos y el Árbol de la Vida

Existen muchos medios de calibrar nuestro desarrollo espiritual; en mi opinión, la combinación de los chakras con el lenguaje simbólico de los sacramentos cristianos y la tradición cabalística es el más eficaz.

Ciertas verdades son universales para todas las tradi­ciones espirituales; por ejemplo, todos los sistemas espi­rituales enseñan a respetar la vida y la energía personal y que no se debe asesinar o robar. Pero las tradiciones es­pirituales hindú, cristiana y judía, de modo particular, con­tienen unos paralelismos aún más marcados. Los siete chakras se corresponden casi exactamente con el sistema de símbolos de los sacramentos cristianos y del Árbol de la Vida, por lo que, contemplados con juntamente, cons­tituyen un viaje de desarrollo espiritual. Es más fácil apre­ciar la correspondencia entre los siete chakras y los siete sacramentos cristianos. Si alineamos los sacramentos en cierto orden —bautismo, eucaristía, confirmación, ma­trimonio, confesión, orden sagrada y extremaunción— sus funciones evocan de forma asombrosa, en significado y poder, las de los siete chakras. (Aunque el orden en que he colocado a los sacramentos no es el de la Iglesia cató­lica, creo que se aproxima más al orden en que los reci­bían los catecúmenos de la Iglesia primitiva.) Ambos sis­temas ilustran, en su propio lenguaje, el flujo dinámico de energía que otorga vida al cuerpo humano.

Asimismo, en la tradición cabalística, el Árbol de la Vida contiene diez cualidades de la naturaleza humana que de­bemos cultivar a fin de alcanzar la plena madurez espiri­tual. Puesto que seis de esas diez cualidades, sefirot, son complementarias entre sí, el Árbol de la Vida parece te­ner siete niveles, al igual que las otras dos tradiciones. Por tanto, estas tres tradiciones ofrecen una perspectiva algo distinta pero compatible y unifícadora de la misma verdad: el espíritu se desarrolla a través de siete estadios de poder.

LAS ERAS ASTROLÓGICAS

El desarrollo paulatino de nuestra naturaleza espiri­tual individual en el curso de una sola vida es un reflejo de la evolución histórica de la espiritualidad humana a lo lar­go de los siglos. Según un principio aceptado de la evolu­ción biológica, a veces una especie realiza un salto gigantesco en su evolución. A mi entender, durante los últimos cuatro mil o cinco mil años, la humanidad experimentó en varias ocasiones un salto evolutivo equivalente en el aspecto psicoespiritual. Puesto que mi teoría sobre el desarrollo de los chakras se basa en la intuición y no en unos hechos científicos demostrables, posiblemente le resulte más sen­cillo considerarlos como una metáfora de la evolución es­piritual humana. Por lo demás, a las puertas del próximo milenio, creo que nos hallamos en medio de otro gigan­tesco salto en nuestro desarrollo evolutivo.

Durante mi estudio de las escrituras cristianas me he tropezado en varias ocasiones con simbolismo astrológi­co. El mejor exponente de este simbolismo es la afirma­ción, contenida en el Nuevo Testamento, de que tres re­yes siguieron a una estrella en el cielo, la cual interpretaron como un signo de que un la Tierra se había producido un nuevo nacimiento, un acontecimiento de gran significa­ción. Mi admiración por el lenguaje espiritual y las lecciones de la astrología me llevaron a explorar este terreno co­mún, y empecé a observar una correlación entre el inicio de las eras astrológicas tradicionales y la aparición de nue­vas ideas espirituales en la conciencia humana. A medida que cada era astrológica avanzaba, aparecían nuevas en­señanzas espirituales que modificaban nuestros criterios sobre nosotros mismos, la naturaleza de Dios, el mundo y el lugar que ocupamos en él. Estas nuevas formas de pensamiento se convierten en las fuentes de inspiración que subyacen todos los cambios culturales, y canalizan cada impulso social, consciente e inconsciente, que for­ma parte de la fuerza vital colectiva. Este contexto historico-astrologico de la  emergencia de las verdades espiri­tuales quizá mejore su comprensión de su viaje espiritual y su capacidad de curarse a sí mismo y a su vida.

Las eras astrológicas constituyen unos ciclos de dos mil años cada uno. (En términos astrológicos, cada era comienza cuando el Sol, en el momento del equinoccio de primavera, penetra en el sector del cielo, de treinta gra­dos, identificado por un determinado signo del zodíaco.) Las tres eras astrológicas más recientes son Aries, que se prolongó desde, aproximadamente, el 2000 a. C. hasta el nacimiento de Jesucristo; Piscis, la era actual, que está a punto de concluir; y Acuario, la era en ia que nos dispo­nemos a entrar y que durará aproximadamente hasta el año 4000.

Para comprender el significado de la nueva era en la que estamos entrando, y los desafíos que nos plantea, es preciso que antes sepamos de dónde procedemos y dón­de nos hallamos hov en día.

La era de Aries: el poder tribal

Los doce signos del zodíaco se asocian con uno de los principales elementos: niego, tierra, aire o agua. Aries es un signo de fuego, y el fuego es el elemento que corres­ponde a la acción. Las características de Aries son creati­vidad, liderazgo, lealtad, motivación y la facultad de pro­piciar nuevos comienzos. Las personas nacidas bajo el signo de Aries poseen, por naturaleza, una actitud que in­dica su capacidad de alcanzar sus objetivos. Durante la era de Aries, se organizó la cultura tribal, en la cual el foco de la conciencia humana se orientaba hacia la creación de comunidades tribales unificadas que garantizaran la su­pervivencia tísica. La meta era alcanzar el poder de gru­po y la resistencia tísica, y controlar los elementos exter­nos de la vida. No fue una era de introspección emocional o psicológica, sino de aprender a afrontar los problemas externos.

Las nuevas conciencias que se originan al inicio de cada era astrológica constituyen las regias básicas de esa era. La era de Tauro, el período de dos mil años que pre­cedió a la era de Aries, representó una forma de cultura tribal mucho más tosca, y en numerosas partes del mun­do y en particular en la partí; donde se originó el legado espiritual cíe Occidente, desprovista de la fuerza orga­nizativa de unas leyes articuladas. Durante la era de Tau­ro, el sacrificio, incluido el sacrificio humano, era consi­derado un medio de aplacar la cólera de Dios. Pero en el amanecer de la era de Aries, según el Génesis en la Bi­blia, Abraham recibió instrucciones de Yahvé de fundar la nación de Israel, constituyéndose el patriarcado del pue­blo judío. Con anterioridad a la formación de la nación de Israel, los hebreos itinerantes habían vivido de modo semejante a los cananeos y realizaban sacrificios animales y humanos.

Teniendo en cuenta que el sacrificio humano era una práctica habitual en aquella época, no es de extrañar que Yahvé ordenara a Abraham sacrificar a su único hijo Isaac. Mientras Abraham e Isaac preparaban el altar del sacrificio, Isaac se sentía perplejo, incapaz de comprender qué estaban ofreciendo a Dios con su muerte. Abraham dijo a su hijo: «Dios proveerá el cordera para el holo­causto, hijo mío.» Cuando estuvo preparado el altar, Abra­ham ató a su hijo, lo puso sobre el altar y empuñó el cu­chillo para degollarlo. En ese momento, apareció un ángel y dijo a Abraham: «No extiendas tu brazo sobre el niño, ni le hagas nada, porque ahora sé que eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único hijo.» Abraham alzó los ojos y vio a un carnero enredado por los cuernos en la maleza, y se lo ofreció a Dios en lugar de su hijo (Gé­nesis, 22).

En las clases de religión, se cita este célebre episodio como muestra de la sumisión de Abraham a la voluntad de Dios, pero su significado simbólico es mucho mayor. En términos metafóricos, esa historia nos dice que la hu­manidad había evolucionado hasta ocupar un lugar de ma­yor autoridad con respecto a Dios, de modo que el sacri­ficio humano ya no era necesario para complacer a Dios ni conseguir su perdón. A otro nivel, la desaparición de la «conciencia de sacrificio*’ indica que la conciencia hu­mana se había desarrollado lo suficiente como para que la humanidad diera un valor nuevo y mayor a la vida huma­na. Nuestros antepasados se dieron cuenta de que Dios no exigía sacrificios humanos; esa práctica reflejaba el ínfimo valor que los seres humanos concedían a la vida en tanto que súbditos de un dios externo al que debían aplacar.

“Iras el sacrificio, Dios dijo a Abraham que de sus des­cendientes se formaría Ja nación de Israel. El sacrificio había pasado de ser un acto destinado a aplacar la ira di­vina a ser un pacto con Dios y una expresión de gratitud hacia Él. Pero la ¡dea del sacrificio como medio para el per­dón de la culpa y la restauración del carácter sagrado de la naturaleza humana sigue firmemente enraizada en la conciencia humana, aun hoy en día. Seguimos influidos por la creencia de que el sacrificio incide en la voluntad de Dios.

Abraham vivió hacia el 2000 a. C., en los albores de la era de Aries y de un nuevo orden de poder para el pue­blo hebreo. Su nieto Jacob tuvo doce hijos, cié tos cuales derivaron las doce tribus de Israel (que se corresponden con los doce signos del zodíaco). A mediados de la era de Aries, probablemente hacia el 1200a. C., Moisés condu­jo a los judíos desde Egipto hasta la Tierra Prometida, en un viaje que simboliza la unidad del pueblo hebreo en su fe en un solo Dios. Posteriormente surgieron los Diez Mandamientos y otras leyes tribal es que formaron la base de lo que significaba ser judío: la «conciencia tribal» dio paso a un sentimiento de genuina identidad y orden. Las escrituras hebreas también provienen de la era de Aries, y en ellas existen frecuentes referencias a los pactos con Dios y los corderos que se sacrificaban para sellar esos pactos.

Bajo Aries, no sólo los judíos desarrollaron una con­ciencia tribal más compleja, sino también los griegos, los romanos, los egipcios y otras culturas de la época. La iden­tidad tribal y el sentido de la nacionalidad —el pertene­cer a una nación en lugar de un clan o una tribu— se im­puso. El tema de la era de Aries y la cultura tribal era el dominio y la autoridad sobre el medio externo. Las cien­cias naturales, las leyes e incluso las calzadas romanas fue­ron fruto de la conciencia tribal.

Las religiones tribales primitivas adoraban a dio­ses que se identificaban más o menos con la naturaleza, de ahí que la mayoría de las supersticiones tribales es­tuvieran destinadas a controlar el temperamento de los dioses y a evitar su enojo. Por otra parte, los sistemas de creencias y temores inherentes a la conciencia tribal siguen ejerciendo un poderoso influjo. U no de los motivos cabe atribuirlo al hecho de que son tan antiguas que están prác­ticamente programadas genéticamente en la conciencia humana.

Las leyes tribales de esa era pretendían controlar el comportamiento de los individuos con el fin de facilitar la supervivencia física. Las leyes entregadas a Moisés en el Éxodo definían las responsabilidades tribales, desde la die­ta hasta la conducta sexual pasando por la responsabilidad hacia la familia. Estas responsabilidades se corresponden con las formas de conciencia del primero, segundo y tercer chakras, los cuales están estrechamente relacionados con la fa­milia, el dinero, el poder, el sexo y la autoestima. Incluso hoy día, las culturas tribales de Oriente Medio y la cuenca del Mediterráneo siguen haciendo hincapié en los códigos de honor y deshonor.

La personalidad atribuida a Yahvé en esa época esta­ba configurada por características humanas basadas en unos ideales sublimes, que la ley hebrea pretendía fo­mentar y emular. La personalidad de Dios era una exten­sión de la naturaleza humana. Si amamos a nuestros se­mejantes, Dios debe amarnos a todos. Si somos gente de honor y justicia, Dios debe encamar la justicia. En el Exodo, Yahvé es descrito como un Dios de justicia, ley y or­den, un Dios celoso y vengativo. Exige lealtad y recono­ce que utiliza un sistema material de castigo y recompen­sa- La ley hebrea pretendía regular la envidia, el afán de venganza y la necesidad de justicia, las cuales están rela­cionadas con los tres primeros chakras. Muchas personas signen creyendo —no de forma racional, sino visceral y «tribal»— que Dios premia el buen comportamiento con bienes materiales y castiga la conducta negativa del mis­mo modo.

A medida que la humanidad ha ido adquiriendo una mayor conciencia de nuestras capacidades espirituales, he­mos ido elevando nuestro concepto espiritual de Dios. La expansión de nuestra conciencia nos ha llevado a ampliar la perspectiva de nuestra propia posible divinidad, poder y humanidad. Pero aún no somos capaces de superarla con­ciencia tribal: esas partes de nosotros que responden de for­ma instintiva en lugar de razonable a simbólicamente- Esas tendencias ejercen unos efectos perniciosos sobre nuestra salud. La envidia, la codicia, el afán de venganza y otros rasgos correspondientes a los cháfelas inferiores siguen sien­do algunos de los factores emocionales que más contribu­yen a la pérdida de nuestra salud y capacidad de curarnos. Aunque sabemos que no debemos envidiar a los demás, no podemos contener las sensaciones viscerales generadas por los celos. La razón —una capacidad regida por el sexto chakra— no puede competir con el funcionamiento de la con­ciencia tribal.

Asimismo, seguimos profundamente aferrados a la creencia de que, para hablar con Dios y ser oídos por El, debemos mantener un diálogo basado en el sacrificio. Una mujer que asistía a mis talleres me reveló que, al averi­guar que su hija padecía cáncer, renunció a comer carne y otros productos, confiando en que ese gesto «inspiraría» a Dios a curar a su hija. Hasta mujer creía que los rezos de intercesión no bastaban para conseguir sus propósitos, sino que debía tomar medidas tangibles para reforzar sus plegarias. La conciencia tribal requiere un acto tangible, y la identidad de esta mujer se basaba en su papel de matriarca. Oraba públicamente, representando a toda la fa­milia, «convirtiéndose», como líder tribal, en su «voz» reconociendo incluso que había sido ella quien se había sacrificado, puesto que ningún otro miembro de la fami­lia era lo bastante fuerte para mantener esa disciplina.

Los deberes de una tribu biológica incluyen aceptar a todos los nuevos miembros e instruirlos en los métodos de supervivencia de acuerdo con las normas y leyes de la tribu. Es preciso que la tribu ejerza un control sobre su me­dio externo a fin de sobrevivir física y económicamente. Las lecciones sobre responsabilidad constituyen una parte esencial de la preparación para la vida adulta. Pero debe­mos distinguir entre lo bueno y lo malo de nuestro legado tribal. El proceso de desarrollo espiritual exige que con­servemos las influencias tribales positivas}’ descartemos las que no lo son.

Todo tipo de tribus, inclusive las organizaciones co­merciales y sociales, se rigen por unas normas básicas de educación destinadas a facilitar la supervivencia. A dife­rencia de las tribus biológicas, los grupos sociales no es­tán obligados a aceptar a nuevos miembros incondicionalmente, pero tienen el deber ético de enseñar a los nuevos miembros las normas y los métodos esenciales para la supervivencia de ese grupo, y para la superviven­cia dentro del grupo. Esos métodos incluyen una norma­tiva sobre el vestir, el comportamiento y el respeto por la jerarquía. Si un nuevo miembro se niega a adoptar una conducta adecuada, se convierte en un marginado y aca­ba marchándose en busca de otra tribu en la que integrarse y compartir el poder.

Existen varios aspectos positivos del poder tribal apar­te de la supervivencia básica. El poder tribal cultiva la le­altad, la ética y un código de honor, y la carencia de estos principios pone en peligro a nuestra sociedad. Hoy en día existen muchos niños disfuncionales porque su familia no posee algún tipo de código de honor y una fuerza ética. En muchos casos, estos niños no saben a quién recurrir y se unen a pandillas, porque, al menos, éstas les ofrecen unos ritos y cierto código de honor. El peligro de la lealtad tri­bal reside en que ésta se debe siempre y en todo momen­to a la tribu; la lealtad hacia uno mismo ocupa un lugar muy bajo en la lista de prioridades tribal.

Por más que tratemos de convencernos de que he­mos evolucionado más allá de la conciencia tribal, en to­dos nosotros siguen actuando poderosos elementos de ésta. Yo misma he pronunciado numerosas veces, al igual que la mayoría de la gente, la siguiente frase: «Juro que jamás seré como tú…» En mi caso, se trataba de tú abue­la. Era el tipo de persona que, cuando comías en su casa, no permitía que te sirvieras tu mismo; siempre lo hacía ella y, por lo general, unas porciones descomunales. Después de comportarte y comértelo todo, mi abuela te servía otra montaña de comida. Cuando todos empezábamos a que­jarnos, a desabrocharnos el cinturón y a protestar que íba­mos a reventar, mi abuela replicaba invariablemente:

— ¿Después de haberme pasado toda la mañana en la cocina?

De modo que me juré que jamás sería como ella. Pero hace unos años, cuando vivía en New Hampshire, invité una noche a unos amigos a cenar en mi casa. Mediada la cena, dije sin pensar;

— ¡Si casi no habéis probado bocado! ¡Después de que me he pasado toda la tarde en la cocina!

Apenas había pronunciado esas palabras cuando me disculpé, entré en la cocina y llamé a mí madre.

—Estoy poseída —le dije, y le conté lo ocurrido.

Después de escucharme, mi madre preguntó:

•— ¿Les serviste otra ración?

•—No —repuse—, no lo hice.

—Entonces no estás poseída —declaró mi madre—. Sólo tienes a la abuela en la cocina.

No debemos subestimar las consecuencias que tiene sobre nuestra salud mantener una conciencia tribal. Sim­bólicamente, el sistema inmunológico hace por el cuer­po lo mismo que el poder tribal hace por el grupo: lo pro­tege de posibles influencias nocivas externas.. Comoquiera que el tribalismo está relacionado con nuestros primer, segundo y tercer chakras, el estrés que sufre nuestro or­ganismo debida a esas creencias de temor supersticioso ata­ca a los sistemas que están conectados con esos tres cha­kras: el sistema inmunológico, los órganos sexuales, el páncreas, la vesícula, el hígado, las piernas y los muslos. Con todo, una identificación y relación saludable con nuestra familia biológica constituye una fuente de fuerza emocional y psíquica, y una base sólida para el siguiente nivel de poder e identificación personal.

La era de Piséis: el poder individual

Piscis es un signo de agua, y el agua es el elemento as­trológico asociado con las emociones y la introspección. Las características de la era astrológica de Piscis, que co­menzó hace unos dos mil años, son la conciencia emo­cional, el pensamiento intuitivo y el dualismo. El símbo­lo de Piscis —dos peces que nadan en sentido opuesto— representa elecciones y procesos mentales complejos. Bajo la conciencia tribal, los individuos dejaban, y siguen ha­ciéndolo, que la tribu tomara importantes decisiones en su lugar, desde la elección del cónyuge hasta el trabajo. La capacidad de decisión individual, que comenzó a ser re­levante durante la era de Piscis, marcó un nuevo paradigma, y con ella apareció un nuevo sistema perceptual: el po­der individual.

A fin de gestionar esto nuevo poder individual bajo Piscis, los límittís que determinan la vida emocional y men­tal del individuo fueron establecidos con una precisión sin precedentes. La cultura global asumió esos limites y definiciones de los papeles individuales y colectivos. Hoy en día, muchos de nosotros consideramos esas definicio­nes meros estereotipos, pero siguen siendo potentes, tan­to individual como globalmente. Algunos de esos límites se resumen en !as dos columnas siguientes:

ENERGÍA .MASCULINA      ENERGÍA FEMENINA

Cultura occidental Cultura oriental
Poder del Estado Poder de la Iglesia
Ciencia Religión
Pro genitor Hijo
Razón Intuición
Mente Corazón
Cuerpo Alma
Agresividad Pasividad
Control externo Control interno
Independencia Dependencia

Durante la era de Piscis, la evolución humana inició un largo trayecto desde la mentalidad tribal hacia el de­sarrollo del yo, que permitió a los individuos formarse una identidad propia mientras que, hasta cierto punto, se mantenía la influencia tribal. La cultura de la era de Piscis también potenció el desarrollo de todo cuanto el yo era capaz de descubrir, concretamente la ciencia y la medici­na. El énfasis en el desarrollo de la inteligencia se convir­tió en el arma principal contra el núcleo supersticioso de la visión tribal y, finalmente, condujo a la Ilustración y a la presente cultura secular. Gracias a la energía de la era de Piscis, la razón y la energía emocional tuvieron mayo­res posibilidades de desarrollarse.

El concepto de amor occidental también nació bajo Piséis: desde el amor cortesano hasta la noción de que la gente es libre para casarse con la persona que ama en lu­gar de someterse a un matrimonio concertado por las autoridades tribales, (Incluso hoy en día, sin embargo, en muchas culturas tribales, se da por sentado que la tribu eli­ge al compañero o compañera de sus miembros.) La his­toria de Romeo y Julieta se convirtió en el drama arquetípico del deseo del individuo de satisfacer sus necesidades emocionales aun contra los usos y costumbres tribales y familiares. Sobre todo durante los últimos siglos, la era de Piséis ha traspasado la autoridad que detentaba la tribu a la mente y el corazón de la humanidad.

La historia de la cultura occidental bajo Piscis simboliza el desarrollo paso a paso del poder de la decisión indivi­dual, la cual dio el salto más espectacular durante el Re­nacimiento, cuando el talento de los artistas individuales fue más allá de las «escuelas tribales», o talleres de los ma­estros. Los precursores de este salto fueron Miguel Ángel, Rafael y Leonardo da Vinci, quienes representaron un cambio en el poder, ya que el artista firmaba su obra con su nombre en vez de hacerlo con el nombre de la escuela para la que pintaba o de dejarla sin firmar en un gesto de inmersión en las aguas del talento tribal. Había nacido el yo en tanto que artista, autor o músico, o las tres cosas.

La cultura oriental se inició en este nuevo tipo de energía a partir del nacimiento de Gautama Buda. Buda nació hacia el 500 a. C., cuando había transcurrido apro­ximadamente tres cuartas partes de la era de Aries, pero el desarrollo del budismo se produjo en tres períodos dis­tintos, de los cuales sólo el primero compartía ciertas ca­racterísticas con la energía de Aries. La primera época, o «vuelta de la rueda» según la jerga budista, se conoce como budismo Theravada o Hinayana. y dominó los pri­meros quinientos años de budismo. La doctrina budista Theravada se caracterizaba por la renunciación a todos los bienes materiales y una vida de estricta separación de todo lazo humano. Esta estricta disciplina, que reflejaba los elementos de fuego de Aries, y la ley y el orden de la épo­ca, sólo reconocía las necesidades emocionales como obs­táculos contra el estar en el presente.

Al inicio de la era de Piscis, la tradición budista expe­rimentó una gran revolución -—podríamos llamarla una revolución pisciana— y dio paso a la segunda vuelta de la rueda, conocida como la tradición Mahayana. El budis­mo comenzó a centrarse en la compasión desarrollando el concepto de budhisuttva, el individuo iluminado que se promete no descansar hasta que todos los otros seres ha­yan alcanzado también la iluminación. Aunque la doctri­na Theravada insistía en que sólo los monjes varones po­dían alcanzar la iluminación y el nirvana, la Mahayana admitía que los laicas y las mujeres también podía llegar a esos niveles. La tercera vuelta de la rueda, conocida como Vajrayana, ampliaba la orientación compasiva de Maha­yana, añadiendo unas técnicas espirituales más avanzadas y complejas con el fin de acelerar el proceso hacia la ilu­minación de todos los seres. De todas las tradiciones bu­distas, la Mahayana es la más difundida en la actualidad.

Las enseñanzas de Ruda socavaron la mentalidad de supervivencia tribal de la era de Aries al hacer hincapié en que el intento de proteger el yo mediante la violencia, y la acumulación de bienes materiales conduce al sufri­miento. Antes de la era de Piscis, la humanidad no se ha­bía preocupado emociona I mente de otros individuos que no fueran miembros de sangro de la tribu, y la supervivencia física constituía el principal objetivo. Buda aportó a la hu­manidad unas lecciones más elaboradas de desarrollo per­sonal o poder individual. Esto representó el siguiente paso de la evolución espiritual, aunque las enseñanzas budis­tas tuvieran que aguardar hasta la segunda vuelta de la rueda, al comienzo de la era de Piscis, para alcanzar su to­tal orientación hacia los demás. Desde el punto de vista de la conciencia humana, el desarrollo de la compasión ha­cia seres que no fueran miembros de sangre de la tribu marcó un incremento del valor global de la vida.

La era cristiana abrió el corazón de la humanidad. A tal fin, Jesús de Nazaret procuró un nuevo vocabulario emocional al hablar de amor, fraternidad, bondad y per­dón; unas lecciones del corazón que todo individuo debe aprender. La relación eme mantenía Jesús con su «Padre» en el cielo introdujo en la cultura israelita un nivel de in­timidad con Dios sin precedentes. Bajo la conciencia tri­bal, uno jamás se hubiera atrevido a dirigirse a Dios por el apelativo de «Padre», y mucho menos «Papá», como cabe traducir el término arameo de “Abbá” que utilizaba Je­sús. Dando por descontado que Dios se ocupaba amoro­samente de todos los aspectos de la vida personal del in­dividuo, Jesús inició la relación de padre a hijo entre la humanidad y el cielo, y proporcionó a los individuos el me­dio de establecer una unión más estrecha con lo Divino. Con el tiempo, María, la Madre de Dios, se convirtió en la versión cristiana de la «Diosa Madre Divina».

La crucifixión y muerte de Jesús introdujo dos temas importantes de la era de Piscis: la compasión hacia todos los seres, incluso hacia los que no pertenezcan a la tribu, y el perdón. Uno de los mayores esfuerzos que deben realizarse durante el proceso de curación es el de perdo­narse a uno mismo y a los demás, y dejar de malgastar una preciosa energía en males pasados. Más que ningún otro maestro, Jesús sintetiza el progreso espiritual por medio de las palabras que dijo en la cruz refiriéndose a sus ase­sinos: «Perdónalos, Padre, pues no saben lo que hacen.»

No obstante, aunque el cristianismo forma parte de la conciencia humana desde hace siglos, todavía no hornos aprendido a perdonar. En parte el motivo de esta incapa­cidad reside en que, aunque aceptamos el concepto de perdón intelectualmente, nuestra naturaleza emocional lo re­chaza porque se halla en clara contradicción con nuestra conciencia tribal residual. En cierto sentido, d perdón pa­rece ¡r contra nuestro sentido de justicia, como si dijéramos a alguien que nos ha lastimado: «No te preocupes, lo que me has hecho no tiene importancia.» Creemos que cualquier delito cometido contra nuestra persona debe ser castigado, o que nosotros mismos debemos ser castigados por nuestras faltas, malos pensamientos o actitudes nega­tivas. Este sentimiento de ofensa no sólo demuestra que no hemos comprendido el significado fiel perdón y su im­portancia en nuestra evolución espiritual, sino que tampoco hemos entendido su importancia a la hora de sanar.

El otro tema es la elección, posiblemente el único po­der que realmente tenemos. Las elecciones que hacernos durante nuestra vida constituyen nuestras marcas carac­terísticas, tanto en la dimensión física como energética. Bajo la conciencia tribal, nuestro poder de elegir está contro­lado por las percepciones del grupo. Vemos lo que ve el grupo, creemos lo que cree el grupo, amamos lo que ama el grupo y odiamos lo que odia el grupo. Aunque eso nos procura una sensación de seguridad, inhibe el desarrollo de nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos.

Jesús, durante su vida, encarnó el poder de la elec­ción, tal como nos muestra el Nuevo Testamento, al de­safiar a los mayores tribales de su fe y ofrecer a la gente un enfoque alternativo de Dios, de el la misma y de las crisis que se producen en la vida. La víspera de su muerte, Je­sús se dirigió al huerto de Getsemaní para orar con sus dis­cípulos. Cuando sus discípulos cayeron en un sueño pro­fundo, Jesús rogó a Dios: “Abbá” ¡Padre, todo te es posible: aparta de mí este cáliz! Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú» (Marcos, 14: 36).

En esa profunda plegaria, Jesús eligió consciente­mente aceptar su destino. Renunció a ejercer su voluntad, sometiéndose no a la tribu sino a la voluntad de Dios en un acto que simboliza la confianza absoluta en la razón di­vina. Al aceptar su muerte, la decisión de crucificarlo, que al día siguiente tomarían las autoridades, fue tomada en aquellos momentos entre Jesús y Dios. La mentalidad tri­bal no participó en esa decisión, aunque quienes asistie­ran a su crucifixión creyeran que las tribus romana y pa­lestina eran las responsables de la muerte de Jesús.

Cuando Judas vendió la información sobre el paradero de Jesús por treinta monedas de plata —la traición más cé­lebre de la cultura occidental—, ese acto simbolizó el po­der tribal: la utilización de dinero y fuerza física. Duran­te el juicio que se celebró posteriormente, ni Herodes ni Poncio Pilato lograron que Jesús se comportara confor­me a los cánones tribales. Jesús se negó a defenderse, a proclamar su inocencia y a pactar. Y, lo que resulta aún más significativo, no se mostró atemorizado ni desorientado; eran los otros quienes estaban perplejos. Jesús informó a los mayores tribales que no tenían poder alguno sobre los hechos que se desarrollaban. En cada detalle de su juicio, Jesús respondió de forma que dejó perpleja a la tribu, de­mostrando que todos tenemos la opción de elegir, inclu­so en las circunstancias más adversas.

Todos los hechos que condujeron a la muerte de Je­sús constituyen una celebración del poder de elección, re­presentado por toda su trayectoria vital y, en particular, por su elección de perdonar a sus verdugos en lugar de ven­garse de ellos. Su elección más importante se produjo poco después, cuando eligió el momento de su muerte al decir: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»

La vida de Jesús, y la de Buda, significa que debemos evolucionar inevitablemente más allá del nivel de con­ciencia tribal. Desde la perspectiva de la cultura de Piscis, el acto de Judas representa no una traición sino el fin de una relación con un nivel de conciencia anterior, que a Jesús le es ajeno. Una parte del mensaje de Jesús nos mues­tra cómo responder a la señal de que debemos buscar un nivel de conciencia superior: sometiéndonos a la volun­tad de Dios.

En nuestra vida, cuando llega el momento en que de­bemos superar viejos conceptos y renunciar a unas per­cepciones que impiden nuestro desarrollo, con frecuen­cia interpretamos la señal cíe «recoger nuestras cosas y marcharnos» como una traición: e! beso de Judas. Pode­mos trabajar durante años para una empresa, convenci­dos de que ésta nos proporcionará una pensión de jubila­ción, y encontrarnos de pronto de patitas en la calle debido a un recorte de personal. Podemos casarnos, convenci­dos de que pasaremos el resto de nuestra vida con nues­tro cónyuge, y descubrir al cabo de veinte años que éste o ésta se ha enamorado de otra persona.

Desde el punto de vista tribal, esos actos son traicio­nes. Mientras los consideremos traiciones, tardaremos años en recuperarnos y habremos malgastado una gran cantidad de energía. Pero si aprendemos a contemplarlos simbólicamente (como en los capítulos siguientes), vere­mos que constituyen la señal de que debemos despren­dernos de las creencias pertenecientes a la mentalidad tri­bal y evolucionar hacia el próximo estadio de conciencia.

Cuando dejamos atrás la conciencia tribal, en muchos casos, por no decir siempre, podemos elegir tomar «el ca­mino de la sabiduría». Todas las señales nos indican que ha llegado el momento de desprendernos de viejos con­ceptos y avanzar. Quienes presten atención a esas señales deberán hacer frente a sus propios desafíos, pero, con fre­cuencia, debido al temor que nos infunde el cambio, la mayoría de nosotros permanecemos aferrados a situacio­nes y relaciones que, esencialmente, han concluido. Es posible que usted experimente el deseo de abandonar su trabajo, pero aunque ese deseo se intensifique, prefiere hacer caso omiso de él porque sólo estaría dispuesto a rea­lizar el cambio si supiera que le aguarda un trabajo más satisfactorio y mejor remunerado. A medida que se acu­mula la tensión en su interior, usted lucha contra ese de­seo oponiendo toda una serie de excusas. «No es el momento adecuado», se dice, o «con el tiempo mi situación laboral mejorará». Pero transcurren los meses y lo único que cambia es su humor, que se va agriando, no sólo de­bido a su trabajo, sino a la rabia que siente hacia sí mismo por no haber tenido el valor de remediar la situación.

Entonces, la siguiente fase de su vida no tiene otra al­ternativa que manifestarse en «el camino de la amargu­ra». Es comparable a las consecuencias de no acudir al dentista cuando nos duele una muela porque no queremos soportar un pequeño dolor y e] coste de resolver una ca­ries: acabamos teniendo que someternos a! proceso más doloroso y costoso cié reemplazar la muela. Cuando el asunto es dejar su trabajo, es probable que las consecuen­cias se manifiesten como una enfermedad (por lo general una dolencia crónica, como jaquecas persistentes o unaúl-cera) o como lo que percibimos como una traición, es de­cir, que nos despidan de la empresa.

El temor de abandonar un trabajo o afrontar un ma­trimonio en crisis es, en realidad, miedo a hacernos car­go de nuestra vida. En lugar cié comprender que ha llegado el momento de plantarle cara al temor y dejar nuestro tra­bajo, la mayoría de nosotros evitamos enfrentarnos al te­mor hasta que una experiencia nos obliga a mirarnos cara a cara a nosotros mismos. Es posible que usted, por ejem­plo, se resista a abandonar un matrimonio que se ha con­vertido en algo contraproducente y espiritual mente no­civo, para acabar descubriendo que su cónyuge ha hecho algo—como tener una aventura sentimental—que pre­cipita el divorcio, pese a todos los esfuerzos que haga us­ted por evitarlo. En caso de que el estrés se agrave, corre usted el riesgo de contraer una enfermedad debilitante o mortal. O quizá tenga peor suerte y siga envejeciendo en medio de lo que Thoreau denominaba «una vida de si­lenciosa desesperación», sin llevar a cabo las tareas difí­ciles ni dejar que se cumpla su propósito espiritual.

Cuando se sienta traicionado, examine la cuestión con detenimiento para ver si no se trata de una «invitación divina» a desprenderse de su viejo bagaje y descubrir nue­vos horizontes.’ lodos hemos sufrido traiciones, pero, con­templadas a través de la lente de una conciencia superior, las vemos como potentes puntos de infk’xión en nuestra vida que nos permiten alcanzar nuevas formas de poder: el poder del individuo. Desde esa óptica, las palabras de Je­sús,” perdónalos porque no saben lo que hacen”, adquie­ren un significado especial. Reflexione sobre la posibilidad de que usted ya haya decidido, en su huerto de Getsemani persona], que debe avanzar, pero necesita un pequeño im­pulso inicial. Las personas que usted cree, desde un punto de vista tribal, que han cometido una traición, en realidad están poniendo en marcha un pacto que usted ya ha hecho con Dios. ¿Cómo puede usted enfurecerse con unos men­sajeros del Señor? Usted no tiene nada que perdonarles, pues no le han perjudicado en absoluto.

Tanto Jesús como Buda desempeñaron un papel de­cisivo a la hora de dar forma a la faz pisciana de Dios, per­mitiendo a la humanidad contemplara un ser muy supe­rior al burdo Señor que habían conocido bajo Aries. El budismo convirtió la compasión en una extensión de lo Di­vino que anida en nosotros, y nos ofreció un camino me­díante el cual podíamos llegar a formar parte cié la apaci­ble naturaleza del universo. Jesús introdujo una figura paterna cuya «personalidad», amable, compasiva y solí­cita, representa la esencia del cuarto chackra, el centro y co­razón del cuerpo.

El que emprendamos nuestro viaje personal en el bu­dismo, el cristianismo, otra religión o ninguna carece de importancia. Al final todos seremos conducidos a lo lar­go de un sendero de evolución interna que nos haga per­catarnos de nuestros errores y nos ofrezca la oportunidad de utilizar el poder individual cíe la elección. Tenga pre­sente que este despertarse hallará en conflicto con el po­der de la mentalidad tribal, tanto dentro como en derredor suyo, puesto que la tribu no fomenta la independen­cia y la conciencia individual.

Si los peces nadando en sentidos opuestos, que sim­bolizan el signo de Piscis, representan opciones y elec­ción, también representan polaridad y confrontación. Cuando Piscis adquirió pujanza, durante la última parte del segundo milenio, una gigantesca ola de revoluciones se extendió por el planeta. Aquellos que se pronunciaban a favor del derecho de los individuos desafiaron la auto­ridad tribal. Emergieron naciones enteras, entre ellas Es­tados Unidos, que aspiraban a convertirse en puertos se­guros para los individuos que buscaran la libertad de expresión política y religiosa. Cuando Piscis entró en sus dos últimos siglos, comenzó la revolución industrial y, con ésta, la creencia de que cualquier «ser» individual po­día hacerse rico, desmintiendo la antigua creencia tribal de que uno «nacía» rico y poderoso.

La influencia de Piscis ha impulsado a la humanidad a desarrollar el poder asociado con el cuarto, quinto, sexto y séptimo chakras. Si el poder de Aries es tribal y se orien­ta hacia el exterior, alineado con la energía de nuestros tres primeros chakras, la energía de Piscis se dirige hacia nues­tro ser interior. Los chakras situados entre el cuarto y el séptimo lugar se equiparan a la energía de Piscis: el cora­zón, la voluntad y la elección, la mente y la vida espiritual. Con anterioridad a la era pisciana, las energías asociadas con los cuatro chakras superiores estaban dominadas por el poder de los tres chakras interiores. Ahora, cuando la era de Piscis está a punto de concluir, los chakras superiores funcionan como un sistema perceptual independiente de la mentalidad tribal. En última instancia, nuestras capacida­des perceptuales tribales e individuales deben trabajar en ar­monía. Con todo, cuando las necesidades del corarán van en contra de las necesidades de un grupo al que estamos vinculados, el conflicto puede provocar grandes sufri­mientos.

Muchas personas han compartido conmigo su an­gustia de tener que abandonar la religión en la que había sido educadas para seguir un camino espiritual más satis­factorio. La reacción de sus familias casi siempre es de crí­tica y temor, a menudo acompañada por la advertencia de que esa persona ha caído bajo la influencia de una secta. Una mujer me explicó que cuando se enamoró de un hom­bre de otra raza y se fue a vivir con él su familia cortó con ella. Se sentían tan avergonzados de que mi cliente hubiera elegido a un compañero de otra raza que no querían que sus amistades lo averiguaran; les resultaba más fácil rom­per todo lazo con ella que explicar a la tribu lo que había hecho.

Si esa mujer hubiera escuchado a las autoridades de la tribu, las consecuencias para su yo podrían haber sido de­sastrosas: desde una depresión a cualquier enfermedad gra­ve. Las formas de angustia emocional y mental que se co­rresponden con los patrones de estrés de los cuatro chakras superiores comprenden la depresión y la esquizofrenia, la incapacidad de perdonarse uno mismo y a los demás, el sentimiento de culpabilidad por haber «traicionado» a la tribu y una serie de crisis espirituales causadas por la rup­tura con las tradiciones tribales, y entre ellas la religión tribal.

La localización física de una enfermedad no indica necesariamente el chakra a través del cual el cuerpo pier­de energía; el cáncer de mama, por ejemplo, no siempre indica un trastorno del cuarto chakra. En la mayoría de en­fermedades, la pérdida de energía comienza «por debajo de la cintura», en el área tribal; esa pérdida de energía inicia! puede entonces desencadenar unos trastornos perso­nales y emocionales que se alinean con el cuarto chakra.

Un excelente ejemplo de la transición irrevocable de poder tribal a poder individual es lo que ocurrió en Esta­dos Unidos durante la guerra de Vietnam. Cuando una na­ción declara la guerra a otra, la suposición tribal es que la nación está de acuerdo con esa declaración de guerra y que, con la excepción de unos pocos, la apoyará con todas sus fuerzas. Las autoridades tribales confían en esta leal­tad, y, cuando se les da, resulta impresionante, como de­mostraron las iniciativas de los aliados durante la Segun­da Guerra Mundial. Pero cuando el conflicto bélico de Vietnam se convirtió en un tema que acaparaba la aten­ción de toda la nación, la energía de Piscis había alcanza­do su cenit, líe! mismo modo que el resplandor de una bombilla se intensifica poco antes de agotarse, había lle­gado el momento cíe que se produjera la última expresión de poder individual antes de ser superado por el poder simbólico.

Durante los años sesenta, el poder del individuo se activó como nunca antes, con decenas de miles de perso­nas que se oponían a la guerra tribal y, lo que es más im­portante, se negaban a reconocer a los nor.-vietnamitas como enemigos. Esa acción hizo que disminuyera sensi­blemente el poder tribal; a partir de entonces esta nación no ha vuelto a pisar un terreno tribal cómodo y seguro con respecto a la guerra. Cuando estalló la guerra del Gol­fo, el Gobierno estadounidense tuvo que asegurar a la opi­nión pública que su participación en la guerra casi no su­pondría la pérdida de vidas norteamericanas y que apenas tendría impacto en la economía, es decir, que no se nece­sitaría un «sacrificio» para ganar. Hoy en día, nuestras autoridades tribales están más ocupadas en mantener la paz que en enviar a los jóvenes al frente. Lejos de tener un va­lor político para nuestros líderes, la guerra se ha conver­tido en una baza negativa. Sin embargo, otras naciones se hallan aún divididas internamente por guerras tribales, y se usa la brutal supresión de los derechos civiles y religiosos del individuo para batallar contra la energía de­mocratiza dora de Piscis.

 

La era de Acuario: poder simbólico

Al igual que la mentalidad tribal no ha desaparecido por completo en la era de Piscis, la mentalidad pisciana se­guirá manifestándose en la era de Acuario. No obstante, a fines de los años cincuenta y principios de los años se­senta ocurrieron dos hechos que representaron un cam­bio en la mentalidad global y concedieron a millones de personas la autorización divina para recorrer sendas es­pirituales que con anterioridad les habían estado vedadas. En 1959, la invasión del Tíbet por parte de los comunis­tas chinos obligó al Dalai Lama a huir de su país natal y afincarse en la India, donde sigue viviendo (aunque se ha convertí do en una figura activa por todo el mundo). Tres años más tarde, el papa Juan XXIII convocó un sínodo de obispos en el Concilio Vaticano II, durante el cual los di­rigentes eclesiásticos se afanaron en poner a la Iglesia ca­tólica a la altura de la era moderna. Sí se contemplan esos hechos por separado, no se descubre un paralelismo in­mediato entre ellos. Pero observados conjuntamente, y desde un punto de vista simbólico, esos dos hechos re­presentan una infusión cié espiritualidad mística en la vida moderna y marcaron el comienzo de la fusión de las tra­diciones espirituales de Oriente y Occidente.

Cuando miles de monjes budistas del Tíbet tuvieron que recurrir al mundo exterior en busca de apoyo, muchos ofrecieron a cambio el extraordinario tesoro de escritos y enseñanzas que conservaban en sus monasterios. Asimis­mo, una de las inesperadas consecuencias del Concilio Va­ticano II fue que un gran número de religiosos católicos, tai vez desilusionados con la liberalización de las normas llevada a cabo por el concilio, abandonaron sus órdenes re­ligiosas y regresaron a la vida laica. Muchos de esos sacer­dotes, monjes y monjas habían cursado estudios avanzados en teología y habían tenido acceso a las obras y enseñan­zas de las grandes místicos cristianos, desde los Padres del Desiervo hasta Hildegard von Bingen, Meister Eckhart, Te­resa de Avila y san Juan de la Cruz. Al reinsertarse en la vida de la sociedad occidental llevaron consigo esas enseñan­zas, las cuales di fundieron hasta un extremo que quizás ha­bría sido impensable de haber permanecido esos sacerdo­tes y monjas enclaustrados en sus monasterios.

Como consecuencia de esos hechos al parecer inde­pendientes entre sí, la gente tuvo acceso a las doctrinas mís­ticas de las tradiciones espirituales de Oriente y Occi­dente. A mediados de los años sesenta, este proceso se aceleró cuando Estados Unidos decidió suprimir las ba­rreras a la inmigración que había erigido en 1917. Una ole­ada de maestros hindúes llegó a nuestras costas al mis­mo tiempo que el espíritu de liberación invadía el país y volvía la mente de los norteamericanos más receptiva al poder de sus enseñanzas. Asimismo, las iglesias cristianas experimentaron una revolución interna cuando las muje­res comenzaron a reclamar el derecho de ser ordenadas sacerdotes y ministros, y los laicos a exigir una mayor par­ticipación en los ritos y toma de decisiones de la iglesia. Esta apertura en la estructura de la autoridad clerical ha­bía comenzada hacía siglos con la Reforma protestante; poco después, el movimiento de reforma dentro del ju­daismo tuvo un efecto análogo sobre un gran número de judíos. Sin embargo, en Occidente, el misticismo había per­manecido por lo general apartado de la conciencia popu­lar. Esa situación cambió de forma radical.

Puede que la religión siga siendo esencialmente tri-hal, pero en la transición de la era de Piséis a la de Acua­rio comienza a funcionar de forma mucho más consciente y con una libertad individual sin precedentes. La es­piritualidad moderna, con su conexión más íntima con Dios, ha inspirado una pasión interna que va más allá de los límites de la religión ortodoxa. A medida que la reli­gión institucional pierde terreno, la espiritualidad se acre­cienta; una espiritualidad más universalista en su orientación que las doctrinas que la precedieron. La Nueva Era ha demostrado estar abierta a multitud de tradiciones y prácticas espirituales, e, incluso dentro de las religiones ortodoxas, se ha acelerado la tendencia hacia el ecumenismo, la aceptación de otros caminos y otras tradiciones igualmente válidas y dignas de respeto.

Mediante este cambio de orientación, la palabra con­ciencia ha adquirido el significado de búsqueda de unos profundos conocimientos místicos, combinados con la racionalidad y la libertad. Armada con un vocabulario que antes estaba reservado a los monjes y a los místicos, la cul­tura occidental ha derribado las fronteras de la religión y se ha lanzado de lleno a los dominios de lo sagrado. No sólo queremos saber sobre la doctrina Kundalmi, la re­encarnación, la meditación y el éxtasis espiritual, sino que queremos vivir esas experiencias. Queremos que el po­der de esas doctrinas espirituales activen nuestro tejido celular; queremos sentir la presencia de Dios en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Queremos tener contacto fí­sico con la Divino, y alcanzar el mismo nivel de proximi­dad que antaño habían gozada los santas y los místicos de las grandes tradiciones.

Al tiempo que se producían esos cambios en la espi­ritualidad y la religión, nosotros experimentamos lo que yo llamo un implante de mente global. Una nueva per­cepción se había impuesto en la conciencia humana, una percepción característica de la energía de Acuario: la idea de que podemos crear nuestra realidad. Esta noción ins­piró una nueva visión de la capacidad del poder humano que afectó a todas las facetas de la vida. Tal como hemos visto en el capítulo 1, el corolario de esa idea es la creen­cia de que podemos crear nuestra salud y propiciar nues­tra curación. Esta percepción es característica de la ener­gía de Acuario porque Acuario es un signo de aire, y el aire es el elemento astrológico asociado con la mente: una renovación de ideas y pensamiento.

Si la energía pisciana, simbolizada por dos peces que nadan en sentido opuesto, representa la separación de fuerzas, la energía de Acuario se halla en la base del holismo, la necesidad de unir a grupos de personas además de a grupos de pensamiento. La conciencia de Acuario es holista por naturaleza, esto es, hace que la gente contem­ple la vida a través de la lente de la unidad en lugar de la lente de la diversidad y la división. El holismo, una pala­bra acuñada por el estadista surafricano Jan Christian Smuts en 1926, refleja el antiguo principio de que «todo es uno», y nos enseña que no podemos regenerar una par­te del organismo sin tratarlo en su totalidad. Así, el mo­vimiento holista intenta curar la enfermedad, no tratan­do los síntomas, sino todo el organismo, con dieta, ejercicio y muchos otros tratamientos complementarios. A medi­da que nos aproximamos ala era de Acuario, esos princi­pios han comenzado a penetrar en la medicina ortodoxa.

La energía de Acuario nos lleva a modificar cada as­pecto de nuestra vida, en especial si hemos desarrollado una excesiva dependencia de lo que nos resulta conocido y familiar, y a investigar cada lugar inexplorado que ha­llemos, sobre todo en nuestro interior. La energía de Acua­rio nos impulsa a explorar nuestro ser “superior”, la par­te de nosotros que está más allá de los límites de nuestro cuerpo y del ritmo cotidiano de la vida. Representa una energía capaz de elevar la percepción humana y conver­tirla en una visión simbólica. Esta energía nos llena de la sensación de que somos unos seres exquisitamente crea­tivos, dotados de unos recursos internos lo bastante po­tentes para curar enfermedades que, hasta ahora, se con­sideraban incurables y a desafiar la velocidad a la que envejecemos.

A medida que la energía de Acuario empezó a dejar­se sentir en los años sesenta, inspiró una revolución social masiva. Puesto que no sabíamos cómo utilizar este poder internamente, lo utilizamos externamente, en forma de la revolución sexual, el movimiento feminista, los moví» míenlos de los derechos civiles y anti-bélicos, la cernirá» cultura, la cultura de las drogas, etc., y se desarrolló muí voz que, en última instancia, se convirtió en la revolución psico-espiritual. La gente ansiaba romper con todo lo con­vencional, con todo cuanto mantuviera las viejas atadura* en corno a la mente y el corazón. Era el inicio de una tran­sición del Homo sapiens al Homo noeticus, de seres cuyas percepciones están controladas por los cinco sentidos a se­res cuyas percepciones se basan en el conocimiento y !¡i visión espiritual.

Así como durante las eras astrológicas de Aries y Piscis cada «na introdujo una nueva fase de conciencia en la experiencia humana (tribal e individual), la era de Acuario está introduciendo un sistema de creencias esencialmen­te holista, basado en la unidad de las interpretaciones físicas, emocionales, psicológicas y simbólicas. Más allá de su capacidad de inspirarnos a enfocar la solución de proble­mas de modo distinto, la conciencia holista activa nuestra capacidad de contemplar los hechos en términos simbóli­cos, en lugar de verlos de forma personal. La energía de Acuario es más lógica y sistemática que el poder emocio­nal pisciano. Esto no significa que no sea emocional, sino que aborda la resolución de problemas de forma práctica. Como su naturaleza está orientada hada la búsqueda de so­luciones, la energía de Acuario se siente atraída hacia las causas humanitarias y las crisis de [os desfavorecidos. Las numerosas cansas que han aparecido en aras de grupos so­ciales que carecen de igualdad de derechos durante los úl­timos treinta años demuestran que la energía de Acuario ha penetrado en todas las capas de la sociedad.

Acuario es el signo que rige la electricidad, y la elec­tricidad es energía. El símbolo de Acuario es el aguador, y el agua es un conductor natural de la energía eléctrica. Simbólicamente, los impulsos de Acuario nos están ha­ciendo comprender el papel que la energía desempeña en nuestra vida: cómo colabora con nuestra anatomía física, que qué forma su carencia puede causarnos enfermedad y cómo puede curarnos.

Estamos empezando a vernos como sistemas energé­ticos, y deseamos comprender cómo estos sistemas están relacionados con todas las oirás formas de vida.

El próximo milenio ha sido etiquetado como «la era de la información» debido a nuestra creciente depen­dencia de la transmisión de ésta. Pero información, en el sentido de transmisión de datos, no es sino otra palabra convencional que significa energía. El Internet, el correo electrónico, el fax, la televisión por cable y por satélite contribuyen a la auténtica unificación de nuestra comu­nidad global, según la frase feli?, de Marshall McLuhan, «la aldea global». Es perfectamente lógico que una de las primeras prioridades del Gobierno chino, en su intento de controlar la población, sea restringir el acceso a la World Wide Web. No es preciso que uno crea en la Nue­va era para comprobar que el poder está pasando de ser una fuerza física a ser poder de pensamiento y energía, la esencia de una sociedad computerizada.

Durante las sesiones de lecturas intuitivas que reali­zaba a finales de los años ochenta, noté que percibía in­formación de una naturaleza más simbólica que la de la in­formación que estaba acostumbrada a evaluar. Al cabo de un tiempo, me percaté de que había tomado contacto con un octavo chackra, el cual trascendía el cuerpo propiamente dicho. El octavo chackra contiene el perfil de las influen­cias arquetípicas que forma parte de la evolución espiri­tual de una persona y de sus experiencias cotidianas. (Véa­se el capítulo 7.)

A medida que trabajaba con esa información arquetípica, comprendí que la visión simbólica constituye la esencia, la energía de Acuario. Nuestra dimensión in­consciente parecía desear salir y mostrarse. Los pactos arquetípicos a los que nos comprometemos antes de encaramos —a los que Hamo nuestros Contratos Sagrados— nos situaban, al parecer, en una posición que nos permi­tía sanar más rápidamente que con cualquier otro instru­mento con el que me hubiera encontrado hasta entonces. Esto contribuía a explicar por qué, durante los últimos treinta años, numerosos psicólogos, muchos de ellos ins­pirándose en la obra de Carl Jung, han llevado a cabo im­portantes investigaciones sobre arquetipos. Al tomar con­tacto con la región arquetipica, habíamos adquirido el lenguaje mediante el cual podíamos llevar hasta la con­ciencia psíquica esa región del inconsciente que está en­trelazada en los patrones cotidianos de nuestra vida. El «niño», el «sanador herido», el «guerrero», la «¡mujer salvaje» y el «héroe», por ejemplo, son irnos pocos de los numerosos arquetipos que hemos introducido en el área terapéutica para usar como «voces» que ayudan a com­prender la coreografía simbólica que se oculta tras los pro­blemas tísicos.

Las percepciones simbólicas nos permiten darnos cuenta de que el auténtico significado de una crisis resi­de en mostrarnos lo que debemos aprender sobre noso­tros mismos. Culpar a los otros participantes en nuestro drama por enseñarnos lo que debemos aprender es el col­mo de la estupidez. Si, por ejemplo, debo aprender cómo me sentiría si alguien me robara el bolso, cualquiera que sea capaz de robármelo actúa como mi maestro. Pasarse la vida odiando a un determinado «maestro» —esperan­do el momento en que yo pueda castigar al ladrón o ha­cer que se sienta culpable por los años de angustia que me ha hecho pasar— interferirá con mi proceso de aprendi­zaje. Nadie ha comprendido este principio mejor que el Dalai Lama, quien ha dicho reiteradamente que está agra­decido a los chinos por obligarle a exiliarse, pues esa ex­periencia le ha enseñado el valor de la compasión. (Dado que la diáspora tibetana ha enriquecido a Occidente con una extraordinaria afluencia de magníficos maestros dispuestos a compartir sus conocimientos místicos, nosotros también deberíamos sentirnos agradecidos.) El Dalai Lama nunca (dijo que China tuviera razón al hacer lo que hizo, y nunca ha dejado de luchar denodadamente en favor de la liberación del Tíbet del gobierno comunista. Ambas actitudes —la gratitud y la lucha contra la injusti­cia— no son mutuamente excluyentes.

El trabajar con la visión simbólica es una de las técni­cas más eficaces que podemos desarrollar, pues nos pro­porciona «fuerza perceptual». Nos adentramos en un estado de conciencia más objetivo, que nos permite inter­pretar los acontecimientos de nuestra vida como desafíos espirituales que potenciarán nuestro desarrollo. Esto es especialmente cierto de las enfermedades, tal como vere­mos en el capítulo 6. Aunque muchas de las lecciones de la vida son tremendamente dolorosas, básicamente son positivas. La capacidad de contemplar una crisis al margen de sus detalles físicos requiere aceptar los acontecimien­tos y estar dispuesto a «¡agarrar nuestras cosas y marchar­nos». Cuantío uno comienza a caminar de nuevo, concre­tamente a rravés de la región simbólica, está más cerca de curarse y no vuelve a utilizar técnicas perceptual es ordi­narias.

Bajo la influencia de la energía de Acuario, construi­mos un nuevo modelo de salud. Lo ampliamos más allá de la definición pisciana de «ausencia de enfermedad física», pues comprendemos que la salud incluye nuestros pensa­mientos, ocupaciones, relaciones, filosofía de la vida, prác­ticas espirituales y mucho más. El modelo que propone Acuario no mide la salud tan sólo por el nivel al que fun­ciona nuestro cuerpo, sino según la manera en que ges­tionamos toda nuestra energía. Desde esa perspectiva, uno puede estar físicamente limitado pero muy sano, como el actor Christopher Reeve, quien al aceptar su tragedia física ha conseguido liberar su espíritu y convertirse en fuente de inspiración para mucha gente.

En línea con el holismo de Acuario, hemos constata­do que no somos la única forma de vida consciente que exis­te en este planeta. En unos aspectos que aún no com­prendemos del todo, estamos vinculados energéticamente a todas las otras formas de vida, ya sea animal, insecto, planta o microbio. A medida que ampliamos nuestras in­vestigaciones en los dominios de la energía, descubrimos que nuestra salud personal se ve influida por las ondas vi­bratorias que emite nuestra sociedad global y su medio. Lamentablemente, hace tiempo que desaprovechamos la oportunidad de tomar «el camino de la sabiduría» a la hora de resolver los problemas medioambientales. Esta­mos destinados, en cuanto comunidad global, a tomar «el camino de la amargura», en el que nos veremos obligados a modificar muchos de nuestros hábitos a fin de prevenir desastres globales del medio ambiente, la economía y la salud.

Desde una perspectiva simbólica, estas crisis y los cambios a los que nos obligarán marcarán el final del ac­tual patrón pisciano de padre e hijo y la aparición del sis­tema de cooperación acuariano. Asistimos al final de la dependencia del gobierno por parte del individuo, tipifi­cado por nuestros nuevos criterios sobre el sistema esta­dounidense de subsidios, seguridad social y programas de atención sanitaria. Incluso comenzamos a vislumbrar unos indicios halagüeños de que la fascinación pisciana por los medicamentos químicos —que generó el mito de que la ciencia posee las claves de todos los misterios físicos— también ha llegado a su fin. En su lugar ha aparecido un modelo acuariano que contempla la salud y la curación como un estilo de vida en el que el tratamiento de las en­fermedades comprende todas las facetas de la vida.

Al mismo tiempo, sin embargo, se están introduciendo algunos mitos acuarianos a propósito de la salud que in­ducen a engaño, entre ellos la creencia de que podemos curar una enfermedad tan sólo con el poder de la mente y que un espíritu sereno es capaz de frenar el enveje­cimiento. La mente, sin la ayuda del espíritu y las emo­ciones, tiene una influencia limitada sobre el cuerpo. Y aunque la unidad del cuerpo, mente y espíritu puede efec­tivamente retrasar el deterioro del cuerpo, no se ha de­mostrado que podamos prevenir unos cambios drásticos en nuestro aspecto físico o su desintegración final.

Al hablar por separado de las eras astrológicas de Aries, Piséis y Acuario e identificar cada una de ellas con una ampliación del alcance de la conciencia humana, es fácil interpretar equivocadamente el desarrollo humano como un proceso estrictamente lineal. La verdad, en especial la verdad espiritual, rara vez es tan sencilla. En ciertos as­pectos, las eras poseen una característica cíclica que hace que su curso se asemeje más a una espiral que a una línea recta. La unidad global de la era de Acuario, por ejemplo, refleja la unidad tribal de la era de Aries, si bien con unas consecuencias más positivas. Y esas dos eras reflejan la unidad de la legendaria cultura de la Edad de Oro de la Dio­sa; cuando la civilización adoraba esencialmente una dei­dad femenina bajo múltiples manifestaciones, cuando nin­guno de los dos sexos ocupaba un lugar dominante, cuando el sistema imperante de interacción social era la asociación y la cooperación. Por motivos que no están claros, esta cul­tura aparentemente idílica no pudo sobrevivir. Es posi­ble que la humanidad debiera progresar a través de unos ciclos de creación, destrucción y recreación, análogos a los de la cosmología hindú, para llegar a donde hemos llega­do hoy.

Sin duda, la humanidad ha cometido numerosos erro­res a lo largo de este camino, pero no existe error alguno en el esquema general de nuestro desarrollo, Estamos aquí por una razón, y debemos aprender de nuestro pasado co­lectivo. Una de las cosas más importantes que debemos aprender es a reconocer y trabajar con el poder individual y el simbólico, y dominar el lenguaje de la energía, esto es, hablar en términos de chackras. Asimismo, debemos ser capaces de integrar las tres formas de poder—tribal, in­dividual y simbólico—que se han desarrollado duran telas eras de Aries, Piscis y Acuario, puesto que las tres operan de forma simultánea en nuestro interior. En el próximo capítulo, comentaremos la transición del poder tribal al individual y, por último, al poder simbólico, e identifica­remos algunos de los signos mediante los cuales podrá re­conocer esta transformación en usted mismo.

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Iniciar el viaje hacia el poder individual y simbólico

Todos comenzamos nuestra vida saturados de creen­cias tribales o de grupo, empezando por las de nuestra tri­bu biológica. Las creencias tribales, debido a su naturale­za, son asimiladas por el grupo; algunas son reconocidas universalmente como verdades, como la de que asesinar no está bien, mientras que otras son exclusivas de un determi­nado grupo, como la creencia de que «la nuestra es la úni­ca religión verdadera». Incluso antes de que alcancemos la edad de la ratón (hacia los siete años), nuestros circuitos ener­géticos han sido conectados a las creencias tribales por me­dio de la influencia de nuestros mayores tribales (padres, maestros, líderes religiosos y políticos), comenzando con las creencias que están alineadas con nuestro primer cha­ckra, y continuando con los patrones inherentes a nuestros segundo y tercer chakras. Cuando cumplimos cuatro años, los tres chakras ya se hallan plenamente activos. (Más ade­lante, cuando desarrollamos nuestro poder individual, se ac­tivan el cuarto, quinto y sexto chakras. El séptimo chakra se activa cuando aprendemos a contemplar los aconteci­mientos de nuestra vida a través de la visión simbólica, re­conociendo los patrones arquetípicos que constituyen la base de muchas de nuestras acciones.)

Comenzamos a emerger de la mentalidad tribal y ad­quirir poder individual (y posteriormente poder simbó­lico) cuando empezamos a formularnos preguntas sobre nuestra relación con el resto del universo: «¿Cómo enca­jan mis necesidades en las obligaciones que tengo? De hecho, ¿cuáles son mis necesidades?» Este proceso se inicia de un modo sutil, al igual que uno pierde interés en una afición o un cierto upo de comida, y adopta otras aficio­nes y otra dieta. Por supuesto, un cambio en la percepción sobre el lugar que ocupamos en el universo es mucho más serio que abandonar una afición. Cambiar tic criterio so­bre la vida y todo lo que comprende es un proceso complicado e inquietante.

Quizá le consuele saber que es inevitable alejarse de la mentalidad tribal para adquirir poder individual. La mayoría de nosotros llegamos a un punto en nuestra vida en que el mundo con el que estamos familiarizados ya no nos satisface. En el caso de algunas personas, ocurre más de una vez. Debemos superarnos a nosotros mismas; no podemos evitar esta evolución del mismo modo que no po­demos frenar nuestro proceso de envejecí miento. La cues­tión es cómo completar esta transición de un modo airoso y saludable. A veces, el catalizador es una crisis emocional o interior, otras es la elección que hacemos la que nos con­duce en una dirección imprevista. Inevitablemente, todos llegamos a una etapa en que el lugar que ocupábamos y en el que nos sentíamos cómodos se vuelve tan incómodo como si nos estuviéramos asfixiando con el aire enra­recido de nuestro pasado.

La propia exploración es un componente importan­te y enriquecedor en nuestra evolución espiritual. Pero, con frecuencia, la posibilidad de conocemos a nosotros mis­mos nos aterroriza porque, como hemos visto en el se­gundo mito sobre la curación, asociamos la búsqueda de nuestro yo interior con la soledad. Somos tribales por na­turaleza, sin duda, pero debemos comprender que todo en la vida constituye una extensión de nuestra tribu, no sólo las personas relacionadas con nosotros genéticamente ni las que están unidas a nosotros por lazos de amistad o de amor.

Tomar conciencia significa comprender que todos formamos parte de un potente sistema energético. Esto lo aprendemos conociéndonos a nosotros mismos fuera de las circunstancias familiares, que nos ofrecen una se­gundad ilusoria, como creer que siempre tendremos a al­guien que nos cuide y decida por nosotros. Vivir con esas creencias nos impide descubrir el contenido de nuestra mente y nuestro corazón, por lo que no se nos deja vivir siempre a través de la mente de otra persona. Asimismo, no podemos interferí r siempre en las necesidades de otra persona ni con su derecho de penetrar en su interior, para separar e individuar, ya se trate de nuestro cónyuge, hijo o amigo.

Debemos conocer el poder de nuestros pensamien­tos y sentimientos y descubrir la inmensa capacidad de elección inherente a ese poder. La elección es fruto de po­laridades opuestas: los dos peces de Piscis. Activa nuestras experiencias, individuales y espirituales, y expresa nues­tras creencias. Podemos elegir ser bondadosos o crueles, indulgentes o vengativos, generosos o mezquinos, com­pasivos o intolerantes, lisas elecciones asumen un mayor significado cuando comprendemos que sus consecuen­cias van mucho más allá de nosotros mismos y nuestros alle­gados, y que esas consecuencias afectan a nuestra biolo­gía. Cada elección que hacemos, tanto si la expresamos verbalmente como si no, influye en la atmósfera de la ha­bitación donde nos hallamos o en la casa en la que hemos entrado o de la que hemos salido. Incluso es posible que nuestras elecciones incidan en las variaciones meteoroló­gicas. La cultura occidental hace poco que ha empezado a tomarse en serio el poder de la elección, que las prácti­cas hindúes y budistas nos enseñan como pensamientos jus­tos, expresiones justas y acciones justas.

El tornar conciencia significa aceptar nuestro poder individual y el hecho de que el poder de nuestros pensa­mientos y acciones tiene unos efectos incalculables. Mien­tras permanezcamos bajo el in flujo de! poder tribal, nuestra facultad de elegir y de asumir responsabilidades es li­mitada. Bajo la mentalidad tribal, no nos percatamos de las complejas fuerzas psicológicas y emocionales que in­ciden en nuestras decisiones. Solemos tomar decisiones por reacción o costumbre. Pero cuando empezamos a ex­plorar nuestro interior, ampliamos la forma en que nos de­finimos a nosotros mismos y mies tro papel en la vida. A medida que asumimos la responsabilidad de nuestras ac­ciones externas, y de nuestros pensamientos y actitudes, comenzamos a ver nuestras conexiones energéticas con los demás y con la propia fuerza vital.

En bien de nuestra evolución personal, debemos li­brarnos del poder tribal, penetrar y analizar nuestra psi­que, y tomar contacto con nuestro lado oscuro. Las pola­ridades de Piscis y del poder individual simbolizan la falta de respuestas sencillas; toda virtud tiene su lado oscu­ro. Tal como dijo el Señor a Isaías hacia el final de la era de Aries: «Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago la fe­licidad y creo la desgracia. Yo, Yahvéh, he creado todo» (Isaías, 45: 7). Asimismo, cada decisión de actuar de una determinada manera elimina la posibilidad de otro tipo de acción, pero debemos aceptar el hecho de que, con fre­cuencia, no existe una decisión ideal. Lo importante no es la elección en sí misma, sino la razón por la cual la hemos hecho. Si elegimos hacer algo por temor, el resultado de nuestra acción será insatisfactorio e inestable; si elegimos hacer algo inspirados por nuestra fe, las consecuencias de nuestra acción nos conducirán por la senda que debemos tomar, aunque demos varios rodeos.

Nuestra vida cambia externamente a medida que no­sotros cambiamos internamente. Lo uno es consecuencia de lo otro, y, por más que nos esforcemos, no podemos de­tener esa dinámica. A menudo tratamos desesperadamente de llevar con nosotros a las personas que queremos, o de dominar los componentes externos de nuestra vida, al mismo tiempo que, en nuestro interior, arden fuegos que amenazan con devorarnos. Tratamos de describir a nues­tra familiay a nuestros amigos lo que experimentamos, con­fiando en que ellos también lo experimenten, o bien ha­llen el paisaje que exploramos dentro de nosotros lo bastante atractivo para sumergirse en el mundo que resi­de detrás de sus ojos. En ocasiones lo conseguimos; otras no. Debemos emprender nuestro viaje personal motiva­dos por nuestra fe, no en función de quién decida acom­pañarnos. Como suele decir el psicólogo y teólogo Sam Keen, dos de las preguntas más importantes de nuestro via­je personal son: «¿Adonde me dirijo?» y «¿Quién me acompañará?». Y es muy importante que nos las formu­lemos por este orden.

Conviene tener presente que el instinto de la tribu es disuadir a sus miembros de alejarse demasiado del terre­no conocido. Con frecuencia, cuando emprenda el viaje de exploración interior topará con oposición. No debe tomárselo personalmente, pues se trata de un acto de amor tribal, o cuando menos de lealtad tribal, porque las tri­bus, por definición, se esfuerzan en mantener a sus miem­bros unidos.

Sus amigos y familiares no siempre pueden satisfacer su deseo de que su experiencia personal sea justificada y te­nida en cuenta por ellos, porque no experimentan lo mismo que usted. Les cuesta comprender su afán de aislamiento porque ellos aún están rodeados por las personas que aman; no sienten la necesidad de profundizar en el significado de sus vidas cuando se sienten felices viviendo en la superficie.

I Muchos de nosotros, al principio, tememos emprender esa búsqueda porque sabemos instintivamente que compor­ta unos cambios radicales. De hecho, dudo de que quienes hemos emprendido esa búsqueda lográramos avanzar si conociéramos de antemano las dificultades con las que tendremos que enfrentarnos.

Es posible que su viaje de exploración interior haya comenzado sin que usted haya reparado en ello. Las señales no son difíciles de encontrar, una vez que sepa lo que está buscando. A continuación, enumero algunas de las seña­les más comunes y reveladoras.

Las señales que indican que ha iniciado la explora­ción interna:

•   Una creciente incomodidad en su medio familiar, que se manifiesta como una insatisfacción con su trabajo o con las personas próximas a usted.

•   La incapacidad de identificar el motivo por el que se siente deprimido o agotado.

•   Una profunda sensación de soledad, a menudo acompañada por el temor de que su aislamiento no concluirá nunca.

•   La certeza de que algo ha cambiado en su vida, y de que, aunque no sepa lo que el futuro le reserva, no puede volver atrás y vivir como hasta ahora.

•   Una creciente curiosidad por averiguar cuáles son sus necesidades personales y un intenso deseo de que alguien que comprenda lo que usted experi­menta se lo ratifique. La profunda soledad que pue­de acompañar a cualquier despertar requiere cierto grado de validación, sobre todo si no está usted ro­deado por personas que comprenden lo que usted experimenta. (En tal caso, buscar la compañía de un grupo de apoyo o asistir a talleres sobre esos temas puede ser muy útil.)

•   La aparición de unas dotes que usted ignoraba que poseía, como la capacidad de sanar o aconsejar a otros, y un cambio en su percepción de la realidad. Esto comporta a menudo una mayor sensibilidad hacia la energía o vibraciones que transmiten las personas y situaciones. Pasa de relacionarse con el mundo externo a través de sus cinco sentidos a to­mar conciencia de sus dotes multisensoriales e intuitivas. Aunque la intuición de supervivencia, o el instinto visceral, está siempre activo, esta nueva sensibilidad refleja la emergencia de una capacidad intuitiva mucho más profunda y puede convertirse en el tipo de sensibilidad que se necesita para sanar mediante, por ejemplo, el Toque Terapéutico o la acu­puntura, o simplemente le ayudará a convertirse en un individuo mucho más perceptivo.

Un cambio en su relación con el tiempo. Para el po­der tribal, el tiempo es una fuerza externa y lineal que nos hace avanzar a través de las etapas de la vida, desde la juventud hasta la vejez. Lo que usted consiga y la rapidez con que lo consiga está calibrado por la velocidad tribal. Si la tribu cree que después de un año de tratamiento y cinco años de buena sa­lud se puede considerar a alguien curado de un cán­cer, ése es el tiempo que un creyente en la tribu pensará que tardará en curarse. Para el poder in­dividual, el tiempo se va haciendo cada vez más re­lativo, a medida que usted descubre el poder de su mente consciente. Ya no precisa estar controlado por el tiempo del grupo, sino que tiene la opción de comprobar cómo el poder personal y la sanación de suyo interno influyen en la velocidad a que sana su cuerpo. Este sentido del tiempo se aplica tam­bién a la rapidez con que usted puede crear algo nuevo para usted mismo. En lugar de pensar «soy demasiado viejo para empezar otra vez», convén­zase de que la edad no tiene nada que ver con la creatividad, el amor o el goce de la vida. Un aumento en la sensibilidad hacia ciertos ali­mentos, tejidos, toxinas ambientales y medicamen­tos como la aspirina y remedios contra el resfriado. Es posible que desarrolle alergias a sustancias que an­tes no afectaban a su organismo, como el trigo, los productos lácteos o la cafeína.

•   Una creciente curiosidad sobre temas relaciona­dos con la evolución propia, bien por elección o por necesidad.

•   La sensación de una nueva identidad, que puede in­cluir nuevas aspiraciones o el deseo de cambiar de estilo de vida. Quizá decida renunciar a la vida ur­bana e irse al campo, o negociar una reducción de salario a cambio de más tiempo libre y dedicarse a nuevas aficiones.

•   Unas sensaciones de liberación que jamás había experimentado, como si hubiera roto unas cadenas invisibles que le sujetaban a unas formas de conducta repetitivas que ya no satisfacían a su espíritu.

•   La necesidad de estar más en contacto con la natu­raleza o de disponer de más tiempo para estar solo.

•   Una creciente insatisfacción con la religión insti­tucional y una búsqueda déla espiritualidad. Qui­zás empiece a vivir experiencias espirituales, tales como estados de meditación profunda, el anhelo de emprender un nuevo camino en la vida o un des­pertar a místico.

“Un infinito aburrimiento y pérdida del gusto por todo aquello que antes le procuraba satisfacción y alegría.

•   El desarrollo de una enfermedad que no se cura con tratamientos médicos alopáticos.

Todos los que emprendan el camino hacia el poder in­dividual experimentarán al menos una de esas señales o estadios y algunos pueden experimentar varios o todos ellos. Cada uno representa un desafío: bien sea en forma de una nueva irritación o incomodidad que necesitamos aliviar, o en forma de una nueva orientación, o una facultad o po­der que deseamos utilizar. Nuestro viaje personal se ca­racteriza por la necesidad de afrontar y resolver esos de­safíos, y es, a menudo, descrito como «la experiencia del desierto» o de la «noche oscura del alma». El comienzo de esta noche oscura del alma puede parecemos terrible, y disuadirnos de nuestro empeño, pero para desarrollar nuestro poder individual debemos soportar necesaria­mente cierto dolor y sufrimiento. Al mismo tiempo, nos ofrece la oportunidad de alcanzar un elevado grado de dominio y satisfacción. Al igual que cuando nos muda­mos de casa, cambiamos de trabajo o entablamos una nue­va relación, las dificultades a las que debemos hacer fren­te al iniciar nuestro viaje encierran la posibilidad de gozar de una mayor satisfacción y dicha.

Examinemos algunas de las formas que asume el de­safío a nuestra antigua forma de conducta tribal, y veamos cómo podemos transformarla en un nuevo comienzo.

LA ENFERMEDAD COMO VEHÍCULO DE TRANSFORMACIÓN

A menudo la enfermedad sirve para abrirnos los ojos durante nuestro viaje hacia la conciencia y el descubri­miento propio: requiere una atención inmediata y no po­demos pasarla por alto. Cuando contraemos una enfermedad mortal, no podemos permitirnos el lujo de no hacerle tuso. La enfermedad con frecuencia es el medio por el cual descubrimos el poder de nuestra psique y nuestro espíritu. Como ya hemos visto en el capítulo 2 la negatividad no siempre constituye la raíz de una enfermedad. En ocasiones, la enfermedad es el resultado de factores genéticos o ambientales sobre los que tenemos escaso control. Aunque cueste de creer, a veces la enfermedad es la respuesta a nuestras plegarias, puesto que constituye el medio por el que descubrimos nuestras dotes más valiosas y nuestra capacidad para ayudar a los demás. Por tanto, la enfermedad puede considerarse un punto de inflexión que exige que ejerzamos nuestra capacidad de elegir. Cuando afrontamos una crisis cuya resolución requiere un cambio en nuestra conciencia y estilo de vida, debemos biiscar el potencial de evolución espiritual inherente a la situación. Para evi­tar asumir una actitud negativa hacia nuestra enfermedad, debemos considerarla como una invitación a descubrir un nivel superior de conciencia. La literatura médica recien­te está llena de personas que respondieron a uji ataque car­díaco o a un cáncer modificando su dieta y Haciendo ejer­cicio, además de seguir un programa de reducción de estrés que incorporaba yoga y meditación; todos ellos desarro­llaron una auténtica afición hacia esas prácticas. Muchas personas modificaron sus vidas radicalmente hacia una vida de renovada espiritualidad al traspasar la puerta que les abría una enfermedad mortal.

Yo creo que podemos considerar toda enfermedad como una experiencia de transformación, puesto que la en­fermedad requiere que prestemos atención al proceso de curación, el cual contiene la posibilidad de un cambio. Cuando contraemos una enfermedad debido a una con­ducta negativa —abuso de sustancias tóxicas, tabaco, ni­veles elevados de estrés, un trabajo o una relación que no nos satisface— el cambio se convierte en parte integran­te del proceso de curación. Al mismo tiempo, el hecho de considerar una enfermedad como una oportunidad de profundizar en nuestro yo interior activa el potencial para sanar que yace aletargado cuando asumimos una acritud pasiva o caemos en la autocompasión. Tal como indico a las personas que asisten a mis talleres: «Los verbos curan, los sustantivos no.» cuando el desafío es una enfermedad

A los 41 años, Ann estaba casada, era madre de cua­tro hijos y un miembro activo de su comunidad. De im­proviso, los médicos le diagnosticaron que padecía lupo. Como Ann no conocía ia medicina alternativa, se some­tió a un tratamiento de medicina convencional. El médi­co le recetó esteroides, que debía tomar con frecuencia, y Ann engordó más de treinta kilos, cuando su peso nor­mal era de unos sesenta kilos.

El médico le dijo a Ann que el hipo era una enfermedad para la que no existía cura. En el mejor de los casos, con­seguiría una remisión de la enfermedad mediante una terapia de medicamentos. Ann pensó que no tenía más re­medio que aceptar ese diagnóstico y tratamiento, pe­ro al cabo de varios meses de tomar las drogas prescritas por su médico empezó a notarse muy deprimida y física­mente agotada. Se sentía culpable por no poder atender debidamente a su familia y tener que contar con su hija de 16 años para que le ayudara a preparar la comida, ha­cer la compra y limpiarla casa. Su hija, aunque se esfor­zó en ayudar a Ann, no tardó en mostrarse irritada con ella, pues apenas tenía tiempo de ver a sus amigos y no estaba preparada para hacer frente a esas nuevas responsa­bilidades.

La tensión entre madre e hija aumentó hasta que el ma­rido de Ann le aconsejó que acudiera a un terapeuta. Ann tardó dos meses en hacer caso de ese consejo, pero por fin decidió visitar a una terapeuta que practicaba la medi­cina alternativa y que le habló de otros tratamientos con­tra el lupo, tales como la acupuntura, la visualización y la aroma terapia.

Al mismo tiempo, Ann comenzó a conocerse mejor. Su terapeuta le advirtió claramente que no podía abordar esos tratamientos con la misma actitud con la que se ha­bía sometido a la terapia basada en fármacos. «Los fármacos actúan independientemente del estado anímico del pa­ciente —le dijo—, pero los tratamientos alternativos no. Su eficacia depende de que el paciente participe cons­cientemente en su curación»; de hecho, cuanto más cons­ciente eres, mejor van. Animada por esa perspectiva, Ann  se esforzó en educarse por medio de libros, cintas mag­netofónicas y reuniones con un grupo de apoyo.

Durante su viaje personal, Ann experimentó varias transiciones importantes. La más relevante fue su descu­brí miento de la diferencia entre el apoyo que le brindaba su religión y el consuelo qué hallaba en otras prácticas es­pirituales. Cuando Ann se enteró de que estaba enferma, creyó que era un castigo. Cuando adquirió una relación más íntima con Dios, mediante esas nuevas prácticas espiritua­les, empezó a considerar a Dios de un modo muy distinto y a contemplar su enfermedad desde otra perspectiva.

—-Lo primero que descubrí—dijo Ann—. Fue que el sentimiento de culpabilidad que arrastraba desde que el médico me había diagnosticado la enfermedad (por no po­der ser la esposa y madre que había sido hasta entonces) se debía a que, de algún modo, yo me consideraba una mala persona. Me daba vergüenza haber contraído la enferme­dad y supuse que mi familia se avergonzaba de mí.

»Cuando aprendí a acercarme a Dios desde un pun­to de vista que no estaba vincula do a una determinada reli­gión, sino de una forma más espiritual —continuó Ann—, comprendí que, en ocasiones, una enfermedad es el me­dio por el cual Dios nos lleva a conocernos mejor. Por ejemplo, jamás se me había ocurrido que poseía un poder en mi interior que los pensamientos positivos activaban. Siempre había supuesto que era mejor ser mía persona optimista que quejarse continuamente, pero nunca había relacionado esa idea con el hecho de poseer la facultad de reforzar mi espíritu a fin de mejorar mi salud. Puesto que de niña me habían enseñado que Dios repartía sus bendi­ciones o sus desafíos de forma aleatoria, comprender que nada es aleatorio y nada es un castigo supuso para mí la li­beración más profunda que había experimentado en mi vida. Esa espiritualidad me dio fe, no sólo en que sí reza­ba con devoción Dios atendería mis plegarias, sino que em­pecé a creer que Dios escucha siempre nuestras oraciones y que la curación no consiste necesariamente en recibir una cura física. Puede significar el descubrimiento, como me ocurrió a mí, de que eres mucho más valiente de lo que te imaginabas.

«Comprendí que aunque deseaba eliminar el lupo de mi cuerpo, también deseaba sanar las numerosas insegu­ridades que me habían llevado a depender de los demás. Antes, aunque me sentía segura, en realidad no era sino una persona temerosa de intentar nada nuevo. Ahora tra­to de sanar esa faceta de mi personalidad, y me siento más satisfecha de mí misma. Ya no me siento dominada por las dudas que me atormentaban. Todavía padezco lupo, pero en muchos aspectos estoy más sana que antes y confío en que, si persisto en este camino, llegaré a sanar también fí­sicamente.

Al cabo de un tiempo la enfermedad de Ann remitió, y aunque nadie puede predecir cuánto tiempo durará esa remisión, Ann confía en que, cuando su enfermedad se reactive, estará preparada para afrontar su situación con valor.

Cuando el desafío es el temor a envejecer

 

No siempre es necesario contraer una enfermedad mortal o debilitante para que sintamos la necesidad de emprender un viaje personal. Un hombre llamado Jacques, a quien conocí hace unos años en un taller, me con­tó la encantadora historia de cómo decidió iniciar el via­je de descubrimiento propio. Era un próspero hombre de negocios que se había concedido todos los caprichos que pueden comprarse con dinero. Había viajado a lugares remotos, poseía tres residencias —una de ellas en los Al­pes franceses—, tenía un círculo de amigos interesantes y gozaba al máximo de la vida. El día de su cuarenta cum­pleaños, mientras estaba pensando qué regalarse, se contempló con detenimiento en el espejo. Observó que se había abandonado físicamente y que tenía «michelines» en las caderas, por lo que, en lugar de hacerse un regalo costoso y convencional, decidió empezar a hacer jogging y dedicar el año siguiente a ponerse en forma. Jacques re­conoció que el primer día que salió a correr lo hizo más por temor a envejecer que por motivos de salud. Después de correr durante tres manzanas se detuvo, tosiendo y bo­queando. Jacques comprendió que para cumplir el com­promiso que había adquirido consigo mismo tenía que dejar de fumar. A las ocho de aquella tarde, ya se había convertido en un ex fumador.

Al cabo de cuatro meses, su dedicación a su salud le llevó a interesarse por la nutrición, tema por el que había mostrado escaso interés antes. Después de informarse so­bre varios programas nutricionales, decidió renunciar a su dieta, repleta de grasas y colesterol, reducir su consumo de carne de vacuno y comer principalmente fruta y ver­dura.

Cuando cumplió cuarenta y un años, Jacques era la viva imagen de la salud. Su interés por el tema había despertado su curiosidad sobre otros factores que podían influir en la sa­lud: la actitud mental, las creencias y las necesidades perso­nales. Jacques empezó a revisar su vida o, según dijo, explo­rar su yo interior. Antes, cuando lo único que le interesaba eran sus negocios, no se había percatado de que existieran otras cosas —y menos aún otras personas— por las que me­reciera ía pena preocuparse. Pero desde que había empren­dido su viaje personal, había comenzado a interesarse por las personas con quienes trataba a diario.

Un día se le ocurrió la idea de invitar a un grupo de amigos íntimos y socios profesionales a su casa para una velada dedicada a la auto exploración. Naturalmente, me contó sonriendo, esperó a que todos hubieran llegado an­tes de revelarles el motivo por el que les había invitado. Sus amigos habían supuesto que Jacques iba a hablarles de un nuevo negocio; cuando les dijo sus verdaderos moti­vos, sus amigos desearon poder salir volando de la habi­tación.

—Pero como yo era el hombre más rico de la reunión —añadió Ja cq u es con una carcajada—, no tuvieron más remedio que quedarse.

Jacques abrió la sesión describiendo su proceso de transformación, agregando que, aunque sus amigos no se percataran de ello, estaban también inmersos en un in­terminable ciclo de ciegos logros profesionales, a la espe­ra de despertar. Jacques les propuso que explorasen ese des­pertar. Uno tras otro, esos hombres empezaron a hablar sobre sí mismos como no lo habían hecho jamás, descu­briendo sus sentimientos sobre su trabajo, estilo de vida y familia. Aunque al principio les resultaba difícil, su ti­midez fue desapareciendo poco a poco y, al término de la velada, prometieron volver a reunirse al cabo de un mes para llevar a cabo otra sesión semejante.

Al cabo de seis meses, Jacques y sus amigos ya se reu­nían de forma periódica y el grupo se había ampliado. Con el tiempo, fueron más allá de las cuestiones personales y comenzaron a explorar otros temas relacionados con la es­piritualidad, la crisis global y lo que podían hacer para contribuir a un mundo que les había dado tanto. Todos se comprometieron a colaborar para mejorar el planeta. Sus reuniones acabaron convirtiéndose en una mezcla de in­tercambio de experiencias personales y estudio de planes para participar en proyectos que pudieran beneficiarse de su apoyo.

El viaje personal de Jacques constituye una historia edi­ficante, en parte porque, en un principio, él era un indi­viduo que creía estar plenamente realizado. Antes de la toma de conciencia de suyo interior, era un hombre mo­tivado, determinado, seguro de sí y satisfecho; no parecía ser alguien que necesitara tomar contacto consigo mismo. Pero el término «individuo» posee dos significados muy

distintos, según lo interpretemos bajo la mentalidad tri­bal o bien en el contexto de la evolución de la conciencia. Un «individuo», según la mentalidad tribal, es poco más que una combinación de la identidad física y la fuer­za del yo, que en este caso significa la parte del ser que co­nocemos por medio de experiencias externas junto a nues­tros sentimientos sobre nuestro aspecto físico. Pero en el contexto de la conciencia psíquica, el término «indivi­duo» se refiere a la parte qué nosotros que es transfísica, que encarna unas características internas que derivan del cre­cimiento espiritual y que nos proporciona energía y po­der al margen de la aprobación del grupo.

Cuando su vida ya no le satisface

Aunque el viaje de descubrimiento interior de Jacques comenzó casi por capricho, la mayoría de la gente lo emprende como consecuencia de una grave crisis vital. Durante uno de mis talleres, Simón, un abogado, nos re­lató su experiencia. Había estudiado derecho porque su pa­dre era un juez y le había di choque, desde que Simón era un niño, su sueño había sido compartir un bufete con su hijo. Simón nos confesó que había estado tan influido por ¡as ambiciones de su padre, que hasta pasados ios 30 años no se percató de que tal vez pudiera tener aspiraciones propias.

Simón estudió derecho tal como deseaba su padre, y, a los 26 años, comenzó a ejercer la carrera. A los 27 años se casó y a los 29 años se convirtió en padre de una niña. Evidentemente, se esperaba de él que educaría a su hija para que también estudiara abogacía. Es más, cuando nació la niña, el padre de Simón comentó que, aunque no había es­perado que su primer nieto fuera una niña, seguramente también podría convertirse en una buena abogada.

Cuando Simón cumplió 34 años, estaba al borde de una crisis nerviosa. No se entendía con su mujer, ni ver­bal ni sexualmente, y no podía hacer frente a las respon­sabilidades de sil trabajo. El único apoyo que recibió de su familia fue la sugerencia de que se tomara unas vaca­ciones. Un día, cuando Simón estaba mirando por la ven­tana, su secretaria entró e hizo un comentario que le dejó perplejo.

—Usted necesita terapia —dijo—. Lo sabe, ¿no?

Al principio Simón se sintió ofendido por el comen­tario y se lo dijo. Ella repuso que no había pretendido ofenderle, pero que se había dado cuenta de cómo cada vez estaba más decaído y sospechaba que las tensiones de la vida cotidiana habían hecho mella en él. Un terapeuta, le ‘ aclaró su secretaria, no es una persona a la que van los lo­cos en busca de ayuda, sino un profesional al que acuden personas en su sano juicio cuando se percatan de que el inundo que les rodea se ha vuelto loco.

Cuando Simón le dijo que no conocía a ningún tera­peuta, su secretaria telefoneó al suyo y concertó una visi­ta para la semana siguiente. Simón le hizo prometer que no diría una palabra de aquello a nadie. Cuando llegó el día señalado, Simón salió de su oficina, se dirigió a la con­sulta de la terapeuta y durante la primera visita no hizo sino insistir en que no sabía por qué había ido a verla ni qué ha­cía allí.

La terapeuta empezó por hacer a Simón unas pre­guntas sobre su vida, su familia y su trabajo. Luego le formulo una pregunta que él jamás se había hecho:

—¿Qué metas se había fijado en la vida?

—Ser abogado, casarme y tener una familia —contestó Simón—. Exactamente lo que he conseguido.

—¿Está seguro? No parece sentirse muy «satisfecho» en estos momentos —replicó la terapeuta con tono desa­fiante—. ¿Nunca se le ha ocurrido pensar que quizá no era | eso lo que deseaba?

Simón reconoció que nunca había pensado en ello.

—¿Y por qué no lo hace ahora?

—No serviría de nada —repuso Simón—. Ya he ele­gido mis opciones.

La terapeuta sugirió a Simón que fuera a visitarla de nuevo la semana siguiente y que, mientras tanto, dedica­ra algún tiempo a reflexionar sobre qué otras elecciones pudo haber hecho, o cuáles le gustaría tomar ahora, o cuá­les no sería capaz ni de considerar. Simón no quería plan­tearse ese tema, pero la duda ya había sido plantada en su mente y, tanto si quería como si no, había iniciado el via­je hacia su interior.

Durante la semana, Simón apenas logró conciliar el sueño por las noches. No dejaba de pensar en su infancia, en los planes que su padre había trazado y las esperanzas que había depositado en él. Simón empezó a experimen­tar una rabia que jamás había sentido antes. Temiendo co­mentar esto con su padre —o tragarse lo que deseaba de­cirle— Simón evitó todo trato con él.

Su esposa notó que Simón estaba más nervioso, pero él no se atrevió a decirle que había comenzado una tera­pia porque estaba seguro de que ella no lo entendería. Du­rante la segunda visita, Simón confesó a su terapeuta que no sabía lo que deseaba en la vida porque nunca había te­nido ocasión de plantearse esa pregunta. De lo único que se había dado cuenta durante esa semana era de que jamás había tenido libertad de elección en ningún aspecto im­portante de su vida, ni en cuanto a su profesión ni a la per­sona con la que se debía casar. En resumen, Simón había vivido siempre de acuerdo con la mentalidad tribal.

—Dije a mi terapeuta que quería a mi mujer —aña­dió Simón—, pero me abstuve de reconocer que había lle­gado a la triste conclusión de que no estaba enamorado de ella.

En las semanas que siguieron, Simón, guiado paso a paso por su terapeuta, emprendió su viaje de exploración interior. Las primeras etapas fueron la experiencia más liberadora que había vivido, y la más aterradora. Simón comprendió que no podía seguir viviendo de esa forma. Deseaba tomarse un tiempo para explorar todas las op­ciones que había desaprovechado hasta entonces. Por fin, Simón comunicó a su familia que iba a tornarse unas va­caciones, pero no sólo de su trabajo. Dijo que necesitaba tiempo para plantearse todas las elecciones que se había visto obligado a tomar, para comprobar si eran lo que de­seaba realmente.

Al final, Simón siguió trabajando de abogado, pero dejó el despacho que compartía con su padre y abrió su propio bufete. Durante ese período de transición, conoció a una mujer de la que se enamoró, una mujer que encajaba en el nuevo e interesante territorio interno que Simón con­tinuó explorando con ayuda de su terapeuta. No le sor­prendió que sus padres, que no habían apoyado sus nue­vas elecciones, no aceptaran tampoco la decisión de divorciarse de su esposa. Simón concluyó el relato de su viaje personal con estas palabras:

—Sigo confiando en que un día mi familia conozca al hombre en el que me he convertido. Lamento la distan­cia que nos separa, pero por fin me siento satisfecho de mí mismo y de mi vida.

La historia de Simón es un ejemplo clásico de la se­paración de la influencia tribal por medio del renacimiento del individuo que llevamos dentro. De pronto, empeza­mos a sentirnos fuera de lugar en nuestra vida. La gente y los lugares familiares dejan de generar la energía que precisamos para desarrollarnos. Caemos en la depresión pero no comprendemos el motivo, sobre todo cuando no se ha producido ningún cambio evidente en nuestra vida.

En un plano más profundo, sabemos exactamente lo que ocurre y por qué estamos asustados. No nacemos despro­vistos de conocimientos sobre el poder de nuestra naturale­za espiritual, al contrario, sabemos instintivamente que todo cambio interno que realizamos, cada cambio en nuestra perspecQva o nuestras creencias, activa automáticamente un cam­bio externo en nuestra vida. Por más que nos esforcemos, no podemos detener ese cambio, lo cual debería darnos ánimos si estamos tratando de airar una enfermedad.

El temor inicial de Simón a evaluarse había sido acti­vado al darse cuenta de que algo se había despertado en su interior que provocaría un cambio radical en su vida. El cambio asusta hasta el extremo de que muchas personas in­conscientemente socavan su proceso de curación en lugar de realizar los cambios en su vida emocional y psicológica que, a su vez, acarrearán un cambio en su biología. Si cam­biamos nuestras emociones, cambiaremos nuestra ener­gía y, por ende, nuestra biología. Como suelo decir con fre­cuencia, nuestra biografía se convierte en nuestra biología. Aunque no existen garantías de que vayamos a curarnos, si somos capaces de iniciar un proceso de cambio, habremos potenciado nuestras posibilidades de sanar.

EL PODER DEL YO DESPIERTO

Cuando ya ha pasado del poder tribal al poder indivi­dual; una vez que ya se ha abierto a esa forma de energía, no tardará en comprender que el descubrimiento interior es un proceso que no acaba nunca. Por el contrario, la autoestima y la capacidad de expresar las necesidades per­sonales se convierten en la norma en lugar de la excepción. El poder individual tiene sus propias prioridades, su pro­pio vocabulario, sus valores propios. Tendrá la sensación de que se encuentra ante más desafíos de los que ¡amas había experimentado. Esto se debe a que ha activado en su inte­rior un potencial que había permanecido aletargado; des­cubrirá que posee unas capacidades, percepciones y otras herramientas energéticas que previamente no se había per­mitido poseer.

Por ejemplo, estarnos autorizados a explorar y manifestar nuestras necesidades personales. Aunque es difícil aprender a expresar nuestras necesidades, podemos pedir ayuda para aprender a hacerlo. Animados por nuestro po­der individual, podemos comprender nuestros Kmitesy la importancia de protegernos de las influencias que no es­timulan nuestro desarrollo personal. Empezamos a com­prender la necesidad de amarnos y de cuidar de nosotros mismos. No conozco a muchas personas que hayan apren­dido de niños a amarse a sí mismos para poder amar a otros con plenitud y generosidad, aunque conozco a mu­chas que recuerdan con ternura ser amados de pequeños. En la mayoría de los casos, me encuentro con gente que, hasta bien entrada la madurez, no se sentía confortable con la idea de quererse a sí mismos.

El amor a uno misino es un concepto relativamente nuevo y, por lo general, malinterpretado, pese a ser el co­rolario obvio del mandamiento de Jesús de que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Por su­puesto, el amor a uno mismo puede ser problemático: en sus estadios iniciales, puede manifestarse en episodios de egocentrismo y narcisismo. Pero esos episodios pueden ser beneficiosos, porque nos obligan a introducir unas fronteras personales que, hasta la fecha, no habíamos de­finido. Después de la etapa de egocentrismo se produce la necesidad de explorar nuestras necesidades emocionales.

En el mejor de los casos, el amor a nosotros mismos consiste en la capacidad de cuidarnos, de hacer elecciones dentro de nuestro estilo de vida presente que nos benefi­cian y renuevan nuestra vitalidad. Para algunos de noso­tros, eso significa hacer ejercicio o practicar algún depor­te periódicamente, mientras que, para otros, significa irse al campo de vez en cuando. También hay los que necesi­tan el toque reconfortante de un tratamiento basado en ma­sajes, una limpieza facial una vez al mes o una actividad más social. Quizá necesite la compañía de un nuevo grupo so­cial, por ejemplo, de personas dedicadas a la conservación del medio ambiente, a vivir de forma natural o a realizar prácticas espirituales. O quizá necesite vivir solo, para sentirse libre y profundizar en su ser lejos de las tensio­nes sociales. Algunos expresan su amor a sí mismos com­prometiéndose a no permitir que nadie vuelva a abusar de ellos o a maltratarlos.

Al margen de las necesidades que usted descubra en sí mismo a medida que aprenda a amarse a sí mismo, lo im­portante es que se conceda el derecho a elegir, a expresar sus deseos y necesidades, y a respetarse. De esta forma, des­cubrirá que es cierto que no se puede amar a otra perso­na hasta que se aprende a amarse a uno mismo.

Uno de los aspectos más importantes de abrirse al po­der individual es que la nueva atmósfera curativa que le ro­dea le ofrece una nueva visión sobre lo que significa ser una persona sana. Más allá de la vieja y errada definición de que una persona sana es alguien que no está enfermo, su sa­lud es determinada, ante todo, por su conciencia psí­quica. Incluso en el caso de personas que padecen una en­fermedad física, tanto más si se trata de una enfermedad dolorosa, su creencia en las lecciones y el significado in­herente a su enfermedad puede generar una esperanza y energía que les ayudan a sobrellevarla.

Para que nuestro cuerpo prospere, debemos satisfa­cer nuestras necesidades espirituales. Esta noción se ha convertido en parte integrante del proceso de mantener la salud y de sanar. Asimismo, estamos abiertos a la posi­bilidad, si no la probabilidad, de que hayamos vivido con anterioridad y que esas vidas anteriores influyan en nues­tra presente existencia, incluso en nuestra salud. Nues­tros conocimientos sobre la nutrición y los suplementos dietéticos, junto a nuestros conocimientos de las técnicas holistas procedentes de las culturas orientales y de nues­tra propia cultura holísta, nos ofrecen unas posibilidades de curación que se contraponen a los diagnósticos habituales de la medicina alopática. Todos esos factores nos proporcionan grandes ventajas y extraordinarias opciones, en caso de que las necesite­mos para nuestra curación personal. En última instancia, todo lo que aprendemos sobre nuestro yo interior no sólo potencia nuestra salud sino también la calidad de nuestra vida física. E] objetivo es gozar plena y conscientemente de la vida dentro de nuestro cuerpo.

ASUMIR EL PODER SIMBÓLICO

El poder simbólico constituye el nivel más profundo de percepción que podemos alcanzar. La toma de con­tacto con la región arquetípica nos permite ver más allá del significado físico de los acontecimientos y contem­plarlos como unas oportunidades divinas para el desarro­llo de nuestra conciencia psíquica. La visión simbólica percibe una dimensión que los místicos han descrito como más real que lo físico, más poderoso que lo tangible.

La conciencia simbólica entra en contacto con lo Di­vino con menos interferencias que la conciencia individual. Percibe el nivel superior de vibraciones conocido como eternidad y puede manifestarse como una sensación interior profundamente enriquecedora, un encuentro espiritual o una experiencia psíquica. También puede asumir la for­ma de una intensa relación con la naturaleza, una expre­sión creativa o una extraordinaria percepción, un avance o una solución creativa.

Un ejemplo de razonamiento simbólico

En el capitulo 6 ofrezco al lector una detallada guía sobre cómo utilizar las tres formas de poder en las diferentes crisis y asuntos de su vida, no sólo en la enfermedad física. Pero de momento me limitaré a mostrarle bacía dónde se dirige; proporcionarle una breve sensación de la fuerza y la belleza de la mente simbólica.

Supongamos que el médico acaba de diagnosticar que usted padece una enfermedad grave, cáncer o esclerosis múltiple. Ambas enfermedades tienen un pronóstico ate­rrador. Al recibir ese diagnóstico, la mayoría de la gente experimenta un choque y tal vez ira; una reacción natu­ral. Pero pasados unos días usted deberá seguir un trata­miento médico, tomar una medicación. Para agilizar su cu­ración, quizá deba también modificar su dieta.

A medida que transcurren las semanas y usted no nota los resultados que esperaba, una voz interior comienza a preguntar: « ¿Por qué ha tenido que ocurrirme a mí? O bien pregunta: «¿Por qué me asombra que esto me haya ocurrido a mí? Me han ocurrido tantas desgracias que de­bería estar acostumbrado a ellas. Es absurdo esperar un mi­lagro.»

Usted cae en la depresión. La gente que le rodea tra­ta de animarle, de darle esperanzas, pero usted no cree que en su universo exista ya esperanza.

Un día conoce a una persona que le ofrece una nueva forma de interpretar su situación. Imagine, le dice esa per­sona, que cada uno de nosotros llevamos en nuestro inte­rior una parte que se siente «víctima». Para algunos de nosotros, nuestra «víctima» aflora cuando entablamos una relación sentimental. Para otros, la «víctima comienza a expresarse cada vez que nos preguntan nuestra opinión so­bre algún tema. Para unos terceros, nuestra «víctima» nos advierte continuamente sobre lo que podemos esperar cuan­do lleguemos «allí», sea donde fuere.

Usted le comenta a su nuevo consejero que comprende muy bien ese concepto de «víctima» y que conoce a per­sonas que encajan con cada una de esas descripciones, in­clusive usted mismo.

—En efecto —responde su consejero—. Todos lle­vamos a una «víctima» dentro de nosotros, por lo que nadie debería tomarse a su «víctima» de forma personal. Forma parte de la psique humana.

A continuación su consejero le pregunta:

—¿Y si le ofrecieran la oportunidad de encararse con esa parte de mismo y librarse de una vez para siempre de esa influencia negativa? ¿La aceptaría?

Tras reflexionar unos momentos, usted responde afir­mativamente.

Su consejero le advierte que esa liberación tiene que ser experimentada. Usted deberá encontrarse cara a cara con su «víctima» en unas circunstancias en las que él o ella sea tan poderoso que le fuerce a usted a descubrir la parte de sí mismo capaz de vencer a esa fuerza. Usted accede.

Al cabo de un tiempo, usted contrae una enfermedad física. Ésta es su oportunidad, y usted pregunta: «¿Cómo puedo encararme con la “víctima” que llevo dentro?»

—¿Esta enfermedad que padece le hace sentirse como una Víctima? —le pregunta su consejero.

—Sí, hace que me sienta impotente, contaminado, derrotado y traicionado por mi cuerpo. Hace que me sien­ta asustado.

—Entonces, centrémonos en estos sentimientos en lugar de en la enfermedad —responde su consejero—. Déjese guiar por esta verdad: no se tome esta crisis per­sonalmente, al margen de que se trate de una enferme­dad, un trauma provocado por la ruptura de una relación o una crisis laboral. El primer paso consiste en no dejar pasar el desafío, sino hacer frente con decisión a los te­mores y los sentimientos de «víctima» que esta crisis le ha despertado. El segundo paso consiste en penetrar en esos sentimientos. No se trata de la enfermedad en sí mis­ma, y usted debe repetirse esto cien o mil veces al día si es necesario. Se trata de la pérdida de poder que la enfermedad le causa.

«Luego vaya en busca de las cosas que le hacen sentirse poderoso. Tome decisiones que den poder a su or­ganismo. Desarrolle una idea de fe y de lo que puede ha­cer para tener un contacto más íntimo cotí el espíritu que lleva dentro. Repítase una y mil veces que no se trata de la enfermedad. Usted está haciendo frente a una parte de sí mismo que siempre le ha hecho sentirse derrotado y atemorizado, y la enfermedad no es sino el medio de en­cararse de una vez para siempre con ese fantasma.

»A continuación, recréese en su fuerza. Celebre los logros de cada día, tanto si le parecen importantes como insignificantes. Desde el punto de vista simbólico, cada vic­toria es importante. Busque las formas de fuerza y de de­bilidad que siempre le han influido. Imite a las debilida­des a mostrarse, una al día en caso necesario, para que usted pueda elegir alternativas y tomar las decisiones per­tinentes.

»Cada día, la Víctima que lleva dentro se hará más débil y el Vencedor más fuerte. Cada día, usted sentirá una conexión más profunda con la vida, una vida que us­ted controla en lugar de una vida que le controla a usted. Esta es la forma en que debe vivir porque es la que le in­funde deseos de vivir; asumir el control le hace sentir que puede crear lo que desee.

»Un día se percatará de que ya no tiene conciencia de la “víctima”. De que posee la fuerza necesaria para ha­cer frente a lo que sea, tanto si se trata de crear una nue­va vida como de desprenderse de una vida que ha expe­rimentado con plenitud hasta el final. Así es como debemos tener conciencia de nosotros mismos, de una forma pro­fundamente personal al tiempo que reconocemos la na­turaleza universalmente impersonal de nuestras expe­riencias.

El razonamiento arquetípico es la forma de percep­ción más liberadora y enriquecedora que puede usted de­sarrollar. Combinada con su poder tribal e individual, la mentalidad simbólica le permite interpretar los desafíos negativos en su vida y comprender que cada uno de ellos constituye un don positivo, aunque no reconozca de in­mediato que se trata de un don.

La percepción simbólica trasciende el tiempo. Es una visión eterna que contiene todas las verdades adquiridas por la experiencia humana. Cuando la utilice, usted será libre de enriquecerse con las enseñanzas de los grandes maestros espirituales y filosóficos de cada generación y cada cultura, y comprenderá que no existen barreras que impidan aplicarlas actualmente. Tendrá la libertad de re­conocer que las crisis de hoy están relacionadas con he­chos que aún no se han producido y con hechos que ya han ocurrido, y comprenderá que la respuesta que usted ofrezca en el momento presente incide en el pasado y el futuro.

La mentalidad simbólica es una fuente de fuerza y verdad, y quienes han tomado contacto con ella son ca­paces de sobrevivir a cualquier crisis o adversidad. Asi­mismo, son capaces de experimentar una resurrección que sigue siendo puramente mítica para aquellos que son incapaces de comprender el poder de lo simbólico o la di­mensión invisible de la vida.

El poder simbólico es inherente a cada uno de noso­tros. Constituye la esencia del octavo chakra, el centro de poder que resuena por encima de nuestro cuerpo. Medio personal, medio impersonal, trata continuamente de se­ducirnos para que penetremos en él y descubramos nues­tra auténtica energía y naturaleza. Es nuestro yo incons­ciente, esa parte que ansia aflorar y convertirse en nuestro aliado consciente, no alejándonos del contacto gozoso con la vida física, sino permitiéndonos abrazar todo cuan­to la vida ofrece sin el temor a no ser lo bastante fuertes para conocerla en toda su plenitud.

Recibir orientación

En cada situación, por grave que sea, usted tiene la op­ción de buscar el significado que se oculta detrás del acon­tecimiento. En algunos casos, esto significa simplemen­te confiar en que existe una razón positiva para lo que ha ocurrido, y que, en el debido momento, se le revelará el sig­nificado. Ésta no es una respuesta fácil de aceptar en mo­mentos de crisis, especialmente durante una enfermedad que implica una situación de vida o muerte. Pero es la res­puesta que le procurará el mayor poder y la orientación más clara.

Reaccionamos ante las crisis utilizando los tres po­deres en el mismo orden en que los hemos desarrollado, tanto histórica como individualmente: tribal, individual y simbólico. Se trata de una respuesta automática; así es­tamos programados para enfrentarnos a las situaciones difíciles. Por ejemplo, nuestra reacción inicial al diag­nóstico de una enfermedad es semejante a nuestra reac­ción ante un terremoto. El mundo se abre bajo nuestros pies; ha ocurrido algo poderoso e imprevisto capaz de al­terar los aspectos más importantes de nuestra vida, inclu­sive nuestras relaciones íntimas y la seguridad de nuestro trabajo. Es casi imposible reaccionar de inmediato de for­ma positiva, ni ver enseguida un atisbo de esperanza. Así pues, al principio reaccionamos a nivel tribal, porque de­bemos asimilar las implicaciones físicas de algo que ame­naza nuestra misma existencia. Debemos comprender las complejidades de la enfermedad y las opciones de trata­miento, y organizar nuestra vida a fin de enfrentarnos a la enfermedad.

Una vez que la crisis de la enfermedad ha penetrado en nuestra mentalidad tribal a través de los chakras infe­riores, se filtra hasta nuestra mentalidad individual. Se trata de un cambio crucial y aterrador, pues mientras pen­samos y actuamos conforme a la mentalidad tribal, nuestra experiencia es asimilada y apoyada por el grupo. Pe­ro cuando penetra en nuestra mentalidad individual, ac­tivando nuestras reacciones psicológicas y emociona­les, nos encontramos solos. Nadie puede silenciar el temor que nos asalta de noche mientras yacemos en la cania pen­sando en lo que debemos afrontar al día siguiente.

Pero, en medio de este terrorífico viaje, se nos presenta la oportunidad de superar la desesperación y establecer un diálogo interior del que emergen una percepción y una orientación que trascienden nuestras circunstancias físi­cas. Este es nuestro punto de transición hacia ¡a mentali­dad simbólica.

Los tres estadios del diálogo se enmarcan dentro del siguiente esquema:

 

Tribal: Su familia puede adoptar la postura de que «esta enfermedad nos afecta a todos, y juntos lucha­remos contra ella». Su médico puede presentarle da­tos sobre cómo otras personas han reaccionado al tra­tamiento y se han enfrentado a la enfermedad. Todo ello indica que su enfermedad es un desafío que afec­ta al grupo, y la cuestión central es la siguiente: « ¿Por qué nos ocurre a nosotros y cómo vamos a hacerle frente?»

 

Individual: La realidad de lo que le está ocurrien­do a usted es vista como lo que es, un desafío indivi­dua!: no «nos afecta a nosotros», me afecta «a mí». La pregunta que se plantea de inmediato es, con fre­cuencia, la más aterradora: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» Usted piensa que si supiera por qué le ha ocurrido esta tragedia sabría cómo hacerle fren­te. En este estadio, la autocompasión y la depresión pueden apoderarse de su mente y convertirse en una crisis tanto o más grave que la propia enfermedad.

Simbólica: Existe una tercera postura que le ayu­dará más que cualquier tratamiento físico: la capaci­dad de responder simbólicamente, en lugar de lite­ralmente, a lo que le ocurre. En lugar de preguntarse « ¿por qué me ha ocurrido a mí?», trate de formular­se unas preguntas más profundas y auténticas: « ¿Por qué está ocurriendo esto? ¿Qué significado tiene esta situación y cómo debo reaccionar? Trate de conce­bir lo que le ocurre en los términos más impersona­les posibles, y desde esta postura, en ese momento, piense en las respuestas que le proporcionarán mayor energía y poder. Imagine que su crisis le está ocu­rriendo a otra persona que ni siquiera conoce, y pre­gúntese qué consejos le ofrecería. Remítase a las en­señanzas espirituales que le recuerdan que todo pasa por una razón y que la fe y la confianza en esa razón convierten lo imposible en posible.

Esta postura le proporcionará una orientación ade­cuada y el nivel más claro de percepción. Mediante la vi­sión simbólica, podrá contemplar su enfermedad dentro del contexto de toda su vida, más allá de lo que le ocurre en estos momentos. Logrará identificar, comprender y dialogar con sus patrones arquetípicos, y ver con claridad los recurrentes desafíos que han configurado la dinámica de su vida. A través de este proceso aprenderá a convivir con el misterio que le ha tocado afrontar, pues ahora po­see el medio que le permite obtener consuelo de ese mis­terio. Los aspectos no resueltos de su vida ya no le man­tienen bloqueado en su pasado, sino que se han convertido en una valiosa lente a través de la cual podrá aprender más sobre su camino de desarrollo personal. Este es el clima propicio para recibir orientación. La mentalidad simbó­lica contiene la capacidad de reducir cada uno de sus te­mores a unas meras palabras vacías de significado. Con la visión simbólica, usted podrá hacer frente al desafío físico de una enfermedad armado con un sentido de la eter­nidad.

Teniendo bien presentes estos tres niveles de poder como modelo de su yo interior, ha llegado el momento de investigar la relación que usted mantiene con el misterio de la curación.

Según da parte

…Y COMO PUEDO CONSEGUIRO

Hallar el camino adecuado a través del caos de la sanación

Debido a que nuestros pensamientos y nuestras emo­ciones desempeñan un papel crucial en el desarrollo de una enfermedad y debido a que los pensamientos positivos pueden aumentar nuestra capacidad de sanar, las artes curativas han pasado de centrarse exclusivamente en las medicinas externas a ocuparse de la naturaleza interior, mental y espiritual de la persona. La combinación de la mente, el cuerpo y el espíritu en las prácticas sanadoras ha llevado a la conjunción de diversos traca mi en tos que se practican en Oriente y Occidente. Las fuerzas conjuntas de la medicina complementaria y la espiritualidad pro­meten ser más eficaces para ayudar a la gente a curarse de enfermedades terminales y crónicas, mantener una bue­na salud en la vejez y retrasar el proceso de envejecimiento. Por otra parte, la espiritualidad oriental y la sabiduría de las tradiciones nativas procedentes de todas las culturas ofrecen nuevos conceptos sobre la divinidad a las cultu­ras occidentales, que hasta ahora se habían dejado influir por tradiciones predominantemente judeocristianas. Con las innumerables opciones que, de repente, tenemos ante nosotros, el asunto de la curación podría parecer un caos.

¿Cómo elegir entre tantas opciones y hallar el camino de curación más adecuado para nosotros? ¿Cómo dar con la combinación ideal de prácticas espirituales y tratamientos externos?

Comience trabajando para sanar su espíritu. Un espíritu sano es esencial para un cuerpo sano, aunque un espíritu sano no garantiza un cuerpo sano. La compren­sión de su espíritu constituye la clave para ayudarle a con­trolar lo que le ocurre a su cuerpo y dentro de éste. Pues­to que muchos tratamientos médicos complementarios requieren que usted sea consciente del papel que desem­peña el espíritu en la curación, debe tomar iniciativas personales con el fin de unir esa creencia y su espíritu con su cuerpo. En resumen, debe «físicalizar» su espíri­tu, encarnarlo.

Un modo de lograrlo es practicar su versión personal de cómo su cuerpo y su vida reflejan la energía de los chakras-sacramentos-sefirot. Esta practícale ayudará a dar una forma energética a su espíritu y a su poder divino, perso­nal e Interior. También necesitará librarse del anticuado concepto de un Dios externo basado en la dualidad padre-hijo que opera con un sistema de recompensa y castigo; la herencia espiritual de las eras de Aries y Piséis. Reco­nozca que existe una fuerza divina intrínseca a cada pen­samiento y acción, que una fuerza interior le guía con el fin de potenciar su conciencia. Conocer la naturaleza del Dios que lleva dentro le revelará su poder innato y le per­mitirá ser consciente de que co-crea todas las experiencias de su vida, inclusive la salud.

El temor le impide utilizar correctamente su poder. Cuando usted basa sus elecciones en el temor, el caos se interpone entre usted y su divinidad ulterior. Para dismi­nuir su susceptibibdad al temor, es preciso que preste ma­yor atención a su vida espiritual. Inicialmente no conse­guirá incrementar su poder espiritual haciendo lo que siempre ha hecho, de igual modo que no puede perfec­cionar sus dotes culinarias tocando el piano. El espíritu hu­mano requiere una atención diaria por medio de una prác­tica espiritual como la oración o la meditación. Esas prácticas alimentan el sistema energético y contribuyen a unir la mente, el corazón y el espíritu.

Sin embargo, una práctica espiritual no es lo mismo que llevar una vida sana. Seguir un camino o el otro no le permitirá alcanzar ambas metas simultáneamente. Una vida sana significa hacer ejercicio y alimentarse correcta­mente, evitar sustancias tóxicas y adoptar otros hábitos de vida saludables. Una vida sana, aunque observe al pie de la letra las normas más rígidas, no garantiza que usted no contraerá una enfermedad, pero reduce las posibili­dades.

Un estilo de vida sano le ayudará a aprender más so­bre lo que su cuerpo necesita para alcanzar el máximo bie­nestar físico, y una práctica espiritual le ayudará a com­prender el papel que desempeña lo Divino en su vida. Le mostrará el camino que debe tomar. Aunque una prácti­ca espiritual hará que su espíritu crezca y su salud mejo­re; le procurará estabilidad personal y le dirigirá hacia una conducta sana y no destructiva, ni una cosa ni la otra ga­rantizan una salud perfecta. Como hemos visto, quizá tenga usted que padecer una enfermedad que le sirva de ve­hículo de inspiración y le proporcione un sentido más profundo del poder de su espíritu.

Cuando una enfermedad forma parte de su viaje es­piritual, ninguna intervención médica logrará sanarle hasta que su espíritu haya empezado a realizar los cambios que la enfermedad está destinada a propiciar. La intervención médica, las modalidades complementarias de curación, la modificación de su dieta y un cambio en su estilo de vida pueden ayudar en cierta medida, y deberían ponerse en  práctica. Pero la opción curativa más eficaz, cuando se en­drina a una enfermedad como desafío espiritual, es apoyarse en su práctica espiritual para que ésta le proporcione las percepciones necesarias. Su práctica puede constituir el medio de soportar la enfermedad y sanarla mediante un aumento en la fuerza y la sabiduría de su espíritu, o puede prepararle para aceptarla muerte física, si ésa es la voluntad divina. En cualquier caso es preciso que reoriente su fe hacia el terreno espiritual. La diferencia entre la práctica espiritual y la necesidad de responder a una enfermedad adoptando un programa que propicie la curación. Jerry vivía en una pequeña granja, para así poder cultivar sus propios alimentos, y era un experto cocinero vegetariano. También era un gran defensor de la forma física y había instalado en una habitación de su granja una serie de aparatos de ejercicios que utilizaba unas tres horas al día. Un hombre muy vital, Jerry poseía una personalidad cálida y sociable. Pero también era co­lérico- Cuando hablaba de la necesidad de llevar una vida natural, criticaba con vehemencia los daños causados al pla­neta por personas que no tenían conciencia del medio am­biente. Su apasionada actitud ante la vida en general con­tenía una energía negativa que le llevaba a despreciar a la gente que no compartía sus puntos de vista.

Cuando cumplió 3 9 años, los médicos le diagnosticaron un cáncer de huesos, un diagnóstico que conmocionó a Jerry y a codos cuantos le conocían. Sus amigos le reco­mendaron todos los sanadores que conocían, locales y na­cionales. Jerry visitó, al menos, una decena de sanadores, muchos de los cuales le propusieron un programa que comprendía añadir carne roja a su dieta a fin de reforzar su sistema con más hierro y aminoácidos. Jerry se negó ta­jantemente. Para él, comer carne representaba violar su estilo de vida y su espiritualidad. Las recomendaciones de los sanadores enfurecieron a jerry puesto que implicaban que había adoptado un tipo de alimentación inadecuado. Sus amigos le aconsejaron que modificara su dieta, al me­nos temporalmente, para ver si era cierto que le hacía me­jorar. Le dijeron que siempre podía regresar a un estilo de vida vegetariano cuando hubiera recuperado la salud. Pero Jerry creía que su compromiso con su modo de vida cons­tituía su expresión espiritual y que ello bastaría para cu­rarle. No estaba dispuesto a comprometer su dedicación a la defensa del medio ambiente, que él consideraba el único camino para alcanzar la plena conciencia psíquica.

A medida que transcurrían los meses, la salud de jerry fue empeorando. Sus amigos le rogaron que consultara a personas especializadas en prácticas espirituales para que le ayudaran a deshacerse de la profunda rabia que sentía. Jerry creía que Dios le había traicionado al enviarle esa en­fermedad, y que ningún director espiritual podía explicarle por qué su estilo de vida había desembocado en un cán­cer terminal cuando otros que no prestaban la menor aten­ción a su dieta gozaban de perfecta salud. Este dilema le atormentó hasta convertirse en una obsesión muy nega­tiva que le impedía prestar atención a su curación.

Al cabo de un tiempo, Jerry murió, convencido has­ta el día de su muerte de que había desperdiciado su vida, porque todas sus convicciones, inclusive la del «Dios de la tierra», no habían conseguido curarle. La vida de Jerry, en contraposición a la del cardenal Bernardin, nos re­cuerda que no debemos confundir la salud física con una auténtica práctica espiritual basada en la compasión, la oración y la meditación..No pretendo decir que si Jerry hubiera practicado la oración, además del cultivo de pro­ductos naturales y el ejercicio físico, no habría contraído un cáncer o que habría logrado sanar su enfermedad. Pero una práctica auténticamente espiritual le habría procura­do otras percepciones sobre su enfermedad física, mos­trándole las diversas opciones emocionales y psicológi­cas que se le ofrecían.

Dada la convicción de Jerry de que el cultivo de pro­ductos de forma natural constituía en sí mismo una prácti­ca espiritual, habría podido incorporar una práctica de me­ditación consciente en sus actividades diarias de agricultor, o podría haber dedicado más tiempo a unos actos físicos de oración. Quizás eso le hubiera ayudado a reconocer que mediante la ira no se puede convencer a la gente sobre la necesidad de regenerar la tierra. Tal vez hubiese contem­plado su crisis desde una perspectiva simbólica: que expe­rimentaba la misma toxicidad que la tierra que él se esforzaba en depurar. Esto habría ayudado a Jerry a luchar con­tra su enfermedad con más ahínco, motivado por el deseo de convertirse en un potente líder ambiental armado con una inspiración y unas percepciones más profundas.

La curación requiere la voluntad de realizar unos cam­bios permanentes en el estilo de vida físico y espiritual. Los cambios de vida saludables y la práctica espiritual son ca­minos paralelos que conducen a la misma meta, y todos los días debe recorrerse un trecho de cada uno de esos cami­nos. Uno de los asistentes a mis talleres, Jeff, consiguió re­correr ambos caminos. A los 24 años, los médicos \c diag­nosticaron una dolencia cardíaca. En aquella época, Jeff practicaba varios deportes, asistía periódicamente al gim­nasio y acababa de fundar una empresa de informática. El diagnóstico consistía fundamentalmente en que tenía un agujero» en el corazón, lo cual, como es lógico, alarmó a Jeff y a su familia.

Antes de que le diagnosticaran esa enfermedad, Jeff no se había Interesado por la espiritualidad. Pero cuando averiguó que estaba enfermo, se informó sobre nutrición y los ejercicios idóneos para las personas que padecían su dolencia. Sin embargo, según me confesó: «No recuerdo que mi vocabulario contuviera una sola palabra espiri­tual.» Una noche, cuando estaba adormecido, Jeff oyó una voz que le dijo: «Confía en mí.» Cuando me relató ese episodio, dijo que era una voz clara y suave al mismo tiem­po. Perplejo, Jeff se preguntó: «¿En quién debo confiar? ¿Quién me habla?»

A la mañana siguiente Jeff no conseguía borrar esa voz de su pensamiento, ni al día siguiente, ni al otro. Un día, durante mío de sus paseos cotidianos, y tras reflexio­nar durante una semana sobre lo que la voz le había dicho, Jeff pasó frente a una iglesia.

—Ni siquiera me fijé en si era una iglesia católica o protestante-—dijo Sólo sé que entré y me senté delante de todo. Al contemplar la cruz que pendía ante mí, pregunté en voz alta: «¿Fuiste tú quien me habló la otra noche?» De golpe, comprendí la verdad.

Jeff salió de aquella iglesia convencido de que lo que le ocurría era obra de una fuerza divina. Empezó a re/ar to­dos los días y buscó la compañía de personas que «habla­ban espiritualidad». Una de las cosas más sorprendentes fue que, cuando Jeff contó a esas personas su experiencia, nadie puso en duda su autenticidad. De hecho, según dijo Jeff, parecían considerarlo la cosa más normal del mundo.

Jeff aprendió sobre meditación y visualización, y ha­lló un gran consuelo en muchos libros que versaban so­bre temas espirituales. Aunque nunca se le había ocurri­do que necesitaba alimentar su espíritu al igual que su cuerpo, Jeff se dedicó a hacer ambas cosas todos los días. Llegó a un punto en que comprendió que, tanto si sobre­vivía como si no, ése no era el desafío al que se enfrenta­ba. En lugar de ello, lo que contaba para él era cómo po­día hacer frente a cualquiera de esas opciones, sin saher lo que el destino le tenía reservado.

Al cabo de dos años, la dolencia de Jeff desapareció por completo, ante el asombro de sus médicos, quienes le di­jeron que la recuperación, en esos casos, era rara. Por aquella época, Jeff había alcanzado un lugar de profunda paz interior.

—En el trabajo, mis compañeros acudían a mí para cal­marse —dijo—. Me aseguraban que el hablar conmigo les ayudaba a ver las cosas con más claridad y ano alterarse por cosas sin importancia. Yo me sentía como un conse­jero espiritual o un terapeuta, lo cual no me molesta, aun­que jamás se me ocurrió que acabaría desempeñando ese papel. Creo que estoy destinado a ayudar a las personas, con pensamientos positivos y la esperanza de que maña­na todo será mejor. Simbólicamente, creo que ésta es la ra­zón de que mi enfermedad fuera una dolencia cardíaca. Creo que sirvió para que yo abriera mi corazón.

Enfermedad, intimidad y el temor a sanar

La auténtica curación es uno de los viajes más temi­bles que podemos emprender. A algunas personas, la en­fermedad les proporciona una sensación de seguridad fí­sica que, en ocasiones, les lleva a reducir la velocidad a la que transcurre o se modifica su vida. Asimismo, la enfer­medad les ofrece la seguridad de no tener que hacer fren­te a sus cuestiones internas o realizar cambios importan­tes en su forma de ser. Y, como ya he comentado, ai contraer una enfermedad grave se reciben atenciones y cuidados que no suelen ser habituales. Esta situación resulta seductora y puede inducir a pensar que si sanamos cambiará.

El estudio de arquetipos, a medida que emergen du­rante la exploración de nuestro ser interior y de nuestros hábitos, constituye la puerta de acceso a los espacios más grandes y luminosos de la conciencia humana. Sin em­bargo, debo reconocer que yo no lo comprendí hasta que una enfermedad me obligó a examinar mis hábitos y mis temores. A través de aquel largo y doloroso viaje, de­sarrollé la capacidad intuitiva de percibir esos hábitos y te­mores en otras personas.

En 1982, me trasladé a New Hampshire para fundar junto con otras personas la Stillpoint Publishing Company. Como be comentado en el capítulo 1, las tres per­sonas que fundamos la editorial deseábamos especiali­zarnos en la publicación de libros que fomentaran el movimiento de la conciencia humana, pero para mí eso re­presentaba una meta profesional y no el compromiso per­sonal de asumir una vida más consciente. Antes de inte­resarme en la curación holista, había trabajado como periodista en Chicago y gozaba de una salud perfecta, aunque llevaba una vida nada saludable. Fumaba, bebía li­tros de café al día, no hacía ejercicio y no me preocupaba lo más mínimo de lo que comía. No consumía bebidas al­cohólicas ni drogas, pero, teniendo en cuenta mis otros hábitos nocivos, tenía el organismo repleto de toxinas. Poco después de llegar a New Hampshire, empecé a experi­mentar un dolor tan intenso en ía zona lumbar que a ve­ces tenía que visitar a mi masajista dos veces al día. Aún le estoy agradecida por hacerme un precio reducido, una es­pecie de «precio al por mayor» debido a las numerosas vi­sitas que le hice.

Al mismo tiempo, sufría dolores de cabeza constan­tes: migrañas, sinusitis y jaquecas debidas al estrés. A ve­ces duraban unos días, otras una semana entera. Recuer­do una jaqueca que tuve durante cinco semanas. Creí que sería el peor dolor de cabeza que iba a experimentar en mi vida, pero me equivocaba. Un año más tarde padecí uno que duró desde principios de mayo hasta fines de agosto.

Durante esa época, contraje también el síndrome de fatiga crónica, lo cual, pensándolo ahora, no me sorpren­de, ya que los eres socios de la editorial trabajábamos prác­ticamente las veinticuatro horas del día para levantar nues­tra empresa. Debido a ese horario y a los constantes dolores de cabeza, empecé a dormir mal. Con frecuencia pasaba buena parte de la noche vomitando a causa del dolor, y al día siguiente, agotada y sin haber pegado ojo, trabajaba en la oficina diez o doce horas seguidas, mientras bebía una taza de café tras otra para mantenerme despierta.

Por esa época, el arquetipo del «niño herido» empe­zó a popularizarse en los libros y los ambientes de psico­logía. Yo oía continuamente a personas que hablaban del niño que llevaban dentro y que achacaban la culpa de su conducta a las heridas que ese «niño interior» no había sa­nado. Yo pensaba que estaban locos y, dada mi propensión a soltar lo que pienso, solia decirlo sin ambages, lo cual me valió la fama de ser una persona a evitar en una situación de crisis.

Durante la época álgida de mi síndrome de fatiga cró­nica, una buena amiga mía llamada Sally propuso llevar­me a un sanador que ella conocía.

—¿Y cómo va a ayudarme? —pregunté con el máxi­mo tacto.

Sally me explicó que ese sanador curaba a la gente con sus manos. Yo le dije, sin ningún miramiento, lo que pen­saba sobre esos métodos y dejamos el tema hasta un día en que casi no pude levantarme de la cama. Llamé a Sally aquella misma mañana y le pedí que concertara una cita para ir a ver al sanador. De paso, le pedí que viniera a re­cogerme, pues me sentía demasiado débil para conducir.

Al cabo de una hora, mi amiga vino a buscarme y me llevó a conocer al sanador. Sally no paró de hablar, duran­te todo el trayecto, de la habilidad de ese hombre y de la fe que tenía en él. Cuando llegamos al cobertizo que el sanador utilizaba como despacho, éste me pidió que entrara en la habitación donde visitaba a sus pacientes. Me preguntó qué me ocurría y repuse que no tenía energía y que nece­sitaba algo que me pusiera en marcha. El sanador me miró a los ojos y luego miró por encima de mi cabeza. Después de hacer ese movimiento con los ojos tres veces, se apoyó en el respaldo de su silla y cruzó los brazos.

—Me niego a ayudarte —declaró.

Acto seguido, me acompañó hasta la puerta, mien­tras comentaba que yo regresaría a verlo. Le dije que es­perara sentado, y salí del cobertizo sintiéndome abando­nada de la mano de Dios y más sola que la una.

Cuando conté a Sally lo sucedido, ésta se quedó des­concertada. Durante el viaje de vuelta, Sally no cesó de dis­culparse por la forma en que el sanador se había compor­tado conmigo y, aunque insistí en que ella no tenía nada que ver, me di cuenta de que se sentía culpable. Nos que­damos calladas unos minutos, y después Sally dijo suave­mente:

—Creo que debes entrar en contacto con la niña que llevas en tu interior.

Eso era lo peor que me podía haber dicho, y en el peor momento.

—¡No quiero oír una palabra sobre esta estupideces de una niña interior! —protesté—. Mi niña interior, supo­niendo que exista, no está herida. No tuve una infancia trau­mática, no provengo de una familia desunida, mis padres se aman profundamente y siempre nos han querido a mis hermanos y a mí. Así que ¿dónde ha recibido sus heridas esta supuesta niña interior?

Sally repuso que las heridas de la infancia tienen mu­chas causas diferentes y que, aunque yo hubiera sido una niña feliz, todos adquirimos algún tipo de herida duran­te nuestros primeros años de vida. Yo le advertí que no se dejara llevar por esas tonterías.

Después de que Sally me dejara en casa, entré en mi habitación, me tumbé en la cama y me tiré de cabeza al pozo de la autocompasión. Creía tener toda ¡a razón para sen­tir lástima de mí misma porque había dedicado mí vida a tratar de curar a los demás publicando libros sobre trata­mientos alternativos y, cuando yo misma necesitaba ayu­da, esos tratamientos alternativos me habían fallado.

Me quedé en ese agujero negro de autocompasión has­ta unos diez días después de mi entrevista con el sanador. Cuando Sally se armó de valor y le preguntó por qué se ha­bía negado a ayudarme, el sanador le contestó que había notado una presencia detrás de mí que le había advertido que no me tocara. Cuando Sally me comentó esa extraña revelación, me quedé más desconcertada que antas. Al cabo de unos días, un grupo de estudiantes que trabajaba con ese hombre averiguó que, además de ejercer sus presuntas do­tes curativas, había tratado de abusar sexualmente de algunas de sus clientes femeninas. Cuando me enteré de eso, com­prendí que, justamente cuando me había sentido abando­nada, en realidad había estado protegida. Pese a este extraño episodio, no lograba recuperar las fuerzas y seguí sintien­do pena por mí misma.

En 1985, debido a mi incipiente fama de intuitiva den­tro del mundillo editorial, empecé a recibir invitaciones para dar unas conferencias sobre la relación entre la ener­gía y la enfermedad por el área de Nueva Inglaterra. Poco después, me pidieron que organizara un taller para un ma­ravilloso grupo de dentistas en el norte de New Hamps-hire. Mis métodos de enseñanza incluyen la utilización de casos clínicos y anécdotas que me han explicado per­sonas con las que he trabajado, pero puesto que en aque­lla época había tenido escasa experiencia con otra gente, decidí hablar sobre mi enfermedad. Cuando ya llevaba un rato hablando de mí misma, uno de los dentistas airó la mano y preguntó:

—¿Cómo es posible que una persona de su edad aga­rre tantas enfermedades infantiles?

En aquel instante sentí como si esa niña interior, la que yo creía que no existía, saltara de pronto fuera de mi pe­cho, me mirara a los ojos y se riera en mis narices como diciendo: «¡ilusa! ¿Creías que controlabas tu vida? Pues estás muy equivocada.»

Me sentí, al mismo tiempo, perpleja, disgustada, con­fundida e intrigada. Cuando acabó el taller, reflexioné so­bre esa experiencia y su significado. Empecé a tomarme en serio a mi niña interior y percibí áreas de mi vida que requerían ser exploradas más a fondo.

Seguía teniendo dolores de cabeza; a finales de los años ochenta, empecé a creer que no conseguiría librarme jamás de ellos. Mientras tanto, seguía enseñando a muchas per­sonas en los talleres, cada vez más grandes, que organiza­ba por todo el país, insistiendo en que cualquiera puede sa­nar de una enfermedad. Cuando pronunciaba esas palabras en voz alta, pensaba en mi fuero interno: «Excepto yo.» A menudo me alejaba del estrado sintiéndome como una es­tafadora, o, en todo caso, mino una persona en profundo conflicto. Aunque creía sinceramente en mis enseñanzas, no lograba conectar con el poder que contenían mis pala­bras y mis ideas. Me sentía como esos eruditos en la India llamados pandits, los cuales se dedican a estudiar e interpretar las escrituras hindúes y todas las sutilezas que en­cierran las prácticas místicas pero que no buscan aplicar para sí mismos esas enseñanzas. En resumidas cuentas, era incapaz de usar los métodos que propuganaba para airar-

me a mi misma.

En agosto de 1988, tuve que someterme a una pe­queña intervención en la nariz. Fui a mi ciudad natal, Chi­cago, para la operación porque necesitaba descansar. Sa­bía que después de la operación tendría la cara corno si me hubieran atracado por la calle, así que decidí quedarme en casa de mis padres hasta recuperarme por completo. Dos semanas después de la intervención, que fue perfecta­mente, regresé a mi granja de New Hampsbire. En cuan­to entré por la puerta, empecé a sangrar lentamente por la nariz. Eso me chocó, puesto que nunca antes había su­frido una hemorragia nasal, ni siquiera de niña.

Al poco rato, la hemorragia se volvió un torrente que me bajaba por la garganta. Corrí al baño y vomité sangre por todas partes. Llamé a mis vecinos, Karol y Ray, quie­nes me llevaron a su casa, me tendieron en el sofá y me die­ron un bol enorme para recoger la sangre que no paraba de chorrear.

—Tranquilízate, cielo —dijo Karol en tono mater­nal—. Nadie se muere de una hemorragia nasal.

Cuarenta y cinco minutos después, en los que no ha­bía dejado de sangrar, oí a Ray que le decía a Karol en voz baja:

—Tenemos que llamar a una ambulancia.

Cuando llegó el equipo de rescate, yo estaba dema­siado débil para moverme. Me metieron en la ambulan­cia, y dos mujeres roe atendieron durante el trayecto ha­cia el hospital. Tuve que incorporarme porque me ahogaba con la sangre que estaba tragando. Entonces, oí a una de las asistentes preguntar a su compañera:

— ¿Crees que se salvará?

Al oír ese comentario, miré por la ventana de la ambulancia, y en aquel instante mi cabeza cayó en el bol de sangre que sostenía en las rodillas. De pronto, sentí que flotaba fuera del vehículo, y miraba a esas dos mujeres, que intentaban desesperadamente levantar mi cabeza del bol. De algún modo comprendí que estaba muerta o que vivía una experiencia cercana a la muerte. Comencé a ale­jarme de la Tierra basta quedar suspendida en el espacio. De improviso, me sentí abrazada por una presencia, amo­rosa y extrañamente familiar, la cual me dijo que aún no había llegado el momento de regresar al hogar, que debía volver porque aún tenía muchas cosas que hacer.

Vi imágenes de lo que el futuro me reservaba, pero eran muy tenues, casi corno si mirara a través del aire. Cuando me disponía a regresar —suponiendo que fuera realmente a regresar— vi mi cuerpo, que en la distancia no parecía mayor que un grano de arena. Mientras flotaba en el espa­cio, tuve la sensación de ser del tamaño del infinito y me pre­gunté: « ¿Cómo volveré a mi cuerpo? No voy a caber.»

La imagen de un genio metiéndose en mía botella apa­reció por un segundo en mi mente y, en aquel instante, me sentí atraída como por imán hacia mi cuerpo, mientras pen­saba: «¿Es esto lo que representa la imagen de un genio en una botella?, ¿el espíritu que penetra en el cuerpo?»

Después de esa experiencia, me dediqué a examinar más a fondo a la niña que llevaba dentro. Durante ese pro­ceso, comprendí que el motivo por el que me resistía a bucear en el interior de mi ser era por temor a reencon­trar viejos sentimientos, como si examinar mi interior su­pusiera abrir una caja que había permanecido sepultada du­rante miles de años. En mi conciencia, iban apareciendo diversas imágenes. Mis sueños pasaran de ser normales y corrientes, con acontecimientos cotidianos, a ser imáge­nes de una niña asustada tratando de abrirse paso en un mundo de adultos. Poco a poco, comprendí que me ha­bía sentido de esa forma durante toda mi vida adulta. Mien­tras comenzaba a captar la magnitud de mi inseguridad, comprendí por qué desempeñaba siempre el papel de «niña» en la mayoría de mis relaciones. No conocía el significado de las fronteras personales, y solía reaccionar con comentarios sarcásticos ante situaciones conflictivas, un método infantil de comunicación que había desarro­llado porque no había aprendido a expresar mis temores y deseos. No obstante, comprendí que, para curarme fí­sicamente, primero debía encararme con mi niña interior y resolver los temores que este arquetipo contenía para mí. Yo no quería tener que hacer ese trabajo interior; en primer lugar, porque sabía que no era fácil, y en segundo lugar, porque sabía que se trataba de un largo trayecto. En el momento de redactar estas líneas aún no he llega­do al final del trayecto, pero estoy a muchos kilómetros del principio. Por medio de esta experiencia logré conec­tar con la energía sanadora que, durante años, me había parecido inaccesible. En vez de simplemente creer en la existencia de unas energías arquetípicas, ahora sé que son reales. Sé que no son únicamente unos lugares abstractos que hemos inventado para describir unas fuerzas imagi­narias que operan dentro de nosotros. Estas energías son reales, y existen en cada uno de nuestros pensamientos y nuestras experiencias. Muchos cíe nosotros tememos, como yo temía, establecer una relación íntima con nues­tro ser interior. Esa intimidad, a la vez humillante, ilumi­nadora y aterradora, constituye una experiencia esencial para sanar. La curación requiere una honestidad personal, y pocas cosas son más íntimas que ésa.

LAS CONDICIONES PARA SANAR

Armada con el conocimiento de mi resistencia a em­prender mi viaje personal de curación, decidí preguntar a los participantes en uno de mis talleres qué importan­cia tenía para ellos sanar. Al principio, todos respondieron con entusiasmo que nada se interponía en el camino para alcanzar esa meta. Pero su respuesta fue tan rápida y vehemente que supe que algo iba mal: había sido mental, no auténtica y emocional. El nivel emocional revela nues­tros verdaderos sentimientos.

Decidí ponerlos a prueba y les pedí que especificaran los posibles cambios en su estilo de vida que estaban dis­puestos a hacer para sanar. La curación tiene un precio, como también lo tiene comprender la naturaleza de nues­tra conciencia. El precio de la salud es, en muchos aspec­tos, semejante a la respuesta a otra pregunta que pude ha­berles formulado: «¿A qué estáis dispuestos a renunciar para reuniros con Dios?» El Señor pidió a Abraham que sacrificara a su hijo. La condición de sacrificar algo sim­boliza nuestro acuerdo de renunciar a nuestra adheren­cia a la dimensión de la autoridad física; es la prueba de nues­tra fe en lo Divino. Esta prueba aparece una y otra vez con cada crisis que se plantea en nuestra vida. No se nos pone a prueba una sola vez, sino que se nos formula con­tinuamente la siguiente pregunta: «¿En qué mundo con­fías, en el tuyo o en el Mío?»

Teniendo esto presente, formulé al equipo una serie de preguntas, alzando con cada una de ellas el listón del com­promiso.

—Si para sanar tuvierais que cambiar de trabajo, ¿es­taríais dispuestos a hacerlo?

La mayoría de los asistentes respondió que sí.

—Si para sanar tuvierais que trasladaros a otra ciudad, ¿estaríais dispuestos a hacerlo?

De nuevo, la mayoría repuso afirmativamente.

—Si para sanar tuvierais que cambiar la mayor parte de vuestras actitudes hacia otros y hacia vosotros mismos ¿estaríais dispuestos a hacerlo?

El grupo se lo pensó un poco más. En esta ocasión, las respuestas fueron más variadas. Algunos asistentes dije­ron que no creían que tuvieran que modificar mucho su actitud. Otros respondieron que si se necesitaban esos cambios, estaban dispuestos a hacerlos.

—Si para sanar tuvierais que modificar todos vues­tros hábitos físicos, como restringir el consumo de ali­mentos e incorporar en vuestra rutina diaria un progra­ma de ejercicios, ¿estarías dispuestos a hacerlo?

De nuevo, las respuestas fueron variadas. Algunos di­jeron que no querían renunciar a ciertas cosas y no veían la necesidad de hacerlo. En cuanto al programa de ejer­cicios, algunos dijeron que, aunque quisieran hacerlo, no disponían de tiempo suficiente.

—Si para sanar tuvierais que estar solos bastante tiem­po, quizá comenzar un retiro espiritual prolongado que os permita hacer frente a vuestro lado oscuro, ¿lo haríais?

Las respuestas se volvieron más interesantes. Algunos asistentes se pusieron a la defensiva: «¿Por qué tendría que hacer algo así?», querían saber. Otros se negaban ta­jantemente, como si temieran que una respuesta positiva les fuera a obligar automáticamente a retirarse de la vida mundana durante tres meses en cuanto acabara el taller.

—Si para sanar vuestra naturaleza emocional y psico­lógica tuvierais que experimentar una enfermedad física, tal vez larga y complicada, como medio de establecer’ con­tacto con esas partes de vosotros, ¿aceptaríais el desafío?

La mayoría respondió que no. Algunos dijeron que lo aceptarían si no hubiera más remedio. Uno contestó: «Desde luego.»

—Si para lograr la salud tuvierais que renunciar a todo lo que os es familiar, vuestro hogar, vuestro cónyuge, vues­tro trabajo, ¿lo aceptaríais?

En esta ocasión, el grupo guardó silencio. Nadie que­ría responder. Yo sabía que estaban asustados. Cuando les pregunté qué temían, algunos contestaron con preguntas que, esencialmente, se reducían a las dos siguientes: «¿Por qué la curación exige tanto esfuerzo y sacrificio? ¿Por qué no puede ser más sencilla?»

Les dije que mi propósito al formularles esas pre­guntas no era ni aterrorizarles ni hacer que el proceso de curación pareciera un lecho de espinas. Mi propósito era demostrarles que poseemos en nosotros mismos, aun­que no lo sepamos, las condiciones para poder avanzar en nuestra vida, inclusive el poder de sanar una enferme­dad. Era evidente que responder a estas preguntas, aun­que todos los asistentes gozaran de una salud aceptable, les atemorizaba. Entonces les propuse que imaginaran cómo se sentirían si tuvieran necesariamente que afron­tar esta situación. Yo misma habría podido responder a esa pregunta.

Una mujer llamada Meg, que había venido poco tiem­po antes a verme para consultarme sobre su salud, pade­cía un dolor constante y agudo en el centro de la espalda. También experimentaba una sensación de ardor en los muslos tan intensa, que la piel de esa zona parecía haber sufrido quemaduras de tercer grado, y tenía los pies tan hinchados que apenas podía caminar. Cuando nos vimos, su voz sonaba muy débil y era evidente que había estado llorando. Durante la sesión, intuí que acababa de romper con un hombre del que estaba muy enamorada, un hom­bre con el que había confiado compartir el resto de su vida. Simbólicamente, representaba a la persona en la que ella podía «apoyarse». De forma un tanto confusa, Meg con­firmó mi intuición, al decirme que había roto con un hom­bre con el que había salido durante dos años y con quien había confiado en llegar a casarse.

Yo le pregunté si se había sentido sexualmente in­competente en esa relación, puesto que todo indicaba que, en parte, su problema se debía a un sentimiento de infe­rioridad sexual. Meg respondió negativamente. Yo insistí en que un profundo sentimiento de inferioridad era una de las causas de su situación, dado el emplazamiento del dolor de espalda y la sensación de ardor en los muslos.

Yo no tenía suficiente dinero para él —contestó Meg—. Quería casarse con una millonada, y yo tengo lo justo para mis gastos.

Pese a la actitud de ese hombre y a la enfermedad de Meg, ésta seguía viéndole.

—Viene cada día a ver cómo estoy —me dijo—. Ya ne­cesito que lo haga, porque donde vivo no hay nadie que pueda ayudarme.

Presenté a Meg un perfil de las «condiciones» que exigía su curación, y que empezaba por mudarse a otra comunidad donde contara con el apoyo de familiares o amigos, o, cuando menos, dejar de ver a ese hombre. Meg repuso que ambas cosas eran imposibles, en particular la segunda.

Entonces le pregunté si creía que, al curarse, ese hom­bre dejaría de visitarla. La respuesta de Meg fue tan ins­tantánea que no le dio tiempo a pensar en lo que decía:

—No puedo curarme. El me abandonaría y se busca­ría a otra mujer. ¿Y qué iba a hacer yo entonces?

Pedí a Meg que analizara su situación. Que imagina­ra simbólicamente que su ex novio representaba su temor de quedarse sola en la vejez, puesto que ya había cumpli­do los cincuenta años. Le aseguré que si hacía frente a ese temor y aprendía a valerse por sí misma, se sentiría más segura y más sana. De paso, quizá conociera a un hombre que se sintiera también seguro de sí mismo y se enamorara de ella. Le pedí que imaginara que vivía el mito de «una don­cella en apuros que aguarda que aparezca el príncipe azul», quien la rescatará y la llevará a su castillo. Entonces, en lu­gar de contemplar a su ex novio como el príncipe azul, que procurara verse a ella misma en ese papel.

Meg no podía verse simbólicamente a ella misma ni a su ex novio en esos papeles.

—Él no es fruto de mi imaginación —dijo—. Es real. ¿De qué me sirve imaginarlo como algo simbólico?

Meg se hallaba tan inmersa en la conciencia tribal que yo sólo podía comunicarme con ella utilizando un lenguaje tribal, de modo que le propuse que se fuera a vivir «temporalmente» con un miembro de su familia que la ayu­dara a recuperar la salud, aunque sus hermanos y herma­nas habitaban en otros estados. Megme prometió pensarlo, animada por la palabra «temporal».

No todo el mundo está tan limitado por su energía tri­bal. Un hombre llamado Tod me escribió para decirme que, después de haber asistido a una de mis conferencias sobre las condiciones que imponemos a nuestra curación, él había empezado a pensar seriamente sobre sus condi­ciones. A través del autoanálisis, Tod había comprendido que probablemente su cáncer de próstata se debía, en par­te, al temor que le infundía la posibilidad de que su fami­lia descubriera su homosexualidad. Tod siempre había mantenido oculta esa parte de su vida y temía que, si su fa­milia lo descubría, se sentiría avergonzada de él. Tod se había dado cuenta de que su temor procedía también de que él se sentía incómodo con su sexualidad, y de que, a menos que la aceptara abiertamente, no conseguiría curarse.

De modo que Tod invitó a sus familiares a cenar en su casa y después de cenar les preguntó si existía alguna circunstancia que les impidiera quererle. Sus familiares se mostraron desconcertados por la pregunta. Al cabo de unos momentos su hermana respondió:

— ¿Te refieres a si seguiríamos queriéndote si nos di­jeras que eras gay?

A Tod le sorprendió la respuesta de su hermana y la naturalidad con la que la había formulado.

—Sí —contestó—, a eso me refería.

—Luego —me comentó Tod—, mi hermana dijo: «Hombre, siempre lo hemos sabido. No tiene nada de particular. ¿Querías decirnos algo más? ¿Que te dedicas a robar bancos o algo por el estilo?» Yo me puse a reír y a llorar al mismo tiempo. Sentí una profunda sensación de amor y gratitud hacia mi familia. No se imagina cuánto quiero a mis padres y a la loca de mi hermana. Después de sincerarme con mi familia tuve el convencimiento de que curarme, para utilizar la frase de mi hermana, «no tenía nada de particular».

No podemos sanar una enfermedad grave o crónica sin cambiar algunos de nuestros hábitos, y el cambio, sin duda, constituye el aspecto más terrorífico del proceso de curación. Por supuesto, no todos los cambios son difíci­les, aterradores o dolorosos. Muchos son agradables, como llevar una vida menos acelerada y dedicar más tiempo a nuestras aficiones. Incorporar un programa de ejercicios a nuestra rutina cotidiana y consumir unos alimentos sa­nos también resulta agradable, una vez que esas activida­des pasan a formar parte integrante de nuestra vida. Pero todos ellos son unos cambios físicos o tribales.

El temor no comienza hasta que el cambio penetra en la región individual. Entonces debemos investigar qué nos perjudica emocional, psicológica y espiritualmente. A este nivel empezamos a desarrollar un enfoque condicio­nal, negociador, al proceso de curación.

Cuando pregunté a los participantes en mi taller qué cambios estarían dispuestos a realizar para curarse, la res­puesta más interesante la ofreció una mujer que llamaré Marta.

—Me gustaría no tener que trabajar todo el día —dijo—-, porque disfruto mucho de mi tiempo libre. Y me gustaría tomarme unas largas vacaciones cada año. Y visitar muchos países, porque viajar es una de mis aficiones fa­voritas. Y, por supuesto, no querría que se rompiera sú ma­trimonio ni tener que abandonar a mis hijos. Eso sería totalmente inaceptable.

La mayoría de cosas que mencionó Marta no eran as­pectos de su vida que sacrificaría para curarse, sino de­seos por cosas que no tenía.

Cuando Marta hubo terminado, la mayoría de los miem­bros del grupo hizo comentarios semejantes con los que ex­presaron su negativa a hacer grandes sacrificios para curar se. La franqueza de Marta les había permitido desdecirse de las respuestas positivas que habían formulado con anterio­ridad. Todos se sentían aliviados de poder evitar enfrentar­se a decisiones difíciles.

Lamentablemente, no podemos imponer nuestros tér­minos y condiciones al proceso de curación. Encontrar el camino indicado exige codo o nada. Cuando imponemos ciertas condiciones a nuestra curación, sólo conseguimos una curación condicional dependencia y la suposición de que otra persona puede hacerlo por nosotros

Somos, por naturaleza, seres dependientes, lo cual no es totalmente negativo. Resulta reconfortante saber que podemos apoyarnos en otros y que ellos cuentan con no­sotros. Esto es algo que aprendemos como seres tribales. La curación, sin embargo, es uno de los desafíos de la vida —quizás el más extremo— que debemos afrontar solos. Otros pueden ofrecernos su ayuda y so apoyo, pero sólo la persona enferma es capa?, de llevar a cabo la tarea más ardua y profunda.

Las actitudes positivas que Ja gente muestra hacia no­sotros durante el proceso de curación no son lo suficien­temente potentes para mejorar nuestro estado físico, en particular cuando nos sentimos invadidos por los temo­res que genera una enfermedad o cuando asumimos una actitud pasiva. Una mujer, a 5a que conocí en uno de mis talleres, padecía lupo y una depresión grave. Cuando le ha­blé de la necesidad de alimentar cierta medida de esperanza, repuso:

—Lo tic la esperanza lo dejo para mis amigos y mi Iglesia. A mí me basta y me sobra con el esfuerzo de levantarme por las mañanas.

Este es un ejemplo clásico de una persona que depende de la voluntad tribal para que realice el trabajo que le corresponde a ella. Pese al consuelo que nos aportan nuestros familiares y amigos, ese poder disminuye cuan­do el receptor no trata de ayudarse a sí mismo.

En otra situación, a un hombre que padecía cáncer de próstata y había caído en la depresión le propuse que se concediera una hora al día de «depresión». Durante esa hora, podía llorar, gritar o golpear un colchón, lo que fuera con tal de eliminar su rabia, el temor y el dolor que potencian la fuerza de la depresión. Pero después de esa hora, debía dedicarse a la oración, la meditación o la lec­tura de un libro sobre espiritualidad que le ayudara a re­cobrar su esperanza. De esta forma, cuando se reuniera con sus amigos o familiares para recibir su apoyo y su cariño, estaría en mejor disposición para asimilar la potente ener­gía que éstos transferían a su organismo.

Por más que queramos que los demás hagan el traba­jo por nosotros, no pueden. Es posible estar receptivos al cariño y al apoyo de los demás, pero la labor interior que debemos llevar a cabo sólo podemos realizarla nosotros mismos.

Tratamientos complementados

Cuando nos diagnostican una enfermedad, es lógico que nos sintamos confundidos. Al igual que si nos des­pertáramos en un país extraño al que no recordamos ha­ber viajado, no sabemos qué hacer ni a quién recurrir en busca de ayuda. Una mente receptiva es un factor muy útil. Investigue todas las opciones que puedan ayudarle. Desde la aparición del enfoque holista, en algunos círcu­los terapéuticos se ha puesto de moda rechazar de plano la medicina alopática. De hecho, muchas personas que participan en programas de tratamientos alternativos se muestran hostiles hacia cualquier tratamiento médico convencional de apoyo. Ala larga, es una actitud contra­producente. Los sentimientos negativos o temores sobre la medicina alopática no son un motivo justificado para des­cartarla. Sus esfuerzos por curarse pueden terminar en meros intentos de huir de la medicina convencional en lugar de tratar de mejorar su salud. Si decide seguir un tratamiento holista, es aconsejable que investigue a fon­do las numerosas opciones que tiene a su disposición en ambos terrenos médicos. ‘lenga presente que, en muchos casos, el programa más eficaz consiste en combinar lo me­jor de ambos mundos.

En cualquier caso la imagen de la medicina alopática como enemiga ya no es válida ni útil. Aunque al principio la colectividad médica rechazó las turmas de medicina al­ternativa, de un tiempo a esta parte ha revisado su actitud y en la actualidad acepta la reflexología, la quiropráctica, el masaje y la acupuntura; la utilización de vitaminas, enzi­mas, aminoácidos y otros suplementos vitales; la utiliza­ción de tratamientos nutricionales para combatir los radi­cales libres —los elementos en el cuerpo que propician el desarrollo de enfermedades—. Por fortuna, la medicina alopática y la medicina complementaria han comenzado a unir fuerzas de una forma que refleja la unión de puntos de vista opuestos característica de la era de Acuario. E] estar abiertos a ambas posibilidades médicas nos ofrece la ven­taja de poder elegir entre una más amplia gama de trata­mientos que potenciarán nuestra energía sanadora.

La decisión más sabia que usted puede tomar, después de recibir un diagnóstico inicial, es pedir una segunda e in­cluso una tercera opinión. Tenga presente que cada médi­co se ha encontrado con diferentes casos al tratar una de­terminada enfermedad, por lo que, posiblemente, cada uno le haga recomendaciones diferentes hasta cierto punto. Aunque, al principio, esta variedad puede confundirle, a la larga resulta beneficiosa, porque disponer de numerosas opciones fomenta la esperanza. En mi caso, cuando busqué ayuda para curar mis intensos dolores de cabeza y migra­ñas, acudí a un médico que era «experto» en el tratamien­to de la sinusitis. Después de examinarme, dijo textual­mente:

—No puedo hacer nada por usted. Resígnese a vivir con esos dolores.

De haberle hecho caso, me habría sentido hundida, sin contar con que sus palabras habrían grabado un pen­samiento extremadamente negativo en mi conciencia.

En vez de eso, decidí consultar a otros profesionales, tanto alopáticos como holistas, y elegir un tratamiento que combinara lo mejor de ambos campos. Por fin, tras seguir las recomendaciones de un magnífico médico y un dotado quiropráctico, conseguí curarme de una dolencia que me había causado intensos dolores durante años. Pero tuve que ir mas allá del diagnóstico del primer médico al que acudí. Esa experiencia me enseñó lo susceptibles que somos a las opiniones de los llamados «expertos»; una opinión es tan sólo la percepción de una persona y no debemos interpre­tarla como «la última palabra» en ninguna situación.

Cuando se enfrentan a un diagnóstico de cáncer de mama o de ovarios, muchas mujeres no quieren someter­se a una intervención quirúrgica para evitar que les «am­puten» una parte de su cuerpo. Cindy, una mujer que co­nocí hace unos años, decidió tratar su cáncer de mama haciendo uso de todas las alternativas médicas que tenía a su disposición. Padecía un tumor maligno particular­mente brutal que le había penetrado en la piel, y le pro­vocaba constantes hemorragias y un dolor insoportable. Cuando todas las opciones fracasaron, Cindy acudió a un médico que se especializaba en quimioterapia de baja in­tensidad combinada con diversos tratamientos energéti­cos. Su tumor disminuyó en un cincuenta por ciento, pero al cabo de dos meses se reprodujo y aparecieron otros tu­mores.

Cindy acudió de nuevo al médico que la había ayudado a que se redujera su tumor, y aunque éste volvió a so­meterla a tratamiento, le aconsejó que se hiciera extirpar los tumores. Cindy se negó a considerar esa opción. Estalla convencida de que poseía una mente y un espíritu lo sufi­cientemente fuerces para vencer su enfermedad, y le re­pugnaba la idea de que introdujeran en su cuerpo una gran cantidad de sustancias químicas. Cuan cío tuve oportuni­dad de trabajar con ella, me dio la impresión de que buena parte de su energía no residía en su cuerpo sino en su ma­trimonio, pero éste había empezado a deteriorase. Cindy me explicó que su marido y la familia de éste habían criti­cado su afán de desarrollar sus facultades interiores. El am­biente en su casa se había vuelto insostenible y ella se había marchado. Durante el año siguiente, sus esfuerzos para ver a su marido con la esperanza de reconciliarse habían fraca­sado. Cindy tenía la impresión de que su marido había de­seado separarse de ella mucho antes pero le había faltado valor para decírselo, por lo que le había hecho la vida im­posible para forzarle a tomar ella esa decisión. Puesto que había sido Cindy quien había abandonado el domicilio con­yugal, parecía ser ella quien deseaba divorciarse.

Expliqué a Cindy que la energía que necesitaba para cu­rarse la estaba empleando en intentar sanar su matrimo­nio. Su cuerpo no respondía a sus esfuerzos por curarse porque la escasa energía que le quedaba no era suficiente para potenciar los tratamientos naturales. Le aconsejé que consultara a un terapeuta que la ayudara a liberar la ira que había acumulado contra su marido y su «tribu», y se­guir adelante con su vida. En vista de que la rabia que sentía y la situación de su matrimonio consumían rada su fuer­za vital, era preciso que siguiera de nuevo un tratamiento alopático. Comprendí que era una decisión difícil para ella, ya que equivalía a reconocer que su marido y su «tribu» habían estado en lo cierto al tacharla de «loca» por su em­peño en desarrollar sus facultades interiores. No obstante, no tenía más remedio que hacerlo.

Al efectuar una transición en nuestra vida, debemos liberar algo de nuestro pasado con el fin de potenciar nues­tra energía. En el caso de Cindy, la liberación de su pasa­do significaba abandonar auna tribu que se negaba a apo­yar a la persona en quien ella deseaba convertirse. Guarido se lo expliqué, Cindy lo comprendió simbólicamente, pero no consiguió tomar un contacto emocional con esa ima­gen. Aunque su mente hallaba gran consuelo en la idea de asumir un poder individual, su energía no lograba reali­zar la transición. Al cabo de un tiempo, el cáncer se extendió por todo su cuerpo y Cindy falleció un año después de que le hubieran diagnosticado la enfermedad.

En un taller que dirigí hace dos años, una mujer lla­mada Mary Ellen nos explicó su proceso de curación. Cuando le diagnosticaron cáncer de tiroides, su médico le recomendó que se sometiera a un tratamiento de ra­diación. Mary Ellen contestó que lo pensaría.

—Al principio, todo me aterrorizaba -—nos contó—. No me imaginaba sometiéndome a una terapia de radia­ción. Temía que me quemara la piel. Yo había oído hablar de tratamientos alternativos, pero no de un programa es­pecífico para combatir el cáncer de tiroides. De modo que acudí a varios terapeutas holistas para informarme sobre las posibilidades de éxito en personas con mi enfermedad. Ellos me relataron varios casos en que sus pacientes ha­bían logrado curarse y otros en que el tumor se había ex­tendido. El número de éxitos y fracasos era equiparable. Me sentí muy decepcionada, pues había confiado en que nie dijeran que todos los pacientes a quienes habían tra­tado habían conseguido sanar, aunque reconozco que era poco realista por mi parte.

»Cuanto más reflexionaba sobre mi situación, más convencida estaba de que lo mejor era seguir el consejo de mi médico y de un terapeuta holista, y combinar ambos tipos de tratamiento, y eso es lo que hice. Seguí un trata­miento de radiación, junto con unas sesiones de acupuntura, terapia psicológica, cambios nutrí dónales, yoga y demás tratamientos alternativos. Al cabo de seis meses, mi médico me informó de que mi cáncer había remitido. Yo le dije que prefería la palabra «curado», a lo que él res­pondió:

—Yo también la preferiría.

En última instancia, el camino más sabio es estar abier­to a cualquier método eficaz de curación, al margen de su carácter alopático u holista. Cualquier tratamiento capaz de potenciar su curación, devolverle la esperanza y ha­cer que su cuerpo recupere la salud merece tenerse en cuenta.

Utilice la visualización como medio para reunir todos los elementos que conforman su programa terapéutico. E) método de visualización más eficaz con el que yo trabajo en este contexto comienza por imaginarse a uno mismo en el centro de una rueda provista de numerosos radios. Visualice cada uno de esos radios como si representara una de las opciones de curación que usted ha elegido. Por ejemplo, un radio puede ser la «oración», otro la «tera­pia de conversación», otro la «acupuntura», el «apoyo de grupo», el «toque terapéutico», la «habilidad del médico»y así sucesivamente. Puede visualizar esas palabras en cada radio, o bien una imagen que represente esa moda­lidad curativa.

Luego imagínese que está tendido o sentado en el centro de esta rueda. Deje que la rueda comience a girar lentamente. Visualice la energía de esas técnicas terapéu­ticas penetrando en su organismo, no como unas disciplinas aisladas sino como una inmensa estructura integrada que irradia su poder colectivo al interior de su organismo. Un poco de música de fondo le ayudará a evocar el movi­miento de esta rueda. Abandónese a la fuerza del viento que genera el movimiento de la rueda, un viento que hace que su cuerpo se funda y se convierta en un fluido, al mis­mo tiempo que elimina de su organismo todas las toxinas y los elementos que han provocado su enfermedad. Visualizar una rueda que gira es un método muy eficaz por­que genera calor en el cuerpo, creando una manifestación tangible de la energía sanadora.

EVITE LA TENTACIÓN DE CAER EN LA HERIDALOGÍA

Antes de pasar a comentar las metodologías que le ayudarán a sanar, quisiera regresar al tema inicial de este libro: los peligros de caer en la herida logia. Pocas situaciones en la vi da hacen que nos sintamos más solos que el terror nocturno que nos asalta diariamente cuando el sol se pone sobre nuestra mente y nuestro cuerpo enfermos. Como respuesta a esa situación, muchas personas asumen el arquetipo de «mártir» o «víctima»; la tentación de con­vertirnos en adictos de nuestro sistema de apoyo no es menos poderosa.

Conocí a una mujer llamada Belle a través de su ma­rido, quien se puso en contacto conmigo porque estaba de­sesperado. Belle se había roto la pierna hacía tres meses y, según él, ya debía estar recuperada. Antes de romperse la pierna, Belle había anunciado a su esposo e hijos que no estaba dispuesta a seguir cuidando de ellos. Había deci­dido dejar de cocinar, limpiar y realizar otras tareas do­mésticas para su marido y sus cuatro hijos, dos adoles­centes y dos niños de corta edad. Después de partirse la pierna, la rutina cotidiana de Belle consistía en vestirse por la mañana, sentarse en un sillón en el cuarto de estar y dedicarse a leer o ver la televisión. Ella se reía de su si­tuación, y decía a su familia que «Dios quiere que me tome las cosas con calina. Está de acuerdo con la decisión que he tornado, y el accidente que he sufrido es prueba de ello».

El marido de Belle trató de razonar con ella, pero fue inútil. Le prometió llevarla a pasar unas vacaciones ma­ravillosas, ío cual representaba para él un enorme sacrifi­cio económico, pero ni aun así logró arrancarla, ni literal ni figurativamente, de su sillón en el cuarto de estar.

El marido de Bello ordenó a sus hijos que dejaran de limpiar y cocinar para ver si eso motivaba a su madre a re­anudar sus labores domésticas. Lo único que consiguió fue que la casa se sumiera en el caos y hartarse de llevar a los niños a comer a restaurantes de comida rápida. ‘Iodo fue inútil. El marido de Belle me dijo que incluso había pensado en marcharse de casa y llevarse a sus hijos, pero ha­bía descartado esa idea porque no podía mantener dos do­micilios.

Yo ofrecí a ese hombre una perspectiva simbólica de su esposa. No pensé que le ayudaría gran cosa, pero no sa­bía qué más decirle. Como mínimo, pensé, pondría un toque de humor a una situación lamentable. Dije al ma­rido de Belle que se ¡a imaginara como una reina perezo­sa y le aconsejé que en lugar de centrar coda su atención en ella, él y sus hijos se ocuparan de sus propias cosas y pro­curaran divertirse juntos, dejando a la «reina» sola en su trono. Quizá si se sentía marginada de las diversiones fa­miliares trataría de integrarse en la familia, dado que el sentido de responsabilidad no la hacía reaccionar. El hom­bre se rió ante la idea de visualizar a su mujer como una reina perezosa y dijo que era una imagen que la describía a la perfección. Pero añadió que dudaba de que participar en las actividades familiares la atrajera más que sus libros y la televisión.

—Entonces saque el televisor de la casa —-le sugerí—. Restrinja el tamaño de la «corte» de su esposa, así limita­rá su placer. Si la opción de participar en las diversiones familiares no la motiva, quizá lo haga el aburrimiento.

Después de reflexionar unos momentos, el marido de Belle dijo que trasladaría e¡ televisor al sótano. De ese modo los niños podían seguir utilizándolo, y si Belle que

ría verla, tendría, como mínimo que bajar al sótano. Ese fue el fin de nuestra conversación.

Supongo que esa medida funcionó, porque el hom­bre no volvió a visitarme, pero el resultado de la historia es menos importante que el mensaje que transmite sobre el poder de la herida logia para controlar a los demás.

En otro taller, un hombre llamado Julio nos relató su lucha contra la depresión, y cómo los esfuerzos de su es­posa por ayudarle finalmente dieron resultado. Julio pa­decía frecuentes episodios depresivos, pero su trastorno se agravaba durante el invierno. Cuando estaba deprimi­do, pasaba el fin de semana en la cama. Se levantaba sólo para comer y cenar, cosa que hacía sentado ante el televi­sor, contemplando la pantalla con mirada ausente. Su es­posa lo había intentado todo para ayudarle a curarse de su depresión. Le proponía salir a cenar o ir al cine, o pasar el fin de semana fuera, pero él siempre se negaba.

—Por fin —dijo Julio—, mi esposa perdió la pacien­cia. Me dijo que me había convertido en un hombre abu­rrido y egocéntrico, y que estaba harta de mi depresión. Añadió que deseaba disfrutar de la vida, con o sin mí. Em­pezó a salir con sus amigas, no sólo los fines de semana, sino también durante la semana. La mayoría de las veces ni se molestaba en decirme adonde iba.

»Cuando regresaba a casa, me contaba que lo había pa­sado en grande y me preguntaba si me había divertido vien­do la televisión. Al poco tiempo, recogió sus cosas de nuestro dormitorio y se trasladó a otra habitación, diciendo que ya no tenía ganas de dormir conmigo. Me dijo que me había convertido en un pelmazo que le amargaba las vein­ticuatro horas del día. Yo protesté que necesitaba más tiem­po para airarme, a lo que ella replicó: “Y yo debo evitar caer enferma, lo que significa que debo evitar tu compañía. Así que puedes tomarte todo el tiempo que necesites, porque yo ya he llenado esos vacíos que compartía contigo, he re­hecho mi vida y ya no me apetece seguir contigo.” «Sus comentarios me dolieron, y luego me asusté. No soportaba la idea de perderla, de modo que decidí curar­me cié mi depresión. Empecé a forzarme a salir con ella y a hacer cosas juntos. Al principio me costó mucho, por­que debía fingir que no estaba deprimido, pero no tuve más remedio, A la larga, gracias a mis esfuerzos, logré curar­me. Por fin era yo quien controlaba la situación en lugar de dejar que la depresión me controlara a mí. Ahora, cuan­do noto que voy a caer de nuevo en la depresión, tengo re­cursos para combatirla. Y se lo debo a mi mujer.

Cuando las personas permiten que les controle una «víctima», debido a un accidente o una enfermedad, o cuan­do las «víctimas» unen su sufrimiento personal a una cau­sa ajena, no hacen sino potenciar el poder tribal negativo. Este poder afecta no sólo a la víctima sino a la mayoría de las personas que creen que la ayudan pero en realidad fo­mentan su negatividad, o, según el lenguaje de los progra­mas de doce pasos, la «permiten».

Hace unos años, conocía un hombre llamado Tyrone que sufría el síndrome de la guerra del Golfo. Su cuerpo estaba muy debilitado. Había perdido buena parte del pelo y padecía unos dolores crónicos en todo el cuerpo, principalmen­te en las piernas, que le impedían caminar con normalidad. Tyrone me explicó que sus dolencias habían comenzado unos seis meses después de regresar de la guerra.

—La culpa la tiene el ejército —dijo Tyrone—, aun­que esos cabrones se nieguen a reconocerlo. No sólo deberían haberme compensado económicamente por no po­der seguir trabajando, sino que debían haberse disculpado públicamente por lo que me han hecho a mí y a muchos otros que están en mi situación. Yo no soy el único que pa­dece este trastorno. Cuando fui al hospital de veteranos para recibir tratamiento, los médicos me dijeron que mu­chos otros soldados sufrían el síndrome de la guerra del Golfo, pero que en realidad esa enfermedad no existía. ¿Se da usted cuenta? Como si eso fuera cosa de mi imaginación. Yo repliqué indignado; «Pues si no existe el sín­drome de la guerra del Golfo, ¿cómo diablos se llama esta enfermedad?» Los médicos respondieron que no lo sabían con certeza, pero me recomendaron que tomara muchas vitaminas, que me alimentara mejor y que visitara a un psicólogo. O sea, insinuaron que yo estaba chalado.

Dije a Tyrone que, en mi opinión, el problema no re­sidía en la ofensa que le habían infligido sino en su ira y en el hecho de que su dolencia se hubiera convertido en la expresión del sentimiento de haber sido traicionado por el ejército, el poder tribal con el que él se identifica­ba. Tyrone confesó que se sentía traicionado y abandonado por el ejército, y creía que las autoridades militares esta­ban obligadas a reconocer públicamente haber utilizado armas químicas que habían causado graves trastornos a sus propios soldados. Tyrone había recogido las firmas de varios hombres y mujeres que padecían la misma enfer­medad que él, con el fin de conseguir entre todos el apoyo de los medios de comunicación, los cuales presionarían a las autoridades militares para que confesaran la verdad. Ty­rone me aseguró que contaba con el apoyo de su esposa, quien le ayudaba en sus intentos de hacer pública la verdad sobre la guerra del Golfo.

Pregunté a Tyrone qué deseo era más fuerte: el de cu­rarse o el de demostrar que el ejército había traicionado a sus soldados. Tyrone respondió que deseaba conseguir ambos objetivos, pero que hasta la fecha había fracasado.

Le expliqué que, para conseguir esos objetivos, tenía que cambiar de actitud, dejar de librar su particular «gue­rra tribal» y hacer cuanto estuviera en su mano para cu­rarse. Le dije que hallaría más apoyo entre quienes pade­cían su misma enfermedad si se convertía en una persona que había logrado curarse de la dolencia. Una vez que se hubiera curado, todos querrían saber cómo lo había con­seguido.

Tyrone repuso que, aunque esa opción era lógica, si sanaba ya no tendría una prueba tangible de lo que había padecido; nadie le creería, y menos aún las autoridades militares.

Le hice notar que, si estaba empeñado en sanar al rit­mo que sus «cantaradas tribales heridos», estaba identi­ficando la velocidad y el nivel de éxito de su recuperación con el de su tribu. La decisión de sanar a la velocidad de un determinado grupo siempre es arriesgada, porque cons­tituye un camino difícil de recorrer desde el punto de vis­ta mental y energético. Y si no lograba recuperarse, a la larga, ¿de qué servirían sus esfuerzos?

Supe que mis palabras habían llegado a la mente de Tyrone, pero que su corazón seguía entregado a sus camaradas tribales heridos. Estaba convencida de que Tyrone se­guiría tratando de demostrar la realidad de su enfermedad a las autoridades militares en lugar de emplear su energía en sanar su cuerpo. Como estaba dispuesto a morir por su causa, típico del arquetipo de «mártir», un cambio de ac­titud representaba para él una traición a su tribu herida.

Quiero recalcar de nuevo que el apoyo de un grupo es esencial en cualquier proceso de curación, pero debe ser un apoyo que estimule el movimiento en la dirección ade­cuada. Dedique unos minutos al día o un día a la semana para abandonarse a las abrumadoras emociones de triste­za y depresión que le provoca su enfermedad, pero luego entréguese de nuevo a la energía de la esperanza. De este modo potenciará la eficacia del apoyo de sus amigos y fa­miliares, ¡unto a la intervención profesional; un sistema mediante el cual el proceso de curación puede ser menos difícil y que le ayudará a recuperar el camino hacia la luz.

Teniendo esto presente, exploremos las numerosas opciones de que disponemos para ayudarnos a sanar.

6 Encender el fuego sanador en nuestro interior

Una cosa es comprender intelectualmente los pasos que debe dar para curarse, y otra muy distinta compren­der lo que debe hacer emocionalmente. Para encender el fuego sanador, debe creer algo con todo su corazón. El co­razón contiene el agente catalizador que hace que el res­to de la mente y el cuerpo sanen mediante una reacción en cadena.

El espejismo más grave de la Nueva Era es que basta con potenciar la conciencia psíquica para sanar. Créame, la conciencia psíquica por sí misma no es suficiente. A lo que vemos y percibimos a nuestro alrededor, los hindúes y los budistas lo llamaban maya, ilusión o espejismo. De­pender exclusivamente de nuestra conciencia psíquica para sanar nuestro cuerpo es tan absurdo como utilizar cocaína, y provoca una adicción más grave; nos induce a creer que nuestra vida está cambiando cuando en realidad nos está dejando impotentes. No se haga ilusiones, sanar requiere una gran fuerza de voluntad.

Para empezar a combinar el poder déla mente, el cuerpo y el espíritu, y convertirlo en la voluntad de curarnos, de­bemos aprender a utilizar los tres tipos de percepción co­mentados con anterioridad, para modificar su mentalidad y su vida. El hecho de interpretar sus pensamientos, acti­tudes y desafíos dentro de este modelo de tres tipos de per­cepción tribal, individual y simbólico le procurará una gran ventaja a la hora de sanar sus problemas físicos y resolver sus crisis vitales. Estas formas de enfocar la vida le ofrecen tres perspectivas distintas sobre su capacidad de sanar y una mayor comprensión de lo que le ocurre a usted y dentro de usted. Como decía Carl Jung, ningún problema se resuel­ve al nivel en el que su originó; para hallar la solución es pre­ciso alcanzar un nivel superior.

Las tres columnas de la tabla representan las tres for­mas de poder -—tribal, individual y simbólico—, y las tres eras astrológicas bajo las cuales se han desarrollado. En cada columna, se hallan los chakras que corresponden a cada forma de poder, y el área de ia vida relacionado con cada chakra. Está bastante claro lo que cada chakra gobierna, salvo por el séptimo y el octavo. La «cuenta corriente ce­lular o de gracia» es donde almacenamos la energía, o gra­cia, que necesitamos para sanar nuestro cuerpo. Comenta­ré los ocho chacras con más detalle en el capítulo 7, pero básicamente constituyen un puente entre nuestra conciencia personal y la conciencia impersonal de la dimensión arquetípica. Esta contiene los patrones arquetípicos, los te­mas e imágenes reconocidas universalmente que procuran una visión impersonal de las experiencias humanas, derivadas de lo que Jung denominaba el inconsciente colectivo. Cuan­do somos capaces de contemplar los acontecimientos de forma simbólica en lugar de personalmente, observamos los arquetipos que operan en nuestro interior, como «el niño herido», el «salvador», el «héroe», la «madre», el «padre», la «mujer sabia» o el «hombre salvaje». Los arquetipos no son necesariamente positivos ni negativos, constituyen unos antiguos patrones de conducta en los que caemos en de­terminadas circunstancias. Si consideramos nuestra res­puesta a un hecho como el reflejo de un determinado ar­quetipo evitaremos interpretar ese hecho personalmente e invertir en él la energía celular que precisamos para sanar espiritual y físicamente.

Mientras aprende a utilizar las Tres Columnas de Per­cepción, tenga presente que no constituye un sistema de pen­samiento «bueno-mejor-perfecto». Cada tipo de poder tiene algo que ofrecer para ayudarnos a vivir de forma armoniosa y consciente. El poder tribal, por ejemplo, co­rresponde principalmente al inundo físico, y es la forma más externa de energía. Debemos abrazar la dimensión fí­sica que encarna, al igual que la dimensión espiritual, no se­pararlas. El poder tribal le permite analizar los cambios que se producen en su vida de forma más tangible que el poder individual o el simbólico. Pero el poder tribal puede, asi­mismo, limitar su capacidad de curarse si piensa de forma condicional (por ejemplo: este fármaco funciona, quizá se cure mi enfermedad). Por ese motivo, es preciso manejar con precaución este nivel de conciencia. Procure pensar “Este tratamiento curativo dará resultado porque sé lo que mi cuerpo necesita» Controle los pensamientos tribales negativos que le asalten, como por ejemplo: «No estoy se­guro de que esta terapia funcione»; cuando tenga estos pen­samientos, invoque a su quinto chakra de energía («voluntad» o «elección») para decir: «Yo hago las elecciones que necesito», y tenga la certeza de que esas elecciones le da­rán buen resultado. Si piensa o cree que una enfermedad sólo se cura por medio de fármacos, invoque a su voluntad individual y diga: «Todo puede curarse, y yo puedo alcan­zar una curación total.»

La utilización del poder individual y el poder simbó­lico le libera de los prejuicios y las limitaciones tempora­les de su medio externo. El poder simbólico le permite ver a través de los espejismos físicos y reconocer la lección que le ofrece cada desafío al que se enfrenta. Al ascender al nivel simbólico, donde el tiempo y el espacio no están sometidos a las limitaciones humanas, podrá contempla! las cosas desde una perspectiva superior. Ello le permitirá trazar un programa de acción, utilizando la voluntad individual. Puede utilizar la energía de la visión simbólica en codos los aspectos de su vida, desde crear un nuevo trabajo a librarse del pasado y seguir adelante.

El primer paso para utilizar las Tres Columnas de Percepción consiste en eliminar todas las creencias negativas sobre la curación. Empiece por trazar un gráfico con espacio para tres columnas, y escriba los nombres de los tres tipos de poder en la parte superior de las columnas. Identifique dos o tres de las creencias fundamentales que usted sostenga, relacionadas con la percepción y el poder tribal e individual, y anótelas en la columna correspondiente del gráfico. Da lo mismo que esas creencias sean negativas o positivas. Por ejemplo: «El proceso de curación es largo, doloroso y difícil» es una creencia negativa que deriva del poder tribal, por lo que debe anotarla en la columna tribal. La creencia de que «la curación contiene un men­saje para mí, y yo debo mostrarme receptivo a cualquier, cambio que sea necesario» nace del poder simbólico, por­que crea un estado anímico receptivo a la objetividad, a con­templar las cosas de forma arquetípica en lugar de perso­nal. Así pues, anótela en !a columna simbólica.

A continuación indico diez ejemplos de creencias co­rrespondientes a cada tipo de poder. La causa de que las creencias tribales sean negativas estriba en que la cultura tribal es más propensa que las otras dos a aterrarse a creen­cias negativas, aunque el poder individual también lo haga una ocasión. A medida que usted madure en materia de percepción espiritual, podrá reconocer el poder inheren­te a su interior (individual) en contraposición a buscar un poder fuera de usted (tribal).

Creencias tribales sobre la sanación

1.  La enfermedad es un proceso largo y doloroso.

2.  Las enfermedades graves no se curan por com­pleto.

3.  Sólo los medicamentos químicos son eficaces.

4.  La enfermedad es el resultado de un estrés diri­gido hacia mí por otras personas.

5.  Yo no he tenido nada que ver en la creación de esta enfermedad.

ó. Mi enfermedad es un castigo por faltas que he co­metido.

7.  Recurrir a la terapia significa reconocer que pa­dezco una enfermedad mental.

8.  El responsable de mi curación es mi médico.

9.  La enfermedad no tiene nada que ver con mis emociones ni con mi estado psíquico.

10. Para curarme debo pactar con lo Divino.

Creencias individuales sobre la sanación

El lado negativo de la mentalidad individual

1.  MÍ enfermedad es el resultado de mi negatividad.

2.  Mi enfermedad contiene un factor kármico.

3.  La medicina alopática niega el poder y la eficacia de la medicina holista.

4.  La meditación y la nutrición me ofrecen el sufi­ciente apoyo para curar mí enfermedad.

5.  Mi enfermedad debe estar enraizada en mi in­fancia porque ésta fue muy dolorosa.

6.  Si me convierto en un individuo sano y fuerte me quedaré solo.

El lado positivo de la mentalidad individual

7.  La curación constituye un viaje espiritual.

8.  Mi espíritu es más fuerte que mi cuerpo.

9.  Existen ciertas lecciones que debo aprender a me­dida que avanzo en el proceso de curación.

10. Para curarme debo asumir la responsabilidad de dicho proceso.

Creencias simbólicas sobre la curación

1.  Yo formo parte de un sistema vital universal.

2.  Todo cuanto es vida ayuda a mi vida.

3.  Identificar mis patrones arquetípicos me ayuda a reconocer mi papel en creencias compartidas uni­versalmente.

4.  El afán de comprender e! significado simbólico que encierra la experiencia de una enfermedad me ayuda a recorrer el camino que debo seguir para sanar.

5.  Mi enfermedad puede ser una forma de recibir tina nueva orientación espiritual.

6.  Buscar razones negativas de por qué he contraí­do una enfermedad no es útil. Lo más importan­te son las elecciones que yo haga hoy.

7.  No existen elecciones erróneas. Cada elección en la que crea constituye un medio eficaz de curación.

8.  Constantemente recibo orientación hacia el sig­nificado y el propósito de la vida.

9.  El tiempo es una ilusión y por tanto no influye en el proceso de curación.

10. La edad no influye en el proceso de sanación.

Apliquemos ahora las Tres Columnas de Percepción a una típica creencia tribal y veamos cómo podemos transfor­marla en una percepción simbólica. Empiece por escribir la siguiente creencia: «La enfermedad es un proceso largo y doloroso» en la columna tribal. Luego trasládela al nivel simbólico de percepción, donde el tiempo no constituye un factor y el dolor puede ser un maestro. La percepción sim­bólica puede aniquilar el poder de esa creencia tribal al con­templarla de forma distinta, de modo que escriba en la co­lumna simbólica: «La curación trasciende el tiempo lineal. Puede producirse en un instante.» Ahora debe construir un puente de acción para conectar esas dos polaridades. Cree ese puente en la columna individual escribiendo: «Me compro­meto a centrar mi atención y mi voluntad en mantener mi energía en el momento invisible de aquí y ahora.» Esto sig­nifica que cada vez que caiga en un pensamiento negativo co­mo « ¿por qué tuvo que ocurrirme esto?», o escuche a al­guien expresar esa creencia, regrese a un mantra interior que le reoriente de inmediato hacia el pensamiento trascendental de que la creencia puede ser cierna para esa persona pero no para usted- El mantra puede ser tan sencillo como decir: «Ese pensamiento tribal no posee autoridad alguna sobre mí. Ale niego a conectar mis circuitos a ese pensamiento. No malgastaré mi energía en esos pensamientos.»

Cuando trate de transformar sus creencias tribales e individuales negativas sobre la curación en unas creen­cias simbólicas, tenga presente que la clave es mantener la objetividad. «Mi experiencia de una enfermedad» se convierte en «la experiencia de una enfermedad». A ni­vel físico, el aprender algo mediante una enfermedad es un proceso mucho más arduo que aprenderlo a través de un libro. Pero a nivel simbólico, ambas se convierten sim­plemente en unas experiencias mediante las cuales apren­derá ciertas cosas. Debe acostumbrarse a contemplar su enfermedad como contemplaría el hecho de regresar a la escuela. El alcanzar un estado psíquico objetivo durante siquiera cinco minutos al día es tan valioso que puede in­fundir en su cuerpo la energía equivalente a vivir seis me­ses con auténtica esperanza.

No es fácil alcanzar cierto desapego. En la cultura occi­dental, ese término, en ocasiones, se considera negativo, como si representara una actitud fría y distante que implica disgusto o resentimiento. Para la curación, es preferible con­siderar el desapego como un medio de separarnos de los te­mores de la mente y contemplar nuestras circunstancias como una experiencia que atravesamos en lugar de una ex­periencia que controla nuestra vida física. Un método efi­caz de alcanzar esta posición espiritual es crear un rnantra, una plegaria o un canto que le ayude a asumir una perspec­tiva trascendente. Por ejemplo, cierre los ojos y repita una frase como «asciendo más allá de mis temores en este mo­mento y siempre» o «los miedos ya no poseen autoridad so­bre mi espíritu». Puede recurrir a una figura espiritual que represente el estado de conciencia que está buscando en ese momento, ya sea Jesús, Buda, María, Ramana Maharshi oTeresa de Avila. No es necesario que la plegaria o el mantra sea largo y complicado. De hecho, cuanto más breve, me­jor; la brevedad posee poder porque las plegarias breves son más fáciles de repetir.

Mientras anota sus creencias positivas y negativas en las columnas correspondientes, trate de calcular el grado en el que está conectado energéticamente a cada creencia negativa. Asimismo, calcule la cantidad de energía que de­searía transmitir a cada creencia positiva. Por ejemplo, la creencia negativa «curarse es un proceso largo, doloroso y complicado» puede poseer cierta autoridad en su inte­rior, mientras que la creencia positiva «soy capaz de curar cualquier dolencia» puede ser algo en lo que usted desea creer pero no es capaz de interiorizar del todo. En ese caso, escriba que desearía dirigir buena parte de su energía ha­cia esa creencia. También puede valorar su conexión con cada creencia escribiendo «activa» o «inactiva» junto a ella. Esfuércese en distinguir cuando una creencia representa para usted una mera idea intelectual y cuando posee auto­ridad en su interior. Como ya he dicho, las ideas intelec­tuales no poseen ningún poder curativo.

Este ejercicio no puede completarse ni en un día ni en una semana. No se desanime si comprueba que, al prin­cipio, sólo es capaz de enumerar unas pocas creencias. Re­quiere un gran esfuerzo consciente desenterrar todas las creencias a las que nos aferramos. Los pensamientos y las actitudes aflorarán a lo largo de las situaciones y conver­saciones de su vida cotidiana, mostrándole sus creencias. Las personas con las que trata habitualmente pondrán de relieve distintas facetas de su personalidad: algunas po­tenciarán la faceta optimista, otras activarán sus temores. Cada creencia merece ser examinada, por lo que es reco­mendable que tenga siempre a mano una libreta donde ano­tar los pensamientos y recuerdos que desencadena este proceso. Tenga presente que las creencias negativas, por lo general, conducen a unos hábitos de conducta negativos. Examine los hábitos de conducta que le preocupan  hasta lograr discernir las creencias en los que se basan.

Por ejemplo, si comprueba que una enfermedad recurrente es el resultado de una dieta cargada de productos refinados y azúcar, puede atribuir esta conducta negativa—consumir esa dieta— a la creencia de que usted no tiene nada que ver en la creación de su enfermedad.

Si a la hora de analizar sus creencias tiene la sensación de topar con un muro, hable con su hermano u otro miem­bro de su familia sobre los criterios que comparten y las diferencias que se interponen entre ustedes. Mantenga la conversación en un tono neutral: se trata sólo cié averigua! más cosas sobre las creencias conscientes e inconscientes de su tribu. Asimismo, si trabaja en una oficina, pregun­te a un compañero de confianza o a un colega profesional con quien tenga amistad qué criterios son los que, en opi­nión de él o ella, le lastran a usted en su trabajo. Aunqueal principio le cueste recurrir a otros para efectuar «un control sobre su percepción», le resultará muy útil a la hora de organizar sus ideas sobre los problemas que su plantean en un proceso de sanación. Por ejemplo, que crea que no ha contribuido tanto como sus colegas a un determinado proyecto de trabajo. ¿Es una valoración jus­ta, o cree esto porque siempre se ha contemplado a sí mis­mo a través de un prisma de incompetencia? Pregunte a algún colega con quien tenga confianza si piensa lo mis­mo sobre sí mismo, o sobre usted. Si cree tener la culpa de todos los fallos que se producen en el trabajo, averigüe si sus colegas opinan igual que usted o si se culpa a sí mis­mo debido a una falca de autoestima.

Si cuenta con un maestro espiritual o pertenece a una institución, religiosa, hable con su sacerdote, ministro, ra­bino, lama o director espiritual y pídale que le ayude a ex­plorar cualquier pregunta que le preocupe, como, por ejem­plo, «¿acaso no he logrado establecer una conexión con lo Divino porque no he seguido una práctica espiritual continua o clásica?». Otra pregunta muy útil es « ¿la bondad para los demás puede considerarse una práctica espiritual?». Mas preguntas, y los diálogos que propicia el hecho de unirse a los demás y a sus criterios, le proporcionarán un gran consuelo y ayuda a la hora de crearse una orientación mas positiva.

El paso siguiente en las Tres Columnas de Percepción consiste en examinar su relación con los demás. El propósito de este paso es ayudarle a evaluar cuánta energía sigue invirtiendo en su pasado, restándola a su vida presente y a su salud. Al igual que calculó la cantidad de poder que asigna a sus creencias, trate de calcular la ener­gía que «malgasta» en sus relaciones. Una vez que haya tomado conciencia de lo que le perjudican ciertas rela­ciones, dejará de hacer esas malas inversiones. Recuerde que la curación es una tarea «costosa» desde el punto de vista energético, y que debe hacer acopio de toda su ener­gía vital para centrarla en su presente inmediato, en su «cuenta corriente de gracia» actual. Para ganar, para cu­rarse, es preciso que usted esté presente.

Redacte una lista de las relaciones en su vida que cree que son incompletas, incluyendo el nombre de la persona y el motivo. Incluya también las relaciones pasadas, con sus padres o hermanos, amigos o colegas profesionales, a me­dida que se le ocurran. Por ejemplo, si cree que su padre o su madre o ambos nunca le han aceptado tal como es usted, inclúyalos en la lista. Puede darse el caso de que su padre o su madre muriera siendo usted un niño, y esto le produje­ra una sensación de abandono que aún no ha logrado resolver. O quizá crea que perjudicó de alguna forma a uno de sus padres o a ambos, y todavía experimenta un profundo sen­timiento de culpa. Si piensa que la asignatura que tiene pen­diente con su padre o su madre consume una elevada pro­porción de su energía, anótelo. Utilice una frase como «gran pérdida de energía» o «pequeña pérdida de energía» para diferenciar las relaciones.

Debe prestar el mismo grado de atención a todas las re­laciones que siguen aportando una influencia negativa a su vida: colegas cíe trabajo, compañeros sentimentales, ami­gos que le han tallado. Compruebe cuánta energía negati­va genera hacia las personas que envidia o teme. Asimismo, trate de identificar la clase de sentimientos negativos que asocia con cada una de esas relaciones y el motivo por el cual sigue transmitiendo su energía liada éstas. Por último, si cier­tos lugares físicos suscitan en usted recuerdos negativos, ya se trate de una ciudad, un país, la escuela a la que asistió o la casa o el barrio donde vivió antes, siga el mismo proceso para evaluar su energía.

Por lo general, la mayoría de nuestros recuerdos ne­gativos corresponde a la columna tribal. Una gran parte del dolor que recibimos y generamos es fruto de proble­mas que padecimos en la infancia, en nuestras relaciones y nuestro trabajo. Tenemos problemas con el dinero, el po­der, la sexualidad y la autoestima. Aunque nuestro viaje vi­tal es esencialmente espiritual, descubrimos nuestro es­píritu a través de experiencias en el mundo físico. Cuanto más fuerte y más consciente sea su espíritu, más fácil le re­sultará transmitir esa energía positiva ala región maten al: el mundo que le rodea, sus relaciones, su familia y su pro­fesión.

Por último, aplique las Tres Columnas de Percepción a sus patrones de conducta, utilizando el mismo método. Una forma de razonamiento simbólico es identificar los pa­trones arquetípicos que se hallan activos en usted, como el «niño herido» o el «salvador*. Utilizar un enfoque arquetípico le permitirá reconocer sus patrones de conducta des­de una postura más objetiva y compasiva. Anote algunos de los temas que le preocupan referentes al dinero, el sexo y el poder. ¿Le resulta difícil ahorrar dinero? ¿Utiliza el sexo para evitar comprometerse en una relación sentimental? ¿Teme ejercer su poder porque su padre era una persona dominante, o lo utiliza de forma abusiva por el mismo motivo? Observe de nuevo que la mayoría de esos patrones de conducta corresponden ala columna tribal, incluso proble­mas como no ser capaz de perdonar a alguien. Supongamos que tiene usted ese problema: aunque el perdón es una cues­tión que atañe al corazón (cuarto chakra), el motivo por el que no puede perdonar probablemente está relacionado con un problema tribal como el sentirse traicionado o violado de alguna forma (primer chakra).

Ahora céntrese en las entradas que ha apuntado en la columna tribal. Describa cuál cree que es el significado sim­bólico de cada creencia, relación o conducta negativa que se haya en esa columna. Por ejemplo, la creencia «siem­pre ayudo a otros que no aprecian lo que hago por ellos», interpretada simbólicamente, representa su oportunidad de comprender el arquetipo del «salvador» que lleva den­tro, la necesidad de entregarse heroicamente con el fin de salvar a alguien. Al igual que muchos arquetipos, el de «salvador» puede ser un papel positivo, pero, por regla ge­neral, sólo conduce a una conducta autodestructiva que se hace pasar por altruismo. En cierta época de la historia de la humanidad, el salvador era un auténtico héroe, aunque las misiones de salvamento solían realizarse por el bien de la tribu y a costa del salvador.

Después de identificar el significado simbólico, pre­gúntese: « ¿Qué puedo hacer para rectificar esta conduc­ta e infundir de nuevo poder y fuerza a mi organismo?» A continuación anote la respuesta en la columna del po­der individual. Por ejemplo, «antes de ofrecer ayuda a al­guien, analizaré mis motivos. Si mis motivos son salvar o consolar a alguien, trataré de identificar la razón por la cual necesito comportarme de ese modo.» Puede preguntar­se: « ¿Esa persona me ha pedido ayuda, o se la he ofreci­do yo prematuramente debido a mí necesidad de que los demás me necesiten?» Entre parejas, este tipo de «al­truismo» puede consistir en un compañero que «salva» al otro, por ejemplo, un alcohólico, de tal forma que permite que éste siga bebiendo. O bien, si su compañero le refie­re un problema que tiene en el trabajo, quizás el otro le ofrezca la manera de «solventar» el problema, cuando lo único que su compañero pretende es que le escuche con comprensión. Quizá su compañero desee resolver él mis­mo el problema, y los intentos del otro por «salvarle» im­piden que lo haga.

Al utilizar estas tres formas de contemplar sus creen­cias y conductas, aprenderá a solventar sus problemas e in­fluir de modo positivo en las situaciones. Cuando busca el significado simbólico de un determinado asunto, contri­buye a desconectar su energía del temor y conectarla a ese asunto. La percepción simbólica le permite crear unas op­ciones que, de otra forma, habría tenido que concebir den­tro de las limitaciones de la percepción tribal. El hecho de introducir la percepción simbólica en los dominios triba­les, o en el mundo cotidiano en el que usted se halla, le ayu­dará a reorganizar su medio físico con el fin de conectar el poder de su cuerpo con su espíritu. Por ejemplo, si cree que está siendo castigado por alguna falta que cometió, susti­tuya esa creencia por la siguiente percepción simbólica: «Cada enfermedad me ofrece la oportunidad de aprender algo sobre mí mismo.»

Así, su poder individual se convertirá en el medio por el cual usted creará un patrón de conducta lo suficiente­mente potente para activar, en el interior de su cuerpo fí­sico, la energía que vibra a nivel simbólico.

Puede utilizar estas tres formas de percepción y po­der en todas las facetas de su vida para resolver proble­mas y relaciones conflictivas, para apreciar lo positivo que hay en su vida y, por supuesto, para potenciar su proceso de curación. La columna tribal es la columna de los pro­blemas; la columna individual es la columna activis­ta. Nuestra voluntad y muestras acciones individuales nos alejan del caos del pensamiento tribal y nos orientan hacia el mundo y, a través del mundo, hacia nuestro espíritu y nuestra curación. Por esto es imprescindible que modifi­quemos nuestras creencias y patrones de conducta nega­tivos a fin de avanzar en el proceso de curación.

Reconozco que es un proceso complejo, de modo que examinemos otro ejemplo para asegurarnos de que usted lo ha comprendido. En primer lugar, anote una creencia, relación o conducta negativa en la columna tribal. Un lamentable ejemplo de creencia tribal es la de que ciertas razas, nacionalidades o religiones son inferiores, lodos caemos en este tipo de creencias, pero esas creencias sólo existen a nivel externo o físico y no poseen ningún signi­ficado simbólico.

A continuación, pase a la columna simbólica y cree el medio de contemplar esa creencia, relación o conducta de forma que potencie su poder personal.

Una forma de pensamiento simbólico es contemplar el problema en términos de un principio universal. En el caso de una creencia racista o nacionalista, el principio puede ser algo tan sencillo como «todo es uno». Ahora des­criba en la columna individual un tipo de conducta que le ayude a realizar el cambio de percepción tribal a percep­ción simbólica. Si pretende llevar a cabo una curación física o psíquica, puede escribir que necesita acudir a un grupo de apoyo o a un terapeuta, o cree una nueva disci­plina interior como mantener un diario en el que anote to­das las cosas por las que se siente agradecido cada día de su vida. El propósito, en este caso, es construir un puen­te entre la columna tribal y la columna simbólica por medio de una acción personal mediante la cual pueda asi­milar en su organismo la energía positiva que emana del nivel simbólico de razonamiento. Para volver al ejemplo de las creencias racistas y nacionalistas, mi consejo es que modifique su vocabulario: ésta es la acción positiva que le permitirá tomar conciencia de su perspectiva y modifi­carla. Observe cuando dice «nosotros» en Jugar de «yo» en determinadas situaciones, tome conciencia de su postura defensiva hacia otros, cuestione su identificación con su nación o grupo étnico. Empiece por pensar en usted mis­mo, y por referirse a usted mismo como un ser global en lugar de étnico. ¿La tasa de desempleo es un problema menos grave en Japón que en Estados Unidos? ¿El con­flicto étnico representa un problema tan sólo en las nacio­nes de África y en los Balcanes?

Una vez que haya aprendido a utilizar las Tres Colum­nas de Percepción, emplee este método de forma periódi­ca para potenciar su curación. Es una herramienta podero­sa, pero no la única. A continuación, indico otros métodos útiles destinados a propiciar su fuego sanador, un poder que, una vez encendido, no tiene límites. Utilice cualquiera de estos métodos o todos ellos junto a las Tres Columnas de Per­cepción a fin de maximizar su capacidad sanadora.

LEÑA PARA EL FUEGO

Aprenda a decir no

El favor más importante que usted puede hacerse en una situación crítica es aprender a administrar su tiempo. Usted es su primera prioridad. Para ella lo primero que debe hacer es aprender a decir no. Deje de pensar que va a perderse la gran oportunidad de su vida si no acude a algo, tanto si se trata del estreno de una película muy galardo­nada, la boda de un pariente o una reunión de negocios.

Recuerde que sólo está presente ahora, no sabe lo que ocurrirá mañana. Las preguntas son, esencialmente, las mismas, tanto si está sano como si trata de sanar: « ¿Deseo invertir mi tiempo en esto? ¿Estoy malgastando el valio­so bien del tiempo porque temo perderme una oportuni­dad importante?»

Cuando se enfrente a una crisis vital, hágase estas pre­guntas;

1.  ¿Quiénes son las personas más importantes en mi vida?

2.  ¿Estoy invirtiendo mi tiempo en las personas y las cosas más importantes para mí, tanto para sanar como para vivir una existencia plena?

3.  Si no es así, ¿qué puedo hacer para modificar la si­tuación?

Aunque estas preguntas de evaluación puedan parecerle más cruciales en una época de transición —cuando se enfrenta a una crisis de salud o a una crisis espiritual— debe formulárselas periódicamente durante toda su vida. Al igual que debe conservar su energía y utilizarla con prudencia, debe aprender a administrar su tiempo. Qui­zá deba reducir el tiempo que pasa en compañía de per­sonas cuya orientación o conducta no encajan con la ne­cesidad que usted tiene de sanar. No pretendo decir que, si trata de curarse de un cáncer o una historia de incesto, deba pasar todo el tiempo en compañía de otras víctimas de cáncer o de incesto. Pero si existen ciertas personas en su vida —amigos, parientes, compañeros de trabajo— que se expresan y se comportan de forma negativa, que no res­petan su cuerpo o que le animan a comportarse de un modo que no favorece su curación, pregúntese si le con­viene estar con ellas. El mero hecho de que alguien desee ser su amigo no es motivo suficiente para que usted dedi­que tiempo a esa persona en estos momentos de su vida.

Tampoco pretendo decir que deba «hacer algo útil» en todo momento, máxime si el «hacer algo» empieza a asumir la forma de una obsesión con la actividad y el ren­dimiento. Administrar su tiempo significa concederse unos espacios vacíos para usted mismo, para no «hacer» nada más que dejar que afloren ala superficie nuevas ideas y sentimientos. Esta «inactividad» es el mismo principio en eí que se basa la meditación, pero puede utilizarla para de­sembarazarse de tareas y preocupaciones a lo largo de coda su jornada, dedicando unos minutos a sí mismo. En este senado, una enfermedad, un trauma o una crisis vital pue­den representar una oportunidad para que usted explore su vida a un ritmo más pausado. Decir no a hacer algo puede significar decir 110 a ocuparse en algo simplemente para ha­cer algo. Este principio constituye un contrapeso muy útil para la segunda forma de propiciar su fuego sanador.

Cambie de rumbo de inmediato

Sanar es una tarea que no admite dilación. Muchas per­sonas inician su proceso de curación investigando todos los tratamientos que tienen asu alcance. Mientras llevan a cabo esta tarea, no hacen nada para mejorar su situación. Supo­nen que los conocimientos que asimilan constituyen en sí mismos una fuerza sanadora. Con frecuencia, las personas me comentan que no saben qué tratamiento seguir y, has­ta que se deciden, se sienten más «seguras» no haciendo mi­da. Yo creo que esto significa que no están dispuestas a rea­lizar ciertos cambios en su vida.

Cuando escucho la forma en que racionalizan su in­capacidad de decidirse, tengo la impresión de que el no ha­cer nada les permite, al menos de momento, mantener el engaño de que no están enfermos. Prefieren creer que su­fren una pesadilla de la que acabarán por despertarse. Este fenómeno se da sobre todo en aquellos casos en los que las personas aún no experimentan dolor causado por su en­fermedad.

Aplazar la decisión de cambiar de tiempo es más que ab­surdo; es peligroso. Es preferible comenzar por donde sea que no hacer nada. Cada elección positiva es buena, y activa una nueva corriente de energía en su vida. Esas nuevas medidas o cambios no tienen que ser trascendentales para ser eficaces. Entre tanto, siga leyendo toda la información que sirva para ampliar sus conocimientos sobre el tema.

Un buen comienzo es introducir ciertas modificaciones en su nutrición o añadir un programa de ejercicios a su ruti­na cotidiana. Empiece por caminar todos los días, o asistir a clases de yoga. Si no consigue localizar a un profesor, ad­quiera vídeos que le enseñen a practicar el yoga y otros ejer­cicios de relajación. Lea libros sobre tratamientos alterna­tivos, y pruebe uno de inmediato. Si cree que necesita el apoyo de \in grupo, acuda a un centro de tratamientos holis­tas o a un establecimiento de productos naturistas, y com­pruebe en el tablón de anuncios si figura algún grupo de apo­yo cercano a su domicilio. Puede realizar esos cambios al tiempo que busca consejo médico adicional.

Ante todo, recuerde que no puede permitirse caer en la tentación de «dejarlo para mañana». En el proceso de cu-ración sólo existe el «hoy». Mañana, como suele decirse, nunca llega.

Practique el pensamiento cíclico

La percepción de que el tiempo y la vida son experien­cias lineales entorpece el proceso de curación. Unos ejem­plos: «Si este tratamiento no da resultado al cabo de un mes, significa que no funciona y que no voy a curarme», o «a mi edad es imposible que me cure». En lugar de obse­sionarse con el factor «tiempo» piense en los ciclos de la na­turaleza, los cuales se reflejan en muchos otros procesos. En el mundo natural, a las épocas de calor, bienestar y pro­ductividad siguen inevitablemente períodos de frío, difi­cultades y disminución de la productividad, pero tras esas épocas difíciles regresa de nuevo la época de calor y disfru­te. Pocas culturas comprenden mejor ese principio y flujo cíclico que la china, cuya espiritualidad, al igual que en el caso de los nativos americanos, está estrechamente vincu­lada a la tierra. Como dice Tao Te Ching (7 7):

El camino del cielo se asemeja a la flexión de un arco.

El extremo superior se dobla hacia abajo y el inferior hada arriba.

A aquellos que les sobra, les quita; a quienes no tienen suficiente, les da.

Por tanto, para alcanzar el délo es predio reducir lo excesivo y aumentarla insuficiente.

Cuando usted se halle en el invierno de su enfermedad, puede llegar a pensar que el ciclo es interminable y que el verano no volverá nunca; es precisamente en esos momentos cuando debe controlar sus pensamientos. Dedique unos minutos a recordar épocas pasadas de su vida en que su suerte parecía haber alcanzado el punto más bajo. Evoque cómo se sentía entonces, prestando atención a las sensa­ciones de su cuerpo mientras vuelve a experimentar esos sentimientos de tristeza e impotencia. Luego evoque el punto de inflexión, y recréese en la sensación de alivio y es­peranza a medida que la situación comienza a cambiar a su favor. No tiene que tratarse necesariamente de un aconte­cimiento importante; puede ser tan simple como im para -do que estuvo a punto de perder, o recibir una carta de re­conciliación de un amigo del que se había distanciado. El resultado es menos importante que el cambio en la situa­ción. Quizá perdiera usted el siguiente partido, o rompie­ra definitivamente con ese amigo. Y algún día usted espi­rará el aire y no volverá a inspirarlo. Pero tenga presente que la curación constituye, ‘ante todo, una experiencia de apren­dizaje, y una de las lecciones más importantes es que la vida se caracteriza por la impermanencia y las fluctuaciones. Si es capaz de aprender a aceptar los cambios con ecuanimi­dad, habrá aprendido a dominar algo más importante que una enfermedad.

El pensamiento cíclico es asimismo uno de los medios más eficaces para aprender a perdonar. Aunque es difícil eliminar el afán de justicia personal y lo que consideramos una recompensa o un castigo apropiados, desde la pers­pectiva divina, no nos corresponde a nosotros administrar justicia ni tampoco nos incumbe la recompensa o el casti­go que recibamos por nuestros actos. En uno de mis talle­res, conocí a un médico, un hombre amable y bondadoso que trabajaba en un hospital para veteranos atendiendo a los soldados heridos en combate. Este hombre creía es­tar destinado a realizar ese trabajo porque, desde niño, te­nía unos sueños en los que se veía como un soldado en la guerra de Secesión que mataba despiadadamente a sus ene­migos. Su trabajo se había convertido en el medio de con­trarrestar los asesinatos que había cometido en su «vida anterior»-. Aunque podía haber sido castigado por su falta de compasión, la justicia divina le había dotado de un ca­rácter noble y compasivo en su vida presente.

Cuando se sienta abrumado por su incapacidad de perdonar un daño que le hayan causado, recuerde las an­tiguas enseñanzas sobre las leyes del karma que se refle­jan en las enseñanzas cristianas: lo que va, vuelve, en esta vida o en la próxima. No le corresponde a usted decidir la naturaleza de la justicia a un nivel personal, lo cual no deja de ser una suerte, ya que con frecuencia la justicia huma­na es más implacable y menos ecuánime que la justicia di­vina. Su única misión consiste en aprender a perdonar, y recuperar la energía que está desperdiciando en hechos del pasado.

En parte, el problema de la mentalidad de víctima es que no tiene en cuenta el hecho de que nosotros mismos perpetuamos el daño que nos han causado. Cuando se indigne al recordar una ofensa pasada, le recomiendo que practique el siguiente ejercicio para aprender a perdo­nar. Examine atentamente todos sus actos de la semana pasada y compruebe si ha cometido el mismo tipo de in­justicia u ofensa que recibió. No es preciso que sea algo grave. Por ejemplo, quizá crea que en su infancia alguien le juzgó equivocadamente y que eso influye en cómo la gente lo ve hoy en día. Un hecho can simple como ha­ber sido malinterpretado por sus padres o por un maes­tro en algún momento determinado puede seguir pesan­do sobre usted. Cuando se sienta agobiado por ese peso, examine sus actos para comprobar si usted ha juzgado también equivocadamente a alguien. Al principio, su va­loración de otra persona puede parecerle intrascenden­te. Como no le gusta como viste cierta persona, la tacha de descuidada. Quizá convierta ese juicio en un rumor. O quizá comente que una determinada mujer ha alcan­zado el puesto que ocupa en su empresa por medio de métodos pocos éticos o deshonestos. Así, una valoración aparentemente inocente y sin importancia puede tener consecuencias serias. Es preciso que aprenda a perdo­narse a sí mismo por haber hecho ese juicio y perdonar a la persona que le juzgó equivocadamente hace tiempo. Re­cuerde las palabras del Padre Nuestro: «Perdónanos nues­tras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.»

Márquese metas realistas

Aunque todas las cosas terrenales cambian, no cam­bian necesariamente de la noche a la mañana. Muchas per­sonas que asisten a mis talleres creen que adquirirán en un día las dotes intuitivas que yo he tardado quince años en desarrollar. La clarividencia instantánea es posible, desde luego, pero lo habitual es que uno tenga que de­sarrollar sus dotes intuitivas teniendo en cuenta los principios energéticos. Por otra parte, aunque existe la posibilidad de que usted adquiera nuevos criterios o nue­vas percepciones y se cure al instante, lo más probable es que tenga que practicar las enseñanzas holistas du­rante largo tiempo. Al igual que nadie puede aprender a correr una maratón en un día, llevar una vida sana o curarse de una enfermedad requiere practicar de forma constante y regular las disciplinas curativas que uno de­cida seguir, ya sea un tratamiento médico, unos cambios nutricionales, un programa de ejercicios, visualiza dones o meditación.

Cuando nos diagnostican una enfermedad, o cuando sufrimos una grave crisis o una tragedia, suelen aparecer temores nuevos. Le recomiendo que sea paciente consi­go mismo. Si se siente deprimido o ansioso, trate de ana­lizar la situación para averiguar cuándo y en qué con tex­to afloran esos sentimientos. Quizá reflejan sus creencias tribales negativas. En tal caso, utilice las Tres Columnas de Percepción para tratar de descifrar el simbolismo más importante de su estado anímico o el mensaje que éste en­cierra. También puede practicar el siguiente ejercicio, per­teneciente a la tradición sufí, denominado «a un kilóme­tro de Bagdad».

Cierre los ojos y véase asimismo caminando por una solitaria carretera del desierto al parecer interminable, como una carretera en algún lugar remoto de Orien­te Medio. Sienta el sol cayendo sobre usted, la arena ardiente bajo sus pies, una sed y una fatiga insoportables. Experimente la aridez del lugar, la soledad, la desespera­ción que le embarga. Cuando esos sentimientos empie­cen a hacerse palpables, encuentre algún pequeño refu­gio bajo una roca junto a la carretera e instálese en él para pasar la noche. Observe cómo se pone el so!, sienta el aire fresco de la noche. Mientras descansa de sus fatigas, as­pire el aire refrescante y note cómo su cuerpo recobra las fuerzas.

Ahora salga de su refugio y mire a su alrededor. No muy lejos vislumbra unas lucecitas, y luego otras más. Sin duda debían de estar allí antes, pero usted no las vio por­que el sol le cegaba. Cuando comienza a oír una suave música, se percata de que, muy cerca, hay una dudad lle­na de gente, que se halla a una distancia que usted puede recorrer a pie. Usted creía que se hallaba en medio del desierto, pero sólo estaba a un kilómetro de Bagdad. Re­créese en su sensación de alivio. Mientras se solaza con este pensamiento, pronuncie una breve oración de gracias.

Aunque durante el primer mes del proceso de cura­ción no observe ningún cambio en su cuerpo, no crea que no se esté produciendo. Los cambios están ocurriendo en el piano energético, y causarán, al cabo de un tiempo, po­sitivos cambios mentales, espirituales e incluso físicos. Está usted más cerca de la meta de lo que imagina.

Durante el proceso de curación, consulte a otras per­sonas que hayan sufrido su enfermedad. Pueden procu­rarle información muy útil, pero no compare sus progre­sos con los suyos. Recuerde que aquello que no ha servido a cierta persona para sanar su cuerpo podría ser exactamen­te lo que usted necesita, desde el punto de vista energéti­co, para comenzar a sanar. Manténgase abierto a distintas opciones.

Desarrolle su fuerza de voluntad

El deseo de curarse no es lo mismo que tener la voluntad de hacerlo. Algunas personas que desean curarse no pose­en la fuerza de voluntad necesaria para realizar los cambios adecuados. Debe entrenar su mente y sus emociones para que respondan a las órdenes positivas que usted les envía. Y esos pensamientos positivos deben convertirse en las percepciones dominantes con las que se conectan su men­te y sus emociones. Dedicar treinta minutos una o dos ve­ces al día a la visualización y luego permitir que sus temo­res invadan sus pensamientos el resto de la jornada elimina la influencia positiva de sus ejercicios.

Orientarse constantemente un una dirección positi­va requiere disciplina, y alcanzar ese nivel de disciplina re­quiere práctica. Piense en lo fácil que le resulta distraerse cuando trata de mantener su mente y sus emociones centradas en un determinado pensamiento. Amenos que tenga mucha experiencia en meditación, al cabo de unos segundos se habrá distraído. En cierta ocasión dirigí a un grupo de alumnos en un ejercicio para el que debían elegir un pensamiento y concentrarse en él exclusiva­mente. Al cabo de unos instantes, varios alumnos se in­corporaron protestando de que el «ruido» del exterior les impedía realizar el ejercicio, o bien que la luz era dema­siado intensa para aquella «tarea interior». Precisamen­te, lo que necesitaban aprender era a abstraerse de ese tipo de distracciones.

Esperar a que se den ciertas condiciones externas an­tes de que usted pueda concentrarse es absurdo. No es pre­ciso que adquiera el grado de concentración de un maes­tro de meditación, pero debe alcanzar una relación con sus recursos internos lo bastante potente para eclipsar rápi­damente un pensamiento negativo con uno positivo y sen­tir la energía positiva que inunda su cuerpo. La utilización de un mantra —una frase o palabra repetida en silencio— constituye un método muy eficaz para aprender a con­centrarse. La palabra o frase puede serlas tradicionales pa­labras sánscritas «Om» u «Om Maní Padme Hum», que pertenecen a las tradiciones hindú y budista, o bien «Vir­gen María», «Jesús», el nombre de una virtud como «amor» o «compasión» o cualquier palabra o frase que le procure paz, fuerza, relajación y concentración. Puede combinar el mantra con una respiración profunda y acom­pasada.

Practique el siguiente ejercicio: inspire aire lenta y acompasadamente a través de la nariz hasta llenar la ba­rriga. Sienta cómo la zona del estómago se expande cuan­do inspira; al principio, apoye la palma de la mano sobre el ombligo para notarlo. Cuando haya llenado la barriga de aire, siga inspirando para llenar la zona del diafragma, situada en el centro del pecho justo encima del estómago. Si posee la suficiente capacidad, siga inspirando aire y llénese los pulmones hasta arriba y la parte superior del pecho- Contenga la respiración unos momentos y luego espire suavemente el aire a través de la nariz o la boca. Lleva un tiempo desarrollar la habilidad —y la capacidad pulmonar— de respirar mediante este proceso de tres eta­pas, pero la sensación de calma y objetividad que le pro­porcionará merece el esfuerzo. Si lo prefiere, puede acu­dir a un maestro de relajación o meditación para que le enseñe a practicar este y otros sencillos ejercicios. Libros como Foc!/singd&E.\igeneGend\Ki,y Are you GettingEn-lightened o LosingYour Mind?: A SpiritualProgramfor Men­tal Fitness de Dennis Gersten, doctor en medicina, ofre­cen eficaces y sencillos ejercicios para aprender a sustituir rápidamente los pensamientos negativos por una energía mental positiva. Lo importante es que practique esos ejer­cicios de forma regular y disciplinada. Al cabo de un tiem­po se convertirán en un acto reflejo, al igual que la respuesta de su energía física.

Otra forma de aprender a controlar su mente y sus emociones para evitar que estas le controlen a usted, es practicar con las situaciones cotidianas. Por ejemplo, mientras conversa con una persona, ésta hace un comentario que a usted le enfurece. O se enoja al encontrarse en un atasco de tráfico o se impacienta porque la tarea que está realizando no sale todo lo bien que desearía. Son si­tuaciones perfectas para que practique el control de su energía, manteniéndola dentro de su cuerpo e impidien­do que se disipe en situaciones sin importancia. También puede utilizar técnicas, como una respiración profunda o repetir un mantra, para no perder el control en estas si­tuaciones. Concéntrese en lo importante —su salud— y recuerde que, comparado con la recuperación de su sa­lud, todo lo demás resulta insignificante.

Sanar no es un proceso encaminado a resolver sus misterios, sino a aprender a vivir con ellos

La vida está llena de misterios. De hecho, la vida mis­ma es un misterio, un viaje plagado de brumas inespera­das y desvíos hacia mágicos jardines que no sabíamos que cultivaban para nosotros. Preguntarse por qué ocurren los acontecimientos dolorosos o maravillosos de nuestra vida es malgastar energía. Nunca sabremos qué elemen­tos participaron en la creación de esos momentos. En len­guaje psicológico —y divino—, esos acontecimientos es­tán «sobredeterminados»: participan tantos factores, incidentes, fuerzas y energías que es imposible determi­nar una causa concreta.

Las enfermedades constituyen uno de los misterios más insondables de la vida. ¿Por qué enfermamos? « ¿Porqué me ha ocurrido a mí? ¿Qué he hecho para merecerlo? ¿Lograré salvarme?» Quizá se pregunte usted si la enfer­medad está relacionada con una experiencia traumática que sufrió en su infancia o a las toxinas que contaminan el me­dio ambiente. No pierda el tiempo haciéndose esas pre­guntas. De momento, concéntrese en recuperar la salud.

Su búsqueda de una razón que explique su enferme­dad o su tragedia, será infructuosa. Consuélese deposi­tando su fe en la guía divina. Quizás el propósito de los mis­terios de nuestra vida sea apartarnos de nuestra dependencia de la razón humana y su limitada capacidad de explicar por qué las cosas son como son, y hacerle aceptar que es la inteligencia divina quien controla nuestra vida. La in­teligencia divina opera de formas que no podemos com­prender, pero sí podemos entender que no podemos con­fiar totalmente en nada más. lenga siempre presente que usted está destinado a vivir un misterio, no a resolverlo. Viva con las preguntas que se plantea, pero no permita que éstas dominen su vida, sus pensamientos o sus actos.

Intente renunciar a sus preguntas y deposítelas en manos de lo Divino. Visualice a Dios, a Buda, a María, a Je­sús o a Tao sacándole las preguntas de su interior, incor­porándolas a su ilimitada energía, alejándolas de usted y de su energía. Siéntase libre de toda preocupación, inun­dado por un suave resplandor curativo que alcanza cada rincón de su cuerpo y de su mente. Dése cuenta de que pue­de ver y sentir esta energía y ese resplandor en cualquier momento, que siempre estará a su disposición.

No siempre es fácil conservar la fe. En cierta ocasión, un sacerdote, un hombre inteligente y bondadoso, me confesó que le resultaba más fácil ofrecer consuelo a las muchas personas por las que se preocupaba que resolver la pugna interna con su fe. Su solución consistía en «re­zar a un Dios en el que no estoy seguro de creer, porque no tengo más remedio». A los parroquianos que acudían a él con una crisis semejante, les daba el mismo consejo. Dios escucha todas las plegarias, al margen de que crea­mos en El o no cuando recemos. El Dios o lo Divino que buscamos desea que conozcamos la angustia de las tinie­blas para que, cuando alcancemos la luz, podamos expli­carles a los demás el verdadero significado de escás pala­bras: «No temáis, pues estaré siempre con vosotros, hasta el fin de los tiempos.»

Cultive la gracia

Las enseñanzas de todas las tradiciones espirituales ofrecen esperanza. Al mismo tiempo, nos permiten vis­lumbrar el poder y la compasión de Dios y la dimensión de los milagros. Las verdades universales pueden ayudar­le a contemplar la vida como un río eterno y un poder in­finito.

Cuando tratamos de tocar la energía de lo Divino, as­cendemos simbólicamente a la cima de una montaña, como Abraham cuando llevó a Isaac a la cima del monte Moriah, Moisés en el monte Sinaí, o Jesús durante su Transfiguración en el monte Tabor. El significado sim­bólico de ascender por una montaña es el de emprender un viaje con el fin de contemplar un mundo mayor que no­sotros, ver nías allá de lo eme nunca antes hemos visto. Al llegar a la cima de la montaña, preguntamos: « ¿Puedo re­cibir la plena magnitud del poder que llevo dentro? ¿Po­dré conservar la intensidad de mi concentración y mi vi­sión de la curación una vez que haya abandonado la cima de la montaña, desde la que distingo el paisaje del alma y la eternidad?»

El espíritu necesita alimento para regenerarse, al igual que la mente y el cuerpo. Reúna el valor necesario para ac­tuar inspirándose con las historias de sabiduría de quienes modificaron sus vidas para siempre por medio de la acción, penetrando sin miedo en la noche oscura il el alma. Deléitese con la sabiduría de las tradiciones que no le son fami­liares: lea las leyendas del budismo o explore la cabala; en­treténgase con las parábolas sufí o la poesía de Rumi; estudie los sermones de Buda o las sencillas enseñanzas de Tliich Nhat Hahn; examine los escritos de místicos, desde los Pa­dres Cristianos del Desierto hasta los textos de Upanisad, muchos de los cuales están disponibles.

Estas historias no siempre tienen un sentido lógico; es más, probablemente son más eficaces debido a ello, porque poseen una belleza y un poder interior que tras­ciende el pensamiento racional. Según la tradición bu­dista, Bodhidharma llevó los principios del budismo zen de la India a China. Cuenta la leyenda que se sentó a me­ditar ante un muro y permaneció en esa posición nueve años, negándose a moverse. «No me volveré hasta que aparezca alguien que desee sinceramente aprender mis enseñanzas», dijo. Un día un erudito llamado Hui-K’e se aproximó a Bodhidharma y, lamentándose de que no co­nocía la paz de espíritu, le preguntó cómo podía alcanzarla. El maestro le rechazó respondiendo que esa tarea requería una ardua disciplina y no estaba hecha para los débi­les de carácter. Hui-K’e, que había permanecido de pie en la nieve durante horas, imploró de nuevo a Bodhidhanna que ¡e ayudara y éste volvió a rechazarle. Desesperado, el erudito se cortó la mano izquierda y la arrojó a los pies de Bodhidharma, diciendo: «Si no te vuelves, me cortaré la cabeza.» Bodhidharma contestó: «Tú eres la persona quu estaba esperando», y lo aceptó como alumno.

A medida que usted asimila verdades e historias que alimentan el espíritu, sentirá que en su interior se libera una energía. Es una energía que resuena con la verdatl universal y le guiará hacia la unidad con su mundo. Esta energía sólo puede llamarse «gracia». Es una fuerza vi­bratoria de tal potencia que es capaz de, en un instante, arrancarle de sus presentes circunstancias. Le transmitirá la percepción de que no existe nada que usted no sea ca­paz de afrontar y que todo se resolverá favorablemente, al margen de resultados particulares. El Yehudi, un rabi­no hasídico que murió en el siglo XIX, relató la historia de un ladrón que al hacerse viejo y no poder seguir practicando su «profesión» se moría de hambre. Un hombre rico supo de sus cuitas y le envió comida. Tanto el hombre rico como el ladrón fallecieron el mismo día. En la corte celestial juzgaron en primer lugar al hombre rico, quien fue con­siderado culpable de numerosas faltas y enviado al pur­gatorio. Pero cuando se disponía a entrar en él. apareció un ángel y le llevó de nuevo ante el tribunal, el cual informó al hombre rico que su sentencia había sido revisada. El la­drón a quien él había ayudado en la Tierra había robado la lista de sus pecados.

Por supuesto, la gracia no siempre es una fuerza ob­via. Se presenta de muchas formas, algunas sutiles y mundanas, otras poderosas y transfigura doras. En ocasiones la gracia se manifiesta como sincronía: su energía une a la gente o a los acontecimientos de una forma tranquiliza­dora, eficaz o espectacular cuando más se necesita y menos se espera. En otras, la gracia es la energía que de pron­to nos ilumina, dotándonos de comprensión y permi­tiendo que vislumbremos lo que antes no habíamos per­cibido. La gracia también puede transportarnos a un estado de conciencia alterada en la que nos sentimos llenos de una insólita energía: una combinación indescriptible de amor, esperanza y valor. La gracia, que también es protectora, puede convertirse en un escudo que nos rodea en ciertas situaciones peligrosas: nos permite sobrevivir a un acci­dente de carretera en el que pudimos habernos matado; nos conmina a regresar apresuradamente a casa para des­cubrir que nos habíamos dejado la estufa encendida; nos hace encontrarnos con un «extraño» que nos ofrece ayu­da en el momento que más la necesitamos. La gracia no opera según las leyes del tiempo lineal; por este motivo una enfermedad o una crisis vital que llevaría años curar o re­solver sana en un tiempo extraordinariamente breve.

Si cree usted que los milagros no les ocurren a las per­sonas comunes y corrientes, o que estas historias son exa­geradas, permita que le relate un caso que me ocurrió a mí. Satya Sai Baba es un santo viviente de la India que, según dicen, es capaz, entre muchas otras cosas, de hacer que se materialicen objetos, desde cenizas sagradas hasta piedras preciosas, de forma inesperada y misteriosa. Esta facultad se conoce con el término sánscrito de vibhuti, que signi­fica «revelación»o «poder». Hace unos años, en Findhorn, comprobé que me costaba mantener el equilibrio. La si­tuación empeoró hasta el extremo de que, un día, deses­perada, recé antes de acostarme una oración a Sai Baba: «Necesito vibhuti, urgentemente. Tengo un problema grave.» A la mañana siguiente, recibí un paquete de una persona en Copenhague a la que había conocido hacía cinco años y de quien no había vuelto a tener noticias; el paquete contenía un tubito lleno de cenizas, con una eti­queta que decía: «Para Caroline Myss de Satya Sai Baba.» Dado que el correo desde Dinamarca hasta Escocia suele tardar varios días, la respuesta a mi oración debía estar de camino antes de que yo pronunciara la oración. Yo no sabía qué hacer con las cenizas, de modo que saqué una piz­ca y, como soy ex católica, me la apliqué en la frente. Al cabo de unas horas de haber recibido el vibhuti, recuperé el equilibrio y no he vuelto a tener ese problema. Desde entonces llevo siempre conmigo el tubo de vibbuti.

A menudo la gente me pregunta si creo que la gracia pue­de salvar la vida de una persona. Es imposible demostrarlo, pero yo he llegado a convencerme de ello debido a los nu­merosos relatos de personas que han presenciado la inter­vención de la energía divina en sus vidas. Uno de esos rela­tos se refiere a un hombre llamado Steven. Habí a con traído un caso agudo de urticaria interna y externa debido a una me­dicación que había usado sin saber que era alérgico. La ur­ticaria comenzó como una pequeña irritación cutánea y se extendió por todo su cuerpo. Al cabo de unos días. Steven sospechó que era alérgico a algún producto, pero no se le ocu­rrió pensar que fuera la medicación. Revisó la comida, el ja­bón que utilizaba y los tejidos desús prendas. Mientras la urticaria seguía extendiéndose por su cuerpo, Steven desarrolló otros síntomas. Cada noche le subía la fiebre y, durante el día, se sentía muy débil. Estaba hinchado, debido a la re­tención de líquidos. Unos días más tarde la fiebre persistía y Steven se sentía tan postrado que no podía caminar. Los pies se le hincharon hasta el punto de no poder calzarse.

Una mañana, durante la fase más aguda de su dolen­cia, Steven oyó una voz, que le despertó y le dijo que acu­diera al hospital porque se moría. Luego la voz le dijo que respirara lenta y profundamente, llenándose los pulmo­nes de aire. Steven visualizó ¡a imagen de un maestro de yoga dirigiéndole durante un ejercicio. Steven era cristiano, y aunque sabía lo que era el yoga, nunca había aprendido ni practicado esa disciplina. Llamó a un amigo y le pidió que lo llevara al hospital de inmediato. Durante el cami­no, Steven siguió respirando como le había ordenado la voz y cada vez que cerraba los ojos visualizaba al maestro de yoga.

Steven llegó al hospital semiconsciente. Lo traslada­ron a la sala de urgencias, donde le administraron una in­yección de esferoides. El médico le dijo que había contraído un caso casi terminal de urticaria interna y externa, y que todos los órganos de su cuerpo y la piel estaban hincha­dos. También \n informó de que si no hubiera acudido al hospital, a las pocas horas probablemente habría muerto.

—Yo nunca me había interesado por el yoga, ni por ninguna enseñanza o práctica de la tradición hindú —me explicó Steven posteriormente—. Yo creía que el yoga era un ejercicio físico, no una práctica espiritual. Y jamás pen­sé que la respiración fuera otra cosa que un medio para man­tenernos vivos. Ahora practico el yoga de forma regular, aunque ya no veo al maestro cuando cierro los ojos. Ten­go un maestro «normal», pero todos los días me pregun­to: « ¿Por qué vi a un yoghi? Yo ni siquiera creía en esa tra­dición. ¿Cómo es posible? Jamás olvidaré esa experiencia. Cambió mi vida, más que esto, me la salvó.»

Comprendo que muchas personas se muestren un tanto escépticas ante historias como la de Steven; duran­te un tiempo ni yo misma las creía. Pero me han ocurri­do tantas cosas inexplicables, que mi escepticismo se ha des­vanecido. Uno de los hechos más inverosímiles tuvo como protagonista a una mujer llamada Jenny, déla que yo era amiga desde la escuela. Jenny mantenía una relación tor­mentosa con Mark, un hombre paranoico y peligroso que a la menor contrariedad se ponía a gritar como un pose­so. Era guardia en una prisión local y tenía varias armas de fuego en casa. Aunque nunca llegó a amenazar a Jenny con una pistola, cada vez que estallaba una pelea entre ellos Mark miraba fijamente su colección de armas. Por fin, Jenny decidió romper con él, pero le aterrorizaba tan­to la reacción de Mark que no fue capaz de llevar a cabo su propósito.

Cuando Jenny me invitó a su casa para que conocie­ra a Mark, yo no sabía nada de él, sólo que vivía con ella. Casi desde el momento en que llegué, Mark y yo sentimos una profunda antipatía mutua. Al principio, me lo tomé con sentido del humor, pues jamás me había encontrado con una reacción tan hostil por parte de alguien que no co­nocía. Jenny había invitado también a otra amiga suya, una mujer llamada Barbara, que era policía. Barbara y yo hicimos muy buenas migas, y al despedirme de ella le pedí su dirección y número de teléfono, aunque no tenía una idea concreta de ponerme en contacto con ella. Al mar­charme, abracé a Jenny y le murmuré al oído:

—Las dos debemos rezar para alejarte de este tipo.

Mark me dio la impresión de ser un individuo tan per­turbado que a los pocos días llamé a Jenny y para rogarle que le dejara. De paso, le dije que había cumplido mi prome­sa de rezar por ella, y que estaba convencida de que reci­biría la «gracia» necesaria para romper con Mark. Al cabo de cinco días, cuando me disponía a acostarme, tuve una intensa imagen visual de Jenny, muerta de un disparo. Le telefoneé de inmediato y cuando Jenny atendió la llama­da oí al fondo la voz de Mark gritando desaforadamen­te e insistiendo en que colgara el teléfono. Antes de colgar, Jenny consiguió decir; «Ayúdame.»

Yo saqué enseguida el número de teléfono de Barba­ra y la llamé. Barbara transmitió una llamada de emer­gencia a sus compañeros policías y juntos fueron a casa de Jenny. Al llamar a la puerta y comprobar que nadie abría, la derribaron. Encentaron a Jenny en un rincón, pertre­chada detrás de una silla. Mark empuñaba una pistola y amenazaba con matarla. Por fortuna, los policías lograron reducir a Mark, que fue arrestado y encarcelado. Jenny recogió sus cosas y se instaló unos días en mi casa. Al cabo de un tiempo, conoció a otra persona con quien compar­te una relación de amor y respeto.

Podría decirse que los detalles de esta experiencia —el momento en que conocí a Mark, mi afán de obtener el número de teléfono de Barbara y la promesa que hice a Jenny de rezar para que recibiera la gracia necesaria a fin de resolver esa situación—son meras coincidencias. ¿Pero cuáles son los ingredientes de una coincidencia? Perso­nalmente creo que detrás de esta historia está la energía de la gracia, en particular por el hecho de que aquella no­che visualicé la imagen de mi querida amiga asesinada de un disparo. En aquel instante, recibí instrucciones de sal­var a Jenny, y ahora puedo afirmar que conozco la sensa­ción y el poder de la energía de la gracia.

La gracia también puede considerarse como una ener­gía que nos envuelve como una suave manta cuando nece­sitamos consuelo, y nos infunde la sensación de que sean cua­les fueren los obstáculos que las rodean, éstos desaparecerán en el momento preciso. La gracia es una fuerza irrazona­ble; no tiene en cuenta lo que nosotros consideramos difi­cultades. Tiene el poder de transportarnos más allá de nues­tras facultades y ofrecernos apoyo en el momento en que lo precisamos. Cuando se produzcan esos momentos, pre­gúntese, mientras da gracias por lo que ha recibido, si el poder que propicia la aparición de las personas idóneas o las fuerzas idóneas es la energía de la gracia. Yo creo que sí.

Cada situación en su vida ha sido creada con la ener­gía de la gracia. Preste atención, no sólo a los momentos extraordinarios sino también a los ordinarios, y reconoz­ca que detrás de esos acontecimientos se encuentra la ener­gía divina. A menudo nos resulta tan difícil tener fe en lo que experimentamos como creer en una fuerza invisible.

Utilice imágenes sagradas

Varios alumnos me han dicho que aprender a visua­lizar la estructura interna de sus cuerpos físicos no les re­sultaba tan difícil como aprender a visualizar sus cuerpos energéticos. Si usted utiliza las imágenes sagradas de los chakras, el Árbol de la Vida, y los siete sacramentos, sus visualizaciones de energía espiritual le parecerán más tan­gibles y eficaces. Debido a que el proceso de visualizarlos chakras es muy complejo y valioso, he dedicado los capí­tulos 7 y 8 a los chakras, y a la conexión entre ellos y los sacramentos cristianos.

Pero existen muchas formas de utilizar imágenes sa­gradas. Un alcohólico en vías de recuperación llamado Gary vino a verme para confesarme que había vuelto a beber. Era conductor de camiones y, pese a las muchas horas que pasaba al volante, disponía de tiempo suficien­te para irse de copas. «No dejan de crucificarme», se la­mentó, mientras me explicaba que las críticas de los de­más por adicción a la bebida le llevaban a beber más. Se me ocurrió proponerle que utilizara unas imágenes sa­gradas. Le pregunté si se identificaba con la crucifixión, pero él insistió en que era simplemente una forma de ex­presarse. Yo le comenté el significado arquetípico de la crucifixión: chivo expiatorio de los pecados de los demás, como sin duda se consideraba él. Luego le pedí que ima­ginara la cruz con los chakras dispuestos de arriba abajo sobre el madero vertical, y le expliqué que se podía comba­tir su adicción abandonando la cruz y dejando que cruci­ficaran a su alcoholismo en lugar de a él.

Gary respondió a mis propuestas de forma muy po­sitiva. No sólo visualizó la cruz con los chakras, sino que en un crucifijo dibujó siete marcas que representaban los chakras. Llevaba el crucifijo debajo de la ropa, pero a ve­ces lo sacaba y tocaba, por ejemplo, el primer chakra al mis­mo tiempo que decía: «Ésta es la energía del primer cha­kra. Deseo renovar mi vida. Quiero volverme a bautizar y deshacerme del poder del alcohol.» Cuando tocaba el segundo chakra, se imaginaba comulgando con Dios y aceptando su gracia para abandonar la cruz. En términos del Árbol de la Vida, Gary consideraba la comunión como el elemento que le devolvía el poder masculino y la sen­sación de virilidad que había perdido debido a su adicción a la bebida.

Gary necesitaba un objeto físico que pudiera tocar, la visualización no habría bastado. Cada vez que se sentía tentado de tomarse una copa, sostenía el crucifijo en sus manos y rezaba para que le diera fuerzas.

Tanto si usted utiliza la visualización u objetos tangi­bles, las imágenes sagradas constituyen una forma de sen­tirse vinculado al cielo. La historia de la espiritualidad hu­mana está repleta de imágenes de lo Divino y numerosos santos, ángeles y espíritus. Muchos católicos creen que san Judas es el santo patrón de «los imposibles y le re­zan cuando atraviesan circunstancias críticas, como una en­fermedad física aparentemente incurable. Los milagros atribuidos a la fe en un santo no son simples leyendas po­pulares; muchos han sido confirmados por los doctores de la Iglesia más escépticos.

Debemos considerar las imágenes sagradas como un medio por el cual nuestros cinco sentidos establecen un vínculo tangible con lo Divino. El ver o visualizar cons­tituye una necesidad humana básica, puesto que nos re­sulta difícil tomar conciencia de algo que no percibimos. Esa conexión física no es tanto una cuestión de fe sino un modo de sentir un vínculo íntimo con Dios. Muchos bu­distas, que no creen en un Ser Supremo como tal, vene­ran imágenes no sólo de Buda sino de centenares de bodhisattvas celestiales y terrenales, y de espíritus femeninos llamados dakinis. Los judíos y los musulmanes, cuya reli­gión les prohíbe utilizar imágenes de Dios, utilizan re­presentaciones caligráficas de sílabas sagradas y testos para estimular su devoción. Dada la inmensidad del uni­verso, usted puede obtener un gran consuelo de ese vín­culo personal con Dios, que le recuerda que cada oración es atendida y cada pensamiento registrado.

Si usted tiene una imagen favorita de Dios, un santo personal o un maestro espiritual a quien reverencia, como Ramana MaharsM, Peina Chodron o el Dalai Lama, llé­vela siempre consigo. Aunque no puede transportar su al­tar o espacio sagrado, puede portar una pequeña imagen que le recuerde que jamás está solo. Necesitamos ese ni­vel de consuelo y confianza, no sólo para sanar el cuerpo sino para conservar mies tro autodominio cuando tema­mos ser presa de los temores y las angustias de la vida co­tí diana.

Aprenda algo nuevo cada día

Existe un gran poder en aprender algo nuevo cada día. Aprender activa la pasión, y la pasión es poder; de he­cho, la pasión es una cié las formas más potentes de ener­gía que podemos generar dentro de nuestro cuerpo. La pa­sión nos conecta con la vida, nos da un motivo para aguardar el mañana con entusiasmo.

Un amigo mío se aficionó a la cocina cuando tuvo que seguir una dieta especial. Asimismo, cocinar le proporcio­naba una razón para invitar ¡i sus amigos y familiares a co­mer en su casa periódicamente. Estos acudían para ver cómo mi amigo celebraba la vida que creaba en su cocina, y él utilizaba el tiempo de «creación» que dedicaba a preparar sus platos como una metáfora sanadora para su cuerpo. Una mu­jer que yo conocía se apasionó por la jardinería porque le encantaba cultivar plantas que le proporcionaban alimen­to y flores que llenaba su casa de gratas fragancias.

Al igual que la meditación, desarrollar y practicar una pasión constituye en sí misma una recompensa, aparte de los numerosos y valiosos «efectos secundarios»- Ni si­quiera imaginamos dónde pueden llevarnos nuestras pa­siones ni qué beneficios puede reportarnos seguir el im­pulso de nuestro corazón y nuestros deseos. En un libro titulado Jvurney, Robert y Suzanne Massie relatan la historia de cómo criaron a su hijo Eobby, que padecía he­mofilia. Los Massie, una pareja joven, tuvieron que ins­truirse ellos mismos y a su hijo sobre la hemofilia, y con­cienciar a sus, familiar es, a los maestros del niño e incluso a profesionales sanitarios acerca de esta enfermedad. Los Massie relatan sin ambages los esfuerzos que realizaron para ofrecer a su hijo los mejores cuidados desde finales de los años cincuenta hasta principio de los setenta, cuan­do la medicina moderna comenzaba a comprender cómo tratar las severas, dolorosas y peligrosas hemorragias que se producen en el interior de las articulaciones y los mús­culos de un hemofílico.

Durante su infancia, Bobby no pudo jugar ni partici­par en las actividades infantiles habituales porque no po­día correr el riesgo de herirse. Con frecuencia los médi­cos tuvieron que enyesarle las piernas o los brazos a causa de las hemorragias, lo cual representaba otro obstáculo para que Bobby se relacionara normalmente con otros niños. En ocasiones no asistía a la escuela durante semanas por­que sus hemorragias requerían cuidados especiales, y esto le hacía sentirse aislado. La situación generaba una gran tensión no sólo a él, sino también a sus padres y sus her­manos.

Suzanne describe el dolor que sentía al asistir al cons­tante tormento de Bobby como un dolor casi insoporta­ble, que la condujo a una crisis espiritual. Suzanne relata la noche oscura del alma durante la cual rezó a Dios pi­diéndole ayuda y fuerza para hacer frente a los sufrimientos de Bobby. Al cabo de un tiempo, gracias a la oración y a su empeño en seguir adelante, Suzanne adquirió renova­das fuerzas y aprendí ó a tener paciencia ante la situación que el destino les había deparado a ella, a Bobby y al res­to de la familia. Es una historia de admirable compasión, extraordinaria percepción y profundo crecimiento espi­ritual.

Un día, una de las rodillas de Bobby se hinchó mucho a causa de una hemorragia en el interior de la articula­ción. El dolor era tan intenso que el niño comenzó a de­lirar. Bobby no soportaba siquiera el peso de una sábana sobre su pierna y mucho menos que le tocaran. Suzanne permaneció en vela junto al lecho de su hijo tres días y tres noches, durante los cuales la hemorragia no cesó. En la tercera noche de aquel angustioso episodio, Suzanne, pese a estar agotada, sintió un impulso urgente de probar algo nuevo. Decidió seguir su impulso y convenció a Bobby de que se colocara en una postura que, de alguna manera ella sabía, le aliviaría el espantoso dolor. Después de ayu­darle a moverse, Suzanne colocó unos cojines alrededor de su pierna y le distrajo hablándole sobre el reciente via­je espacial a la luna. De este modo, madre e hijo lograron romper durante unos minutos el total dominio que el do­lor ejercía sobre Bobby.

Mientras Suzanne trataba de preparar a Bobby para que conciliara el sueño, rezó a Dios para que la ayudara. De pronto sintió como si una fuerza divina le ordenara que apoyara la mano en la rodilla de Bobby. Suzanne se resis­tió durante unos instantes, temiendo causar un mayor daño a Bobby, pero percibió de nuevo la orden de apoyar la mano en la rodilla de su hijo. Poco a poco, Suzanne acercó la mano a la rodilla y la coco durante unos segun­dos. Bobby se relajó y se quedó dormido, y Suzanne ex­perimentó una grata sensación de paz, convencida de que aquel terrible episodio había concluido.

Con el fin de paliarla angustia que le producía el cons­tante sufrimiento físico y emocional de su hijo, Suzanne decidió hacer algo que la distrajera; un ejercicio o una dis­ciplina mental que la mantuviera ocupada en otro tema. En su libro, relata que una voz ulterior le indicó que es­tudiara ruso, dada su pasión por la música y los bailes ru­sos. Mientras aprendía esa lengua, Suzanne se dedicó a estudiar la historia rusa y leyó numerosos artículos sobre los Romanov, la última familia real que gobernó Rusia antes de la revolución de 1917. Los Rotnanov tuvieron cin­co hijos, uno de los cuales, un varón llamado Alexis, era hemofílico, aunque su condición era menos severa que la de Bobby. Robert Massie, que en aquella época ejercía el periodismo, se sintió tan fascinado por los Romanov que escribió un artículo sobre el zarevich Alexis, Dado el in­terés que le inspiraban la historia rusa y los Romanov, Suzanne le aconsejó que escribiera un libro sobre el tema.

A medida que transcurrieron los años, Bobby aprendió a valerse por sí mismo y a hacer frente a su enfermedad de forma positiva. En una sección de Journey, escribe que aprendió mucho sobre sí mismo a través de su enfermedad. El afán de los Massie por informarse de todo lo relativo a la hemofilia propició su pasión por la historia y la cultura rusas, y llevó a Robert a investigar la historia de los Roma­nov y a escribir el bestseller Nicolás y Alejandra, con la va­liosa colaboración de su esposa Suzanne. Robert afirma que Suzanne y el estaban convencidos de que, como padres de un hemofílico, estaban predestinados a escribir un libro es­pecial, cuyo éxito resolvió los apuros económicos de la fa­milia. Gracias a su empeño en afrontar de modo positivo la enfermedad de Bobby, los Massie descubrieron sus dores como escritores, que a su vez se convirtieron en su regalo al mundo.

Recuerde, lo importante es cultivar una pasión, la que sea. Búsquela. Póngala en práctica.

Cree un nuevo vocabulario

Ya he comentado el peligro de vivir sumido en lo que yo denomino herida logia. Aunque es normal que desee ex­presar a otros el dolor y el temor que una enfermedad le provoca, evite caer en la tentación de hablar constante­mente de su sufrimiento.

A tal fin, le recomiendo crear un nuevo vocabulario que describa su condición en términos optimistas, sana­dores o espirituales. Por ejemplo, puede referirse a su en­fermedad como «un viaje espiritual hacia una parte des­conocida de mi mismo». Una mujer que conocí se refería a sil enfermedad como «una amiga que ha venido a ense­ñarme grandes verdades». Calificar de «amiga» a su en­fermedad contribuyó a reducir sus temores, pues jamás ha­bía tenido un amigo que le inspirara temor. Esta mujer asociaba a sus amigos con el amor, la alegría y la lealtad, y al considerar su dolencia como a una amiga, tenía la sen­sación de comunicarse con ella, listaba convencida de que su enfermedad la abandonaría cuando se hubiera cumpli­do el tiempo que debían permanecer juntas, y así fue. Cuando se curó, esta mujer organizó un rito de despedi­da para su amiga, un excelente antídoto a la tentación de caer en la herida logia, que recomiendo con entusiasmo.

El propósito de crear un vocabulario positivo para describir su situación es ayudarle a «superar su enferme­dad». Es preciso que se sienta más grande y más podero­so que la enfermedad de su cuerpo. Recuérdese constan­temente que cuenta con numerosos y valiosos elementos sanadores dentro, en su interior: amor, esperanza, fe. To­dos ellos son unos potentes aliados.

Escriba sobre su vida como si se tratara de un viaje, en una historia titulada «Mi biografía se convierte en mi bio­logía». Relate las maravillosas experiencias que ha vivido. No busque sólo los momentos de tristeza que puedan ha­ber contribuido a desencadenar su enfermedad o crisis vi­tal. Los momentos positivos potencian su salud, de modo que le conviene utilizarlos. Escriba sobre las relaciones pasadas y presentes que le produjeron una intensa satis­facción. Evoque ¡as épocas divertidas. Recréese recor­dando los momentos que le hicieron sentirse enamorado de la vida y agradecido de estar vivo.

Pida a sus amigos y allegados que le ayuden a crear un vocabulario positivo para describir lo que está experimentando. Un hombre describió su viaje cotidiano como «entrar en el pozo». Observe que ese hombre había esta­blecido cierta distancia utilizando la palabra <sel» en lugar de «mi» al referirse al pozo. Esa frase contenía para él un doble significado: el pozo representaba su pugna cotidia­na por descifrar sus emociones y a la vez le recordaba que debía concentrar toda su energía en recuperar la salud. Otros escriben versos poéticos que repiten varias ve­ces al día. Algunos incluso escriben versos dedicados a sus obras musicales preferidas. Lo importante es que usted ha­lle las palabras que le ayuden a distanciarse de su enferme­dad y le infundan poder. Recuerde que debe considerarse más grande que su enfermedad y hacerse más grande que la experiencia de la enfermedad. Considere su enfermedad en términos de una o dos palabras a lo sumo y luego ima­gine que usted es el editor de su enfermedad, capacitado para reescribir o borrar esas palabras de su mente, su corazón y su espíritu.

Revise a diario dónde ha conectado sus circuitos

Adopte la costumbre cotidiana de tomar nota de dón­de ha invertido su energía. Preste atención a cualquier sensación que le indique que su cuerpo está perdiendo energía, y analice los motivos. SÍ su energía se dirige ha­cia un objetivo que consume los recursos energéticos de su cuerpo, procure reorientarla hacia objetivos más posi­tivos. Preste atención y aprenda a sentir el flujo de ener­gía que entra y sale de su cuerpo. Ya conoce la sensación de una merma de energía cuando está furioso o atemori­zado, la sensación de debilidad que experimenta en el acto. Algunas personas experimentan un intenso dolor de ca­beza o de espalda. Interprete cualquier síntoma físico como una señal de que está perdiendo energía.

Como medida preventiva, dirija a diario sus circuitos de energía hacia objetivos positivos que le ayuden a sen­tirse rebosante de poder y de luz. Una persona que conozco visualiza sus circuitos conectados a las efigies de Jesús y de María que se hallan en la iglesia a la que asiste. «Conec­tarse» con esas imágenes cada mañana y cada noche le hace sentirse conscientemente vinculada a la energía di­vina. Otras personas visualizan sus circuitos energéticos conectados con el poder del Sol y otros sistemas de la na­turaleza que emanan una fuerza vi tal infinita y que repre­sentan el apoyo constante que nos brinda la naturaleza.

Otro sistema eficaz para conectar o desconectar sus circuitos es utilizar la respiración. Cuando inspire aire, imagine que está recuperando la energía que le ha arre­batado algún elemento perjudicial. Conecte su energía al inhalar, aspirando su propia energía y poder. Cuando se disponga a exhalar el aire, visualice un símbolo de fuerza y poder. Concéntrese en el símbolo, exhale el aire y libe­re su energía con estas palabras: «Formo parte de la ener­gía de este símbolo de fuerza y poder. Ruego que esta energía penetre constantemente en mi organismo.» Cuan­do se haya conectado con un símbolo que para usted re­presente poder, la energía penetrará continuamente en su cuerpo.

Practique la gratitud siempre que se sienta abrumado

Es fácil sentirse confundido por la gran cantidad de sugerencias para su curación que se le ofrecen. Cuando haya realizado sus prácticas de meditación, sus tratamientos terapéuticos y sus ejercicios cotidianos, quizá tenga la sen­sación de haberse quedado sin energía y sin luz diurna. Lo cierto es que no resulta tan agobiante como parece.

Las actitudes positivas, junto con las Tres Columnas de Percepción, acaban convirtiéndose en una costumbre, en lugar de ser un esfuerzo. Seguir una dieta adecuada no significa que no coma varias veces al día, la única dife­rencia estriba en lo que ingiere. Llevar un di ario puede re­presentar un nuevo ejercicio en si¡ vida, de modo que es­criba en él una vez a la semana, o más a menudo si disfruta con ello. Ante todo, procure no dejarse atemorizar por su enfermedad y halle nuevos métodos destinados a mante­ner una actitud positiva.

Pocas prácticas son tan relajantes para nuestro espí­ritu como la gratitud. El sentirse agradecido por todo lo que la vida nos ha dado y sigue dándonos hace sentirnos renovados. Convierta la gratitud en una práctica regular. No busque una sola e importante razón para sentirse agra­decido. Aprenda a contemplar su vida a través de un tele­objetivo que le permita observar todos los detalles.

Por último, en su esfuerzo por apreciar todo cuanto contiene su vida, incluyase a sí mismo. Regálese tiempo; tiempo para conocerse mejor y tiempo para amar y esti­mar a quienes forman parte de su vida. Concédase algu­nos caprichos que siempre deseó pero nunca se concedió. Explore nuevos Territorios.

Sin duda, el proceso de curación es un viaje solita­rio. Pocos de los obstáculos con que se topará en el cami­no atentarán contra su vida, pero una enfermedad puede ser mortal. Las experiencias psicológicas y espiritualmente devastadoras, como la pérdida de un hijo o un divorcio do­loroso, pueden ser tan peligrosas como una enfermedad; en algunos casos, la angustia que generan puede desembocar en graves trastornos físicos e incluso en el suicidio. Dedíquese con constancia a la labor de recuperar su salud men­tal y física. No deje que las limitaciones que experimenta hoy influyan en lo que pueda conseguir mañana.

Todo es posible, y el cielo siempre escucha.

7 Visualizar los chakras

 

Como hemos visto, el cuerpo físico posee siete niveles de poder interior. Cada nivel de poder no sólo correspon­de a un sistema físico dentro del cuerpo sino que también está relacionado con cuestiones externas e internas que for­man parte de nuestra vida. Este concepto del cuerpo es muy antiguo. Las enseñanzas y escrituras de las tradiciones es­pirituales budistas, hindúes, hebreas y cristianas hacen re­ferencia a los siete niveles sagrados de poder que contienen y administran la fuerza vital que fluye a través del cuerpo. El simbolismo de ios chakras, el Árbol de la Vida de la ca­bala judíay los siete sacramentos cristianos representan un mapa interior, un proceso de maduración espiritual que puede conducirnos de la mente inconsciente a la consciente, y de ahí a la mente superconsciente.

Los siete niveles de nuestro cuerpo energético regis­tran hasta los detalles más nimios de nuestra vida y de la forma en que distribuimos nuestra fuerza vital. Este archivo íntimo nos ayuda a investigar nuestra energía vital de for­ma consciente, a utilizarla de modo que alimente el espí­ritu en lugar de debilitarlo. Evolucionamos espiritual-mente aprendiendo las lecciones de cada nivel de poder y desarrollando unas cualidades cada vez más perfecciona­das de autoconocimiento y discernimiento.

Un buen sistema para familiarizarse con esos siete ni­veles de poder es visualizar activamente la energía que contiene cada uno de los chakras. Las visualiza dones in­dicadas en este capítulo le ayudarán a conectar con sus siete centros de poder y harán que esas energías le resul­ten más reales y útiles. No sólo utilizaron las imágenes orientales de los chakras, sino las imágenes occidentales de los sacramentos cristianos y los sefirot del Árbol de la Vida de la tradición cabalística judía. Es aconsejable que visualice los chakras, los sacramentos y los sefirot actuando de forma conjunta para crear la energía de un Riego sanador.

En todas las tradiciones espirituales, el fuego consti­tuye una fuerza que purifica el cuerpo. Quema las enfer­medades, la corrupción y las influencias negativas. Al uti­lizar la imagen del fuego sanador y las i imágenes que usted mismo conciba, logrará catalizar la sanación a todos los ni­veles de su ser: físico, emocional y espiritual.

Cuando visualice la unión de los chakras, los sacra­mentos y el Árbol de la Vida, tenga presente que no siem­pre obtendrá unas imágenes nítidas, en ocasiones no verá ninguna imagen. A veces sus visualizaciones le parecerán borrosas o huidizas. No se desanime: el elemento más im­portante de esta labor es realizarla de forma disciplinada e incorporar a esa disciplina una fe y una confianza au­ténticamente eficaces. Trate de dar forma a lo invisible, y confíe en que el mundo invisible actúa conjuntamente con el mundo físico. Al convertir la práctica de visualizar en un ejercicio natural y habitual de su conciencia psí­quica, permitirá que el fuego sanador actúe dentro de su cuerpo aunque usted no se percate de ello. Una vez en­cendido, ese fuego pasará a formar parte de su incons­ciente. Emergerá en sus sueños e intuiciones y le infun­dirá poder vital.

Le recomiendo que grabe en un magnetófono las vi­sualizaciones indicadas después del comentario de cada chackra. Luego puede poner la cinta y seguir las visualizacio­nes con los ojos cerrados, sin dejar de concentrarse en sus energías internas.

EL PRIMER CHAKRA

El primer chackra es el centro tribal de nuestro cuer­po. Según la tradición hindú, se llama Muladhara, que en sánscrito significa «soporte fundamental o de raíz». El bu­dismo reconoce este centro como el punto de conexión con la tierra. A través de este chackra, situado en la base de la columna vertebral, fluyen las raíces del Árbol de la Vida cabalístico, que en hebreo se denomina Shekhinah. Y se­gún la tradición cristiana, este centro está representado simbólicamente por el sacramento del bautismo. Aunque cada una de esas tradiciones utiliza distintas palabras para referirse al poder de este centro, todas se refieren a la mis­ma calidad de energía, considerada femenina, que simbo­liza la tierra. Si es usted capaz de imaginar las diversas for­mas de describir esta energía como una sola fuerza unida, empezará a comprenderla naturaleza del poder del primer chakra.

La energía de nuestro primer chakra nos proporcio­na estabilidad, nos ayuda a sentir que formamos parte del vasto universo de 1 a vida pero que a la vez nos hallamos in­disolublemente conectados a su dimensión física. Como esta energía está directamente enraizada en la vida física, ya que alimenta y es alimentada por esa conexión, se con­sidera una fuerza femenina. Podemos interpretar esta fuerza como nuestro vínculo con la energía de la propia tierra. Como seres energéticos, es esencial para nuestra sa­lud que mantengamos una conexión fuerte y positiva con la energía de este chakra. Nuestro cuerpo físico produce corrientes eléctricas que nos conectan con los sistemas de la vida física de la tierra y por medio de los cuales prospe­ramos.

Cuando no reconocemos esta conexión o cuando no la respetamos, experimentamos el lado oscuro del primer chakra. Perdemos estabilidad, nos resulta difícil manifes­tarnos en el mundo físico, no conseguimos que las cosas se resuelvan como deseamos, nuestros esfuerzos creativos se ven bloqueados y frustrados. Toda forma de vida re­quiere mantener una conexión con el campo magnético de la tierra. Si obstaculizamos nuestras conexiones vita­les impedimos que fluya a través de nuestros sistemas la energía necesaria para desarrollar una vida plena y eficaz, para realizar actos de conexión física y creación.

Otro aspecto del lado oscuro del primer chakra es la incapacidad de hallar un lugar en la tierra en el que nos sin­tamos «en casa». Las personas que no tienen una cone­xión consciente con el primer chakra a menudo encuen­tran que visitan hermosos lugares, pero ninguno les atrae lo suficiente para hacerles desear establecerse en él. Ansiasn hallar un lugar donde residir y una comunidad a la que pertenecer; aunque acaben afincándose en un determi­nado lugar, siempre tienen la sensación de que su cone­xión con ese lugar es incompleta.

Asimismo, una enfermedad produce, con frecuencia, la sensación de que perdemos contacto con nuestro mun­do físico, que nos hemos distanciado de la parte más ínti­ma de nuestra vida personal. Desde el punto de vista de la medicina energética, esa sensación representa una des­conexión de la energía de las raíces de la vida, o el primer chakra. Esta desconexión provoca una percepción im­precisa del mundo que nos rodea. La pasión que usted siente por las alegrías de su medio físico disminuye. Qui­zá se sienta aislado y perdido. Pero si se concentra en la energía de su chakra fundamental, logrará reconectarse con su energía y hacer que ésta fluya de nuevo hacia su vida.

El primer chakra: encender el fuego

Concéntrese en Shekhinah —la energía creativa feme­nina de su vida—y Muladhara, la raíz de su vida. Visuali­ce lo que son esas raíces; vea lo que le anima, en qué se ha lian plantadas sus raíces; qué le proporciona alimento. Vi­sualice sus circuitos de energía tomando contacto con todo lo que le es importante y valioso en su medio físico: su casa o lugar de residencia, su pareja, sus amigos, sus pa­rientes, su trabajo, sus posesiones y pasatiempos favoritos. Sienta esa conexión con todos sus sentidos, dirija su ener­gía fuera de su organismo y conéctela a todo cuanto usted tiene en su mente y en su corazón, y recárguela con este contacto. Sienta cómo le invade el poder de esas fuerzas positivas, esos tesoros energéticos.

Ahora concentre su atención en el significado sim­bólico del sacramento del bautismo: la celebración de aceptar con gratitud cada aspecto de su vida y a codos los seres que forman parte de ella. Imagínese como si hubie­ra renacido. Sienta la fuerza vital retornando a usted mien­tras repite: «Estoy conectado con todo cuanto constitu­ye mi vida. Me invade la energía de la gratitud, y dejo que esa energía fluya con toda su fuerza a través de mi cuerpo físico y espiritual.»

EL SEGUNDO CHAKKA

Su segundo chakra o centro energético se llama Svadisthana, que significa «su morada especial (femenina)» en la tradición hindú, y Yésod en la tradición hebrea. Se­gún la tradición cristiana, representa el sacramento de la eucaristía. En la tradición cabalística, este centro se con­sidera masculino y simboliza la energía física esencial para la creación. Pero también puede ser femenina puesto que constituye el centro de la creación de la vicia; ambas ener­gías, la masculina y la femenina, son imprescindibles para la creación de la vida física. Nosotros damos y recibimos la fuerza vital tangible del segundo chakra a través de la sexualidad. Este centro está localizado en las zonas sexua­les del cuerpo.

Al igual que el primer chafara, este centro de energía constituye un bastión magnético. Sin embargo, en lugar de mantenernos arraigados a nuestra tribu, sirve para generar atracción entre nosotros y los demás. Nos relacionamos di­rectamente con esta energía al encontrar amigos, compañeros sentimentales y también adversarios. El segundo chakra constituye el centro de nuestra naturaleza instintiva. Acti­va nuestro deseo sexual, nos previene sobre peligros que no percibimos físicamente y, en caso necesario, nos propor­ciona una fuerza física que supera la habitual. Por estos mo­tivos, el segundo chakra podría considerarse como nuestro centro de supervivencia. Genera vida física y la protege.

El lado oscuro del segundo chakra se desarrolla cuan­do nos invaden sentimientos de agresividad, hostilidad, venganza o avaricia; o cuando insistimos continuamente en el recuerdo de una traición, violencia física o abuso se­xual. Este estado anímico produce varias disfunciones, en­tre ellas la impotencia, tanto la sexual como la incapacidad de generar el magnetismo de creatividad necesario en nues­tras relaciones personales. No podemos mantener un vín­culo vibrante con las personas a las que nos une una rela­ción personal, porque perdemos energía a más velocidad que la recuperamos a causa de nuestra obsesión con pensa­mientos negativos.

El segundo chakra: encender el fuego

Concéntrese en primer lugar en la energía de Yésod, en su propia fuerza creativa. Despierte en su mente, corazón y espíritu imágenes de lo que ha creado en su vida, y, a continuación, genere imágenes de lo que desea crear. Vi­sualice los circuitos de su energía fluyendo desde su se­gundo chakra hacia las imágenes de todo cuanto desea crear, contemple cómo emana la vida desde su cuerpo ener­gético y luego concéntrese en la naturaleza de Svadisthana.

Mientras realiza esta visualización, repita la frase: «Soy un recipiente de creación. Estoy magnéticamente vivo, y soy capaz cíe crear vida.»

Ahora concéntrese en el sacramento de la eucaristía, que representa su vínculo con las numerosas relaciones de su vida. La eucaristía simboliza la realización de que cada persona en su vida, al margen de la calidad de la relación que mantenga con ella, desempeña un papel ordenado por lo Divino. Centre su atención en las relaciones que usted considera negativas, e imagínese desconectando sus cir­cuitos energéticos de estas relaciones. No permita que su incapacidad de comprender cómo esa persona pudo haber aportado algo positivo a su vida le disuada de su empeño; trabaje en ello por difícil que le resulte, hasta conseguir ha­cerlo con facilidad y sincera gratitud. Diga a cada persona que se siente agradecido por el papel que ha desempeña­do en su vida y usted en I a suya. Luego sienta o imagine sus circuitos energéticos regresando a su ser y sellando su se­gundo chakra, para impedir que se disipe más energía.

Cuando haya completado esa parte del ejercicio, cen­tre su atención en las relaciones positivas de su vida, dejan­do que el amor llene su segundo chakra con una brillante luz. Dirija sus circuitos energéticos hacia esas personas, enviándoles su amor e imaginando una unión entre usted y ellas. De nuevo, repita la frase; «Soy un recipiente de creación. Estoy magnéticamente vivo, y soy capaz de crear vida.» Este es el profundo significado simbólico del sacramento de la eucaristía.

El, TERCER CHAKRA

Según la tradición hebrea, el tercer centro de energía contiene dos fuerzas esenciales para nuestro espíritu: Hod, que representa integridad y majestad, y Nétzaj, símbolo de la capacidad de resistencia. Según la tradición hindú, esta energía se presenta como Manipura, que significa «ciudad de la Joya resplandeciente», y según la tradición cristiana está relacionado con el sacramento de la confir­mación. Todas estas descripciones aluden a unos poderes espirituales esenciales: la autoestima, el respeto por uno mismo y la integridad.

El respeto por uno mismo es necesario para sanar. Su falta, o un carácter deshonesto, constituyen de por sí una enfermedad. Cuando carecemos de las cualidades espiri­tuales fundamentales de resistencia, integridad, honor y autoestima, ia sanación del cuerpo físico se convierte en un doble desafío.

Es fácil darnos cuenta de que estamos penetrando en el lado oscuro del tercer chakra: se manifiesta como vergüen­za, inferioridad, incompetencia y temor de los demás. Los sentimientos negativos consumen la energía que precisa­mos para sanar. Piense en los elementos que socavan su resistencia y su integridad; por dónde se disipa su energía. La integridad no es sólo la forma en que usted se comporta con los demás, sino también 3a forma en que se comporta con­sigo mismo. ¿Es capaz de comprometerse a algo consigo mismo y mantener ese compromiso con integridad? ¿Pue­de prometerse modi ficar sus hábitos personales de conduc­ta (una disciplina asociada con el tercer chakra) y cumplir su promesa? A fin de reforzar su resistencia, ¿es capaz de com­prometerse a cambiar su estilo de vida y soportar los con­tratiempos de ese nuevo camino? ¿Puede mirarse a sí mis­mo y sentirse orgulloso de su propio código de honor?

El tercer chacra, a diferencia de los otros chacras que desempeñan un papel vital en la sanación, contiene la ener­gía para perseverar, el poder de resistir el viaje. El com­promiso consigo mismo de recorrer ese camino constitu­ye la base ciel proceso de curación. Este compromiso le otorga la capacidad de resistir aquello que, al parecer, está más allá de sus límites psicológicos, emocionales y físicos. Como una cuestión de honor espiritual y respeto a sí mismo, su compromiso a curarse refleja su consideración por la naturaleza sacrosanta de su vida. El cumplir ese com­promiso —día a día y hora a hora, activ a y pasivamente, en sus sueños y en sus pensamientos— genera ana intensa au­toestima y potencia el conocimiento de sí mismo.

El tercer chackra: encender el fuego

Piense en lo que necesita hacer para sanar física, emocional y espiritualmente. Concéntrese en su tercer chakra. Sienta el mensaje que le transmite. ¿A qué necesita re­nunciar? ¿Qué necesita conservar? ¿Cómo incidirá su re­nuncia a ciertas cosas y la conservación de otras en su cu­ración?

Comprométase a hacer todo cuanto sea necesario para regenerar su cuerpo físico, emocional y psíquico. Las pro­mesas más importantes son aquellas que hace a su espíri­tu. Su espíritu necesita esperanza, inspiración, oración y la energía del perdón. Prometa a su espíritu que vivirá en el tiempo presente para alimentarlo a él y a usted mismo. Rece todos los días. Mientras reza, traiga su espíritu de vuel­ta del pasado. Deje atrás los recuerdos y los lugares que debió haber abandonado hace tiempo, aunque ese «hace tiempo» sea hoy mismo.

Formule su promesa de sanar tanto en términos ge­nerales como específicos, y escríbala para que le ayude a darse cuenta de lo que debe hacer: «Prometo vivir y per­manecer en el presente en todo momento. Esto significa dejar a un lado cualquier ofensa o problema entre mi pa­reja y yo, o mis hijos y yo. Dejaré de trabajar en exceso y dedicaré tiempo a mi nuevo régimen de ejercicios y nu­trición. Meditaré dos veces al día, y me esforzaré en ex­presarme y obrar de modo adecuado hacia mí mismo y los demás.» Piense en todo cuanto quiere y debe hacer para sanar.

Cuando escriba su compromiso, le resultará muy útil imaginar el tercer chalcra tal como lo describe la tradición hindú: «la ciudad de la joya resplandeciente». Imagine que cada promesa que realiza es una joya en una corona, y que esa corona representa la esencia del poder divino que aporta fuerza vi tal a su espíritu y a su cuerpo. Dada la di­ficultad que supone mantener un compromiso de esta magnitud, le recomiendo que lleve siempre consigo una copia de ese compromiso, para, si siente que su resolu­ción flaquea, tocarlo y recordar que debe permanecer en el presente. En esos momentos repita esta invocación: «Estoy lleno de 1 a en ergia de la resistencia y el honor. Mis pensamientos y palabras poseen el poder de la creación.» Y recuerde siempre que su compromiso, si lo hace con integridad, le transmitirá poder constantemente, aunque usted no se percate de ello.

EL CUARTO CHAKRA

El término hebreo para describir el cuarto centro energético es Tiféret, que simboliza la energía de la armonía y la belleza. Su nombre hindú es Anahata, que significa «no estancado o no emitido» (que fluye con la energía pura de la creación). Según la tradición cristiana, este centro se co­rresponde con el sacramento del matrimonio, que, evi­dentemente, simboliza el matrimonio con otra persona, pero a la vez la unión interna del cuerpo, la mente y el es­píritu en el individuo. Es el centro energético situado en la mitad del cuerpo, entre los tres chacras inferiores y los tres superiores. Es a través del corazón que la mente ca­naliza las acciones que supervisa, y es el corazón el que inedia con compasión y discernimiento entre los sentimientos primarios e instintivos y las energías y las accio­nes gobernadas por los chakras relacionados con lo físi­co. La energía del centro del corazón nos eleva del mundo físico y nos permite tomar contacto con nuestro mundo interior, en particular con Ja forma en que concebimos el amor.

Es prácticamente imposible confundir la energía del verdadero amor, nuestra conexión más pura con la fuer­za vital. Es la fuerza más poderosa que fluye a través de no­sotros. Todos nos damos cuenta cuando no nos sentimos amados tanto si se debe a haber perdido a la persona ama­da o porque una relación no nos llena. Esta carencia nos causa una extraordinaria pérdida de energía.

El amor egoísta y posesivo provoca también una gran pérdida de energía. Cuando no amamos de forma incondicional, impedimos el libre curso de esta preciosa emoción que se contiene en el significado simbólico de Anahata, «no estancado». El lado oscuro del amor y de su energía se manifiesta como amargura, celos e incapaci­dad de perdonar. Estas oscuras emociones también in­terfieren en nuestra capacidad de amar y respetarnos a nosotros mismos. Impiden un matrimonio simbólico de nuestras energías interiores y eso nos permite compro­meternos a amar, honrar y proteger nuestra energía emo­cional.

La curación precisa la energía del amor, en especial del amor y el respeto hacia uno mismo. Asimismo, se be­neficia del poder del amor hacia la vida, la naturaleza, nuestra creatividad y lo Divino. Por supuesto, no pode­mos obligarnos a amar a alguien o algo, como tampoco po­demos hacer que aparezca en nuestra vida la persona que nos proporcionará esa energía. Pero podemos rezar para recibir el amor divino, para abrir nuestro corazón a los demás y para tratarnos a nosotros mismos con amor y compasión.

Desarrolle un rito personal que fomente su amor y res­peto hacia sí mismo. Maga todos los días algo que le sa­tisfaga y le proporcione placer. Utilice unas casetes de meditación, música suave, yoga o masajes que le relajen y le ayuden a sentirse en armonía con su espíritu. Si nece­sita la ayuda de un terapeuta o un guía espiritual, no dude en recurrir a ella.

El cuarto chakra: encender el fuego

Siempre existe un camino que conduce hacia uno mis­mo. Haga algo que siempre deseó hacer pero que ha ido aplazando por los motivos que sean. Lea poesías que le aporten fuerza e inspiración. Dedíquese a pintar, esculpir, tocar un instrumento musical, trabajar e! barro o bailar. Escuche música que le infunda una sensación de paz. Via­je a algún lugar que siempre deseó visitar. Adquiera la mascota que siempre quiso pero para la que nunca tuvo tiempo. Llevar a cabo algo que desea profundamente siem­pre le aportará energía y amor.

Amar a otras personas le procura una energía sanadora; celebre con las personas que ama el hecho de que forman parte de su vida y usted de la suya. Dígales cuánto signi­fican para usted. Agradezca todo el amor que hay en su vida, un don que se da y se recibe.

Cuando necesite conectar con una Energía Superior, practique la siguiente visual i nación:

Vea o siéntase conectado a la energía divina, e imagi­ne esa energía fluyendo a través de su cuerpo. Libere sus necesidades y temores en esa energía. Contemple cómo esa energía regresa al cielo, como una carta que ha sido en­viada y recibida por un amigo. Vea su cuerpo y su vida como una entidad espiritual.

Ahora visualice sus circuitos energéticos transmi­tiendo mensajes de amor a todas las personas que usted es­tima, y sienta la energía de su amor penetrando en su ser. Luego visualice su energía transportando mensajes de amor al mundo que le rodea, conectándose con la energía de la naturaleza y todo cuanto está vivo. Imagínese grande corno la galaxia y capaz de contener en su corazón la energía divina que existe en la raíz de toda creación. Siéntase vibrar en sincronía con esa energía. Vea y sién­tase unido a esa energía, que es la fuerza vital.

La energía vital de Anahata que fluye libremente, «no estancada», nos recuerda que el amor es una fuerza purificadora. El amor nos otorga el poder de librarnos de la carga de antiguas emociones. Vea y sienta esta inmensa fuerza impidiendo que su energía vital se oriente hacia hechos pasados. Sienta cómo ese carga abandona su mente y su cuerpo. Visualice esas cargas emocionales fluyendo me­ra de su organismo, como desechos arrastrados por una corriente de agua. Con su visión purificada, contemple y aprecie todo cuanto hay en su vida, inclusive su trayecto­ria personal hasta el momento presente. Sienta el efecto calmante de esta limpieza. Ahora contemple esta recon­fortante energía como su símbolo favorito de armonía y paz interior. Mientras realiza esta visualización, repítase: «Pido a lo Divino que llene mi cuerpo y mi espíritu con el poder sanador de un amor tan intenso que yo sienta su poder. Necesito este poder para sanar y vivir una existen­cia plena.»

EL QUINTO CHACKRA

Según la tradición hindú, el quinto centra aporta la energía de Vishuddha, que significa «purificado». Este quin­to chacra a una las energías físicas y espirituales. Mediante el uso puro de la voluntad, nos comportamos hacia los de­más de formas que transmiten nuestra fuerza de espíritu. Este quinto chakra se corresponde con el sacramento de la confesión, que purifica nuestros errores instándonos a re­conocerlos sinceramente, sin sentirnos culpables pero sin ne­garlos. En el budismo, el quinto chakra representa el «bien hablar», refiriéndose de nuevo a nuestra capacidad de ex­presarnos con honestidad. Este chackra contiene la energía de las fuerzas hebreas de Jésed y Geuburá. El primero re­presenta grandeza y amor, nuestra capacidad de expresar­nos honestamente con los demás y sobre los demás, y nues­tro respeto por el poder de la verdad. Geuburá simboliza la ecuanimidad de juicio, y su energía se intensifica cuando ejercemos una apreciación compasiva y no abusamos de forma injusta y cruel de nuestro poder para juzgar a los demás.

El bien hablar y la honestidad inspira a otros y potencia nuestros sistemas energéticos. Asimismo, cuando hace­mos mal uso de nuestra voluntad perdemos importantes cantidades de poder, en especial cuando obramos deján­donos llevar por un juicio erróneo o injusto. Podemos sentir la energía de un juicio negativo porque, al instan­te, nos asalta la sensación de haber cometido un error. Nuestra energía se escapa de nuestro organismo como un líquido a través de un vaso roto. Esta pérdida se pro­duce también cuando emitimos juicios negativos sobre nosotros mismos y nuestra conducta. Adoptar una acti­tud defensiva para ocultar nuestra falta al juzgar injusta­mente a otra persona no hace sino incrementar nuestra pérdida de energía. La falta de honestidad, un aspecto os­curo del quinto chakra, genera una mayor pérdida de energía porque tenemos que «proteger la mentira” que hemos creado. Esas actitudes mentales negativas desen­cadenan una reacción de adrenalina en el cuerpo físico y suelen provocar agotamiento crónico, depresión o baja au­toestima.

Estas actitudes y juicios negativos son actos que des­honran nuestra fuerza vital. La energía que crean sólo pue­de repararse mediante un acto de sincero arrepenti­miento. Aquí es donde entra en juego la fuerza del sacramento cristiano de la confesión. La confesión nos permite recuperar la energía que hemos perdido debi­do a nuestros juicios injustos y nuestras mentiras. Para sanar es preciso compensar esas expresiones mentales o verbales que hemos generado haciendo un mal uso de nuestra voluntad. Si desea confesar sus faltas acuda a un guía espiritual, como un sacerdote o un rabino. O a alguien que represente para usted un más alto nivel de madurez espiritual o autoridad mural y que pueda ser­virle de testigo. Realizar un acto de confesión y peni­tencia, aunque al principio se sienta humillado, le pro­curará una exquisita sensación de ligereza. Busque la compañía de una persona de confianza a quien pueda confesar sus faltas.

El quinto chakra: encender el fuego

Confiésese los problemas que ha causado a los demás y a sí mismo. Sin omitir detalle. Al reconocer esas accio­nes, se liberará de las toxinas generadas por el lado oscu­ro de su voluntad. Tal como indica el significado sánscri­to de este centro energético, el viaje espiritual requiere que purifique su voluntad y sus intenciones. Esfuércese por mantenerlas limpias. Potenciará la energía de todas las medidas que adopte con el fin de sanar. Una voluntad con­taminada tan sólo aporta una energía contaminada. Re­pítase esta verdad mientras realiza el ejercicio de visualización que indico a continuación.

Para ayudarle a llevar a cabo su autoconfesión, le re­comiendo que escriba en un papel sus faltos y juicios injus­tos, y que luego lo queme. Este rito posee un profundo po­der sanador, pero no es tan potente como cuan do purgarnos nuestros pecados o los confesamos a otra persona que re­presente la energía del perdón. Todos necesitamos realizar algún rito de confesión, al margen de que tratemos de cu­rarnos de una enfermedad o no. Cuando haya completado este rito, su espíritu y su cuerpo físico asimilarán de inme­diato la intensa energía que genera.

Purificarse es un acto sagrado, no un ejercicio de hu­millación. Tenga presente en todo momento que, desde una perspectiva sagrada, la confesión es uno de los actos más honrosos que pueda llevar a cabo un ser humano, porque elimina el peso de la vergüenza y permite que la energía de la verdad y del juicio honesto penetre en el es­píritu.

Cierre los ojos e imagine a las personas con las que tie­ne unos «asuntos pendientes». ¿A quién debe pedir per­dón a fin de recuperar su espíritu? ¿Quién le sigue des­concertando o preocupando? Las relaciones personales son un misterio, tanto cómo aparecen en nuestra vida como por qué existen. Examínelas desde una óptica simbólica. ¿De qué forma han ejercido esas personas un papel posi­tivo en su vida?

Invite a la energía de Geuburá (el juicio justo) y Jésed (el poder de la gratitud y el amor incondicional) a que co­bren vida en su interior. Contemple esas energías en tor­no a usted y a las personas a las que visualiza.

Reconozca que ignora las razones espirituales por las que esas personas han aparecido en su vida; quizá cons­tituyan el catalizador que propicia un éxito. Imagínese entablando un diálogo simbólico con ellas. Expréseles su gratitud por el papel que desempeñan en su vida y por la oportunidad que usted tiene de formar parte de la suya. Con cada persona que visualice, repita la frase: «Te expreso mi gratitud, y retiro cada circuito de mi energía de todo cuanto he juzgado.»

Por difícil que le parezca al principio este ejercicio, re­cuerde las numerosas ocasiones en que otros han emiti­do un juicio injusto contra usted, recuerde el dolor que sin­tió. Luego concéntrese en las personas a quienes usted juzgó injustamente y compadézcase de ellas. Visualice la ira que siente hacia las personas que le juzgaron injusta­mente a usted como una nube que se aleja flotando. As­pire profundamente la energía del perdón.

EL SEXTO CHAKRA

El simbolismo del sexto chakra lo revela la palabra hindú Ajna, que en sánscrito significa «mandato». Ajna re­presenta la capacidad de ver con claridad y compasión, y también se simboliza con un tercer ojo. El homólogo ca­balístico es la pareja de Binah, que aúna el limitado poder del raciocinio humano con la percepción divina, Jojmá, que simboliza nuestra capacidad de invocar el poder de la sabiduría divina para que guíe nuestro camino. A nivel simbólico de percepción, el sacramento cristiano del or­den sagrado nos dice que todos desempeñamos un papel importante en la evolución de la vida en la tierra, al mar­gen de cómo se manifieste ese papel en el plano físico. Si nuestra ocupación parece insignificante desde el punto de vista social, podemos llegar a la conclusión errónea de que somos insignificantes desde el punto de vista espiri­tual. Sin embargo, cada parte de nuestra vida es valiosa para Su conjunto y para el universo en su totalidad. Simbólica­mente, cada uno de nosotros debemos cumplir una misión. Debemos ordenarnos y reconocer que nuestra vida es im­portante, aunque jamás averigüemos la magnitud de nues­tra aportación.

El lado oscuro del sexto chakra es la falta de confian­za en uno misino y la mala costumbre de compararnos con otros. Cuando perdemos de vista nuestro propio va­lor, perdemos el equilibrio emocional y contemplamos a los demás con hostilidad, envidia y juicios negativos. Es­tas emociones ponen en peligro nuestra salud, y tenemos la impresión de «ir a ninguna parte». Estamos tan ciegos que no vemos todo cuanto aportamos a la vida de los de­más, y perdemos nuestra visión simbólica. El siguiente ejercicio de visualización le ayudará a recuperar el equi­librio y la visión simbólica.

El sexto chakra: encender el fuego

Visualice las energías de Binah y Jojmá como la sabi­duría divina y la razón divina. Imagine que una fuerza le eleva sobre el limitado panorama de su vida y la contem­pla en su totalidad a través de una lente divina. Utilice esta perspectiva para visualizar el significado simbólico del sa­cramento de la orden sagrada, la verdad de que su existencia tiene un propósito y un significado que trasciende su com­prensión. Desde este punto de vista, invite al poder de la razón divina a que penetre en su ser. No espere una res­puesta verbal a esta petición, sino una respuesta energé­tica: una sensación de claridad y de propósito. Repita el mantra: «Doy la bienvenida a la energía de la sabiduría di­vina y la razón divina en mi espíritu, y me libero de los jui­cios que he emitido sobre el valor de mi vida y la de los de­más. Reconozco la naturaleza sagrada de mi vida, y creo que mi vida es útil a este universo.»

Conecte con la energía de Ajna mediante la siguien­te invocación: «Reconozco que la razón divina tiene pre­cedencia sobre todos los criterios que yo pueda desarro­llar en mi mente.» Libérese de sus criterios y valores, y permita que la sabiduría divina —que se siente como un espacio desierto— penetre en su conciencia. Imagine una habitación vacía, imagine una puesta de sol, imagine la luna llena, imagine un mar infinito, imagine el cielo ta­chonado de estrellas…Visualice cualquier imagen que eli­mine los pensamientos mundanos de su conciencia y deje espacio para algo más trascendental. Sienta cómo usted se expande hasta alcanzar el tamaño de ese espació, y aspire ese «tamaño» a fin de que su ser se inunde de él, mientras que repite: «Libero las limitaciones del raciocinio huma­no hacia otros y hacia mí mismo. Vivo confiado y no ten­go más preguntas.» Sepa que mediante este ejercicio, ha­brá disuelto cualquier juicio que debilite su espíritu.

EL SÉPTIMO CHAKRA

La energía del séptimo chakra constituye nuestra co­nexión más pura con lo Divino. Esto se refleja en el sím­bolo hindú de Sahasrara, que significa el «loto de los mil pétalos» de la iluminación, o lo Divino en todo cuanto existe. Según la doctrina budista, el séptimo Loto repre­senta la eternidad de lo Divino, su infinita misericordia y su omnipresencia. Esta energía corresponde al símbolo he­breo de Kéter, la naturaleza indescriptible de Dios. Asi­mismo se corresponde con el último sacramento cristia­no, la extremaunción, símbolo de la liberación de todo lo «muerto y finito» en nuestras vidas. Juntas, estas fuerzas pueden transformarnos y ayudarnos a alcanzar un nivel de percepción que nos permita experimentar consciente­mente lo Divino y la energía de la gracia.

Cuando haya alcanzado usted este grado de poder en sus ejercicios de visualización de los siete chakras, com­prenderá la verdad que encierra esta frase: «No hay nada más, sólo esto.» Dedique unos minutos a reflexionar so­bre la claridad que ha alcanzado después de librarse de los desperdicios espirituales y físicos de su vida. No crea que debe «completar» los ejercicios de meditación de los otros chakras antes de poder beneficiarse de esta energía. La energía de este chakra penetra en su ser tanto si usted se percata de ello como si no, pero cuando reza para recibirla la podrá dirigir a fin de modificar su vida. La energía del séptimo chakra disuelve los temores, abre el corazón por completo, aniquila las limitaciones de la mente y hace que usted bendiga su vida. Le ayuda a conectar  a comunicarse con la energía de Dios.

El lado oscuro de la energía de este chakra es la falta de fe y confianza en lo Divino, y el temor que nos infunden to­dos los aspectos de nuestra vida: desde qué será de nosotros mañana hasta cuál será el final de nuestra vida en la tierra. Nada nos infunde seguridad porque nuestra sensación de seguridad está enraizada en los elementos externos y el mundo físico. Nos aferramos a nuestro pasado, que sigue incidiendo negativamente en nuestra vida. Debido a nues­tro afán de volver la vista atrás, no apreciamos la gracia y la ayuda que recibimos constantemente, no vemos la rique­za de cada momento. Sólo si nos libramos de nuestro pa­sado y asimilamos la valiosa fuerza sanadora que acompa­ña al «aquí y ahora» podremos recibir esta energía, que representa la manifestación más pura de la fuerza vital.

De todos los chakras, éste es el que requiere un me­nor esfuerzo «consciente» para activarlo. Cualquier ora­ción abrirá nuestro séptimo chakra. Al igual que la ima­gen budista del loto, que estalla en todo su esplendor desde el lodo del cenagal, el séptimo chaira se abre por sí solo como una flor.

El séptimo chakra: encender el fuego

Penetre en la energía del séptimo chacra visualizán­dose a sí mismo mientras desconecta sus circuitos de todo cuanto representa una carga inútil. Libérese de las emo­ciones y del fardo psicológico de su pasado. Libérese de los problemas y las tensiones que arrastra por los demás. En el espacio que antes ocupaban esas preocupaciones, visualice la luminosa energía que genera la unión de lo Divino con su cuerpo y su espíritu. Sienta  vea cómo sana.

Concéntrese en las energías de Kéter y Sahasrara, que representan el vínculo íntimo entre usted y Dios. Repita:

«No tengo foco, no tengo preguntas. Me libero de todos los pesos y preocupaciones. Yo soy unión.» Deje que su mente racional se duerma a medida que usted entra en un estado de irracional unidad. Sienta la energía que baja desde su coronilla hasta el centro del cuerpo, y luego has­ta su chakra fundamental, y asciende de nuevo. Le infun­de un beneficio espiritual indescriptible. Tiene derecho a él. No tiene más que pedirlo. Es su fuerza vital, la parte de su ser que conecta con el Absoluto indeterminado. La energía del séptimo chakra es la parte de su ser que le hace consciente de su propia grandeza, la cual va más allá de su vida individual. Sienta cómo hasta el más efímero con­tacto con esta energía es capaz de modificar la forma en que usted dirige su vida personal.

EL OCTAVO CHAKRA

El octavo chakra es el que me parece más interesan­te. Presento este chakra aparte de los otros siete porque representa nuestro siguiente nivel de evolución. Como tal, no influye directamente en nuestro cuerpo ni en nues­tra naturaleza personal, emocional o psíquica. El octavo chakra contiene nuestros esquemas arquetípicos, los te­mas o imágenes reconocidos universalmente que ofrecen una visión impersonal y simbólica de nuestra experiencia humana. Esta dimensión de conciencia nos conecta con las demás en una experiencia impersonal de evolución hu­mana.

Constituye una especie de almacén al que accedere­mos al entrar en la era de Acuario y donde se halla la in­formación y la conciencia universal. Este chakra representa el vínculo de conexión o el puente entre nuestra conciencia personal y la conciencia impersonal, más amplia, de la di­mensión arquetípica. Aunque no se corresponde con nin­gún punto de nuestro cuerpo, como lo hacen los otros siete chakras, está localizado sobre el campo energético que rodea e impregna el cuerpo, y conecta directamente con el séptimo chakra.

Al entrar en la era de Acuario, los arquetipos se harán más evidentes en nosotros y más accesibles para nosotros, y el octavo chakra adquirirá una importancia aún mayor. Este chakra siempre ha existido, pero no hemos podido acceder a él hasta hace poco. Al igual que ahora podemos ver la luz ultravioleta con la ayuda de un equipo electrónico, hemos ido desarrollando una capacidad meditativa y consciente que nos permite ver más allá del mundo vi­sible, y percibir la dimensión energética de nuestra vida. A medida que la conciencia humana evoluciona, nos vol­vemos más sensibles a un campo vibratorio cada vez más sutil.

Yo comencé a sentir la energía del octavo chakra en 1990, durante una sesión con una mujer que padecía el síndrome de fatiga crónica. A diferencia de otras sesio­nes, en ésta advertí la vibración de un nuevo elemento. Yo no tenía ningún punto de referencia que me permitie­ra interpretar esta .energía, por lo que supuse que se tra­taba de la energía de una enfermedad que desconocía. Al mismo tiempo, observé que mientras describía la natura­leza de su tensión psicológica le dije en varias ocasiones que su «niña interior» no había alcanzado la madurez. Era la primera vez que yo utilizaba un lenguaje arquetípico, pero, según comprendí al reflexionar más tarde so­bre esa sesión, el hecho de que cítara el arquetipo del niño interior permitió a la mujer comprender más fácilmente la naturaleza de sus problemas.

Después de esta experiencia, acogí con agrado esta nueva energía en mi esfera de percepción. En cada nueva sesión, observé que en la información que yo obtenía se iban filtrando más y más impresiones arquetípicas. Me asombró la profundidad que este material aportaba a mi percepción de la naturaleza consciente e inconsciente de una persona. Naturalmente, yo conocía buena parte de lo que se había escrito sobre los arquetipos en general, como la obra de Carl Jung, pero nunca me había encon­trado personalmente con esta dimensión.

A partir de entonces he comprendido que todos no­sotros, al mismo tiempo que estamos conectados a toda la esfera de la dimensión arquetípica, también estamos conectados a un conjunto personal de doce arquetipos que desempeñan un papel mas íntimo en la evolución y ma­duración de nuestra psique. Yo lo denomino nuestro Con­trato Sagrado, y recoge nuestros pactos con lo Divino, los cuales inciden de forma constante en nuestro crecimien­to consciente. Sospecho que estos pactos los suscribimos con anterioridad a nuestro nacimiento, no a través de nuestra personalidad sino de nuestra alma. Por esta ra­zón, mediante la limitada percepción de nuestra perso­nalidad no podemos comprender la magnitud de estos contratos. Para ello debemos desarrollar la capacidad de interpretar nuestra vida física de acuerdo con su signifi­cado simbólico. Desde esta perspectiva, los elementos fí­sicos que componen y rodean nuestra vida son como de­corados: sirven de catalizadores para propiciar una respuesta de nuestra mente inconsciente.

Mientras entramos en la era de Acuario, nuestra men­te inconsciente emerge de las profundidades de los as­pectos invisibles de nuestro ser, y toma contacto más di­recto con nuestra mente consciente. Este cambio de conciencia representa uno de los múltiples cambios pro­piciados por la energía de la próxima era astrológica. Es evidente que debemos seguir aprendiendo más sobre no­sotros mismos, y que ha llegado el momento de estable­cer un diálogo directo con esa parte de nosotros que tradicionalmente denominamos nuestro inconsciente.

Al igual que los otros chacras, el octavo también po­see un lado oscuro, o varios lados oscuros. El lado oscuro del niño interior, por ejemplo, se manifiesta como el «huérfano»: adultos con este arquetipo se lamentan de no ha­ber recibido de niños la debida atención y los debidos cui­dados par parte de sus padres, lo cual les convierte en adul­tos incompletos. El lado oscuro del «profeta» se manifiesta en la proyección de nuestra locura, mal interpretada como capacidad de liderazgo, y en siniestras advertencias a los demás. Jim Jones, que convenció a un grupo de sus se­guidores para que se suicidaran a causa de su apocalípti­ca visión del mundo, es un ejemplo de este tipo de «pro­fetas». El lado oscuro del arquetipo de la «madre» es la madre que maltrata o desatiende a su hijo, una mujer in­capaz de cumplir el papel aceptado universal mente de nia-drc cariñosa y entregada. El lado oscuro del arquetipo del «héroe» es el adicto crónico al trabajo o el salvador.

Los patrones arquetípicos son fuerzas muy podero­sas que se manifiestan en el contenido de nuestros sueños y en los dramas de nuestra vida física. Yo he constatado que al utilizar los patrones arquetípicos para interpretar los acontecimientos vitales de las personas que acuden a con­sultarme, no sólo les ayudo a aumentar su autoconocimiento sino que creo un ambiente impersonal que les per­mite examinarse de forma más desapasionada. Así, las personas que les han herido, y a las que ellos han perjudi­cado en cierta forma, ascienden al plano de almas que han desempeñado papeles mutuamente positivos en sus vidas. Desde esta elevada perspectiva, semejante al Testigo en el lenguaje védico, el perdón se convierte en una tarea su­mamente sencilla.

El octavo chakra: encender el fuego

Puesto que los ocho chakras le conectan con una di­mensión de la vida universal y simbólica, a fin de unirse con esta energía es preciso que dedique conscientemen­te tiempo a interpretar los acontecimientos y las relaciones de su vida en un sentido arquetípico. No me refiero a que se aferré a sus tendencias negativas y se obsesione pensando por qué las cosas no resultaron como usted hu­biera deseado. Utilice su visión simbólica para distanciar sus emociones de una determinada situación, positiva o negativa, y observe los detalles en busca de la lección o guía que condenen.

Aunque la visión simbólica no es un arte fácil de do­minar, comience controlando la forma en que examina una situación. En lugar de analizarla en primera persona, des­críbase las circunstancias con un tono neutral. Cambie «he tenido una discusión con mi jefe» por «se produjo una dis­cusión entre dos personas. La causa de la discusión era el modo en que había que realizar una tarea. El talante de una de las personas era de terquedad; el de la otra, de pre­potencia. Una persona simbolizaba una roca; la otra, un alud». Esta forma de distanciarse le permite observar lo que ocurre más allá del entramado físico y emocional del acon­tecimiento. Al analizar las situaciones de esta manera le resultará más fácil identificar las lecciones inherentes a las mismas y decidir lo que debe hacer. Practicar la percepción simbólica en el tiempo consciente, presente, produce un poderoso efecto sobre su vida y su curación.

Aplicar la percepción simbólica a los acontecimien­tos pasados le ayudará también a hallar la joya en esas ex­periencias. Elija un hecho de su pasado que le traumati­zó y replantéeselo. En lugar de decir «mi padre me humillaba cada vez que yo hacía algo que le disgustaba», diga «un adulto que se sentía insatisfecho con su vida tra­taba de contrarrestar ese sentimiento humillando a las personas que le rodeaban». Luego examine su vida y sus actos para observar si no estará usted comportándose de la misma manera que le traumatizó en su infancia.

Cuando haya completado este ejercicio, tanto si lo utiliza para analizar una experiencia pasada reciente o dis­tante, puede conectar con el poder del octavo chakra con la siguiente invocación: «Me libero de todos mis espejis­mos, y acepto la voluntad de lo Divino como Ja fuerza que me guía en la vida.»

Meditación para limpiar los chakras

Esta meditación es obra de un norteamericano, devoto y estudioso de Satya Sai Baba que, en la actualidad, vive e imparte clases en la India. Debe realizarla en un lugar tranquilo, donde nadie le interrumpa, durante quince o veinte minutos.

1.  Siéntese en una silla o en el suelo, cierre los ojos y tome conciencia de los siete chakras por medio de la visualización, la sensación o la intuición. Vi­sualice, sienta o intuya que los chakras se abren como el objetivo de una cámara fotográfica.

2.  Sienta o intuya una bola de luz dorada, del tama­ño de una pelota de baloncesto, situada a un me­tro sobre su cabeza. Sienta o intuya un haz o una cinta de luz color pardo que se extiende desde su primer chakra o chakra fundamental hasta el cen­tro de la tierra; es la cinta que le conecta a la tierra.

3.  Mientras respira de forma natural y acompasada, inhale aire y sienta cómo la energía cósmica que proviene de la bola de luz dorada sobre su cabe­za se desliza a través del séptimo chakra, baja por su columna vertebral y penetra en su chakra fun­damental. Al mismo tiempo, sienta la energía te­rrestre que asciende a través de sus pies y sus pier­nas, y penetra en su chakra fundamental. Deje que las dos energías se encuentren y se imán en este punto.

4.  Contenga la respiración, tanto rato como le sea confortable y sienta cómo esta mezcla de energía limpia su chakra fundamental.

5. Exhale el aire y deje que la energía sucia se desli­ce por la cinta de contacto con la Tierra. Esto no ejerce un efecto negativo sobre la Madre Tierra, dado que ésta lo quema en ¡a lava ardiente de su interior

6. Repita el ejercicio, inhalando y exhalando tantas ve­ces como sea necesario hasta depurar el chakra por completo. Visualice o sienta el chakra desde todas las perspectivas: arriba, abajo, derecha, izquierda, delante, detrás, dentro y fuera; para cerciorarse de que ha quedado perfectamente limpio.

7. Cuando sienta que el chakra fundamental ha que­dado depurado, pase al siguiente. En primer lugar, comience inhalando de nuevo para dejar que se mezclen las dos energías en el chakra fundamen­tal. Luego, mientras contiene la respiración, tras­lade la mezcla de energías hasta el siguiente cha­kra que debe limpiar, y trabaje en ese punto inhalando y exhalando el aire varias veces. Con cada exhalación, la energía sucia se desliza hacia abajo por la cinta de contacto con la tierra.

8. Si siente que la energía de un chakra puede reci­bir la influencia de otra persona, viva o muerta, ro­dee el chakra con una luz blanca para protegerlo de dicha influencia, que en ocasiones adquiere la forma de ideas acerca de usted mismo.

9. Es posible que la concentración necesaria para llevar a cabo esta meditación haga que se acumu­le energía en la parte superior de su cuerpo. Qui­zá no la sienta físicamente, pero en todo caso ex­perimentará cierta tensión. Para aliviar esta tensión, después de que haya limpiado los siete chakras, inclínese hacia adelante, trate de tocar el suelo con la frente y apoye las palmas de las ma­nos en el suelo. (Si está sentado en una silla, apoye simplemente las palmas de las manos en el sue­lo.) Sienta cómo la tensión se desliza a través de la coronilla, la frente, los hombros y las manos hasta alcanzar el suelo. Respire hondo unas cuan­tas veces y relájese hasta sentir que la tensión ha desaparecido por completo. Luego incorpórese de nuevo y descanse con los ojos cerrados.

10.  Ahora defina su espacio. Empiece tomando con­ciencia de los límites de su aura. Por lo general ésta se extiende unos cuatro metros y medio a partir del cuerpo.

11.  A continuación, utilizando su energía mental, sienta cómo empuja su aura hacia fuera, hasta que su radio mida unos diez metros. Luego deje que su aura vuelva a asumir su posición natural, al igual que una goma elástica recupera su forma inicial cuando la soltamos.

12.  Ahora, sienta cómo contrae su aura hacia su piel. Luego deje que recupere su posición natural.

13.  Llene su aura con una deslumbrante luz dorada. Si lo desea, puede sentir en esa luz la presencia de su divinidad preferida o con la que se sienta más compenetrado.

14.  Concluya el ejercicio envolviendo su aura en una luz turquesa para impedir que se disipe la ener­gía.

15.  Descanse de nuevo para eliminar la tensión acu­mulada. Permanezca sentado con los ojos cerra­dos.

16.  Cuando haya terminado de limpiar sus chakras, dedique unos instantes a recordar algún momento, por breve que fuera, durante el cual experimen­tó una sensación de trascendencia, de formar par­te de codo simultáneamente. No es necesario que se trate de una experiencia específicamente espi­ritual de oración o meditación, sino que puede ser una sensación de unión con el mundo natu­ral, o la fugaz sensación de trascender el tiempo y el espacio mientras contempla una obra de arte o escucha música, o durante la unión sexual, o in­cluso una competición atlética. Traiga este mo­mento a su conciencia y deje que la energía de esta sensación de trascendencia llene su ser, ex­perimente la sensación de estar conectado al ni­vel más profundo con Dios o con la infinita vas­tedad. Sienta, siquiera durante medio segundo, lo que significa formar parte de todo cuanto existe.

17. Tome lo que ha recibido de esta experiencia y de­posítelo en cada uno de los chakras, en sentido ascendente.

18. Descanse de nuevo para eliminar la tensión acu­mulada. Incorpórese y abra los ojos.

8

Utilizar Los chakras y los sacramentos para sanar

 

A nivel energético, existe una conexión muy real y profunda entre el sistema de chakras tal como floreció en la India y los siete sacramentos de la fe cristiana. Ambos sistemas nos ayudan a desarrollar una autoridad espiri­tual interna y a ser conscientes de nuestra curación y del poder divino.

Yo comprendí esta conexión entre el sistema de chakras y otras tradiciones espirituales mi entras meditaba sobre la na­turaleza de la verdad como fuerza universal. Observé, por ejemplo, que el mandamiento de que no debemos asesinar y robar se encuentra en todas las tradiciones espirituales. Por otra parte, las enseñanzas sobre ciertas prácticas dietéticas son exclusivas de determinadas religiones y, por consiguiente, no podemos considerarlas verdades universales.

Convencida como estaba de la autenticidad espiritual de los chakras, no pude evitar preguntarme por qué la re­ligión cristiana, por ejemplo, no contenía anas enseñan­zas similares. Un día, cuando dirigía un taller sobre el de­sarrollo de la intuición, contemplé el sistema de chakras que había dibujado en la pizarra y una parte de mí proyectó sobre él los siete sacramentos cristianos. Después del ta­ller, intrigada y confundida, dibujé los sacramentos junto a los chakras, en el orden en que se reciben. Poco a poco, comprendí que ambos sistemas ilustraban el poder del mismo flujo de energía dinámica que da vida al cuer­po humano. Posteriormente, relacioné ambos sistemas con el Árbol de la Vida de la tradición cabalística del judaísmo, observé más conexiones entre las tres tradicio­nes espirituales y comprendí la importancia que ejercen sobre nuestra salud.

A fin de verificar la validez de mis ideas, organicé un taller basado en las mismas. Decidí centrarme en los sa­cramentos, puesto que el sistema de chafaras es relativa­mente desconocido para la mayoría de los americanos, al igual que el Árbol de la Vida. (Pocos judíos modernos fuera del hasidismo estudian la cabala, aunque ésta ha co­menzado a experimentar un renacimiento.) Al principio, pensé en señalar simplemente el significado simbólico de los sacramentos y los chakras, pero luego se me ocurrió que, según la tradición cristiana, los sacramentos deben ser «tomados», a fin de que su carácter sagrado pueda des­pertar dentro del espíritu humano.

Esto no dejaba de tener sus riesgos, puesto que no soy sacerdote y ni estoy ordenada —según el significado tra­dicional del término— para llevar a cabo los ritos corres­pondientes a cada sacramento. Además, pensé que la idea de recibir los sacramentos podría disgustar a algunos de los asistentes a mi taller que siguen caminos espirituales muy alejados de la tradición cristiana, o que son cristia­nos que han abandonado su fe y no tienen el menor de­seo de regresar a sus raíces.

Mientras preparaba este taller, pedí a una amiga y sa­cerdote episcopaliana, la reverenda Suzannc Fagcol, que me ayudara en la tarea, y le dije que deseaba presentar los sacramentos en su contexto simbólico más que tradicio­nal. El taller, que tuvo lugar en México, comenzó con mi presentación de la unión entre el sistema de chakras y los sacramentos. El taller duró siete días, y cada día mi diser­tación se centró en un chafara, el sacramento correspon­diente y ¡a relación que esas dos fuerzas tienen con nues­tra salud y el proceso de curación. Cada tarde Suzanne suplementaba mi material con sus puntos de vista sobre el sacramento que yo había comentado en mi charla. Luego preparaba al grupo para recibir el sacramento, si desea­ban hacerlo. Tanto Suzanne como yo constatamos con asombro que todos los miembros del grupo accedieron a participar en casi todos estos ritos sagrados.

Por regla general, cuando dirijo un taller que se pro­longa varios días, entre los participantes se produce un vínculo de amistad y afecto. Pero ninguno de los talleres que yo había organizado a lo largo de mi carrera podía compararse con el que dirigí en México. Suzanne y yo con­fiábamos en que los participantes hallaran interesante la información que compartíamos con ellos, pero ni ella ni yo habíamos previsto el profundo impacto espiritual que ésta tuvo sobre los asistentes, ni las consecuencias que, según nos informaron, experimentaron a largo plazo. Du­rante esas sesiones, algunas personas resolvieron sus heri­das emocionales y psíquicas, y durante los meses sucesivos otras se pusieron en contacto con nosotras para comuni­carnos que habían logrado curarse de sus enfermedades físicas.

Uno de los participantes que más me impresionó fue una mujer llamada Sara, que había llegado al taller en un estado de gran excitación nerviosa. A sus 47 años, estaba consumida, actuaba como ima neurótica y pareció estar llo­rando durante toda la semana. Nos explicó que se había esforzado en mejorar su vida durante años sin conseguir­lo, y que ahora se sentía cansada, sola y deseaba encontrar marido. Francamente, parecía a punto de sufrir un co­lapso nervioso y, aunque no padecía una enfermedad físi­ca grave, su condición encajaba con el perfil del síndro­me de fatiga crónico. Sara era judía, pero le intrigó el enfoque bajo el que presentábamos los sacramentos y los tomó con profundo respeto. Cada noche —entre una y otra crisis de llanto— Sara nos refería alguna de las extraordi­narias percepciones que había tenido durante el día. Pa­recía tan trastornada que daba la impresión de liberarse de algo más profundo que sus dolencias presentes. No recuerdo haberla visto en ningún momento sin un pañuelo en la mano.

Cuando concluyó el taller, Sara parecía otra mujer. A las tres semanas, según me informó, conoció a un hom­bre, se hicieron novios y se casaron al poco tiempo. Sara y su marido atribuyen su matrimonio a los efectos bené­ficos de mi taller. Aparte del caso de Sara, se produjeron varias curaciones más, quizá menos dramáticas pero no me­nos eficaces.

Suzanne y yo organizamos otros talleres en los que combinamos los chacras y los sacramentos. Siguieron emitiendo una energía sanadora que nos impresionó y conmovió a ambas. Aunque me pareció importante que fuera Suzanne quien administrara los sacramentos, puesto que es sacerdote, cualquier persona puede llevar a cabo en su casa unos ritos simbólicos que les infundirán la ener­gía esencia] de los sacramentos. Llevar a cabo los prepa­rativos y tener la disposición adecuada sirve para intensi­ficar esa energía. El elemento que más puede ayudarle es un altar, incluso si lo hace en casa utilizando una mesa ple­gable o una simple superficie de madera colocada sobre dos ladrillos en una esquina. Sólo falta que añada un par de velas votivas, una imagen que le inspire —la Virgen María, Buda, Quan Yin, Jesús, su padre, su madre o un maestro espiritual por quien sienta cariño— y un reci­piente donde pueda quemar papel.

Los ritos que describo a continuación, aunque algu­nos puedan parecer ingenuos, son muy potentes si se eje­cutan con respeto. Usted mismo puede crear un «taller do­méstico» y tomar uno de los sacramentos cada semana, preferentemente el mismo día, después de haberse prepa­rado adecuadamente. Puede tomarlos durante un período corto o largo; lo importante es que dedique el tiempo sufi­ciente a prepararse psicológicamente para cada rito.

EL PRIMER CHAKRA-BAUTTSMO

El primer sacramento es el bautismo, que represen­ta la introducción de un nuevo miembro en la familia. Por medio de este sacramento, la familia acepta la responsa­bilidad del bienestar físico del niño, y se compromete ante Dios a darle un hogar, comida y ropa. Mediante el bau­tismo, los padres se comprometen asimismo a enseñar al niño el mundo físico que le rodea de acuerdo con las pau­tas de la religión, posición social y legado étnico de la fa­milia. El bautismo, por tanto, simboliza la información que hace que el niño arraigue en el lugar que le corresponde en la tierra. Este sacramento no sólo pertenece al cristia­nismo, sino que constituye una celebración arquetípica del don de la vida. Su significado y su relación con el pri­mer chacra, que simboliza nuestra conexión con la vida fí­sica y con la energía de la tierra, son idénticos a los de los ritos bautismales de otras culturas.

Al alinear la energía del primer chacra con el rito del bautismo —piense en ello como una fusión de fuerzas sim­bólicas— le permitirá empezar a considerar su vida y a su familia como el medio en el que usted estaba destinado a crecer espiritualmente. Aunque este concepto resulte di­fícil de entender, el aceptarlo representa un importante primer paso para librarse de la ira y de los rencores generados por las heridas que le infligieron sus familiares. Las heri­das recibidas en la infancia son muy difíciles de curar, por­que cuando estamos preparados para enfrentarnos a ellas, muchas de las personas que participaron en esos hechos ya han fallecido, dejándonos tan sólo nuestra memoria como herramienta de trabajo. No obstante, con el tiempo llega­rá a entender que incluso el ambiente familiar más nocivo puede constituir el punto de partida para sanar.

Pese al hecho de que muchas personas reconocen ha­ber participado en cierta medida en la elección de la vida en la que se han encarnado, y de que todos los aspectos de esa vida son una valiosa experiencia espiritual, los re­cuerdos dolorosos de la infancia pueden hacernos perder de vista este concepto. La violación de la que usted se sien­te víctima porque su familia no le procuró el suficiente apoyo emocional o físico es una herida profunda porque constituye mucho más que una herida personal; es una herida arquetípica.

La raza humana sabe universalmente que los adultos son responsables de sus hijos. Esto es más que una res­ponsabilidad social; es un dictado de la naturaleza con el fin de perpetuar la especie. Cuando se transgrede esta «ley», dentro del individuo se quiebra una corriente vi­tal. Sanar de una transgresión de esta ley requiere esfuer­zos constantes, incluso en la madurez, porque el código de la responsabilidad familiar hacia los hijos alcanza el flujo mismo de la fuerza vital.

Desde el punto de vista arquetípico, en prácticamen­te todas las sociedades existe alguna forma de bautismo. A nivel simbólico, hoy en día el bautismo, reexperimentado por adultos, tanto si fueron bautizados de forma or­todoxa como si no, ofrece una perspectiva muy valiosa a la hora de sanar heridas recibidas en la infancia. El signi­ficado simbólico del bautismo cambia nuestra visión del nacimiento, que pasa de ser una entrada aleatoria en una familia a una entrada en la experiencia espiritual de la vida a través del portal que representa esa familia. Esta pers­pectiva arquetípica nos libera del espejismo de que nues­tra vida está marcada irremisiblemente por la calidad de nuestra infancia. Asimismo, nos ayuda a comprender que el significado trascendental del bautismo reside no tanto en el hecho de que nuestra familia nos aceptara sino en que nosotros aceptemos el conjunto de nuestra vida tal como es, y el don mismo de la vida. Somos nosotros, cuando comprendemos lo que significa ser un individuo cons­ciente, quienes debemos bautizar nuestra vida movidos por la gratitud, en lugar de esperar que nos bauticen otros.

Durante mi primera charla en el taller organizado en Mé­xico, expliqué a los participantes que, al tomar el sacramen­to del bautismo, habían elegido un medio simbólico de tras­cender los obstáculos de su juventud, y aceptar a su familia y sus vidas. Contempladas desde la perspectiva divina, to­das las personas de su pasado aparecerían transformadas; verían a esas personas padeciendo a causa de sus demonios, o, aún mejor, como la inspiración que les había llevado a re­correr el camino en el que se hallaban en ese momento.

Tras esta explicación, Suzanne y yo ofrecimos el bau­tismo a los asistentes como un acto destinado a celebrar y aceptar el hecho de que todos somos responsables de nuestra propia vida. Como habíamos organizado el taller en un balneario de aguas termales en Río Caliente, lleva­mos a cabo el rito en una pequeña piscina. Algunas per­sonas se sumergieron del todo en el agua en lugar de que Suzanne y yo la vertiéramos sobre su cabeza. Pero todos ellos, en el momento de meterse en el agua, pronuncia­ron una oración de gratitud por el don de la vida. Varias personas nos dijeron más tarde que habían perdonado de corazón a sus padres y les habían bendecido por haber permitido que nacieran. El resto de los asistentes compartió con ellos su dolor y su gratitud. Al término de la ceremo­nia, los participantes hablaron sobre sus experiencias y manifestaron el convencimiento de que este rito tenía el poder de cambiar sus vidas para siempre.

Una mujer que, literalmente, se zambulló en el agua, dijo:

—Deseaba eliminar esos recuerdos de mi cuerpo, mi mente y mi corazón, y gracias a Dios creo que lo he con­seguido.

Un hombre comentó que había rezado para recibir la gracia que le permitiera ver otras cosas aparte de su exis­tencia. Deseaba contemplar toda la belleza que hay en la vida, y vivir conscientemente y con gratitud por estar vivo.

Otra mujer me escribió diciéndome que, cuando regresó a su casa, comentó a su familia su deseo de que interpreta­ran el significado de la vida como un don en lugar de como el resultado del coito entre un hombre y una mujer. Su hijo replicó que esa idea le parecía ridícula, pero su hija y su marido apreciaron la belleza que encerraba y fueron a ver al párroco de su iglesia para pedirle que les administrara el sacramento, pronunciando en voz alta las palabras del rito. El párroco insistió en que estaño era la forma ordinaria de administrar este sacramento.

—Nosotros tampoco somos gente ordinaria —con­testó la mujer.

Un hombre que culpaba a su familia de haberse convertido en un alcohólico y de que su lucha contra su adicción hubiera «arruinado» su vida, rezó al recibir el sacra­mento, pidiendo a Dios que le concediera la gracia para abrazar a su familia y librarse de su adicción al alcohol. Más tarde me escribió para informarme de que no había vuel­to a beber.

Una mujer nos habló del dolor que experimentó cuan­do su hija le dijo que no deseaba volver a tener ningún con­tacto con ella. Después de asistir a este taller, la mujer es­cribió a su hija, compartiendo con ella el significado simbólico del bautismo y expresando el deseo de que su hija lograra contemplar el don de la vida desde una perspectiva más am­plia que la de la relación que les unía como madre e hija. La mujer añadió que aunque no volvieran a verse, ella siem­pre le estaría agradecida a la vida por haber tenido una hija a la que adoraba. Al cabo de seis meses, su hija se puso en contacto con ella y restablecieron sus relaciones.

Otra mujer nos refirió que durante el sacramento del bautismo sintió la energía vital iluminar literalmente su región pélvica, donde tenía ira intenso dolor a causa de una infección. Sintió que una luz y un calor penetraban en su cuerpo y, al cabo de una semana, el dolor y la inflamación habían desaparecido.

Por último, un hombre dijo que el hecho de tomar este I

sacramento le había permitido librarse de la ira que sen­tía hacia su familia y que arrastraba desde hacía años. Con­fesó que había temido no poder desembarazarse ¡aínas de su rencor porque ninguno de los miembros de su familia estaba vivo y, por lo tanto, no podía encararse con ellos. Durante el rito, había comprendido que, en realidad, no deseaba encararse con ellos, sino aceptarlos tal como eran, y que a través del poder del bautismo había logrado trans­mitirles su mensaje.

El rito del bautismo

El bautismo consiste tradicionalmente en verter agua sobre el cuerpo o sumergirlo en el agua. Cuando usted realice su bautismo debe hacerlo con la intención de lim­piar su ser. A tal fin, le recomiendo beber agua que haya consagrado de alguna forma: coloque unos cristales en un recipiente con agua y déjelo al sol, o añada unas hierbas depurativas y déjelas macerar en el agua. Cuando beba este agua, hágalo con la intención de librarse de la toxici­dad que usted asocia con su familia biológica (o cualquier «familia» de la que forme parte en la actualidad, inclusi­ve su familia de trabajo). Sea consciente de que mediante este rito acepta y bendice la totalidad de su vida.

El, SECUNDO CHAKRA-LA EUCARISTIA

El segundo sacramento es la eucaristía, que simbólica­mente contiene el significado del segundo chakra. La euca­ristía es el sacramento que represéntala Ultima Cena, cuan­do Jesús dijo a sus discípulos; «Haced esto en memoria mía.» Por consiguiente, la eucaristía simboliza compartir amor y respeto con nuestro prójimo. Asimismo, representa la unión con lo Divino.

La enseñanza inherente a todas las tradiciones reli­giosas de que todos poseemos un espíritu divino en nues­tro interior resplandece a través cié este sacramento desde una perspectiva simbólica, ‘toda persona con la que tene­mos una unión, positiva o negativa, contiene una cone­xión divina. Si el compartir con ella el pan constituye el acto físico de comunión, la eucaristía simbólica representa com­partir con ella el «pan» energético. Si nos contempláramos mutuamente desde esta perspectiva, podríamos pro­tegernos de la pérdida de energía resultante de los enfrentamientos con otros y de la contaminación emitida por la energía negativa que recibimos. Estaríamos mejor pre­parados para responder a los demás con pensamientos ama­bles, en lugar de pensamientos negativos, conscientes de que todas nuestras relaciones personales tienen, en cier­ta medida, un propósito espiritual. Ello requiere una gran disciplina espiritual, pero en esto consiste el tomar con­ciencia de nosotros mismos y de cuanto nos rodea.

El segundo chakra potencia nuestras relaciones y con­trola la calidad de la energía que intercambiamos con otras personas. Registra en su banco de datos nuestras concep­ciones con respecto al dinero, el poder y el sexo, unos ám­bitos de la vida que implican relacionarnos con otras per­sonas.

Cuando el segundo chakra se combina con el sacra­mento de la eucaristía de modo positivo, nos permite cons­truir una relación saludable, limpia y sin riesgos con el di­nero, el poder y el sexo. Se mantiene una sensación de seguridad, que nos permite tenerla certeza de que, sean cua­les fueren los problemas que se planteen en nuestra vida fí­sica, siempre hallaremos el medio de resolverlos.

Durante el taller que dirigí en México presenté el sacramento de la eucaristía no sólo como un método de recuperar poder, sino como una forma de impedir su pérdida en futuras relaciones. Simbólicamente, cuando mantenemos una comunión con otros reconocemos que todos formamos parte de la misma familia o fuente espi­ritual. Además, al ampliar el concepto del bautismo reco­nocemos que cada persona que existe en nuestra vida esta allí con una finalidad espiritual, aunque no seamos capa­ces de percibirlo con claridad. En ocasiones nos resulta imposible comprender el significado espiritual de una rela­ción «negativa». No obstante, el reconocer que esta relación tiene una finalidad es un medio eficaz de recuperar la energía que hemos invertido en ese vínculo negativo. Cuando alguien me comenta que ha hallado a su «com­pañero del alma» y que es maravilloso, contesto:

—Te equivocas. Tu auténtico compañero del alma es el que tu cuerpo no soporta.

Carlos Castañeda afirmó en una ocasión que debe­ríamos estar agradecidos por los «pequeños tiranos» que existen en nuestra vida, porque nos obligan a crecer y a aprender más que los demás.

Pedí a los participantes en el taller que imaginaran el acto de compartir el pan con otra persona desde el punto de vista simbólico. Un acto en el que pasaban a otra per­sona un pedazo de pan que contenía este pensamiento: «Yo te bendigo a ti y a nuestra acción recíproca, y a cam­bio pido lo misino.» Pedir la misma respuesta energética es adecuado puesto que la eucaristía es el acto de com­partir. Como parte de esta visualización, pedí a los asistentes que imaginaran que su energía abandonaba el segundo chakra y tomaba contacto con el segundo chakra de la otra persona, puesto que este chakra dirige nuestra concien­cia en términos de nuestra relación con los demás.

Podemos enviar pedazos de pan simbólicos con nues­tra bendición a personas que se hallan lejos de nosotros. Podemos, y deberíamos, enviarlos con frecuencia a las personas con las que mantenemos relaciones negativas y que requieren nuestra energía sanadora. Cuando usted pide esa bendición a cambio, visualice la energía negati­va que ha invertido en esa relación regenerándose y penetrando de nuevo en su sistema energético. Podemos, asi­mismo, enviar nuestra bendición de la eucaristía a perso­nas con las que debemos encontrarnos (aunque ya las co­nozcamos) con el fin de dotar a ese encuentro de una energía espiritual.

Durante el taller que organicé en México describí a los asistentes el significado simbólico de la eucaristía. Les expliqué que al tomar este sacramento, se comprome­tían a tratar de comprender que cada persona había si­do enviada a sus vidas, y ellos a las vidas de otros, con un propósito espiritual. Les pedí que dedicaran unos minutos a reflexionar sobre si deseaban vivir dentro de los pa­rámetros de este compromiso. Cuando llegó el momen­to de recibir este sacramento, todos participaron. Y de nuevo, tras este rito, los asistentes comentaron entre sus reacciones.

Un hombre me escribió diciendo que siempre había mantenido una relación muy tensa con su jefe. Ambos com­petían continuamente en la oficina por imponer su autori­dad y llevarse el mérito de tareas bien realizadas. Al visua­lizar a su jefe como un compañero espiritual, imaginó que le transmitía un pedazo de pan simbólico. Posteriormen­te, ese hombre me contó que, aunque no estaba seguro de la influencia que este rito tendría sobre su jefe, había con­seguido eliminar una gran parte de la tensión que sentía cerca de él. Añadió que estaba convencido de que, a la lar­ga, la relación con su jefe cambiaría, y que nunca volvería a padecer un estrés tan tóxico.

Otro hombre me escribió diciéndome que compar­tía el significado de este sacramento con su grupo de ora­ción, con el que se reunía cada semana. Habían decidido utilizar juntos la eucaristía como un medio de curar a to­dos los que les pidieran sus plegarias. Mientras rezaban ima­ginaban que el pan simbólico alimentaba el cuerpo en­fermo de una persona y transmitía mensajes a sus tejidos. A los tejidos sanos les decía que se hicieran más fuertes, y a los tejidos enfermos, que «comieran este pan y sana­ran». El hombre me dijo que se habían producido unos re­sultados asombrosos, entre ellos la curación de cánceres en personas adultas y niños.

Durante el taller, una mujer comentó que se había concentrado en ofrecer la comunión a cada miembro de su familia, a fin de compartir su amor y su fuerza con ellos. Este intercambio de energía, al utilizar un sacramento, le hizo sentir como si Dios enviara a su familia una bendi­ción especial.

Un hombre me impresionó especialmente al comen­tar que cuando había recibido el sacramento de la euca­ristía había visualizado a Dios administrándosela El mis­mo, y que había decidido utilizar este ejercicio en su vida cotidiana. Recibir el sacramento le había hecho sentirse más unido a Dios que todos los otros ejercicios espiritua­les que había practicado.

El rito de la eucaristía

Escriba en un papel los nombres de las personas con las que desea compartir la energía positiva o con las que ha existido una energía negativa. Puede también incluir a las personas por cuya salud desee rezar. Pronuncie una oración con las siguientes palabras: «Deposito este nom­bre en el altar porque pido…» Aunque lleve a cabo este rito a solas, puede partir el pan para simbolizar su deseo de compartir la energía positiva con otras personas para trans­mitirles gracia. También puede decir: «Mi intención es que la gracia que transmito alimente o regenere esta relación. Bendigo sinceramente el poder de este sacramento.» Com­plete su rito de la eucaristía consumiendo un poco de pan y ofreciendo una breve oración de gracias.

EL TERCER CHAKRA-CONFIRMACIÓN

La confirmación es un rito universal que representa asumir la plena responsabilidad de nuestras acciones y vi­vir conforme un código de honor. Para la re judía, la ce­remonia denominada Bar/Bat Mitzvah tiene el mismo significado; dentro de las culturas americanas nativas, la búsqueda de una visión—en la que un joven emprende solo en el desierto un viaje con el fin de tomar contacto con su espíritu animal— constituye un rito similar. Cada socie­dad reconoce que llega un momento en que sus miem­bros necesitan declarar que se sienten capaces de desen­volverse solos en el inundo.

Hoy en día, en Occidente se ha producido una crisis de honor. Hemos perdido 1 a capacidad de honrarnos a no­sotros mismos y a los demás. La mentiray el engaño pre­siden la política y la vida pública, los ámbitos académi­cos, los negocios e incluso las artes. En consecuencia, nuestros hijos no disponen de unos modelos válidos que imitar a la hora de desarrollar su propio código de honor. La total ausencia de ritos de iniciación no ha hecho sino incrementar los obstáculos con los que se topan nuestros jóvenes.

Simbólicamente, la confirmación representa un via­je que nos lleva a descubrir el auténtico significado de la autoestima y la integridad, la capacidad de soportar los retos de ia vida física y de vivir de acuerdo a un código de honor personal. El honor es esencial en el proceso de cu­ración, más cié lo que podemos imaginar. El honor es hon­radez. Es la promesa que nos hacemos a nosotros mismos de no negociar más allá de los límites de ía dignidad para obtener ganancias maten al es. Este código de honor, en vir­tud de su misma naturaleza, implica cumplir nuestra pa­labra, no decir mentiras y asumir la responsabilidad de nuestros actos. Combinar el significado simbólico de este sacramento con el tercer chakra, que representa poder y respeto por uno mismo, constituye otra unión natural de las fuerzas espirituales.

No he conocido a nadie que naciera con un fuerte sencido cíe autoestima; esta forma de poder debe con­quistarse. La falta de una autoestima saludable nos hace vulnerables a las opiniones y comentarios negativos, y a la manipulación de otros; hace que dudemos continua­mente de nuestra capacidad para tomar nuestras propias decisiones. Por otra parte, la autoestima constituye la raíz de las dotes de intuición. La intuición no provie­ne de consumir una dieta vegetariana ni de caminar cinco kilómetros al día escuchando música relajante en el walkman. Proviene del respeto hacia nosotros mismos y de tener el valor de responder a nuestros pensamientos y sentimientos. El problema es que muchas personas creen que la intuición es la capacidad de adivinar el futu­ro. Creen que si desarrollan sus poderes intuitivos y mo­difican su vida debidamente, se verán cumplidos sus de­seos de alcanzar la fortuna económica y el amor romántico. Sin embargo, la intuición no consiste en la capacidad de adivinar el Futuro, sino en la capacidad de reconocer que los trastornos de nuestra mente y nuestro cuerpo cons­tituyen señales que nos advierten de la necesidad de dar un giro a nuestra situación presente, por ejemplo cam­biando de trabajo. La puerta que buscamos no se abrirá a menos que tomemos los pasos necesarios para abrirla nosotros mismos.

No creo que podamos adquirir autoestima, y menos aún poder personal, leyendo libros o asistiendo a confe­rencias sobre el tema. Esta es un área de desarrollo per­sonal que nos exige correr riesgos en el mundo físico a fin de aprender a valemos por nosotros mismos. Sólo si es­tamos dispuestos a correr esos riesgos, lograremos ad­quirir el poder que conduce a la intuición y al valor. El valor es la energía que precisamos para reconocer intui­tivamente las señales de guía que nos indican que sigamos adelante con nuestra vida. No prestar atención a es­tas señales conduce a la pérdida de poder, de respeto ha­cia nosotros misinos y, por último, de salud.

Las tradiciones místicas orientales y occidentales nos enseñan que cuando nos respetamos a nosotros mis­mos, el honor personal y la integridad resplandecen en nuestros ojos. No tendrá necesidad de decirle a nadie que usted se respeta a sí mismo; toda su persona lo trans­mite. La capacidad de soportar sufrimientos es una cues­tión de honor espiritual que le permite asimilar en su sistema la energía de respeto que le transmiten otros. Empeñar sn palabra y mantenerla, no sóío ante los de­más sino ante sí mismo, no es más que una extensión de esta energía.

Durante el taller que dirigí en México, al preparar a los miembros dei grupo para que recibieran el sacramen­to, les pedí que escribieran en un papel sus códigos de ho­nor. Se trataba de una ceremonia privada, y no tenían que compartirlo con nadie. Posteriormente, al recibir el sa­cramento de la confirmación, se comprometieron a vivir una vida basada en el honor, ¡a integridad y la perseve­rancia, convencidos de la existencia de un Dios que hon­ra la fortaleza.

Después de este sacramento, una mujer me refirió en privado que el honor le infundía miedo porque casi todo lo que había conseguido en la vida lo había conseguido obrando de forma deshonrosa. Aunque nunca había ro­bado nada, no se había recatado ala hora de manipular, exa­gerar y mentir con tal de conseguir sus fines. Me confesó haber tenido que hacer acopio de un gran valor para re­cibir este sacramento porque significaba que, a partir de ahora, tendría que vivir de acuerdo a unas pautas de com­portamiento que le resultaban ajenas. No obstante, esta­ba dispuesta a intentarlo.

Un hombre comentó riendo que escribir un código de honor le hacía sentirse como un caballero de la Tabla Redonda, una sensación que le entusiasmaba. Después de recibir el sacramento, añadió, se sentía también capaz de conquistar a la doncella de sus sueños.

Otro hombre me escribió diciendo que «es difícil lle­var una vida honrosa porque limita tus opciones». La suya fue una carta que me impresionó profundamente, porque este hombre había sido un delincuente que había vivido de vender objetos robados. Pero después de asistir a mi ta­ller no rompió su código de honor, por más que le insta­ran a ello sus antiguos «compañeros de negocios». A par­tir de entonces se había construido una vi da que le hacía sentirse orgulloso de sí mismo.

De todas las cartas que recibí, la más conmovedora fue la de una mujer que nos había contado que padecía nu­merosos trastornos físicos y a la que poco antes le habían practicado una histerectomía. Me confesó que nunca ha­bía concedido ningún valor a los sacramentos del bautis­mo y la confirmación, pero que cuando yo expliqué al grupo el significado de esta última, cambió de parecer. Dijo que siempre había llevado una vida honrosa, salvo en lo tocante a sí misma. Se hacía multitud de promesas que ja­más cumplía, en particular la promesa de modificar su vida y no seguir abusando de su cuerpo. También se ha­bía prometido terminar sus estudios e incorporarse al Cuerpo de Paz. Cada vez que fracasaba en sus intentos, se mentía diciéndose que no era el momento idóneo o que no podía modificar su situación presente. Cuando recibió el sacramento de la confirmación, se hizo una promesa que estaba resuelta a cumplir: se prometió que, a partir de aquel día, llevaría a cabo todas las decisiones que tomara con respecto a su persona. Luego añadió son­riendo que la única forma de incumplir ese compromiso sería omitir la palabra «promesa» cuando hablara consi­go misma.

El rito de la confirmación

Consiga un diario y escriba en él su código de honor personal. Esto lo hará tangible, confiriéndole el aura de un contrato formal suscrito consigo misino, con la validez de un juramento. Ese diario se convertirá en un texto que us­ted irá redactando de forma continuada y periódica y don­de anotará y analizará las acciones y crisis de su vida. Para empezar, escriba una cuestión que pueda comprometer su código de honor, o un acontecimiento que ya lo haya com­prometido. Luego escriba: «Necesito ayuda en esta cues­tión.» Ahora cierre ese libro sagrado y colóquelo sobre su altar. Tenga la certeza de que recibirá esa ayuda, bien a tra­vés de un sueño, una conversación o leyendo el libro ade­cuado. Pero sepa que llegará a su vida.

EL CUARTO CHAKRA-MATRIMONIO

Todo el mundo conoce el significado literal del sa­cramento del matrimonio. Sin embargo, a nivel simbóli­co este sacramento consiste en comprometerse a amar y respetar no a otra persona sino a uno mismo. Aprender a amar, honrar y respetar a uno mismo, en la salud y la en­fermedad, hasta que nuestro espíritu abandone nuestro cuerpo, modifica por completo el significado del sacra­mento. Como codos hemos oído decir, a menos que sea­mos capaces de amarnos a nosotros mismos, no podre­mos establecer una relación saludable y positiva con otra persona.

Cuando aprendemos lo que significa amarnos a no­sotros mismos, la mayoría de nosotros atravesamos una eta­pa de narcisismo, en la que nos liberamos de los prejuicios y las normas de la sociedad. Todos necesitamos atravesar esa fase, porque debemos explorar el significado de una verdad espiritual dentro <Ie nuestra vida física. Pero llega un momento en que definir nuestro amor a través de la re­beldía y el egocentrismo deja de satisfacernos, y empeza­mos, casi de forma automática, a amar y a aceptarnos como somos, y a analizar cómo entendemos el amor y hasta qué punto somos capaces de amar a ¡os demás. A partir de en­tonces, podemos desarrollar, en nuestros tejidos celulares, la fuerza para creer que cuidar de nosotros mismos no es un acto egoísta sino una tarea espiritual imprescindible.

Amarse uno mismo significa escuchar los mensajes que provienen de nuestro corazón. A diferencia de la intuición del tercer chakra, que nos guía a nivel físico, la guía que proviene del corazón nos habla de la importan­cia de hacer sólo aquello «que nos dicta el corazón*. Sin el apoyo de la energía del corazón, nos sumimos en luí gra­ve conflicto interno, tratando continuamente de silenciar nuestros anhelos más profundos.

Seguir los dictados del corazón nos conduce al cami­no más satisfactorio que podemos recorrer. Pero en oca­siones la voz del corazón nos desconcierta porque cues­tiona las cómodas elecciones racionales que hemos tomado con la cabeza. Muchas mujeres que asisten a mis talle­res me han confesado que su elección de marido se basó más en la seguridad física que éste les ofrecía que en una intensa atracción emocional o física. Y su decisión de permanecer junto a su marido después de que se hubiera evaporado el amor romántico también se fundó en los imperativos de la seguridad.

Asimismo, varios hombres me han confesado que no se han divorciado debido a la responsabilidad que sienten hacia sus hijos.

Huelga decir que la decisión de «seguir los dictados del corazón» en circunstancias tan complicadas es una de las elecciones más difíciles a las que se enfrenta una per­sona a lo largo de su vida.

Con todo, desde una perspectiva auténticamente es­piritual —es decir, un lugar de profunda contemplación—, una persona puede llegar a comprender que el hecho de permanecer en ese tipo de situaciones no aporta amor ha­cia los demás, sino la energía de un corazón apenado y va­cío. En tal caso, el individuo debe hacer frente a la deci­sión de si resulta más conveniente marcharse o quedarse.

La falta de amor a uno mismo desemboca en un cons­tante desequilibrio emocional. Cuando uno no se siente nunca en paz consigo mismo, es imposible alcanzar el so­siego interior.

No necesitamos que nadie nos ayude a interpretar lo que nos dice nuestro corazón. Pero sí necesitamos ayuda para reunir el valor necesario que nos permita seguir esos dictados, puesto que nos obligarán a modificar nuestra vida. Analice las consecuencias de no seguir los dictados de su corazón: depresión, incerteza y un sentimiento an­gustioso de no seguir nuestro auténtico camino, sino de contemplarlo de lejos.

El sentimiento de culpa impide que nos amemos a no­sotros mismos, pues mucha gente se siente culpable de an­teponer sus propias necesidades a las de las personas que de­penden de ella. A nadie le gusta ceder el primer puesto, por lo que debemos serlo bastante fuertes para defender nues­tra nueva política. Sin embargo, las tradiciones orientales y occi dentales nos enseñan que el amor a uno mismo cons­tituye un don para los demás. El amor que fluye a través de nuestro corazón purifica no sólo nuestro espíritu sino el amor que compartirnos con otros. El amor incondicional se convierte en una auténtica fuerza sanadora, tan eficaz para los demás como para nosotros misinos. En estas cir­cunstancias es fácil perdonar, porque el daño generado por una relación tensa y difícil ya no tiene el poder de doble­garnos. Podemos contemplar a otra persona con miseri­cordia, al margen de los problemas que existan en noso­tros. El amor a uno mismo transmite el don de la serenidad interior. Esta es la enseñanza del cuarto chakra, en perfec­ta armonía con el significado simbólico del matrimonio.

Combinar este sacramento con la enseñanza del cuar­to chakra: respetarnos a nosotros mismos, hace que la pa­sión despierte en nosotros. No la pasión encaminada a una unión física con otra persona, sino la pasión que da li­bre curso a nuestro talento o nos permite construir una vida distinta. La pasión nos hace capaces de reconocer nues­tras verdades más íntimas y confesarnos que nuestra vida presente no nos satisface. La pasión no se deja anestesiar por las manipulaciones lógicas de la mente, puesto que rechaza la lógica y el orden, y elige el riesgo como com­pañero. Sentir la pasión de vivir constituye el auténtico sig­nificado de la liberación y el amor a uno mismo.

Para los participantes en el taller que dirigí en Méxi­co, tomar el sacramento del matrimonio representó la oportunidad de escuchar los dictados de su corazón y des­pertar la pasión que anidaba en ellos. Por esotérico que le parezca, una vez que la energía de la pasión interior co­bra vida y comienza a agitarse dentro de usted, debe es­tar dispuesto a seguir sus dictados. No puede invitar a la pasión a que penetre en su corazón y esperar que se com­porte como un huésped educado y discreto. La pasión le mostrará partes de su ser que ni siquiera había imagina­do. Y cuando comience a vislumbrar la persona en la que puede convertirse, no será capaz de silenciar el deseo de transformarse en ella.

De nuevo, como en el caso de los otros sacramentos, pedí a los asistentes a mi taller en México que reflexiona­ran sobre si estaban dispuestos a jurar «amar, honrar y respetar» la voz de su corazón, y vivir según los dictados de esa voz. Pronunciar ese juramento equivale a invitar a lo Divino a que nos dé nuevas instrucciones sobre cómo debemos vivir.

El matrimonio fue el sacramento que los participan­tes en mi taller más disfrutaron compartiendo, puesto que se prestaba a las típicas bromas sobre lo que dirían sus cónyuges cuando regresaran a casa y les contaran que se habían vuelto a «casar». En este ambiente alegre, con­templé cómo la gente celebraba su liberación. Como es lógico, la euforia que experimentaban disminuiría cuan­do regresaran a sus casas, pero aquella tarde creó una at­mósfera eléctrica.

—Me encanta la idea de amarme a mí misma —declaró una mujer—. En casa trabajo mucho, y recibo faxes con­tinuamente. Ahora responderé con un mensaje que diga: «Métete el fax donde te quepa. Estoy de luna de miel.»

—Mi nuevo amor a mí misma me produce la sensa­ción de que soplan vientos nuevos —comentó una mu­jer que había cumplido los setenta—. Es como si estuviera autorizada a dejarlo todo atrás; ahora sólo debo respon­der ante Dios.

Un hombre me comentó que aprender a amarse a sí mismo era complicado. Por su condición de eclesiástico, su misión consistía en cuidar de los demás, y temía que su nuevo amor le causara serios problemas, ya que buena parte de la influencia religiosa que había asimilado pro­pugnaba justamente lo contrario. Cuando me pidió que le aconsejara, me eché a reír y le propuse que cambiara de religión. Más seriamente, le expliqué que el cambio que había experimentado en su conciencia iba a resultar duro para todos, y le recomendé que compartiera el mensaje con su comunidad espiritual a fin de intensificar su compro­miso con este sacramento.

Una mujer de temperamento exuberante me contó que había dedicado toda su vida a ocuparse de los demás. Tenía ocho hijos, a los que había cuidado con amor hasta que se hicieron mayores, y ahora deseaba disfrutar de la vida. Sentía que el tiempo apremiaba, pues últimamente no se había encontrado bien, aunque no sabía exactamente cuál era el problema. En cualquier caso, al recibir este sacramento sintió que había hecho unos votos que le procurarían el medio de evitar contraer una enfermedad seria.

El rito del matrimonio

El matrimonio es tradicionalmente un sacramento en el que dos personas juran amarse mutuamente y vivir jun­tas el resto de su vida. Cuando este sacramento lo toma un solo individuo, su significado pasa necesariamente al nivel simbólico, convirtiéndose en un voto que puede renovar­se con frecuencia, como si se celebrara un aniversario.

Éste es un rito para el que debe prepararse con antela­ción. Elija la ropa que se pondrá, confeccione o adquiera una prenda o un complemento que le guste, que represente para usted la belleza y el amor, y le recuerde todo lo bueno que hay en su vida y en usted mismo. Puede incluso utili­zar un ramo de flores frescas o un regalo de alguien que us­ted considere un buen modelo. Sea cual fuere el objeto que elija, éste representa su juramento de amarse a sí mismo, de cuidar de sí y de respetarse en esta vida. Coloque este ob­jeto sobre su altar, y exprese su intención de que sirva como recordatorio de su valía personal.

Cuando sienta le necesidad de reconfortarse, acérquese a su altar y tome contacto con ese objeto. Recuer­de que debe comportarse consigo mismo como un com­pañero solícito y cariñoso. Esto es suficiente para e] rito del sacramento del matrimonio, pues ante todo repre­senta un recordatorio de que una de nuestras prioridades es cuidar de nosotros mismos.

EL QUINTO CHAKRA-CONFESIÓN

Al igual que el matrimonio, la confesión es un rito ex­tendido por todas las culturas, pues es una verdad uni­versal que el espíritu no puede cargar con el peso de sus errores y faltas sin desintegrarse. Debemos librarnos de todo lo oscuro que haya en nuestro interior para impedir que nuestros demonios psíquicos y emocionales nos devoren, y hagan que consideremos a los demás como u seres deshonestos, corruptos, peligrosos y culpables de acciones negativas- Cuando nos hallamos bajo el influjo de esos demonios estamos saturados de una energía pa­ranoica que nos impide confiar en los demás.

Hoy en día, los sanadores que practican medicina al­ternativa insisten en lanecesidad de «invocar a nuestro es­píritu para que regrese a nuestro cuerpo», y con frecuen­cia presentan esta verdad como si se tratara de un concepto nuevo. Pero lo único novedoso es el lenguaje empleado para describirlo. El lenguaje ayuda, desde luego, porque el sacramento de la confesión significa algo más que hu­millarnos ante otra persona mienta admitimos los pe­cados que hemos cometido.

Confesarse no significa simplemente rumiar sobre nuestras faltas. Requiere que invoquemos de forma cons­ciente la energía de nuestro espíritu y la orientemos ha­cía nuestros propio ser. Muchas tradiciones espirituales, ofrecer a un moribundo la oportunidad de confesarse a fin de que la totalidad de su espíritu pueda liberarse de la vida física sin dejar ningún fragmento tras de sí. La confesión exige un acto de suprema voluntad porque significa que uno está dispuesto a enfrentarse a su propia sombra y en­mendar sus faltas. Es una invitación a que la justicia pe­netre en nuestra vida, y aunque uno no necesite experi­mentarla justicia físicamente, equivale a reconocer que las elecciones que hacemos a cada momento de nuestra vida tienen unas determinadas consecuencias. Incluso nues­tras elecciones negativas dirigidas hacia nosotros mismos nos llevan, en última instancia, a reconocer el daño que nos hemos causado.

A medida que desarrollamos una conciencia de nues­tra energía, podemos discernir de inmediato cuándo ésta abandona nuestro cuerpo corro consecuencia de una acción negativa, porque en nosotros se activa un mecanismo que nos impulsa a preguntarnos si queremos realmente comportarnos de esa forma. En ese momento podemos optar por recuperar nuestra energía, pero si no lo hacemos el cuerpo responde con una sensación que nos Indica que hemos debilitado nuestro ser físico. Esto puede manifestarse como un sentimiento de culpabilidad que se extiende a través de todo nuestro organismo, un tirón en el plexo solar (tercer chakra) o remordimientos que no nos dan tregua hasta que recuperamos nuestra energía, rectificando la acción negativa. Cualquiera de esas tres re-acciones indican que hemos abusado de la energía de nues­tro espíritu, enviándola en una misión negativa.

Intensificar nuestra conciencia sobre el tono de nues­tros juicios y el significado de hacer elecciones prudentes, en lo que reside el auténtico significado del quinto cha­kra, arroja una intensa luz espiritual sobre la fuerza sana­dora de este centro energético. La serenidad que experi­mentamos después de haber recibido el sacramento de la confesión, la sensación de habernos librado de nuestras ti­nieblas, es señal de que el espíritu ha regresado a nuestro cuerpo.

A ningún participante en el taller de México le costó decidirse a tomar este sacramento. Aunque no es fácil compartir el sacramento de la confesión en público, en­tre el grupo existía un ambiente de estima y respeto tan profundo que no temieron hacerlo públicamente. Por otra parte, deseaban explorar juntos la sensación de reco­brar la energía de su espíritu.

—Espero no engañarme —comentó una mujer—-, pero me siento mas ligera que antes de recibir este sacra­mento. Quizá debería utilizarlo como dieta adelgazante —añadió sonriendo.

Un hombre dijo que, después de confesarse, sintió su cuerpo vibrar de energía, como si un rayo hubiera caído sobre él.

—Mientras recibía este sacramento, recé pidiendo fuerzas para no volver a mentir nunca. Me avergüenza ha­berlo hecho en el pasado, pero siento que Dios me ha per­donado.

—He padecido una depresión durante años —expli­có otro hombre—. He tomado multitud de medicamen­tos para combatirla y he visitado a numerosos terapeutas. Me han diagnosticado manía depresiva. Llegué a un pun­to en que temí no salir nunca de ese estado. Cuando nos hablabas sobre la confesión no pensé que fuera culpable de pecados como el de mentir, pero comprendí que siem­pre había envidiado a las personas que parecían más feli­ces que yo. No creo que pueda cambiar de la noche a la mañana, pero al menos ahora soy capaz de identificar este sentimiento y creo que sé cómo librarme de él.

—Yo he sabido que mi espíritu no se hallaba plena­mente en mi cuerpo desile que era niña —comentó una mujer—. Cuando me hice mayor se confirmaron mis sos­pechas, pues recordé que de niña había sufrido abusos. Desde el momento en que recordé esas experiencias sólo he sentido odio hacia los hombres que abusaron de mí. Re­zaba pidiendo que sufrieran el tormento que sufría yo. Durante este sacramento, les he transmitido el mensaje de que ya no controlaban mí espíritu. Al hacerlo, he sentido que recuperaba mi espíritu. Confío en que mi sensación de que al fin puedo librarme de los recuerdos traumáti­cos de mi infancia signifique que lo conseguiré.

El rito de la confesión

Si quema usted algo externamente, no se quemará in­ternamente. Dedique tanto tiempo consciente como pre­cise —una vez a la semana, por ejemplo, el domingo— para escribir en un papel las elecciones negativas que ha hecho y que le han supuesto una pérdida de energía. Son elecciones que no mejoran su vida ni la cié nadie más. Luego queme el papel en el recipiente sobre su altar, y mieii-tras el humo asciende hacia el cielo, pronuncie una ora­ción pidiendo mayor conciencia para no repetir esas elec­ciones negativas. SÍ lo prefiere, puede encender una vela en lugar de quemar papel, pero no deje de visualizar esas elecciones negativas mientras se esfuman y le devuelven la energía que le habían arrebatado.

EL SEXTO CHAKRA-ORDEN SAGRADA

De todos los sacramentos, la orden sagrada quizá sea el más difícil de comprender a nivel simbólico. Como expliqué a los participantes de mi taller en México, estamos acostumbrados a pensar en nosotros mismos en términos positivos, y medimos lo que tiene importancia en la vida por su tamaño y lo público que es. Es muy difícil romper el influjo que estos conceptos tienen sobre nuestra men­te. Aunque comprendamos a nivel intelectual e! signifi­cado simbólico del sacramento de la orden sagrada, éste no penetrará fácilmente en nuestro corazón y engendra­rá la pasión requerida para propiciar un cambio.

El camino hacia nuestra ordenación equivale a una profunda evolución personal y espiritual. No basta con estudiar el significado de la misericordia, el amor y la ca­ridad, sino que es necesario practicarlos. Al igual que los sacramentos precedentes nos hicieron comprender por qué debemos convertir nuestra evolución espiritual en una prioridad, el sacramento de la orden sagrada repre­senta una aproximación madura a lo Divino, para que nos utilice con el fin de aportar energía a los demás.

El significado original de la orden sagrada se basa en actos de amor y servicio hacia los demás que se producen de forma natural a través de la fuerza del espíritu. Pero cuan­do esos actos están motivados por la debilidad, y se ma­nifiestan como un afán de reconocimiento y autocomplacencia, están contaminados y se convierten en una for­ma de seducción- Las personas pueden engañarse con fa­cilidad al creer que reciben ayuda de otra persona, en par­ticular cuando la necesitan desesperadamente, y es por esto por lo que algunos sacerdotes, gurús y consejeros es­pirituales sin escrúpulos consiguen aprovecharse de sus alumnos y discípulos.

Una auténtica ordenación puede interpretarse como el hecho de alcanzar un grado muy alto de madurez espi­ritual, en el que los atributos del espíritu resplandecen con tal claridad que no es preciso que señales su presen­cia, pues todos la notan. Nuestra única tarea consiste en mantener estas cualidades con integridad, lo cual requie­re que reconozcamos que se hallan vivas dentro de noso­tros.

En mis explicaciones al grupo que asistió al taller de Mé­xico, señalé que este sacramento encierra una paradoja: pone de relieve la necesidad de amar y servir a los demás de una forma casi impersonal. Es decir, no es necesario que sea­mos conscientes de poseer unas cualidades que contienen semejante poder. Es a los demás a quienes corresponde ad­vertir esas cualidades en nos otros, y mediante su reconoci­miento administran el sacramento de la orden sagrada. Al mismo tiempo, debemos reconocer los tesoros que lleva­mos en nuestro interior. Quizás usted se pregunte cómo es posible ser consciente de algo y al mismo tiempo no per­catarse de ello.

La paradoja constituye uno de los lenguajes de lo Di­vino. El que no seamos conscientes de nuestros tesoros no significa que no los veamos. Significa que controlamos nuestro ego, en el sentido al que se refería Jesús al decir: «Cuando des una limosna, no dejes que tu mano izquier­da sepa lo que hace la derecha» Eso no significa que de­bamos eliminar nuestro ego de nuestra psique, sino man­tener un ego limpio que nos permita «estar en el mundo pero no pertenecer a este mundo». Podemos gozar de la abundancia que posee el mundo, pero no debemos dejar que nuestras dotes manipulen esa abundancia. Podemos amar profundamente, pero no debemos debilitar a los de­más por la forma en que los amamos.

Esta postura es reforzada por la energía del sexto chakra, que representa el buen juicio y el auténtico significa­do de la misericordia. Paradójicamente, el buen juicio es la facultad de no juzgar a los demás sino de tratar de com­prender de forma misericordiosa el motivo por el que un individuo se convierte en un ser negativo o tóxico. La apli­cación de la sabiduría comporta un poder sanador porque ofrece ayuda sin vergüenza ni crítica.

Al combinar la energía inherente al sacramento de la orden sagrada con la energía del sexto chakra, que repre­senta asimismo la liberación del influjo de los espejismos de la vida, nos permite comprender que nuestras mayores aportaciones a los demás suelen ser las que no conllevan un envoltorio físico: amor, comprensión, misericordia, alegría, optimismo, valor, no juzgarles y muchas otras. To­dos poseemos la capacidad de desarrollar estos maravillo­sos atributos del espíritu, y, al emprender ese camino, la ener­gía sanadora que aportamos a nuestra vida regenera nuestro espíritu.

Debido a que el sacramento de la orden sagrada se basa en las cualidades que los otros ven en nosotros, pedí a los participantes en mi taller que eligieran las cualida­des que deseaban desarrollar. Al tomar este sacramento se comprometían a la práctica espiritual de alimentar esas cualidades. Les pedí que examinaran la forma en que se relacionaban con otras personas: ¿Eran propensos a juz­gar a los demás? ¿Deseaban impresionarles? –Pretendían despertar su admiración? ¿Qué les motivaba a servir a los demás?

Estas preguntas no pueden responderse de la noche a la mañana. Por consiguiente, comprender el auténtico significado del sacramento de la orden sagrada exigió un mayor esfuerzo por parte de los miembros del grupo. Y debido a su relación con el sacerdocio, pedimos a los par­ticipantes que pasaran la tarde en silencio mientras deci­dían si deseaban tomarlo. La ordenación fue el único sa­cramento que no todos los asistentes decidieron tomar. Al observar las dudas y los problemas que suscitaba en cier­tos miembros del grupo, quise conocerlos motivos que ha­bían ¡levado a algunos -A abstenerse de recibirlo y a otros a tomar este sacramento. Quienes se abstuvieron de par­ticipar alegaron que no estaban dispuestos a hacer los sa­crificios personales que exigía. Una mujer confesó since­ramente que no deseaba servir a los demás porque prefería recibir ayuda a ofrecerla. Otra mujer dijo:

—No he tomado este sacramento porque no estoy preparada para los cambios que provocará en mi vida. No estoy dispuesta a entregar su vida conscientemente a Dios, que es en lo que consiste este sacramento. Y aunque intelectualmente sé que no ejerzo ninguna autoridad sobre mi vida, necesito creer que la controlo.

Pero para quienes recibieron este sacramento, su sen­tido de establecer una íntima comunión con Dios era evi­dente. Se habían comprometido conscientemente a ser­vir a los demás de la forma que Dios se lo ordenara. Lo que era más importante, se habían comprometido a no juzgar la trayectoria de su vida como insignificante porque no lu­ciera el manto del poder físico. Tan poderoso era ese com­promiso, que, cuando Suzanne les ungió la frente, pocos miembros del grupo pudieron repetir las palabras sin rom­per a llorar. Tanto a Suzanne como a mí nos resultó evi­dente que cuando cada persona se arrodilló con profun­da fe y confianza, sin temor a Dios, el poder invisible de la gracia penetraba en ellos.

—He tomado este sacramento —dijo un hombre— porque necesito algo en que basar mi práctica espiritual. Necesito que Dios me hable, no de negar quien soy, sino de regocijarse en quien soy. Si este gozo emerge y se convierte en algo que puede inspirar a otros, estupendo. Si sólo me inspira a mí, me doy por satisfecho.

Otro hombre me escribió más tarde diciendo que para é] el sacramento de la orden sagrada era el más potente.

-—Este sacramento me ha procurado unos paráme­tros con los que vivir y centrarme en lo que realmente es importante en mi vida. Me gusta creer que las cualidades que poseemos, no los bienes materiales que acumulamos, son lo verdaderamente importante. Esta idea me ha pro­porcionado una profunda satisfacción.

Una mujer que luchaba contra un cáncer de mama du­rante la época en que organicé ese taller, me escribió para decir:

—Pedí a Dios que me concediera fuerza interior para resistir el tormento de mi enfermedad. En lugar de caer en la desesperación pensando en si lograría curarme, de­cidí aferrarme a la creencia de que fuera cual fuese el re­sultado, lo afrontaría con fuerza y fe. Para mi sorpresa, des­pués de que me extirparan el tumor, me desperté en la cama del hospital sabiendo no sólo que habían eliminado el cáncer de mi cuerpo, sino que Dios me había concedi­do unos años más de vida.

El rito de ordenación

Puede aplicar este rito tanto a su trabajo cotidiano, sea donde fuere que lo realiza, como a una tarea específica que le haya sido encomendada o que usted ha accedido a llevar a cabo. Al ordenar su trabajo reconoce que es un trabajo sagrado, tanto si consiste en una labor artística o en vaciar orinales en un hospital, administrar una casa o dirigir una empresa. Si usted considera su trabajo sagra­do, procurará esmerarse y hacerlo del mejor modo posi­ble. Puede ordenar cualquier tarea y convertirla en sa­grada, de forma que represente el significado original de la ordenación, que consiste en reconocer que está especí­ficamente capacitado para llevar a cabo esa tarea.

De nuevo, debe preparar un poco de agua <Ie forma especial: colocando unos cristales en ella o vertiendo acei­tes aromáticos para conferirle energía, del mismo modo que un sacerdote bendice el agua. Escriba el nombre de su trabajo en un papel, y deposítelo sobre su altar casero. Si lo prefiere, puede ungir su escritorio, sus herramien­tas de trabajo, su ordenador o cualquier objeto que re­presente su deseo de realizar con honradez y dignidad lo que haya ordenado. Mientras lleva a cabo este rito, com­prométase a convertir su trabajo en una tarea sagrada.

El séptimo chakra-extremaunción

El sacramento de la extremaunción, o de los últimos ritos, se administra tradicionalmente a una persona que se está preparando para morir. Su significado reside en la aceptación por parte del moribundo de dejar atrás sus po­sesiones, tanto físicas como emocionales.

La extremaunción se administra, por lo general, sólo una vez, pero desde una perspectiva simbólica, en la región de nuestros pensamientos y sentimientos, puede adminis­trarse una vez al día, puesto que significa nuestro deseo de liberarnos de todo cuanto esté muerto en nuestra vida, y la elección consciente de no utilizar nuestra fuerza vital pa­ra mantener vivo aquello que ha fallecido en nosotros. Más que los otros, este sacramento nos ofrece una disciplina me­diante la cual podemos vivir en el momento presente.

Aunque al principio pueda resultar incómodo pensar en e! pasado como algo «muerto», no deja de ser una des­cripción exacta del lugar que llamamos «ayer». Infundir nuestra fuerza vital al pasado para mantenerlo vivo es como pretender vivir en un mausoleo. Es frío y oscuro, y no podemos hablar con los muertos.

No estamos destinados a cargar con el pasado como si aún estuviera vivo. Lo pasado, pasado está, y utilizar nuestra energía para mantener vivos unos acontecimientos o unas relaciones que ya no existen es como querer infundir aliento a un cadáver con la esperanza de que resucite. El coste de esas acciones, tanto para el cuerpo como para el espíritu, es enorme. Al explicar el significado simbóli­co de la extremaunción al grupo de México, lo presenté como un medio de librarnos de forma consciente, inclu­so a diario, de todo cuanto no deseamos seguir mante­niendo con nuestra energía. A. diferencia del sacramen­to de la confesión, que libera la negatividad que portamos, la extremaunción sirve para reorganizar las fases de nues­tra vida que ya han pasado. El fin de la juventud, la muer­te del matrimonio, la ruptura de una relación, la jubila­ción, mudarnos de hogar, todos constituyen ejemplos de unas etapas vitales que cambian continuamente, y dejan de formar parte de quienes somos y lo que somos en el presente.

Las personas se aferran a esas etapas de varias mane­ras, incluso por medio de intervenciones quirúrgicas des­tinadas a borrar el paso del tiempo de nuestro rostro y nuestro cuerpo. Conviene que nos preguntemos si nues­tro afán de ser quienes éramos hace un tiempo, y poseer lo que poseíamos, contribuye a nuestra salud o la com­promete. La respuesta es tan evidente que no es necesa­rio decirla. El bagaje del pasado no mantiene nuestros te­jidos corporales vivos. Disponemos sólo de una cantidad limitada de energía con la que administrar nuestra vida, y malgastarla en activar nuestro pasado sólo sirve para que nos endeudemos desde el punto de vista energético. Los recursos con los que saldamos esta deuda provienen de la energía que poseemos en las células de nuestros tejidos. Su uso debilita el cuerpo hasta el punto de hacer que con­traiga una enfermedad.

La energía inherente a la extremaunción combinada con la energía del séptimo chakra, que representa nues­tra conexión con la eternidad y lo Divino, celebra la ver­dad de que todo lo bueno de nuestro pasado sigue vivo den­tro de nosotros y en torno a nosotros, y que lo que está muerto conviene que siga muerto. No podemos sentir plenamente la gracia que nos garantiza nuestra inmorta­lidad si seguimos temiendo el paso de los años y tratamos de detenerlo. Esta es una paradoja creada por nosotros mismos, no mía paradoja concebida por el cuerpo para potenciar nuestro poder.

Nuestra conexión con la fuerza eterna de lo Divino por medio de este sacramento comprende todo lo que hemos sido, todo lo que somos y todo lo que estamos destinados a ser. Esta conexión constituye una garantía de que nues­tra fuerza vital es infinita y de que somos capaces de tras­cender cualquier obstáculo. Librarnos del ayer mediante lina mejor comprensión de nuestra naturaleza divina es el me­dio de superar todo cuanto nos ha sucedido en el plano fí­sico. De paso alcanzamos la verdad espiritual de que los acontecimientos físicos no son sino espejismos y que la for­ma física con que se manifiestan en nuestra vida carece de significado.

La sanación puede interpretarse como una forma de enseñarnos a vivir en el «aquí y ahora». Aunque el cris­tianismo ha cometido el error de hacer demasiado hinca­pié en el más allá, los Evangelios hacen referencia a la ne­cesidad de librarnos del pasado y procurar vivir en e! presente. Al discípulo que deseaba regresar a casa para enterrar a su padre, Jesús le dijo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos» (Mateo, 8:22). Asimis­mo, las tradiciones orientales nos enseñan que el mundo físico no es más que un espejismo y que lo importante es vivir en el momento presente.

Pocos asistentes al taller de México dudaron sobre si participar o no en el rito de la extremaunción. Todos se mostraron más que dispuestos a vaciar el contenido de su bagaje emocional, como una liberación simbólica de lo que no deseaban seguir transportando.

—Hace tiempo que deseo librarme de varias cosas del pasado —comentó una mujer—, pero sentía remordi­mientos. Ahora comprendo que eso es lo que Dios desea que haga, y siento como si me hubiera quitado un peso de encima.

—Siempre he pensado que mis orígenes eran mi iden­tidad —dijo un hombre—. Pero ahora me he dado cuen­ta de que es una estupidez, y deseo librarme de esa faceta de mi personalidad.

Posteriormente, recibí una carta de una mujer que decía:

—Siempre he deseado vender la casa donde nací y que heredé de mis padres. Me pidieron que cuidara de ella porque era cuanto poseían, de modo que la he con­servado pese a ser una carga emocional y financiera. Pues bien, hace poco la puse en venta.

Un hombre me telefoneó para decir:

—Hace tiempo que padezco varias dolencias. Sufro un dolor crónico en la región lumbar, además de otros trastornos. Desde que practico la visualización para li­brarme de las cosas negativas, he llegado a la conclusión de que llevo todas mis dolencias en la espalda. Ahora es­toy convencido de que lograré sanar este dolor, y creo que ello se debe al hecho de que practico constantemente este sacramento.

El rito de la extremaunción

Empiece por preguntarse cuánta energía está mal­gastando. ¿Cuántas cosas muertas transporta consigo en su vida cotidiana? Anote en un papel la cantidad de pesos muertos que arrastra. Coloque el papel en un recipiente, deposítelo sobre su altar y préndale fuego. Cuando comience a arder, visualícese a sí mismo disolviendo las ata­duras que le han mantenido sujeto a ese episodio o episo­dios, y deje que su energía regrese a su cuerpo. Si lo pre­fiere, utilice un pequeño objeto que simbolice ese episodio —si se trata de un accidente de carretera, por ejemplo, pue­de utilizar un cochecito de juguete—- y adminístrele la extremaunción con el agua bendita que ha preparado. Pronuncie una oración para liberar la energía del episo­dio que simboliza este objeto. Por ejemplo, puede decir: «No deseo que esto permanezca en mi vida.»

Cuando sienta que su energía ha vuelto a usted, pro­nuncie una breve oración de gracias.

Epílogo Blancanieves y los siete chakras

Durante los últimos años, siguiendo los pasos de Cari Jung y Joseph Campbell, varios maestros y analistas jungianos, en particular Clarissa Pinkola Estés, se han dedi­cado a reinterpretar algunos de los mitos y cuentos de ha­das más populares. Su trabajo siempre me ha impresionado, pero nunca se me ocurrió aplicar esta técnica hasta un día en que estaba viendo la versión de Walt Disney de Blancanieves y los siete enanitos en la televisión. No esperaba que Walt Disney me transmitiera una verdad simbólica, de modo que lo que contemplé en la pantalla me pilló por sor­presa y confirmó el poder de este cuento de hadas. Por lo demás, constituye un excelente ejemplo de una curación y un despertar espiritual.

La reina se halla delante del espejo, el rasgo arquetípico del yo, que en la versión de Disney se halla rodeado por los signos del zodíaco. La reina pregunta: «Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella del reino?» Alo que el espejo responde: «Blancanieves.»

Quizá Blancanieves sea el símbolo del yo superior de la reina, y ésta represente el yo tradicional, aferrado al materialismo y al control. Lo que la reina dice en realidad es que debe matar a suyo superior porque hace que se dé cuenta de cosas que prefiere no saber. A fin de cuentas, su yo superior está fregando los suelos de] castillo, lo cual representa la totalidad del ser, como un auténtico místi­co que ve a Dios en todo, y halla paz y satisfacción en las tareas más humildes. La reina ordena al cazador que mate a Blancanieves y le lleve su corazón, el chakra central que une el yo su­perior y el inferior! Creemos que hemos descubierta una novedad al relacionar nuestra biología a nuestras emo­ciones, pero no es una casualidad que se haya asociado siempre el corazón —en el mito y en las leyendas popu­lares— con la verdad y el amor, los elementos que cons­tituyen el cuarto chakra.

En lugar de matar a Blancanieves, el cazador deja que huya al bosque y mata a un cerdo, cuyo corazón lleva a la reina. Blancanieves inicia entonces su noche oscura del al­ma y pasa la noche en el bosque, temerosa de los ojos que la rodean. Al amanecer, se percata de que esos ojos perte­necían a los animales que la protegían. Tras haber supe­rado la noche sin sufrir daño alguno, echa a caminar y se encuentra con un puente que conduce a la casita de los enanitos. Blancanieves atraviesa el puente —el símbolo clá­sico de la transformación humana— y entra en la casa de su nuevo yo. De inmediato empieza a limpiarla y a poner en orden las cosas, de acuerdo con sus propios dictados. La rema, su yo inferior, ha sido trascendida.

De improviso se presentan los siete enanitos, que son mineros, pero Blancanieves les obliga a lavarse antes de dejarlos entrar. Dicho de otro modo, al descubrir sus charas, Blancanieves se dispone a purificarlos. Según la tra­dición de la doctrina Kundalini, los adeptos limpian y pu­rifican sus chakras de abajo arriba para que la sagrada energía déla fuerza vital que reside en la base de la columna vertebral ascienda hasta la coronilla. Esa purificación pue­de realizarse de forma paulatina, mediante la oración y la meditación; en algunos casos se produce de pronto, es­pontáneamente. En cualquier caso, es un preludio a la apertura del alma.

Entre tanto, en el castillo, la reina descubre que su yo superior sigue vivo. Toma una manzana envenenada, la tra­dicional fruta prohibida del conocimiento del bien y del mal, aunque el Génesis no la menciona específicamente. La reina ofrece la manzana a Blancanieves, que al morderla cae en un sueño profundo. Mientras duerme, desciende al submundo de los dominios arquetípicos. Para desper­tar de este sueño arquetípico, tiene que lograr que se unan el ánimus y el ánima, el príncipe y la princesa, los compo­nentes masculino y femenino de su alma. Esa unión pro­picia la resurrección de un ser completo, consciente de sí, regenerado.

Nuestro objetivo es muy parecido al de Blancanieves: lograr que nuestro yo deje de luchar contra nuestro yo superior, unificar los elementos de nuestra naturaleza, hacer las paces con nuestros siete chakras y despertar para asumir las riendas de nuestra vida. Las partes difíciles de esa empresa —vagar a través de la noche tenebrosa, puri­ficar nuestros centros energéticos, descender a los abis­mos de nuestra psique— constituyen las claves del proceso de curación. Huelga decir que no todas las crisis de salud terminan como en un cuento de hadas, pero cualquier es­fuerzo que realice, por insignificante que le parezca, le conducirá hacia un estado de salud espiritual y física.

Agradecimientos

En primer lugar, deseo expresar mi eterna gratitud a mi brillante editora y estimada amiga, Leslie Meredith, por su fe en mí y en este material.

Asimismo, mi mas profundo agradecimiento a Chip Gibson, director de Harmoni Books, por su valiosa ayuda. Y también a Andrew Stuart, colaborador de Leslie.

Como siempre, estoy en deuda  con mi agente Ned Leavitt, una fuerza estable y sabia en mi vida, que me ha guiado a través de un millar de tormentas. Todo mi cariño, Ned.

Deseo expresar también mi gratitud a Peter Occhiogrosso, pues sin su ayuda no habría podido completar este manuscrito. La tarea de Peter fue monumental: reorganizar y revisar este manuscrito en un tiempo record. No solo no se dejó amedrentar por esta engorrosa tarea sino que me ofreció su apoyo en los momentos en que mas lo necesitaba. Peter ha sido para mí un salvavidas, con quien estaré siempre en deuda  por su aportación a este libro y a mi vida.

Vaya también mi gratitud a Janet Biehl, quien se encargo de realizar la revisión tipográfica del libro. A Tami Simon, fundadora de Sound True Productions.Deseo expresar mas que mi gratitud .Tami produjo hace años el material básico de La medicina de la energía en una cinta de audio. Su apoyo y su fe en mi trabajo- y en mi persona- me estimularon a plasmar este material en un libro, especialmente debido a la buena acogida que el publico dispensó a es primera cinta. Nunca podré expresar a Tami, y al personal de SoundsTrue, lo mu­cho que aprecio lo que han hecho por mí.

M. A. Bjorkmany Rae Baskin, fundadores de Conference Works, han formado el equipo de apoyo básico de la mayoría de mis talleres y han propiciado el creciente in­terés del público en mi obra; os agradezco vuestra ayuda y amistad.

Los amigos personales y la familia constituyen el gru­po fundamental de apoyo de una persona. En mi caso, este apoyo comienza con el amor de mi madre, mi hermano Ed, mi cuñada Amy, mis primos y primas Marilyn, Mitchell, Chris y Ritchie, y mis increíbles amigos y amigas Norm, Suzanne Jim G. y Virginia Slayton, quienes me im­pulsaron a emprender la carrera docente. Mary Neville y Paula Daleo ocupan un lugar destacado en esta categoría, no sólo porque son mis ayudantes, sino porque son unas amigas leales sin cuya ayuda y consejo mi trabajo habría resultado aún más contuso de lo que ya es.

Por último, deseo expresar mi gratitud a los «dioses» por haber hecho que Donald apareciera en mi vida en el momento preciso. El me hace comprender cada día el mensaje esencial de este libro: que el amor es la fuerza más importante de la vida, por no decir la más bella.

Caroline Myss

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